El restauracionismo

Acompañando la aparición de la versión española de La restauración de la cultura cristiana de John Senior, y el desasosiego que produjo entre muchos fieles el pontificado del Papa Francisco, comenzó a hablar en muchos ambientes católicos de una suerte de “restauración” de la fe o de la cultura cristiana; un volver a las fuentes que con toda evidencia eran despreciadas ya no sólo por el mundo sino por el mismo Vicario de Cristo. Y, poco tiempo después, apareció su opuesto: una opinión antirestauracionista, liderada por el mismo Bergoglio que se burló de esos sectores católicos en numerosas oportunidades. Pero incluso dentro del ámbito conservador se levantaron voces contra la idea de una restauración de la cultura cristiana, y quienes lo hicieron no eran improvisados. Es probable que hayan comprendido mal el concepto y que, para ellos, los restuaracionistas son una especie de menonitas católicos, pero es posible también que, siendo como son conservadores, no sean más que progresistas de tránsito lento y estén ya adoptando posturas progres sin darse cuenta.

El siguiente artículo creo que esclarece el tema y deja en claro por qué es necesaria la restauración dentro de la Iglesia. Y lo hace como respuesta a la ley universal de la entropía, sobre lo cual ya hablamos en este blog en 2020, en un artículo titulado La entropía y la gracia.

por Thomas Crean, OP.

La necesidad de una restauración religiosa es muy antigua. Comenzó mucho antes de las convulsiones litúrgicas de la década de 1960, o de la sustitución de la cristiandad por regímenes seculares en la época de la Revolución Francesa, o de la desaparición de la escolástica medieval. Si seguimos el juicio de santo Tomás de Aquino, comenzó en el segundo instante de la creación. Según él, fue entonces cuando, habiendo sido creados en el primer instante de su formación en estado de gracia, un gran número de espíritus angélicos se apartaron de Dios y se volvieron hacia sí mismos, pasando así de la luz a las tinieblas. La ciudad celestial se vio así privada, casi desde el principio, de un buen número de sus habitantes legítimos.

En opinión de San Agustín, uno de los propósitos de la encarnación era restaurar las ruinas de esa ciudad haciendo que los seres humanos ocuparan los lugares que habían dejado vacíos los ángeles caídos. Como explica en su Enchiridion sobre la fe, la esperanza y la caridad: «Jerusalén, la que está arriba, que es la madre de todos nosotros, la ciudad de Dios, no será despojada de ninguno de sus ciudadanos, sino que quizá reinará sobre una población aún más abundante». Santo Tomás de Aquino, comentando las palabras de San Pablo en la carta a los Efesios, «Él ha decidido restablecer todas las cosas en Cristo, [las cosas] que están en el cielo y en la tierra», señala: «Las cosas que están en el cielo son los ángeles; no es que Cristo haya muerto por los ángeles, sino que al redimir al hombre, restaura su ruina».

Como implica la palabra «redimir», el hombre mismo debe ser restaurado. En el siglo II, San Melitón, obispo de Sardes, escribió: «El hombre, al tocar el árbol, quebrantó el mandamiento y desobedeció a Dios, por lo que fue expulsado a este mundo como a una prisión de deudores». Al igual que en la parábola del buen samaritano, el hombre caído está desnudo y herido. Despojado del manto de la gracia y herido incluso en sus facultades naturales, anhela, al menos en sus mejores momentos, ser restaurado a su condición original, cuando, en palabras de Hugo de San Víctor, no tenía que buscar a Dios como a alguien ausente.

Al menos en un sentido cósmico, entonces, un cristiano debe ser un restaurador. Pero, ¿qué hay de la vida dentro de este mundo caído? ¿Podemos esperar que haya una necesidad recurrente de restauración religiosa? Sin duda que sí, y en primer lugar por razones a priori. La verdad salvadora, por la que aprendemos qué creer sobre Dios y cómo adorarlo, no es producto de la industria humana. Debe venir a nosotros desde arriba, como insiste Santiago.

Por lo tanto, aunque podemos esperar que, dentro de un pueblo determinado, la habilidad tecnológica o las ciencias naturales progresen de una generación a otra, al menos en ausencia de guerras u otros desastres, no podemos tener la misma confianza en la fidelidad de ese pueblo a la revelación divina. Más bien, podemos esperar que la «ley de la entropía» opere en el ámbito espiritual como en el material. Después de todo, lo que san Juan Enrique Newman llamaba «esos gigantes, la pasión y el orgullo del hombre» trabajan constantemente y tienden naturalmente a desmantelar la religión.

