por el metropolita Anthony Blum
Quisiera primero definir el vocablo «espiritualidad». Por lo general, hablando de la espiritualidad, suponemos ciertas manifestaciones religiosas de nuestra vida espiritual, tales como la oración o el ascetismo. Pero creo que es menester recordar que la espiritualidad es la manifestación de lo que se opera misteriosamente en nosotros por acción del Espíritu Santo. En este caso la dirección espiritual no consistirá en educar al hombre según ciertos principios ni en enseñarle a desarrollarse ascéticamente, o a aprender a rezar con arreglo a ciertos cánones, sino en que el director espiritual, cualquiera que sea su grado de espiritualidad, vigile bien qué opera en el hombre el Espíritu Santo, y despierte Su obra, defendiéndolo contra las tentaciones o caídas y contra las vacilaciones de la falta de fe. Como resultado, esta actividad de dirección espiritual puede parecer, por una parte, mucho menos intensa, pero, por otra parte, mucho más sustancial de lo que pensamos con frecuencia.
La dirección espiritual no es un concepto unívoco. A mi modo de ver, existen tres grados, tres tipos de directores espirituales.
En el nivel más básico lo es el sacerdote, que recibió la gracia del sacerdocio, lo que no sólo le da el derecho, sino también la bendita fuerza de administrar el sacramento de la Eucaristía, el sacramento del Bautismo, el sacramento de la Comunión y también el sacramento de la Confesión, o sea, la reconciliación del hombre con Dios.
Un gran peligro que corre el sacerdote joven e inexperto, lleno de entusiasmo y de esperanza, radica en que muchas veces los jóvenes egresados de los seminarios se creen que la ordenación les ha proporcionado la inteligencia, la experiencia y la habilidad de discernir los espíritus… Pretenden ser lo que en los libros ascéticos se denominó neostárets. Estos jóvenes no tienen todavía madurez espiritual y ni siquiera conocimiento producto de la mera experiencia personal, pero creen haber aprendido cuanto les pueda ayudar a tomar al pecador aparente de la mano y llevarlo de la tierra al cielo.
Lamentablemente, con demasiada frecuencia el joven sacerdote, simplemente apoyado en su sacerdocio y no porque sea espiritualmente experto o porque lo haya inducido en ello Dios, comienza a dirigir a sus hijos espirituales dándoles órdenes: «No hagas esto, haz esto, no leas libros tales, asiste a la iglesia, haz tales reverencias o prácticas…» Como resultado tenemos una caricatura de la vida espiritual de sus víctimas, que hacen, tal vez, cuanto habían hecho los ascetas, pero éstos lo habían hecho partiendo de su experiencia espiritual y no como animalitos amaestrados.
Y en el caso del director espiritual es una catástrofe, porque él irrumpe en un dominio en que no tiene derecho a irrumpir ni experiencia para hacerlo. Creo que es una cuestión candente para el sacerdocio. Uno puede ser stárets sólo por la gracia de Dios, es un fenómeno carismático, es un don, y no se puede aprender a ser stárets, como no se puede optar por ser genial.
Todos nosotros podemos sólo soñar con ser geniales, pero comprendemos perfectamente que Beethoven o Mozart, Leonardo da Vinci o Rubliov poseyeron la genialidad que no puede aprenderse en escuela alguna ni siquiera por medio de una larga experiencia, porque es un don dispensado por Dios.
A menudo los jóvenes sacerdotes, en función de su edad o su madurez (o más bien, falta de madurez) espiritual, “dirigen” a sus hijos espirituales en vez de ayudarlos en el crecimiento. Ayudarlos en el crecimiento quiere decir tratarlos como el jardinero trata las flores y otras plantas. Es necesario conocer el carácter del suelo y de la planta, es necesario conocer las condiciones climatológicas y otras, y únicamente en este caso se puede ayudar a esta planta a desarrollarse de un modo que corresponde a su naturaleza (¡es todo cuanto se puede hacer!). ¡No se puede quebrar al hombre para hacerlo semejante a uno mismo! En una ocasión, un escritor religioso de Occidente dijo: «A un hijo espiritual se lo puede conducir sólo hacia sí mismo, y el camino hacia su fuero interno… es a veces muy largo».
Si ustedes leen el Santoral, se darán cuenta de que los grandes stárets sabían ver en otro hombre sus propiedades exclusivas, inconfundibles, y sabían dar a este hombre, y a otro, y a otro más la posibilidad de ser también ellos mismos y no la réplica de este stárets o, peor aún, su repetición estereotipada. Tomen un ejemplo de la historia de la Iglesia Rusa: el de Antonio del monasterio de las Cuevas de Kiev, y Teodosio. Éste fue educado por aquél, pero Antonio era asceta y Teodosio fundó la vida cenobítica. Diríase: ¿cómo pudo Antonio prepararlo para que fuese el hombre que él mismo no había querido ser y para que hiciese lo que él mismo no hubiese hecho, a lo que Dios no le había llamado? Creo que en este caso hay que distinguir muy bien entre nuestro deseo de hacer a un hombre semejante a nosotros y nuestro deseo de hacerlo semejante a Cristo. Lo propio de un stárets es un bendito don, es la genialidad espiritual, y por eso nadie de nosotros puede pensar en comportarse como stárets.
Pero existe también un intermedio: la paternidad. Muy a menudo los sacerdotes jóvenes, otra vez me refiero a ellos, pero también los no muy jóvenes, por el mero hecho de que les llaman «padre Fulano» o «padre Mengano», se imaginan que no son simples sacerdotes confesores, sino realmente «padres» en el sentido en que el apóstol San Pablo dijo: «…aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tendréis muchos padres; que en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio» (1 Co 4,15). La paternidad consiste en que una persona (puede ser no sacerdote incluso) engendra para la vida espiritual a otra persona.
Esta última, habiendo escrutado a aquélla, vio —como reza un viejo proverbio— el resplandor de una vida eterna en sus ojos y en su rostro, y por eso pudo acercársele y pedir que fuese su pedagogo y director. Lo segundo que distingue al padre es que éste parece ser de una misma sangre y un mismo espíritu que su discípulo y puede conducirlo; entre ellos no existe armonía solamente espiritual, sino también “animal”. Ustedes recordarán que en su tiempo, el desierto de Sinaí estaba superpoblado de ascetas y pedagogos. Pero los hombres no se elegían un pedagogo buscando al más famoso, no se dirigían a aquel del que habían oído hablar más cosas buenas, sino que encontraban un pedagogo al que comprendían y que los comprendía a ellos.
