por Anthony Esolen
Supongamos que se le hicieran las siguientes preguntas a un antropólogo, apartado del ruido y furia de la política actual: ¿cuáles serían los signos de una cultura moribunda, o de una cultura suicida? ¿Qué respondería de acuerdo a la naturaleza humana y a los términos de la propia pregunta? ¿Qué podría advertir en nosotros mismos?
Tal cultura se preocuparía más por la muerte que por la vida; y esa preocupación se manifestaría en varios modos. Promovería el derecho a morir según la propia voluntad, pero no el derecho a vivir, sino tan sólo el permiso de vivir, mientras uno posea ciertas cualidades que la gente reconozca como útiles o aceptables en el redil; y cuáles sean esas cualidades y cómo deban ser reconocidas cambiaría con las exigencias políticas y los sentimientos. La vida no es un don, sino meramente una cosa, para ser tirada a voluntad, como la basura. Nada es sagrado -ni el cuerpo, ni el alma, ningún lugar, ningún objeto, ningún nombre, ninguna persona humana, no lo es la historia, ni las canciones, ni Dios.
Aún así, esta voluntad de morir no es ni valiente ni generosa. El joven audaz que guarda su puesto en el campo de batalla está dispuesto a morir, no porque esté cansado de su vida sino porque está tan lleno de vida, y tan conmovido por sentimientos de camaradería por sus hermanos de armas que puede entregar su vida en la trinchera. Los soldados que quieren morir ya han perdido. Cuando un anciano o un enfermo dice “No va más” da su negativa, como decía Chesterton, a todo el universo. Generalmente, corre hacia la muerte porque tiene miedo al sufrimiento, que en una cultura moribunda, ha perdido su significado. Nada es sagrado. Una persona así se estremece ante los inmensos hospitales-máquina en los que los hombres son entregados para morir; así huye de la máquina y se arroja al abismo, a la nada.
En una cultura moribunda, los que no se suicidan, no ven mayor belleza en la vida humana, ni siquiera en lo que el poeta ciego Milton dijo que más extrañaba: “el divino rostro humano”. Un artículo reciente identificaba como una fotografía del siglo pasado, la foto de un pequeño bebe en el útero, de apenas dieciocho semanas, pero la autora se apresuró a asegurar a sus lectores que sería un error usar esa fotografía como un argumento contra los “derechos reproductivos” de las mujeres. Los eufemismos, el sentimentalismo calloso, y las abstracciones saludan a los portones de la muerte: Abtreibung Macht Frei (El aborto os hará libres). Que la fotografía mostrara un ser de sobrepujante y misteriosa belleza, un don, un objeto de asombro, incluso un ser hecho a imagen de Dios, no podía imaginarlo la autora, o le resulta inconfesable. Nada es sagrado.
Semejante gente, podríamos esperar, olvidaría el alma y estaría obsesionada con el cuerpo, pero no el cuerpo como poseedor algún significado intrínseco. Trabajarán el cuerpo, lo golpearán, lo agujerearán, lo plastificarán, garabatearán grafitis sobre el cuerpo, y en general lo reducirán a una herramienta del hedonismo o a un pobre intento de auto expresión en un mundo en el que no habrá nada importante que expresar. Nada es sagrado. Su arte no habitará amorosamente en el rostro humano o en la natural gracia y expresividad de las posturas humanas. Será carne por la carne misma y rostro por la carne misma. Hablarán del cuerpo como de una máquina y se referirán con escasa sinceridad a su “rendimiento”.
