Felix Esteban Dufourq. In memoriam

El 1de enero de 2026 entregó su alma al Creador el Dr. Félix Esteban Dufourq. Reproducimos aquí el in memoriam publicado en la página de Una Voce Argentina, sobre quien fuera su presidente durante casi 25 años.

Nació en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires el 19 de septiembre de 1936, pero se crió en San Isidro. Católico convencido, de joven promocionó los ejercicios espirituales ignacianos junto con los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey. En 1955, durante los últimos meses de la presidencia de Perón, fue encarcelado por protestar contra la supresión de los feriados religiosos y la persecución a la Iglesia llevada a cabo por ese gobierno.

Poco después, en 1956, participó desde sus inicios en la revista “Cruzada” junto con otros jóvenes universitarios como “Cosmín” Beccar Varela, y Andrés de Asboth, con quienes mantuvo una larga amistad. Con ellos viajó en 1964 a San Pablo, Brasil, donde conoció a Plinio Corrêa de Oliveira, y a Mons. Antonio de Castro Mayer, padre conciliar y figura del tradicionalismo católico, para más adelante constituir la «Sociedad Argentina de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad» (TFP). También conoció, en 1974, a Mons. Marcel Lefebvre en el primer viaje a Argentina hecho por el prelado. Todo eso lo marcó de manera definitiva en sus ideas y forma de actuar a lo largo de toda su vida. Su piedad mariana, su amor a la Iglesia, la conservación de las tradiciones divinas y humanas, su devoción por san Juan Bosco como buen ex alumno salesiano, y por san Alfonso María de Ligorio, como buen abogado. En 1977 fue nombrado juez de instrucción, magistratura que desempeñó hasta que fuera cesanteado en 1984 por el gobierno democrático radical.

En 1969 contrajo matrimonio con Teresa González del Solar, con quien tuvo 9 hijos: Trinidad, Félix María, Esteban, Pío, León, Juan, Pedro, Teresa e Inés, quienes a su vez lo hicieron “súper abuelo” como a él le gustaba decir. De personalidad expansiva y sociable, cultivó numerosas amistades, siempre teniendo como guía su inquebrantable fe católica y fidelidad a la Iglesia. Tocaba la guitarra, pasión que transmitió a hijos y nietos, haciendo del patio de su casa de Palermo Viejo, un punto de encuentro durante muchos años de reuniones sociales y guitarreadas, algo que él gozaba de manera particular ya que, decía, “une a las distintas generaciones”. En efecto eso llevó a ser muy apreciado por los amigos de sus hijos a pesar de la lógica diferencia de edad.

Gran promotor y defensor de la liturgia romana tradicional, en 1996 conoció en Inglaterra a Michael Davies, entonces presidente de la Federación Internacional Una Voce, con quién entabló una amistad personal, asumiendo el compromiso de presidir el capítulo local de dicha asociación, en orden a representar ante las autoridades de la Iglesia argentina los intereses de los fieles devotos a la venerable liturgia latina. Así, participó de las asambleas y congresos de dicha entidad en Roma, donde pudo tratar y entablar relación con muchos cardenales y prelados, recibiendo en su casa al P. Josef Bisig, cofundador y primer superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, al Mons. Gilles Wach, cofundador y superior del Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote, a Mons. Fernando Arêas Rifan, obispo de la Administración Apostólica San Juan María Vianney de Campos, Brasil, entre tantos otros sacerdotes. 

En su calidad de presidente de Una Voce Argentina, editaba el Boletín Misa Latina en Argentina el cual se encargaba de imprimir y difundir con sus propios recursos para «mantener a la gente informada», como él mismo decía, dado el enorme desconocimiento que el tema de la liturgia tradicional tenía en Argentina en los años ’90, así como la página web -ahora renovada- con artículos internacionales seleccionados y traducidos por él mismo. También fue delegado para Argentina del CIEL (Centro Internacional de Estudios Litúrgicos) de Francia, brindando un sostenido e invalorable apoyo material, pero también —y casi más importante todavía— moral de estimular y promover el estudio de la riqueza del Rito Romano y de los fundamentos de las posiciones a tomar ante la «cuestión litúrgica».

En palabras de un sacerdote con quien tuvo una especial relación, Félix «veía con claridad que no se trataba solamente de encontrar una solución práctica a sus necesidades litúrgicas concretas, sino también de ahondar en la comprensión de los distintos aspectos del problema. Era un ávido lector que se había esforzado en estudiar el francés y el inglés para poder comprender y acceder a la mayor parte de la bibliografía sobre el tema, que no estaba en castellano. Esto le permitió advertir la necesidad de profundizar en la reflexión y en el estudio de estos aspectos complejos, evitando así tomar simplemente una posición ‘ideológica’.» Él sentía una auténtica «preocupación por no quedarse en un mero formalismo, en lo meramente ceremonial, sino que siempre se ocupó de que los distintos aspectos de la vida fueran coherentes con sus posiciones teóricas; la conciencia de la necesidad de estar atento a lo que la espiritualidad clásica ha llamado “los enemigos del alma”, para tratar de infundir el amor por la virtud acompañado del estado de atención y alerta contra lo que pudiera dañar la práctica de ésta… Y, por supuesto, su devoción sincera a la Eucaristía, a la Santísima Virgen, con una falta de respeto humano que también reflejaba esta coherencia». Su celo y amor por el digno culto divino, sumado a la profundización en el estudio del mismo, le permitió no verse limitado tan solo al mundo latino, si no, por el contrario, manifestar una apertura a todos los demás ritos que el Espíritu Santo había inspirado a su Iglesia, especialmente el bizantino, el armenio y el maronita, mostrando así su auténtica catolicidad, la cual supo transmitir a sus hijos «habituándolos» desde pequeños a la belleza y riqueza de las liturgias y tradiciones orientales.

Al decir de otro sacerdote que lo conoció, Félix era “un entusiasta”, y ese entusiasmo lo conservó hasta el final de su vida, aún físicamente disminuido y con los años encima. La última Navidad y el día de su Octava los pudo festejar con toda su gran familia reunida, manteniendo una perfecta lucidez mental. 

Pocos días antes de partir, el Señor recompensó la fidelidad de su siervo permitiéndole recibir los Santos Sacramentos y asistir a la renovación incruenta del Santo Sacrificio del altar, celebrado en su casa por un sacerdote amigo de la familia. Tuvo una muerte cristiana, en paz y libre de penas y sufrimientos (como reza la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo) y fue sepultado en el Cementerio Memorial de Pilar, con misa exequial de entierro conforme al Vetus Ordo, a la cual concurrió un gran número de amigos y parientes. Allí aguarda la resurrección de los muertos. +

Deja un comentario