
Traducción de una síntesis de las declaraciones del cardenal Gerhard Müller, que fue directamente acusado por el P. Davide Pagliarani.
por Luisella Scrosati
El cardenal Gerhard Müller responde con firmeza a la provocación que se le dirigió mediante el comunicado con el que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X rechazó la propuesta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe de emprender un nuevo diálogo doctrinal, previa la suspensión de la decisión de ordenar nuevos obispos. En una intervención publicada en varias lenguas, disponible en español en el sitio de Infocatólica, el cardenal rechaza la «dura atribución de culpa exclusiva por el fin de este diálogo» con la Fraternidad, dejando en claro que lo que está en juego es «el bien supremo de la unidad de la Iglesia católica».
La posición de la Fraternidad, sobre todo con la decisión de ordenar nuevos obispos para continuar su propio apostolado en total autonomía respecto de la jerarquía católica, es claramente cismática. «Ningún católico ortodoxo puede alegar motivos de conciencia si se sustrae a la autoridad formal del Papa respecto de la unidad visible de la Iglesia sacramental para establecer una organización eclesial que no esté en plena comunión con él bajo la forma de una “Iglesia de emergencia” (Not-Kirche) […] Una actitud semejante, de carácter cismático, no puede apelar a un estado de necesidad», explicó el cardenal. Y añadió: «La conciencia bien formada de un católico, y especialmente de un obispo válidamente consagrado y de quien debe recibir la consagración episcopal, nunca conferirá ni recibirá las órdenes sagradas contra el sucesor de san Pedro […] manchándose así con un grave pecado contra la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad de la Iglesia de Cristo reveladas por Dios».
El Superior general de la FSSPX, don Davide Pagliarani, ha apelado en varias ocasiones a su propia conciencia ante Dios y ante las almas para sostener la necesidad de nuevas consagraciones episcopales, pero «la única solución posible en conciencia ante Dios consiste en que la Fraternidad San Pío X, con sus obispos, sacerdotes y laicos, reconozca no sólo en teoría, sino también en la práctica, a nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, como legítimo Papa y se someta sin condiciones previas a su autoridad doctrinal y a su primado de jurisdicción». Existe, en efecto, el deber de formar la propia conciencia a la luz de la verdad; y, como enseñó dogmáticamente el Concilio Vaticano I, la verdad es que «los pastores y los fieles de todo rito y dignidad, tanto individualmente como todos en conjunto, están obligados por el deber de subordinación jerárquica y de verdadera obediencia» al Romano Pontífice. No hay estado de necesidad ni primado de la salus animarum que dispense de este deber, que se vuelve aún más apremiante precisamente en situaciones de grave prueba para la Iglesia.
También respecto al escollo del Vaticano II, Müller muestra una posición en absoluto rígida, reiterando que «lo que no se refiere a la doctrina vinculante en materia de fe y moral queda confiado a la libre discusión teológica»; y recuerda que todos los documentos magisteriales, incluidos los del último concilio y del Magisterio posterior, no deben considerarse como un monolito dogmático, sino que «deben ser interpretados según el probado sistema de los grados de certeza teológica». Considerar cada documento de la Santa Sede como un nuevo dogma indiscutible es la estrategia de quienes quieren subvertir la Iglesia, silenciando toda oposición con el argumento de autoridad; pero es también la trampa en la que ha caído la Fraternidad, que ya rechaza incluso confrontarse sobre los distintos grados de asentimiento que deben darse al Magisterio, que es el único camino católicamente practicable, terminando así por engrosar las filas de quienes pretenden un enfoque de “todo o nada” frente a cada documento eclesial.
El cardenal dejó entrever también la posible solución de regularización canónica ofrecida a la Fraternidad: «una solución justa para su estatus canónico, por ejemplo dotando a su Prelado de una jurisdicción ordinaria para la Fraternidad, directamente subordinado al Papa (quizá sin la mediación de un organismo de la Curia)». Se trata de una propuesta muy ventajosa, más allá de la cual sólo quedaría el propio papado, que sin embargo la Fraternidad no parece dispuesta a aceptar, mostrando una vez más su actitud cismática.
Todas estas consideraciones no significan desconocer que los cismas, que nacen y se consolidan «entre católicos ortodoxos», se deben también a la «falta de sensibilidad de la autoridad legítima». Y a situaciones verdaderamente al límite de lo soportable, que exasperan a los fieles, empujándolos a buscar falsas soluciones fuera de la sumisión a la jerarquía católica. Situaciones que Müller no deja de denunciar, como las «blasfemias y abusos litúrgicos», que hacen gravemente «culpables ante Dios y ante la Iglesia» a quienes los cometen; o como Traditionis Custodes, que «todo católico puede criticar», así como «su aplicación a menudo indigna por parte de obispos intelectualmente inadecuados, junto con su deficiente argumentación teológica y su imprudencia pastoral».
Tampoco se libran de la crítica los «documentos más recientes, en los que se han confundido de modo amateur argumentos dogmáticos y pastorales, o cuando se han pronunciado afirmaciones irreflexivas según las cuales —relativizando a Cristo— todas las religiones serían caminos hacia Dios, mientras que respecto a María Corredentora y Mediadora de todas las gracias se ha insistido nuevamente en la única mediación de Cristo sin tener en cuenta la doctrina de la Iglesia sobre la cooperación de María en la obra salvífica de Cristo». El Camino Sinodal de los católicos en Alemania es calificado como «una iglesia nacional», «una especie de constitución eclesiástica anglicana», guiada por «una dirección eclesial autoproclamada, compuesta por débiles obispos cortesanos y funcionarios laicos sedientos de poder y obstinados ideológicamente».
No se trata, por tanto, de aceptar vendarse los ojos y cerrar la boca ante una situación eclesial objetivamente grave para permanecer en la Iglesia, sino de dejarse instruir por su historia, que demuestra cómo «las herejías, desde el arrianismo hasta el modernismo, han sido superadas únicamente por aquellos que permanecieron en la Iglesia y no se apartaron del lado del Papa», con la «plena certeza de que la Iglesia no puede ser vencida por nada ni por nadie, ni por los ataques externos ni por las confusiones internas».
Fuente: Brújula cotidiana.
Impecable Müller
Su Eminencia tiene razón. Y cualquiera puede leer la carta aquella con la que «terminó el diálogo», y ver que las condiciones que pone son perfectamente razonables.
Todo es muy hermoso y me encantaría ser positivo, como lo muestra Müller. ¿Me puede decir el señor cardenal qué época de la historia se presenta como la de hoy, teniendo hasta al mismísimo Papa metido en este berenjenal doctrinal del cual no hay voluntad de salir, y siguiendo de este modo hundiendo más y más a la Iglesia? Claro, en teoría, todo lo que dice se basa en la historia que describe bien, pero no la narra completa, sino hasta el Vaticano II. ¿Y después? ¿Qué hacemos con el terrible magisterio de los papas posteriores? ¡No se salva ninguno! Bueno, entonces hablemos de la realidad histórica y luego apliquemos las premisas teológicas adecuadas, porque conceptualizar —aunque sea teológicamente— sin percibir el descalabro total y único que padece la realidad de la Iglesia Católica hoy en día es racionalismo puro. Fraternalmente, Fabio.
Müller admite el descalabro que usted menciona, pero lo que cuestiona razonablemente es que ese descalabro amerite consagrar obispos.