Esto es muy importante, porque la obediencia no consiste en cumplir a ciegas las indicaciones de aquel que tiene sobre uno un poder físico-material o espiritual-animal. La obediencia supone que el hijo espiritual, después de haberse elegido un pedagogo en el que cree incondicionalmente y en el que ve lo que busca, no sólo atiende a cada palabra de éste, sino que también hace caso al tono de su voz y procura, a través de todo aquello en que se manifiesta la personalidad de este stárets y su experiencia espiritual, hacerla suya y sobrepasarse a sí mismo, rebasar los límites de la medida que hubiera podido alcanzar con sus propios esfuerzos.
La obediencia es ante todo el don de atender. Atender aplicando no sólo el oído, sino también la inteligencia, todo el ser, abriendo el corazón y contemplando piadosamente el misterio espiritual de otro hombre. Y el padre espiritual, si es que puede serlo para uno, debe mostrar una profunda devoción por lo que en uno obra el Espíritu Santo. El padre espiritual debe ser capaz de ver en el hombre la inalienable belleza de la imagen de Dios. A veces esto puede costar esfuerzos, atenciones serias y actitud piadosa hacia aquel que acude a él. Si es incluso un hombre deteriorado por el pecado, el padre espiritual debe ver en él un icono dañado por las condiciones de vida, por la negligencia o por el sacrilegio de los hombres; debe ver en él un icono y admirar lo que de este icono queda. Y sólo por eso, sólo por la divina belleza que tiene, debe trabajar para eliminar cuanto deforma esta imagen de Dios.
Pero si el director espiritual no es capaz de ver en el hombre esta belleza celestial, ver que empieza a materializar ya su vocación de hacerse Hombre Dios según la imagen de Cristo, no puede dirigirlo. Por eso al hombre no se lo construye, no se lo hace, sino que se lo ayuda a crecer a medida de su propia vocación.
Ahora es cuando cabe aclarar un poco más la acepción del vocablo «obediencia». Por lo general hablamos de la obediencia como de la supeditación, la sujeción y, muy a menudo, incluso del vasallaje al confesor, al que completamente en vano y en perjuicio del sacerdote mismo hemos llamado «padre espiritual» o stárets. Pero la verdadera obediencia, que consiste en prestar la atención con todas las fuerzas del alma, compromete por igual tanto al director espiritual como al dirigido.
El director espiritual debe atender con toda su experiencia, con todo su ser, con todas sus oraciones y —diré más— con toda la acción que realiza en él la gracia del Espíritu Santo lo que éste obra en la persona que se le ha confiado como dirigido espiritual. Este debe seguir los caminos del Espíritu Santo en esta persona, debe venerar lo que Dios obra, sin procurar educarla según su propia imagen o tal como cree que debe desarrollarse, y no convertirla en víctima de su dirección espiritual.
Se necesita la mansedumbre por ambas partes. Esperamos la mansedumbre por parte del hijo espiritual, pero ¡cuánta mansedumbre debe tener el director espiritual para no irrumpir jamás en el dominio sagrado, para tratar al alma humana tal como fue ordenado a Moisés que tratara la tierra alrededor de la zarza ardiente! En potencia o ya en realidad, cada hombre es ya esta zarza, y cuanto lo rodea es una tierra santa que el director espiritual puede pisar sólo habiéndose quitado el calzado. Debe sentirse como el publicano que está a la puerta del templo, mira en el templo y sabe que es un dominio del Dios vivo, que es un lugar santo, y él tiene derecho a entrar únicamente si el mismísimo Dios se lo manda y le sugiere qué hacer y qué decir.
Una de las tareas del director espiritual consiste en educar al hombre en la libertad espiritual, en la regia libertad de los hijos de Dios. No debe mantenerlo en el infantilismo toda la vida, haciéndolo acudir a él por cualquier bagatela, sino que debe enseñarle a que él mismo oiga lo que el Espíritu Santo reza con verbos inefables en su corazón.
Piensen en lo que significa la «humildad». «Humildad» es la conformidad; quiere decir que el hombre se ha conformado con la voluntad de Dios, entregándosele sin reserva, con plenitud y alegría y diciendo: «Señor, haz lo que quieras conmigo». Y, en consecuencia, se ha conformado también con todas las circunstancias de su propia vida.
Todo —lo bueno y lo terrible— es don concedido por Dios. Dios nos ha llamado a ser sus mensajeros en la tierra y nos envía a donde están las tinieblas para que seamos luz, adonde está la desesperanza para que seamos esperanza, adonde la alegría se ha extinguido para que seamos alegría, etcétera. Y nuestro puesto no está sólo donde existe serenidad —en el templo, cuando se celebra la liturgia y donde estamos protegidos por la presencia de Dios—, sino también allí donde nos encontramos solos como presencia de Cristo en la oscuridad del mundo deformado.
Por otra parte, el vocablo latino «humildad» es derivado del vocablo humus, cuyo significado es «tierra vegetal». San Teófanes el Recluso escribe a este propósito: piensen lo que es la tierra. Yace silenciosa, abierta, indefensa, vulnerable frente al cielo. Del cielo recibe la aridez, los rayos del sol, la lluvia y el rocío, pero recibe también lo que llamamos abonos, o sea, estiércol y cuanto echamos en ella. ¿Y qué pasa? Aporta frutos, y cuanto más soporta lo que nosotros llamamos humillación, ofensa, tanto mayores son los frutos. Pues la humildad estriba en abrirse ante Dios en plenitud y no “resguardarse” en absoluto contra Él, contra la acción del Espíritu Santo, contra la imagen de Jesucristo, contra Su doctrina; la humildad estriba en ser vulnerables a Su gracia igualmente que lo somos a las manos de los hombres, a sus palabras hirientes, a sus hechos crueles, a sus mofas. La humildad estriba en entregarnos a Dios para que tenga derecho, según nuestro propio deseo, a obrar con nosotros como Él quiera, en aceptarlo todo, en abrirnos y en dar la libertad al Espíritu Santo para conquistarnos.
Creo que así también el director espiritual va a aprender la humildad en este sentido: ver la belleza sempiterna en el hombre y conocer el puesto que le corresponde (y este puesto es tan sagrado, tan divino: el del padrino del novio que asiste al encuentro de los novios), podrá ser realmente acompañante de su hijo espiritual, podrá marchar sobre los pasos de él, protegiéndolo, apoyándolo y no irrumpiendo jamás en el dominio del Espíritu Santo.