En materia sexual también, no habrá asombro, ningún sentido de lo que son los sexos, ninguna gratitud del hombre hacia la mujer ni de la mujer hacia el hombre. La ingratitud, la impaciencia y la renuencia a soportar los defectos del sexo opuesto se manifestará en la esterilidad voluntaria, asumiendo tres formas. Primero, un odio o temor por la propia fertilidad, que llevará a la esterilización voluntaria, porque la esterilidad es, antropológicamente, vecina de la muerte. Segundo, un rechazo al matrimonio, o una completa falta de interés por él, sea el matrimonio ordinario del hombre y la mujer o el matrimonio espiritual que se abraza como religioso; la fiesta de bodas a la que Jesus compara el reino de Dios ya no tiene atractivo. Nada es sagrado. Tercero, una adhesión a un falso matrimonio por medio de una falsa unión sexual; la deliberada y sacrílega perversión de las propias aptitudes sexuales, tal como arrojar la semilla de la vida a una cloaca, el lugar de los residuos y la decadencia.
Ellos que aplastarían, desmembrarían, o freirían en sal a ese niño asombrosamente bello en el útero de su madre, seguramente no tendrán escrúpulos en invadir el refugio de la bendita inocencia de un niño, durante el tiempo en que sus deseos sexuales están dormidos o latentes, ese largo tiempo en que los chicos necesitan aprender quienes son y qué son, destinados a crecer para ser maridos y padres, esposas y madres confidentes. Jesus tiene palabras duras para referirse a aquellos que escandalicen a los pequeños, pero, puesto que nada es sagrado, la gente de esta cultura moribunda estará ansiosa para unir a los niños a su corrupción y hedonismo sin sentido adornado como siempre con eufemismos, como lápiz labial y pelucas en una calavera. Una horrenda drag queen instruyendo a pequeños niños sobre cómo plegar sus testículos dentro de sus cuerpos y anudarlos allí — la muerte jactándose de la muerte.
La gente de una cultura moribunda no produce ningún arte digno de ese nombre. El aburrimiento se entroniza pesadamente en el alma. Nada es sagrado. Los poetas románticos del siglo diecinueve, a menudo residualmente cristianos a lo sumo, creían que el impulso para el gran arte, la música y la poesía debía ser divino. ¿Qué los inspira? Aquellos que pierden lo divino pierden también lo humano. Es como dice Jesús, que a aquéllos que buscan el reino de Dios, les serán dados todos los bienes de la tierra. La inversa es también verdad: a aquéllos que tienen poco, a aquéllos que buscan sólo los bienes terrenos, incluso lo poco que tengan les será quitado. El arte de la cultura moribunda no sólo pierde su excelencia. Desaparecen variedades enteras de artes; a nadie le importan ya; a nadie le interesa aprender con gran paciencia y muchos errores, o apreciar, lo que también requiere paciencia, o preservar. Muchas de las habilidades que el verdadero artesano requería, a menudo habilidades sin nombre, conocidas por su mano, su ojo o su oído, se han olvidado. Los artistas y arquitectos se vuelcan a lo horrible, lo brutal e inhumano.
El pueblo de una cultura moribunda no sólo ahoga su futuro en el vientre. Asesina también a sus ancestros. Mira con envidia a los grandes hombres de su pasado, hombres que, como todos los hombres, fueron imperfectos, pero que construyeron no sólo para sí mismos sino para su posteridad. Se burla de esos grandes hombres y disfruta “desenmascarando” sus leyendas. Nada es sagrado. Caen las estatuas en las plazas públicas, porque ya han caído en los corazones de los hombres. Y no es un hombre en particular el que debe ser pisoteado en el polvo. Todo el pasado del pueblo debe pisotearse; tal vez incluso, todo el pasado de la humanidad, no recibido como un don sino borrado como una carga. Abundan los esquemas utópicos, incluso aunque el decadente arte de la época no ve más que vastas redes de miseria humana por venir. Porque las torres utópicas están cimentadas en el odio por lo que es.
