
Me interesa con estas entradas mostrar una perspectiva personal que nos permita a los seglares, y a los que no lo son también, poseer más elementos para llegar a una opinión fundada de lo que está sucediendo en estos días. Y ayudan a formar esos criterios las discusiones como las que se generan en este blog. Por ejemplo, el último post han tenido 120 comentarios, la mayoría de los cuales expresan su desacuerdo con lo que escribí, pero justamente ahí radica lo interesante de estos nuevos medios de comunicación más “democráticos”. Me permito advertir en mi defensa que la los comentarios más fundados, y algunos de ellos muy bien fundados, corresponden a canonistas, los cuales me recuerdan a Juan Escoto Eriúgena, que construyó con su poderosa razón un enorme edificio que sólo existía en su inteligencia (estoy exagerando, por cierto); los leguleyos pretenden que la realidad responde a los cánones del CIC, y con el tomaco en la mano pretenden explicar todo. Otros, son los que se dedican a la teología poética, algunos en serio y otros wn papel maché que confirman lo que Borges y Bergoglio afirmaban: la teología en un género de la literatura de ficción.
Por otro lado, y como ya dije, no es mi intención defender a la FSSPX porque no necesita que yo la defienda, ya que sabe hacerlo muy bien sola. Además, reconozco estar en estado de perplejidad pues no podría decir si estoy de acuerdo o no con las consagraciones de nuevos obispos. Y no lo estoy porque no poseo los elementos suficientes para juzgar si existe el “estado de necesidad” al que recurre la Fraternidad, y que muchos parecen poseer en abundancia a tenor de sus opiniones. No voy a negar el estado crítico en el que se encuentra la Iglesia, pero tampoco puedo negar que los así llamados institutos y comunidades Ecclesia Dei han podido y pueden desarrollar su ministerio y servicio a la salvación de las almas administrando los sacramentos según la liturgia tradicional y enseñando la verdadera fe en comunión plena con Roma. Y son florecientes y engendran frutos de santidad. Y a pesar de los negros augurios que muchos hacían, hay obispos que siguen ordenando a sus sacerdotes y confiriendo el sacramento de la confirmación según el rito milenario.
La observación que sí puede hacerse, en mi opinión —y es mi respetuosa opinión por la que espero no ser lapidado— es que la Fraternidad no ha elegido el mejor momento para anunciar las consagraciones. Si lo hubiesen hecho hace dos años, con el Papa Francisco, lo más probable es nada hubiese ocurrido. En los mentideros vaticanos se asegura que, cuando la visita de Mons. Fellay al Sumo Pontífice, salió el tema y el Papa le respondió: “Hagan lo que tengan que hacer”, dando a entender que él no reaccionaría, lo cual no resulta extraño vista la simpatía que profesaba por ellos. Y por otro lado, anunciarlas cuando el Papa León no lleva aún un año en su cargo y cuando debe enfrentar por estos días el gravísimo problema del camino sinodal alemán, pareciera que no es lo más sensato.
Aunque yo no sea competente, como dije, para determinar si existe o no “estado de necesidad”, hay algunos elementos que me parecen interesantes para tener en cuenta. En el post anterior hice referencia al caso del cardenal Slipyj que, ante la reiterada negativa del Papa Pablo VI y considerando él el estado de necesidad de la iglesia ucraniana en la clandestinidad, ordenó cuatro obispos, y nunca fue excomulgado. Los canonistas y demás leguleyos, que terminan siendo más positivistas que Kelsen, saltaron diciendo que no podía en modo alguno tenerse en cuenta ese precedente porque la iglesia greco-católica ucraniana es una iglesia sui juris.
Pues bien, veamos este otro caso, esta vez en la iglesia latina. El cardenal Wojtyła tuvo que padecer también la Ostpolitik de Pablo VI, quien negaba la posibilidad de ordenar sacerdotes y obispos no solamente para la iglesia ucraniana, sino también para los católicos que sobrevivían en la clandestinidad en Checoslovaquia y otros países del este. Llegó un momento en que la situación se agravó en extremo y el cardenal Wojtyła y uno de sus obispos auxiliares, Juliusz Groblicki, consideraron que la iglesia perseguida por el comunismo estaba en “estado de necesidad” y, haciendo caso omiso a las disposiciones del Vaticano, entre 1974 y 1978 ordenaron clandestinamente a varios sacerdotes para servir en Checoslovaquia, en la capilla del arzobispado de Cracovia. El cardenal Wojtyła no informó a la Santa Sede de estas ordenaciones, pues no las consideraba actos de desafío a la política vaticana, sino un deber hacia los creyentes que sufrían: el bien supremo de la “salvación de las almas”. Por supuesto, Wojtyła no fue suspendido a divinis, que es la pena canónica que le correspondía por ordenar candidatos sin cartas dimisorias, sino elegido Papa.
Llamo la atención que las razones aducidas por San Juan Pablo II son mismas, exactamente las mismas, que aduce la Fraternidad. Ciertamente que una cosa es ordenar sacerdotes y otra consagrar obispos; la gravedad eclesial es muy distintas, pero en ambos casos se actúa en desobediencia explícita al Vaticano y se incurre canónicamente en suspensión a divinis en un caso y en excomunión late sententiae en el otro.
Y sumo un último elemento. Es un breve texto que me envió el Dr. Cosme Beccar Varela y que me autorizó a publicarlo con su nombre. Todos reconocerán en él a un abogado experimentado y alguien que no pertenece a la FSSPX. Propone el siguiente ejemplo: Ocurre un accidente. Hay heridos graves. Los recoge un auto que ofrece llevarlos al hospital. Llega a un semáforo en rojo. Hay un policía. El conductor dice que hay vidas en juego. El policía niega el paso. El conductor desobedece y pasa en rojo. El policía pone la multa, hace la denuncia, arrastra al conductor al Tribunal de Faltas. Por ningún motivo el policía querrá oír hablar sobre la urgencia de los heridos. Defenderá la validez de la multa, citará el Código de Tránsito y la importancia de sus normas para el bien común. Jurídicamente el policía tendrá razón, pero el conductor habrá salvado vidas. Pagará la multa y será un héroe.
Que cada uno juzgue según su buen saber y entender.