En este caso, la dirección espiritual se hace parte de la espiritualidad, parte del crecimiento de la santidad a que está llamado cada uno de nosotros y que cada padre espiritual debe ayudar a consumar a sus hijos espirituales.

Para Andreas de Jorge Martín, por alusiones.
«La cita del Concilio de Orange no es pertinente…»
Me la sugirió la IA, y la vi conveniente.
«… salvo que identifiquemos el «estado de gracia» con la “gracia” simpliciter.»
¿Qué es la “gracia simpliciter”? Recurro de nuevo a la IA, para entender qué cosa sea. Y no hallo nada. La gracia sin ninguna referencia a nada, ni siquiera a Dios mismo. ¿Quién la tiene? ¿Quién la posee? ¿Dónde se define en el Evangelio? El alma muerta, es muerta sin ningún tipo de gracia.
«Y es manifiesto que quienes no están en estado de gracia puede recibir y de hecho reciben gracias, conducentes a su conversión y ascensión al estado de gracia.»
La “gracia de Dios en el alma”, nada tiene que ver con que el sol salga sobre justos y pecadores, y ni siquiera los pajarillos queden hambrientos. No es ese el tema que tratamos.
«A la segunda respuesta: simplemente no responde sino que se va por la tangente.»
Quien no ha tenido una experiencia del Amor de Dios derramado en su alma, dice que no existe, que es una salida por la tangente. ¿Acaso no está bien detallada en autores diversos? Para muestra le pongo un conocido ejemplo.
«Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva… estabas dentro de mí y yo fuera».
¿Esa cita le suena?
Y si no le suena, le dejo esta otra.
1 Juan 4,10: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero”.
«A la tercera: usted dice que si alguien pudiera ser persuadido de dejar el estado de pecado, la Encarnación y la Pasión y Muerte y Resurrección de Nuestro Señor serían vanas.»
Y me confirmo y afirmo en mi tesis. Es Dios y no el director espiritual el que guía al alma. Si cree que miento y que mi afirmación es cierta, ¿por qué se perdió Judas? ¿Por qué Pedro negó a Jesús? ¿Por qué fueron tan pocos los que, contemplando Su Pasión, entraron en conversión?
Por otra parte, y según su lenguaje, ¿qué es la persuasión? Preguntemos a la IA.
“Persuadir a alguien de algo es lograr que esa persona acepte, crea o haga algo mediante razones, argumentos, sentimientos o incluso estrategias sutiles, sin recurrir a la fuerza o a la imposición.”
No, esa definición no casa con el Evangelio.
«Pero eso sería si yo lo hubiera dicho excluyendo la gracia (gracia preveniente)…»
Ahora vuelve a querer enredarme usando otra palabreja: “gracia proveniente”. Se ve que por lo menos tiene la lengua suelta. Veamos qué cosa sea esa nueva invención que nada dice.
“La gracia proveniente es un concepto de la teología cristiana (especialmente católica) que se refiere a la gracia que precede o inicia la acción del ser humano hacia Dios.”
Esa definición nada tiene que ver con la gracia de Dios en el alma, ya consolidada, ya aceptada y nunca renegada.
«Si nadie puede ser persuadido, ¿para qué se molestó Jesucristo en predicar una doctrina…»
Afirmación total y rotundamente falsa. Jesús no predicó una doctrina. Le copio el pasaje que se lo aclara.
“Con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían entender.
No les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.”
Ese hablar “en privado” es el que tiene Dios mismo con el alma en gracia, teniendo de mediador al angel de la guarda.
«… tener discípulos y enviarlos a predicar?»
Falso. Jesús no envió a los discípulos a predicar. Eso es lo que hacen los pastores luteranos. ¿Le copio otro texto? Y justo en ese texto no se habla de palabras, sino de signos, de hechos…
“Y Jesús se acercó y les habló diciendo:
Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.”
Seccionar un texto, mutilarlo es propio del luterano. Los envió a enseñar, a enseñar a guardar, no a predicar. Y todo ello, mediando el ejemplo.
«Bueno, esto redondamente no es católico. El Sacramento de la Confesión no es “una profunda experiencia de dolor por el pecado cometido”.»
¿Qué es el dolor de los pecados que sucede al examen de conciencia? ¿Le sigo con el propósito de enmienda? Porque ese propósito no es sino la fuerza de Dios en el alma, la gracia infundida en el alma, tal como Dios hace con la Magdalena, después de la unción y el llanto.
«Pues qué quiere que le diga… «loco», «demente», «imbécil», «tonto», etc., en el habla común vienen a significar más o menos lo mismo.»
No son conceptos teológicos.
«¿Y qué es eso de que el «prototipo» del alma en gracia es “el vidente”?»
Cada persona entiende lo que quiere. El vidente no es el que ve, sino el que recibe, y recibe la luz, previamente en el alma, previamente recibe en el alma la luz de la gracia, para poder entender. No se trata de imágenes que se le muestran, porque de hecho, muchos santos no las han tenido. Pero eso no les impidió ver, con los ojos del amor, con los ojos del espíritu.
Francisco y Jacinta los he tomado por modelo, porque ya son santos sin ni siquiera haber comulgado, sin haber recibido el eclesial sacramento eucarístico.
«Según esto, nadie que haya alcanzado el estado de gracia puede luego perderlo, y ni siquiera cometer un error cualquiera. Es completamente absurdo y contrario a la Revelación.»
Si el mal me produce náusea y lo elijo, lógicamente pierdo la gracia. Lo que afirmo es que nadie en estado de gracia puede elegir el mal, sin una advertencia clarísimamente clara de lo que elige, de lo que está haciendo. Para el alma en estado de gracia, el mal está clarísimo y se le manifiesta sin engaño.
«Salto lo de la ceguera porque no tiene ni caso, nuevamente se va por la tangente.»
Esta era la cita original:
“No existe una falta de gracia de Dios en el alma. Cuando no hay gracia en el alma, el alma está muerta y no podemos catalogarla de “falta de gracia”.
El alma muerta, no puede darse la vida a sí misma, pero sí que puede ser revivida por Jesús mismo, si es que el alma acepta lo que se le ofrece. Te copio lo de los huesos, por si lo has olvidado:
“Y me dijo: Profetiza sobre estos huesos. Les dirás:
Huesos secos, escuchad la palabra de Yahveh.
Así dice el Señor Yahveh a estos huesos:
Voy a hacer entrar en vosotros el espíritu, y viviréis.”
«Si usted niega la existencia de la razón o inteligencia natural, pues sepa que es usted hereje y no católico.»
La razón es ciega, y tiene que estar sometida a su guía, la fe., y la fe es don, y sin ese don, la razón es ciega.