Todo el humor de la cultura moribunda es gris. La acedia es su pecado dominante, manifestada en la inacción espiritual y en el trabajo incesante por el trabajo mismo, o el trabajo por fines bajos. No hay alegría en su humor. La trivialidad es su nota característica, la risa de los aburridos, lo sobre sofisticado, lo mundano y lo cansino. Los niños no llenan las calles con sus alegres juegos y risas. Las iglesias están vacías. Las instituciones básicas de la sociedad son débiles, especialmente la familia. La confianza social ha desaparecido. La tradición, que es una forma de confianza social, la unión entre generaciones, es vituperada u olvidada. Nada es sagrado.
Dante con perspicacia identifica el carácter del infierno como la pérdida de la esperanza, esa virtud teologal que confía en las promesas de Dios. La cultura moribunda podrá usar la palabra “esperanza”, pero nadie cree ya en ella, como lo demuestra espantosamente su fracaso en reemplazarse a sí mismo con los hijos. Nada es sagrado. El optimismo, sonriente y con dentadura de oro, hace su entrada para ocupar el lugar de la esperanza, no apoyando el perdón, la redención y el renacer, sino un juicio inmisericorde contra el pasado, y disertando sobre el cambio, vago y sin dirección definida, sobre algún cambio, cualquier cambio, como el cambio que busca una persona enferma en su cama sacudiéndose y girando tratando de encontrar un alivio que no llega. Los impacientes y enfermos están secretamente asustados de la esperanza, como lo están de la fe y del amor. Así están preparados para comprar cualquier confianza que se les quiera vender: seremos salvados por la tecnología o por cualquier novedosa maquinaria política. Dennos libertad para alimentarnos y aburrirnos y llenar nuestras horas vacías como queramos, pero quítennos toda libertad que nos requiera exigencias, la verdadera libertad de un alma humana luchando en gracia para acercarse a Dios.
¿Quién puede respirar la vida en semejante estado a fin de que pueda volverse un alma viviente? Sólo Dios puede, pero el pueblo prefiere creer en mentiras, que no hay nada sagrado, en vez de asumir los abundantes deberes y dones de la vida. Quiera Dios insuflar vida en nosotros, lo queramos o no.
(Traducción: Beltrán María Fos)
La Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina) organiza un congreso a fines del mes de mayo para reflexionar sobre la cultura occidental, su agonía y su esperanza. Los interesados pueden obtener más información descargando este archivo)

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En el caso argento el principal problema, además de la descristianización, es a mi entender el Poder Judicial, desde la Corte Suprema hasta el juez más insignificante de la justicia de juguete de la CABA, y desde el Juicio a las Juntas hasta hoy.
Solo como muestra les transcribo un párrafo de la «Magistrada» que desmagistra, Dra. Liberatori, en la medida cautelar recién dictada a favor de la FAGLBT, para que no se aplique el valiente DNU 62/2025 de Milei que prohibió la hormonización y cirugías en menores de edad; vean esto y verán la profundidad de la crisis y del pecado social:
«… Cecilia MONTENEGRO en la Revista Actualidad Psicológica, Año XLVI-Nro. 508, julio 2021 sostiene que “Existe en los saberes sociales construidos la idea de que hay una coincidencia entre la percepción de género y la representación corporal. Sin embargo, en muchas de las identidades Trans, Intersex y no Binaries, esta coincidencia no existe desde tiempos muy tempranos, y es enorme el padecimiento que se experimenta cuando se convive con esta no-coincidencia… Es imprescindible entender las experiencias TTNB no como patologías, anormalidades o incongruencias, sino como vivencias legítimas y formas de expresarse y nombrarse, desde trayectorias heterogéneas, fluidas y cambiantes, que deben ser reconocidas y garantizadas acorde al paradigma de los derechos humanos”. Los autores HELIEN y PIOTTO afirman en el Prólogo del libro “Cuerpxs equivocadxs” que las personas trans son una minoría dentro de las diversidades sexuales y de género, no obstante son quizás las personas más invisibles y las que más discusión y confusión traen. “Esto ocurre en casi todos los ámbitos académicos y colectivos, como la sexología, la psicología, el psicoanálisis, las ciencias médicas y sociales, los medios de comunicación y la sociedad en general. Tal vez no haría tanto ruido ni llamaría la atención sino fuera porque compromete algunas bases de la cultura occidental atravesada por la idea de que solo existen dos sexos y dos géneros; idea en la que “sexo”, “género”y “orientación sexual” connotan “lo mismo” dentro de un imperativo biológico. Las corrientes más modernas de distintas disciplinas -sobre todo en las ciencias sociales- acuerdan en que no nacemos con una identidad definida, determinada y cerrada, sino que es un proceso que se construye durante toda la vida. Sin embargo, la idea de que la identidad es inmutable sigue presente y atraviesa el pensamiento binario de las categorías varón/mujer. Los cuerpos de las personas trans nos interpelan de una forma implacable en esa concepción binaria. Y en tanto no estemos dispuestos a reconsiderar la propia construcción de la sexualidad, ese cuerpo será algo chocante y quizá provocará hasta violencia”
Y toda la sentencia es más menos lo mismo, son 164 páginas de estas aberraciones, que solo un tipo como Agustín Laje podría tener el estomago de leer; yo no lo tengo.