Precisamente es herejía aceptar a la razón como guía. ¿Le vuelvo a copiar la cita del concilio de Orange?
«La inteligencia natural también es creada por Dios.»
Pero no como algo aislado, no como un ente “autónomo” y “privado”. Le copio el fragmento:
“Entonces Yahveh Dios formó al hombre del polvo del suelo,
e insufló en sus narices aliento de vida,
y fue el hombre un ser viviente.”
Si la razón fuese suficiente, ¿para qué se necesita el Espíritu de Dios en el hombre?
«Bien, lo que sigue es insignificante, salvo el «pequeño» detalle donde usted, en la división tripartita -cuerpo, alma, espíritu-, identifica al «espíritu» con “el Espíritu Santo”.»
Yo no identifico el Espíritu Santo con el espíritu de Dios en el alma, con la gracia derramada en el alma.
«Está usted empachado de misticismo, y probablemente enfermo de devotio moderna.»
Falacia “ad hominem”.
Que conste que eso ya me lo dijo antes cuando se llamaba Andreas, se ve que no ha mejorado su modo de descalificar al contrincante.
«Que Dios lo ayude, pues, de mi parte, no creo poder hacer más.»
Lo único cierto que ha escrito. Ojo, y con los ojos de la razón.
Todos loa que procuramos despertar la conciencia nos convertimos en guía espiritual
La dirección espiritual yo la entiendo como un entrenador para un deportista.
El deportista, para lograr los éxitos que se propone, debe ponerse en manos de un profesional en el que confíe, que acepte el encargo, y debe obedecer las indicaciones.
El papel del entrenador básicamente es, estando fuera del deportista (es decir, con cierta objetividad y despego), ver lo que necesita su cliente debe hacer para cumplir sus objetivos, establecer un plan de acción y algún mecanismo que revele si no se cumple, por qué y qué hacer entonces.
No hay ningún deportista con cierto nivel que no tenga entrenador. Es imposible.
También está figura ha pasado a los músicos solistas y a los ejecutivos de las empresas. Simplemente porque funciona.
Por cierto, que la actividad del «coach» se resume en:
«obligar a la persona a hacer lo que no quiere hacer»
(No exactamente con un palo, sino por ejemplo, dividiendo la acción en partes más pequeñas y fáciles de hacer. Se basa en que el crecimiento personal viene de hacer algo que creía que no podía hacer…etc, etc, etc)
Naturalmente, como en cada actividad humana, los conocimientos y la experiencia real son muy importantes. No se pueden improvisar y si no se hace bien, puede terminar la vida profesional de su entrenado.
Ahora, ¿qué pasa con los curas?
Pues que por una parte, la dirección espiritual es una actividad más de las muchas que hace (sagrada, administrativa, notarial, de enseñanza, dinamizador, relaciones públicas…) y de las que empieza no teniendo más práctica de la que él mismo haya podido practicar como dirigido.
Por otra parte la buena dirección ESPIRITUAL necesita algo más que tecnica y práctica. Y esto tampoco se puede improvisar.
En cualquier caso la base es siempre la obediencia a una persona que está fuera y que puede observar mejor lo que su dirigido necesita.
La única solución, a mi modo de ver, es que tanto el director como su dirigido sepan ambos en qué situación están, lo que ambos tienen que hacer y a lo que ambos se obligan.
No es malo ser dirigido por un novato o incluso por alguien sin mucha experiencia personal en esto si ambos lo saben, si están de acuerdo con ello y conocen los límites.
Respecto a exigir experiencia…es cierto que hay ciertas disciplinas, como la psicología, muchas terapias, como Gestalt; incluso para ser profesor de cosas como la Técnica Alexander…que se controla durante 2 años al practicante para que no haya daño a sus clientes.
Pues aún así, puesto que esto viene de lejos, no creo que haya más necesidad que esa obligación de ambos de saber donde está cada cual y a donde quieren ir.
Sabiendo ambos, naturalmente, la responsabilidad grave que adquieren al meterse libremente en esta relación.
Y siempre con la libertad de cambiar si esta relación no satisface o es incómoda.
Por cierto, una cosa muy interesante:
En las relaciones de «coaching», hay un límite máximo de 6 meses. Probablemente para no generar dependencias.
Un guía espiritual es radicalmente distinto a un entrenador deportivo.
Conocer los límites del cuerpo para llegar a ellos no es lo mismo que saber de Dios y cómo llegar a agradarle.
Un guía, cualquier guía, que se haya formado leyendo libros sin haber puesto ni un solo pie en el terreno, es algo a evitar, siempre. Y más cuando es la salvación del alma la que está en juego.
El guía espiritual acompaña al alma hacia Dios mismo, pero si este guía no es previamente muy amigo de Dios, ¿cómo hallará el camino? ¿Cómo lo indicará? ¿Cómo avisará de los peligros?
Jorge Martin
Excelente artículo. Gracias
Qué ganas de perder el tiempo tenemos los cristianos con refriegas inútiles. Entre necios, pedantes y soberbios, la Iglesia tiene el Papa que se merece. Y los directores bien proporcionales a los dirigidos. Del artículo derivaron los comentarios en cualquier cosa. Están el tonto que escribe, el tonto que comenta, y este otro que levanta el acta. No, que si total así de bien que seguro alguien sale esclarecido y contrito…
Bien, que tenía que llegar el más tonto a hacerse el superado, como se dice. Pues perderé el tiempo una última vez aquí, para que no sea la última palabra su exabrupto.
Tal vez para algunos, el ejercicio de preguntar y responder y replicar, sea un ejercicio intelectual que los ayuda a refinar, repasar, recordar, reforzar, lo que saben o creen saber, particularmente sobre la doctrina cristiana, en un punto u otro -y lo que aquí se ha tratado no es ciertamente un punto menor, aunque no haya sido el tema principal del artículo. Y aunque a usted le parezca que derivó «en cualquier cosa», no faltará quien considere, y con razón, que el asunto tiene que ver.
Y a lo mejor le faltó a usted afinar la puntería, e incluir no sólo los comentarios sino todo el blog, y todos los blogs similares, como «pérdida de tiempo» y «refriegas inútiles». En lo cual ciertamente podría llevar algo de razón, algo, digo, pero no todo, porque entre la balumba de publicaciones ridículas en redes (anti)sociales, blogs como éste permiten otro tipo de ejercicio intelectual, que es muy necesario, porque pensar bien es necesario, y pensar bien es algo que se aprende, y una forma de aprenderlo y ejercitarlo es confrontar ideas.
Así pues, si realmente le parece todo lo que dijo, sea usted el ejemplo y ni lea los comentarios, ni muchos menos comente. O alguien podrá pensar de usted que es un hipócrita, un simplón y un caradura.
De la lectura de los comentarios saco en conclusión que el mejor Director Espiritual es el Chat GPT. ¿Llegará el momento en que le den licencias para absolver? El problema es que después usa la información disponible y te termina vendiendo con otro penitente; mejor me quedo con el cura viejito que frecuento.
Yo creo que el buen director espiritual será la IA (inteligencia artificial).
Si está bien programada, ¿por qué no?.
Al menos no tendrá halitosis.
Soy el Anónimo cuyo comentario, el Sr. Battistella, ha tenido a bien confrontarlo con la opinión de chatGPT. Y a mí se me ha ocurrido hacer lo mismo. Y aquí están los resultados por si D. Wanderer tiene a bien darme vela en este entierro:
El comentario que me pides analizar critica la concepción de la gracia expresada por Battistella y la contrasta con un modelo más exigente de vida espiritual. Ahora lo analizo en relación con la fe católica.
Puntos de coincidencia con la fe católica:
El comentario enfatiza que la gracia no es algo superficial ni una mera etiqueta que se obtiene y se pierde mecánicamente. La Iglesia Católica enseña que la gracia santificante transforma el alma y la hace participar de la vida divina. No es una «gracia hueca» como la que se atribuye a Lutero en la crítica.
El comentario señala que mantenerse en gracia requiere un esfuerzo enorme, lo que concuerda con la doctrina católica sobre la necesidad de la vigilancia espiritual, la lucha contra el pecado y la cooperación con la gracia.
Se menciona que el alma en gracia prefiere el martirio antes que pecar. Esto está en línea con el testimonio de los santos y con la enseñanza católica sobre la supremacía del amor a Dios por encima de la vida terrenal.
Se menciona a Francisco Marto, vidente de Fátima, como un modelo de gracia auténtica. En la espiritualidad católica, los santos son ejemplos de vida en gracia y de fidelidad a Dios.
Diferencias o aspectos que pueden matizarse:
El comentario parece minimizar el sacramento de la confesión al describirlo como un acto insuficiente si no va acompañado de un gran esfuerzo y dolor interior. La Iglesia enseña que la confesión bien hecha (con contrición, propósito de enmienda y absolución) es plenamente eficaz para restaurar la gracia, aunque evidentemente debe ir seguida de una vida coherente.
Se insinúa que hay personas en estado de gracia que, sin embargo, son «imbéciles» o toman malas decisiones. Esto podría dar a entender que la gracia no tiene efecto real sobre la inteligencia o la voluntad, lo cual es problemático, pues la Iglesia enseña que la gracia ayuda al alma en su camino de santificación.
El comentario sugiere que un sacerdote en pecado mortal no puede confesar con provecho. Si bien es cierto que un sacerdote debe aspirar a la santidad, la validez del sacramento no depende de su estado personal sino de la intención de la Iglesia y de la gracia de Dios.
En conclusión, el comentario coincide con la fe católica en la seriedad de la gracia y el esfuerzo para conservarla, pero parece deslizarse hacia una visión más rigorista y casi jansenista, minimizando la eficacia de la confesión y la acción de la gracia en las almas.
P.D. Le he dado a chatGPT para analizar tanto comentario original, como la respuesta de Battistella, como mi respuesta a Battistella. Y eso para que GPT tenga una idea general del tema.
Porque si solo le damos unos datos y le privamos de otros, mentimos y engañamos incluso a la máquina.
La diferencia está en saber usar bien de la herramienta y guiarla con las comandas apropiadas. Pues si sólo le vuelca todo, cometerá errores por confundir contextos, y atribuirá a unos lo que pertenece a otros, como se ve por lo que le ha respondido a usted.
Para que sepa, yo confronté todos los comentarios, en general y en particular, no menos que el artículo, es decir me tomé el tiempo y no simplemente tiré todo y esperé «la magia» de la IA.
Naturalmente no podía poner todas las respuestas, y en particular, no iba a presumir de lo que me dijo sobre las mías porque no tenía sentido.
Para Andrés Battistella, de Jorge Martín:
«¿Por qué «estar el alma en gracia de Dios es el paso previo tanto para dirigir espiritualmente a otras almas, como para ser dirigido, para buscar director?»
Segundo Concilio de Orange (529), Canon:
«Si alguno afirma que por la fuerza de la naturaleza se puede pensar, como conviene, o elegir algún bien que toca a la salud de la vida eterna, o consentir a la saludable, es decir, evangélica predicación, sin la iluminación o inspiración del Espíritu Santo, que da a todos suavidad en el consentir y creer a la verdad, es engañado de espíritu herético.
«¿Acaso el estado de gracia brinda una ciencia infusa especial que se pierde cada vez que se cae de él y se recupera cada vez que se regresa a él?»
El estado de gracia se obtiene tras una conversión del alma, fruto de una experiencia del Amor de Dios. Sin experiencia previa de Amor, la gracia no llega al alma.
«Bajo su supuesto, nadie podría ser persuadido a abandonar un estado de pecado mortal, lo cual en cierto modo es «ser dirigido espiritualmente.»
Cierto. Absolutamente nadie puede ser persuadido para dejar su estado de pecado. Si ese hecho fuese posible, Cristo no habría Encarnado, porque su Encarnación no habría sido necesaria. Muchos fueron testigos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cuántos se convirtieron? Son muy pocos los que nos narran los Evangelios: el buen ladrón, la Verónica, el centurión y pocos más.
«Y pega en el palo a decir que un sacerdote no podría confesar con provecho a nadie si no está él mismo en estado de gracia.»
Confesar con provecho no es algo que un sacerdote pueda hacer. Ni siquiera el padre Pío podía confesar con provecho. La confesión es una profunda experiencia de dolor por el pecado cometido. El sacerdote da la absolución a algo, que previamente ya ha sido rechazado en lo más hondo del ser del arrepentido. Ahí tenemos al publicano como modelo, con sus golpes en el pecho.
«Hay muchos que están (virtualmente, porque absolutamente no podemos afirmarlo de nadie vivo, empezando cada uno por cada uno) en estado de gracia y son unos completos imbéciles, o mediocres si quiere, y sus consejos espirituales son nocivos como si los diera un demonio.»
Nadie en “estado de gracia” puede ser catalogado de imbécil. Quizás de loco o demente, pero nunca de imbécil. El prototipo del alma “en gracia” es el vidente, tal como Jacinta, Francisco y Lucía.