Si estos son los jueces que deben velar por la vida, la salud y la seguridad de los argentinos, estamos como se dice «en el horno».
Si, uno puede acordar con casi todo lo que está escrito, pero hay un ausente, el trabajo, o más bien, el sustento, o eso que llamamos vivir con cierta dignidad, comprar una casa y tener un salario que no clame la ira divina. Aparece la palabra «trabajo» en relación a la asedia. Pero estoy refiriéndome a otra cosa. Veo que los conservadores o semi o afines a la tradición, o como se los quiera denominar, abandonan el movimiento ahí donde comienza y termina la cuestion de la identidad cristiana;. Y el problema del sustento y la vivienda propia (no olvidemos que formar familias y numerosas es un excelente recordatorio de tradis y conservadores del mandato divino) se deja librado al mercado. Como si solo contara una marca determinada, una marca chick de perfume de la tradición de eso que todos queremos pero sin algunas carnes, como efectivamente es, el problema del trabajo.
La desesperación pagana… Artículo de Castellani donde actualiza la idea capital de Belloc en su Crisis de las Civilizaciones…
-¡oh Alma! qué quieres?
-No lo sé…
-Qué te falta?
-Nada…
-Qué te duele?
-Todo esto, todo aquello…
-Dónde vas?
-Por ahí…
-Eres feliz?
-Feliz?…
El diálogo muestra un malentendido íntimo e irreparable entre todas las cosas (amor, familia, comodidad, quehaceres…) y el alma… un malentendido tan sutil y total que se puede expresar… La convicción fatal: nada vale la pena porque nada paga el gasto…
De esto mismo murió el Imperio Romano… de desesperación pagana…
Esolen pinta un magnífico retrato de esta civilización moribunda. Yo rescato dos grandes ejes: uno, que nada es sagrado, el otro, que el destino de la civilización depende en buena medida de la política. Eso me da pie para hablar de la «causa» que nos llevó a este estado de postración y el inevitable final de esta película según mi apreciación y la de muchos otros más importantes que yo.
El problema del suicidio de la civilización no es ni más ni menos que consecuencia de la muerte de la Civilización Cristiana. Se trata de un problema político-ideológico que empezó hace mucho tiempo pero que se aceleró después de la II Guerra Mundial.
Los pueblos no son gobernados por los políticos que la gente elige en las urnas, son gobernados por el Nuevo Orden Mundial, un gobierno en las sombras que nadie conoce.
David Rockefeller -heredero de una de las fortunas más grandes del mundo- sabía mucho de eso. A principio de los ’70 fundó la Trilateral Commision con los banqueros y multinaconales más grandes de EE.UU., Europa y Japón. Mucho antes de eso, en 1954, el Príncipe Bernardo de Holanda fundó el Club Bilderberg también con los empresarios y banqueros más poderosos del mundo. Estaba fundando el NOM.