«Hay muchos en estado de gracia que eligen terriblemente mal, sea director espiritual o cualquier otra cosa (y quién no dirá que lo hecho), y estar en gracia no les (nos) ayuda en nada (en el sentido de que sea una especie de «escudo» que imposibilite el error).»
Nadie, absolutamente nadie en “estado de gracia” puede elegir el mal. Para el alma en estado de gracia el mal le provoca una tremenda y terrible náusea.
«¿La «ceguera» de la que habla Nuestro Señor es la falta de la gracia de Dios en el alma?»
No existe una falta de gracia de Dios en el alma. Cuando no hay gracia en el alma, el alma está muerta y no podemos catalogarla de “falta de gracia”.
«Pues alguno podría decir con más razón que es la Sabiduría, y hasta se puede usar para referirse simplemente al buen uso de la razón natural o la inteligencia simpliciter.»
Si me hablas de la sabiduría de Salomón, estaremos de acuerdo, pero jamás la gracia de Dios en el alma puede compararse con una inteligencia natural, pues eso es algo inexistente. La única y verdadera inteligencia tiene lugar en el alma “viva”, o lo que es lo mismo en el alma en “estado de gracia”.
«No. Esa manera de interpretar las Sagradas Escrituras no lleva a ningún lugar. No porque no sea aplicable, sino porque podemos sacar 100 aplicaciones distintas, o 1000, y entonces no vamos a definir nada, que es lo que usted estaba pidiendo, o echando de menos.»
Yo no interpreto las Escrituras. No soy teólogo. Tan solo ley y entiendo porque algo que sí tengo es entendimiento.
«Y por cierto, deja usted muchísimas de esas «definiciones implícitas» que dice que no le gustan.»
Sin D. Wanderer nos da la palabra, estaré gustoso de contestárselas todas.
«Podría explicar, por ejemplo, por qué «lo espiritual» está intrínsecamente unido al «alma en gracia», según aparece en el primer párrafo de su primer comentario. ¿Qué quiere usted decir con eso?»
Cuerpo, Alma y Espíritu. No son uno sino tres, y no son dos sin el tercero. El Espíritu de Dios en el alma, no es el alma, sino el Espíritu de Dios en el alma. Y ahí y no en otro lugar, es donde reside y se asienta “la gracia”.
Lo espiritual no hace referencia al alma sino al Espíritu de Dios en el alma.
«Ni tampoco ha respondido a mis preguntas anteriores.»
Creo que ya lo estoy haciendo.
«En cuanto a que el estado de gracia no eliminar la ceguera, o cierta ceguera, es manifiesto.»
Póngame algún ejemplo, porque no le creo.
«Si el «estado de gracia» fuera identificable con «la iluminación», ciertamente nadie pecaría luego de haber sido elevado a la gracia por Dios… lo cual no sucede.»
No sé si ha leído las Moradas de Teresa de Ávila, y en caso de haberlas leído, no sé si las habrá entendido, y en caso de haberlas entendido, no sé si las ha vivido. O mejor sí lo sé. Porque quien las lee, las entiende y las vive, las comprende. El “alma en gracia” es el alma que ha puesto su primer pie en la primera morada. Lea y comprenderá la de sabandijas que entran con ella a morar. Teresa lo explica de maravilla.
A la primera respuesta: la cita del Concilio de Orange no es pertinente, salvo que identifiquemos el «estado de gracia» con la «gracia» simpliciter. Y es manifiesto que quienes no están en estado de gracia puede recibir y de hecho reciben gracias, conducentes a su conversión y ascensión al estado de gracia.
A la segunda respuesta: simplemente no responde sino que se va por la tangente.
A la tercera: usted dice que si alguien pudiera ser persuadido de dejar el estado de pecado, la Encarnación y la Pasión y Muerte y Resurrección de Nuestro Señor serían vanas. Pero eso sería si yo lo hubiera dicho excluyendo la gracia (gracia preveniente), lo cual no hago. Y además, si nadie puede ser persuadido, ¿para qué se molestó Jesucristo en predicar una doctrina, tener discípulos y enviarlos a predicar? Y San Pablo dice, «arguye a tiempo y a destiempo». ¿Cómo pues se da la conversión en un alma sin la predicación?
En cuarto lugar dice usted: «Confesar con provecho no es algo que un sacerdote pueda hacer. Ni siquiera el padre Pío podía confesar con provecho. La confesión es una profunda experiencia de dolor por el pecado cometido. El sacerdote da la absolución a algo, que previamente ya ha sido rechazado en lo más hondo del ser del arrepentido. Ahí tenemos al publicano como modelo, con sus golpes en el pecho.»
Bueno, esto redondamente no es católico. El Sacramento de la Confesión no es «una profunda experiencia de dolor por el pecado cometido», ni el provecho principal del Sacramento, es decir, la eficacia del mismo, depende del estado del alma particular del sacerdote que lo administre, eso, claro, si no estamos parados en el pelagianismo. Y vaya que desperdició tiempo el Padre Pío en el confesionario, según su paladina visión del asunto.
En quinto lugar: «Nadie en “estado de gracia” puede ser catalogado de imbécil. Quizás de loco o demente, pero nunca de imbécil. El prototipo del alma “en gracia” es el vidente, tal como Jacinta, Francisco y Lucía.» Pues qué quiere que le diga… «loco», «demente», «imbécil», «tonto», etc., en el habla común vienen a significar más o menos lo mismo. E incluso si quiere ponerse fino con los términos, no se ve por qué podría ser «loco» y «demente» pero no «imbécil». Lo suyo es una afirmación gratuita sin ningún fundamento.
¿Y qué es eso de que el «prototipo» del alma en gracia es «el vidente»? ¿de dónde saca eso? Es absolutamente caprichoso. Además que evidentemente no se está refiriendo a la visión beatífica, sino a las visiones llamadas imaginarias, que ni siquiera son el grado más perfecto de visiones. Es absurdo, muchísimos Santos no han tenido una visión de ningún tipo en toda su vida, y no son menos que los pastorcillos de Fátima. Y por otro lado, tener visiones no significa de ningún modo que el vidente tenga un grado especial de santidad, pues las visiones son gracias gratis datae.
(Le dejo como extra el comentario de la IA, para lo que le sirva)
En sexto: «Nadie, absolutamente nadie en “estado de gracia” puede elegir el mal. Para el alma en estado de gracia el mal le provoca una tremenda y terrible náusea.»
Según esto, nadie que haya alcanzado el estado de gracia puede luego perderlo, y ni siquiera cometer un error cualquiera. Es completamente absurdo y contrario a la Revelación.
Salto lo de la ceguera porque no tiene ni caso, nuevamente se va por la tangente. Vamos a lo que sigue: «…jamás la gracia de Dios en el alma puede compararse con una inteligencia natural, pues eso es algo inexistente. La única y verdadera inteligencia tiene lugar en el alma “viva”, o lo que es lo mismo en el alma en “estado de gracia”.»
Si usted niega la existencia de la razón o inteligencia natural, pues sepa que es usted hereje y no católico. La inteligencia natural también es creada por Dios.
Bien, lo que sigue es insignificante, salvo el «pequeño» detalle donde usted, en la división tripartita -cuerpo, alma, espíritu-, identifica al «espíritu» con «el Espíritu Santo», lo cual es, para decirlo suavemente, inexacto. Si usted reconoce que no es teólogo ni intérprete de la Sagrada Escritura (lo cual es mentira, porque está haciendo teología -aunque mala- y exégesis -peor-), al menos no se meta con asuntos delicados como la inhabitación trinitaria en el alma.
Y en fin, ya que usted presume de saber por qué yo no he leído, ni entendido, ni vivido, Las Moradas de Santa Teresa de Ávila, yo presumiré de saber cuál es el mal que lo aqueja a usted y que le hace expresarse de manera tan… extravagante: está usted empachado de misticismo, y probablemente enfermo de devotio moderna. Lo cual lo pone, mire lo que le digo, en la misma senda que Lutero et al. No que sea igual que ellos, para eso le falta, pero Lutero también se empachó, hasta reventar, de pietismo, misticismo y devotio moderna.
Está usted a tiempo de revisar su mentalidad, y darse cuenta que no puede usar el lenguaje de los místicos como si fueran sentencias dogmáticas, y que usted no ha comprendido mejor que nadie Las Moradas, ni nada.
Que Dios lo ayude, pues, de mi parte, no creo poder hacer más.
«Podríamos llamar espiritualidad a la búsqueda, la práctica, la experiencia por las cuales el sujeto efectúa en sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad» Michel Foucault (2001). La hermenéutica del sujeto. Fondo de Cultura Económica
Me parece que para elegir un director espiritual que cumpla todas estas condiciones, evitando todos los peligros de una mala dirección espiritual, se necesita un grado de sabiduría, espiritualidad y conocimiento de la doctrina que demuestran que ya no necesitas un director espiritual para nada. Habida cuenta que en tantos casos la dirección espiritual en vez de recoger desparrama.
Eucaristía es la EXPRESIÓN SACRAMENTAL del MISTERIO PASCUAL.Solo el Sacerdote y el Obispo pueden CONSAGRAR. La COMUNIÓN alude a la distribución y recepción de la SAGRADA FORMA.Por eso hay Ministros Extraordinarios de la Comunión y JAMAS DE LA EUCARISTIA.Es lo que le puedo aportar
A ver si alguien puede explicar esto: ¿por qué el autor distingue entre administrar el sacramento de la Eucaristía y administrar el sacramento de la Comunión? Parece un error.
Entiendo que por «Eucaristía» debe referirse a la divina liturgia. Ignoro la lengua original del artículo, pero en cualquier caso incluso en latín la palabra «sacramento» adopta a veces el valor de «signo», referido aquí a los signos rituales. Y por «comunión», se referirá al sacramento propiamente dicho del cuerpo, sangre, alma y divinidad del Señor.
«En este caso la dirección espiritual no consistirá en educar al hombre…».
Pero lo anterior no conlleva eso de modo absoluto y omnímodo. También en cada hombre opera su naturaleza, y eso no hace superflua la educación, sino que la misma es necesaria. Por mucho que esté presente en el hombre el Espíritu Santo, nada tiene de malo educar a tal persona conforme a la recta razón y a los principios de la fe en la oración y la ascesis.
Catholicus
Wander, o lectores, quizás puedan desarrollar mejor una curiosa paradoja que creo percibir. En occidente, patria del racionalismo, termina primando este fenómeno de la obediencia. Considero a uno y otra términos paradojales solamente por esto: porque se entiende la obediencia, no como atención, según dice el metropolita, sino como directa renuncia a la razón. Con toda su cuota de sentimentalismo, etc.
¿Por qué —o, mejor dicho, cómo es que— ambos monstruos coinciden? ¿Qué enseña esta deformidad sobre nuestra realidad como occidentales?
Queda claro de cualquier modo que es una preciosa llamada a ejercitar la madurez y la humildad, a hacerse cargo de uno mismo delante del Eterno. Terrible. Gracias.
U.I.O.G.D.
Tal vez, y lo apunto como aporte, sea porque el pretendido «racionalismo» es en realidad voluntarismo – sit pro ratione voluntas-, o sea en verdad un «caprichosismo», sea propio, sea de otro.
Por lo cual es inevitable que se termine renunciando a la razón, y hasta se la considere peligrosa – la peor puta del diablo, Lutero dixit.
Y así se conforma una espiritualidad protestante y no católica.
Entiendo que Ud. habla de una cierta corrupción de la obediencia, pues la misma, rectamente entendida (como la entiende santo Tomás, por ejemplo), no se define por ni implica una «renuncia a la razón». Ni siquiera la llamada «obediencia ciega» dice eso.
Ambos son hijos del nominalismo.
El artículo comienza por definir el término espiritual, y hace bien en definirlo, pero echo de menos la definición de algo que es fundamental y que le está intrínsecamente unido: el alma en gracia.
Si se quiere entender, se entiende que estar el alma en gracia de Dios es el paso previo tanto para dirigir espiritualmente a otras almas, como para ser dirigido, para buscar director.
La verdad es que no me gustan las definiciones implícitas y llamemos pan al pan y al vino, llamémoslo vino.
Porque si el alma no está en gracia la dirección es una desgracia, según anota bien en varios ejemplos.
Jorge Martin
¿Por qué «estar el alma en gracia de Dios es el paso previo tanto para dirigir espiritualmente a otras almas, como para ser dirigido, para buscar director»?
¿Acaso el estado de gracia brinda una ciencia infusa especial que se pierde cada vez que se cae de él y se recupera cada vez que se regresa a él?
Estimado, me parece que su definición no define nada y sólo confunde.
Bajo su supuesto, nadie podría ser persuadido a abandonar un estado de pecado mortal, lo cual en cierto modo es «ser dirigido espiritualmente».