Hablando de este Club The Times publicó en 1977: «Es una camarilla formada por los hombres más ricos, poderosos e influyentes de Occidente que se reúnen secretamente para planear eventos que después, simplemente suceden».
Y el Príncipe Bernardo: «Es difícil reeducar a la gente que ha sido educada en el nacionalismo, es muy difícil convencerlos de que renuncien a parte de su soberanía en favor de una institución supranacional».
Sobre este Club tan secreto y selecto, Daniel Estulin escribió un libro interesantísimo que revela su paciente trabajo sin tiempo con el claro objetivo de borrar las soberanías nacionales hasta lograr un solo país planetario en un mundo de esclavos al servicio del gran capital.
Para alcanzar ese objetivo el gran paso fue crear el feminismo y envilecer a la mujer, columna de la familia, obligándola a salir a trabajar junto con el varón. Eso provocó el problema de atender a los hijos y abrió el camino al aborto. Luego el colectivo LGTB y la ideología de género hicieron el resto para destruir a la familia cristiana y con eso minar los cimientos de la Iglesia Católica, el último baluarte a derribar.
Junto con la masonería mundial a su servicio, hoy todo eso es una realidad, la infiltración en la Iglesia llegó hasta las más altas cumbres y el enemigo de ayer es el aliado de hoy.
Que nadie se haga ilusiones, ahora vamos camino a la batalla final. Estoy convencido que Trump y Putin, enemigos del NOM, serán grandes protagonistas de esos acontecimientos.
Fuenteovejuna
Fantástico resumen. Muchas gracias.
Los signos de una cultura muribunda son claros y confirmados: el abandono de su identidad, el dejarse desbordar por lo de fuera, el diluir sus límites, el no custodiar su frontera.
Y tal cual es la sociedad actual, salvo en los pueblos indígenas que todavía perviven, en algunos lugares del Tibet y, sobre todo en el Islam. Ahí, gracias a Dios todavía hay algo que guardar.
Y conste que no quiero entrar en polémica teológica, sino tan sólo en el tema cultural.
En el Islam, más que le pese a algunos, todo el pueblo, por poner un simple ejemplo, respeta la vida en el seno materno y respeta la familia. Ahí todavía hay una sociedad viva.
Aquí ya no tiene sentido la Cuaresma mientras ahí todavía se respeta y cumple el Ramadán.
«En el Islam, más que le pese a algunos, todo el pueblo, por poner un simple ejemplo, respeta la vida en el seno materno y respeta la familia.»
Dígale eso a las familias cristianas en países como Pakistán…
Vamos, que «en el Islam» de suyo, no hay nada. Otra cosa sea que en algunos países musulmanes se practique cierta tolerancia social basada en una interpretación «moderada» del Islam.
Mi eestimado Andrés, ciñéndonos al tema, el Islam no es una sociedad moribunda. Y sí, lucha – con acierto o con error-, contra los de fuera.
Las matanzas de Cristianos no son propias del Islam, más bien, de la guerra de Ucrania, para no ir más lejos. Hermanos masacrando a hermanos.
No defiendo el crimen en ningún lugar donde sea cometido, porque el «no matarás» es sin condición y extensivo.
Hoy los exaltados, usan cualquier bandera para practicar el mal, incluso en el Islam. Y no olvidemos las dos bombas atómicas.
Nuestra sociedad moderna ya no languidexe sino que claramente arroja extertores de muerte.
Una joyita que honra su página. Felicitaciones don Güanderer.
Augusto del Río
Una joyita que honra su página. Felicitaciones don Güanderer.
Las obras de misericordia son un ala, el otro ala es la adoración al Señor. NINGUNA SIN LA OTRA.
Que la fe sin obras es muerta es algo que ya sabemos, es algo que todos conocemos.