Y pega en el palo a decir que un sacerdote no podría confesar con provecho a nadie si no está él mismo en estado de gracia.
Hay muchos que están (virtualmente, porque absolutamente no podemos afirmarlo de nadie vivo, empezando cada uno por cada uno) en estado de gracia y son unos completos imbéciles, o mediocres si quiere, y sus consejos espirituales son nocivos como si los diera un demonio.
Hay muchos en estado de gracia que eligen terriblemente mal, sea director espiritual o cualquier otra cosa (y quién no dirá que lo hecho), y estar en gracia no les (nos) ayuda en nada (en el sentido de que sea una especie de «escudo» que imposibilite el error).
Creo que tiene que aclarar sus ideas.
Hay cosas que no garantizan el éxito pero si no se tienen te garantizas la mayoría de las veces el fracaso.
Bueno, y decir que la gracia no nos ayuda en nada pues no hay pinzas con qué cogerlo, honestamente.
Mi estimado Battistella, no soy yo quien lo dice sino el mismísimo Cristo:
«Si un ciego guía a otro ciego…»
¿Y qué es la ceguera o quién es el ciego? La ausencia de la gracia de Dios en el alma, eso que sí tenía Ignacio de Loyola y eso que no tenía Martín Lutero, por poner un simplícimo ejemplo.
Jorge Martín
No, a ver, que pedimos definiciones y no damos ninguna, ¿eh?
Aclare de qué «éxito» y «fracaso» habla, por ejemplo.
Y no me haga decir lo que no dije sacando de contexto unas palabras.
Estimado Jorge.
¿La «ceguera» de la que habla Nuestro Señor es la falta de la gracia de Dios en el alma?
Pues alguno podría decir con más razón que es la Sabiduría, y hasta se puede usar para referirse simplemente al buen uso de la razón natural o la inteligencia simpliciter.
No. Esa manera de interpretar las Sagradas Escrituras no lleva a ningún lugar. No porque no sea aplicable, sino porque podemos sacar 100 aplicaciones distintas, o 1000, y entonces no vamos a definir nada, que es lo que usted estaba pidiendo, o echando de menos.
Y por cierto, deja usted muchísimas de esas «definiciones implícitas» que dice que no le gustan.
Podría explicar, por ejemplo, por qué «lo espiritual» está intrínsecamente unido al «alma en gracia», según aparece en el primer párrafo de su primer comentario. ¿Qué quiere usted decir con eso?
Ni tampoco ha respondido a mis preguntas anteriores.
En cuanto a que el estado de gracia no eliminar la ceguera, o cierta ceguera, es manifiesto. Si el «estado de gracia» fuera identificable con «la iluminación», ciertamente nadie pecaría luego de haber sido elevado a la gracia por Dios… lo cual no sucede. O nadie cometería errores, al menos en las cuestiones vitales en cuanto a su salvación eterna… lo cual tampoco sucede.
Mi estimado Batisttistella. Usted habla y define a una gracia de quita y pon, a una gracia que se pierde fácilmente y se recupera con una simple confesión.
Y precisamente, esa gracia que usted define el la que tenía Lutero, una gracia vacía, hueca, intelectual, una gracia que nada puede y deja al hombre hundido en el mal.
Para que vea y entienda qué es la auténtica gracia le basta con estudia al pequeño Francisco, el vidente de Fátima, cuya gracia no era de quita y pon sino el auténtico y verdadero don.
Y el alma en gracia, tenga por seguro que prefiere el martirio antes que pecar.
¿Cuántas de esas almas hay en la Iglesia actual incluída su rama tradicional?
Porque para conservarse en gracia es esfuerzo es infinitamente superior al arrodillarse, y sin dolor ni conocimiento del mal interior, confesarse.
Anónimo.
De verdad su comentario no hay por dónde tomarlo en serio.
¿Qué es eso de «gracia de quita y pon», «que se pierde fácilmente y se recupera con una simple confesión»? ¿de dónde saca eso de mis comentarios? Evidentemente entiende como quiere.
Pero veamos, que para usted parece que no es verdadero cristiano ni tiene posibilidad de salvarse nadie que no viva literalmente eso de «morir antes que pecar» (que supongo usted lo vive en grado sumo, ni siquiera un pecado venial cometerá), y si alguien cayera en pecado mortal, pues bueno, es que no tenía «auténtica gracia»… me pregunto cómo usted ha «estudiado» a San Francisco Marto, habida cuenta que no dejó nada escrito ni creo que tenga usted acceso a los documentos de los procesos de beatificación y canonización.
Como dicen los españoles, todo su discurso es un cachondeo.
Cualquier día de estos espero verlo a usted mártir (¿quién será su verdugo?) antes que pecar venialmente.
Tal vez entonces tenga derecho a decir semejantes barbaridades como dice.
De iluminados y aparicionistas, libera nos, Domine.
Con la venia de Wanderer, quiero compartir el resultado del análisis de ChatGPT del comentario del Anónimo 29 de marzo a las 7:53. No es que yo no viera esas cosas por mi cuenta, sino que me picó la curiosidad acerca de cómo respondería una IA de esas que tanto se mentan hoy, y si sería capaz de dar en la tecla. Va de suyo que me he llevado una sorpresa. El resultado es al primer intento, con la comanda de analizar el comentario original y definir su compatibilidad con la doctrina católica.
¡Tomá mate con la IA que trae el amigo Andréas! La quiero de párroco. Y si me apuran, de obispo.
El «estar en gracia» ya se ha convertido en una expresión un tanto manida y cartesiana. ¿Si el director espiritual pasa una semana o un mes sin estar en gracia no puede dirigir al dirigido en ese tiempo?
Creo que un director espiritual ha de tener, ante todo y entre otras cosas, más sabiduría que a quien dirige.
Muy buenos textos y conferencias de este tema posee el P.Iraburu. Él no solo explica qué es precisamente la Dirección espiritual, sino tambien su importancia en la vida cristiana y, como bien hizo Ud. Don Wanderer, señalar las incorrectas «direcciones».
Pero algo que rescato mucho de sus escritos es la diferencia entre «Dirección» y «acompañamiento» espiritual, no siendo este último malo, pero si distinto y menos perfecto.
Lo que es muy provechoso, también, es ver los consejos para elegir un buen Director de anima, porque antes no abundaban, menos hoy. El Padre explica muy bien las cualidades que debe tener un sano y buen director espiritual.
Lamentablemente, hoy escasean y son tan importantes en un mundo secularizado y horizontalista; y muchos, como bien se escribe, causan más daño que guia del alma a la Voluntad Divina.