La Iglesia Católica actual, tanto la del Rito Moderno como la del Rito Tridentino, es luterana, es racional, no tiene, ante Dios, ningunas obras que presentar.
Arrodillarse en un confesionario y arrodillarse al comulgar no son, ante Dios, obras que poder presentar.
¿Qué es una iglesia luterana? La racional, la sin obras en las que poderse valer sin obras que poder presentar.
En 1960, toda la iglesia era tradicional. ¿Y qué tenía? Nada. Sólo era una cáscara sin nada dentro. Dentro no tenía ni yema ni clara de huevo, Nada en lo que poderse valer, nada vital.
Y así es nuestra iglesia actual, tanto la de Rito Moderno como la de Rito Tridentino-tradicional. Sin nada que ofrecer, sin nada en lo que poderse valer.
¿Y cuál es la solución? Volver a la práctica de las obras de misericordia, tanto las corporales como las morales.
Esa es la única solución real. Volver a la práctica viva de las obras de misericordia.
La Iglesia sin obras es solo una estructura vacía, una cáscara que se sostiene por costumbre o nostalgia. Si la fe no se traduce en actos concretos de caridad, entonces es una fe muerta, por muy solemne que parezca.
Jesús no fundó una Iglesia para que se arrodillara en rituales sin vida. Fundó una comunidad de servicio, de entrega, de sacrificio real.
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis» (Mateo 25:35).
El Rito no es el problema. El problema es que no hay vida dentro del Rito.
Y solo hay una manera de devolver la vida: con obras, con misericordia, con servicio real.
Anónimo del 18/3/25 a las 7:39:
Dice usted que «Jesús no fundó una Iglesia para que se arrodillara en rituales sin vida«. Y que «la Iglesia Católica actual, tanto la del Rito Moderno como la del Rito Tridentino, es luterana«.
Me parece que el luterano es usted.
Concilio de Trento: CAN. VI. Si alguno dijere, que los Sacramentos de la nueva ley no contienen en sí la gracia que significan; o que no confieren esta misma gracia a los que no ponen obstáculo; como si sólo fuesen señales extrínsecas de la gracia o santidad recibida por la fe, y ciertos distintivos de la profesión de cristianos, por los cuales se diferencian entre los hombres los fieles de los infieles; sea excomulgado.
S.E.
Típica respuesta de tradi (aunque espero usted no lo sea).
Realmente esperaba una respuesta así desde que leí el comentario, sabía que no se entendería bien esa frase sobre los «rituales sin vida».
Para hacerla corta, le diré que no tiene que ver con el canon que usted cita, se refiere a otra cosa. El canon se refiere a la realidad objetiva de los Sacramentos, en cambio la frase toca a la realidad subjetiva de los mismos, o sea, qué hace cada uno frente a los Sacramentos. Espero que usted sepa distinguir.
Cierto, los sacramentos contienen y confieren la gracia. Nada que oponer a Trento, pero convendrá conmigo que si la gracia falta a quien comulga, comete sacrilegio, y si falta a los esposos, cometen adulterio.
Y es claro y cierto que toda gracia falta a quien a su fe no añade las obras de Misericordia.
Una Iglesia donde la infinita mayoría de sus bautizados no conserva la gracia, ¿cómo se llama?
Yo no la llamo tradicional ni la llamo iglesia moderna, la llamo luterana, donde las obras no importan, donde todos pretenden estar -sin estarlo- en gracia.
Estimado Andrés Battistella:
Creo que no entro en la categoría de «tradi».
Entiendo que el anónimo a quien le respondí citando al Concilio de Trento habla de los sacramentos desde el punto de vista de quien los recibe. El problema es que parece afirmar que lo único que cuentan son las obras de misericordia corporales, es decir las obligaciones para con el prójimo, y lo demás (las obligaciones para con Dios, entre ellas la de rendirle el debido culto) son meras cáscaras vacías, obras sin valor, salvo que vengan acompañadas de aquellas otras. El culto debido a Dios, que se da de manera eminente en la celebración eucarística, no se ve intrínsecamente disminuido por el hecho de que el sacerdote lo celebre con las peores disposiciones interiores ni porque los fieles que participen anden flojos de obras de misericordia. No se puede ignorar el valor y la realidad objetiva de los sacramentos, como si de nada valieran salvo que uno salga luego corriendo a vestir al desnudo, dar de beber al sediento, visitar a los presos (cosa que pocas personas hacen), etc.
Además, sostener que «arrodillarse en un confesionario y arrodillarse al comulgar no son, ante Dios, obras que poder presentar«, como si nada valiera objetivamente la conversión de un pecador, me parece un disparate. «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierta…»
Por último, afirmar de manera tan general que en TODA la Iglesia, desde antes del CVII, no hay ni uno que pueda presentar buenas obras ante Dios me parece totalmente infundado. Santa Teresa de Calcuta es el botón que sirve de muestra. Y hay muchísimos más que sólo Dios conoce.
S.E.
Qué curioso. Parece que el fraticellismo sigue siendo una tara recurrente.
Entonces no se preocupe, porque en los países occidentales, donde hay Estado del Bienestar, no hace falta hacer ninguna obra de misericordia.
Ya pagamos al gobierno bastantes impuestos para que los sistemas de ayuda social funcionen y funcionen bien.
Por tanto para los habitantes de esos países no necesitan ese tipo de religión.
De lo que tienen hambre en esos países no es de dulces y champán, sino de Dios, de espiritualidad, de religión, de rito…y de comunidad.
Parece entonces que lo mejor sería la religión musulmana, que ofrece eso como ninguna otra…
¡y además tiene también una lengua litúrgica propia -el árabe coránico- para operar su magia!
Por aquí nos estamos olvidando de las obras de misericordia espirituales, parece…
Todo un síntoma.
«Arrodillarse en un confesionario y arrodillarse al comulgar no son, ante Dios, obras que poder presentar.»
Es una excelente obra de humildad confesarse y comulgar. Hay muchos que dan de con comer a los pobres pero sin fe. Es mucho más loable la humildad ante Dios. Con su «postulado» luterano no deberían existir las Carmelitas descalsas, porque no tienen qué producir, ni nada vistoso sobre qué hacer, ante el mundo obviamente.
Hasta donde mi inteligencia alcanza, las carmelitas descalzas no es que tengan obras es que ellas mismas con su entrega, sacrificio y compuncion son obra viva para toda la Iglesia.
A diario visten al desnido, Cristo, despojado de todo atavío, visitan al preso, Cristo, encerrado en un cajón de latón…
Pero claro, un grano no hace granero.
qué sabe usted acerca de la vida de devoción y las obras de aquellos que asistimos a la misa tradicional? Realmente se siente usted tan justificado al afirmar que somos luteranos? Usted conoce a los fieles (no son dos o tres) que asisten al rito tridentino, en algunos casos todos los días, su entrega, sus oraciones, su generosidad para con Dios y el prójimo?
No somos todos santos (algunos bastante pecadores, como yo) pero luteranos, ni un poco.
Su afirmación es típica del que se quiere colocar en el medio entre la tradición y el progresismo.
Por supuesto que lo conozco. Asisto a Misa Tradicional y a alguna que otra peregrinación, y todavía no he hallado ni a sacerdote ni a feligrés con devoción, según San Francisco de Sales detalla en su obra.
A todo el que tiene fe sin obras le llamo luterano por aquello de Lutero…
Solo Fides.
Detecto una confusión de términos, dado que nuestro culto es racional, como dice san Pablo, la acusación no se sostiene, tal vez quiso decir racionalista.
Perditio et mors dixerunt: Auribus nostris audivimus famam ejus.
U.I.O.G.D.