Esto explica por qué ya en el Antiguo Testamento se prescribía una restauración anual para los israelitas. En el día de la Expiación, el sumo sacerdote debía expiar el santuario de la impureza de los hijos de Israel, restaurando el tabernáculo a su estado prístino de pureza ritual, para que se pudieran ofrecer sacrificios allí durante otro año (Lev. 16).

La naturaleza humana no ha cambiado desde entonces. Podemos esperar que, con el paso del tiempo, el culto divino se vea empañado por la irreverencia y el formalismo, mientras que la vida moral de los cristianos se vuelva más laxa, mundana y comprometida, y su aceptación de la verdad divina más tibia, parcial, vacilante y confusa. Citando de nuevo a Newman:

La naturaleza tiende a la irreligión y al vicio, y de hecho esa tendencia se desarrolla y se cumple en cualquier multitud de hombres, según el dicho del antiguo griego, que «los muchos son malos», o según el testimonio de las Escrituras, que el mundo está enemistado con su Creador. El estado de las cosas no cambia cuando una nación ha sido bautizada; sin embargo, en la práctica, la naturaleza se impone a la gracia y la población cae en un estado de culpa y desventaja, desde cierto punto de vista peor que aquel del que ha sido rescatada. Así lo profetizó la Escritura: «Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos»; «el reino de los cielos es semejante a una red que echan al mar y recoge toda clase de peces» (Difficulties of Anglicans, conferencia 9).

Por supuesto, esto es solo una cara de la verdad. No niego que Dios levante en cada época nuevos santos y maestros adecuados a ella. Como dice Newman, tras describir la situación de muchos: «La Iglesia, al mismo tiempo, se esfuerza con todas sus fuerzas por traerlos de vuelta a su Creador; y, de hecho, está trayendo de vuelta a multitudes enormes, uno por uno, aunque uno por uno vuelven a caer». 

Menos aún niego el gran cambio que ha supuesto en la historia humana la encarnación, por la que la antigua ley dio paso a la nueva y eterna alianza. Tampoco niego la posibilidad de una nueva efusión de gracia sobre la Iglesia, como muchos han esperado en relación con una conversión masiva del pueblo judío.

Pero aunque esta ley de entropía espiritual que propongo no es la única ley que opera en el ámbito espiritual, sí está permanentemente en funcionamiento, y por lo tanto el «restauracionismo» está justificado como componente de la actitud permanente de los cristianos.

Ese era un argumento a priori, basado en la tendencia descendente de la naturaleza humana. Pero también podemos argumentar a partir de la historia, y en primer lugar de la historia inspirada del pueblo elegido. Como ha señalado Joseph Shaw, el Antiguo Testamento nos presenta repetidamente el ideal de la restauración tras un período de declive o desastre, y concretamente el de la restauración litúrgica (The Case for Liturgical Restoration: Una Voce studies on the Traditional Latin Mass (Angelico Press, 2019), p. 14).

Josías, el último rey de Judá que reinó en paz antes de la llegada de los babilonios, no solo restauró el culto en el templo a su pureza original y celebró la primera Pascua desde los días del Éxodo siguiendo todos los rituales prescritos. También redescubrió el libro del Deuteronomio, que se había perdido en el templo y caído en el olvido, y puso en práctica todos sus estatutos.

Tras su regreso del exilio en Babilonia, cuando el pueblo, desanimado, duda en reconstruir el templo en ruinas, Dios levanta al profeta Hageo para decirles que lo hagan. Este pueblo dice: «Aún no ha llegado el momento de construir la casa del Señor». Y la palabra del Señor vino por medio del profeta Hageo, diciendo: «¿Es tiempo para que ustedes habiten en casas con paneles, y esta casa está desolada?».

Cuando, tras la reconstrucción del templo, los ancianos lloran al comparar su humilde aspecto con el esplendor que aún recuerdan de setenta años atrás, Dios envía al profeta Zacarías para consolarlos con estas misteriosas palabras: «No desprecies el día de las cosas pequeñas».

Pasan otros trescientos cincuenta años. De nuevo se interrumpen los sacrificios en el templo, esta vez por los ejércitos de Antíoco IV Epífanes y por la instalación de un ídolo sobre el altar de Dios. Muchos de los judíos más influyentes juzgan que ha pasado el tiempo de guardar la ley de Moisés, heredada de una época más bárbara, y que el arco de la historia se inclina inexorablemente hacia el helenismo. Pero una vez más, la voluntad de Dios es la restauración.

Cuando Judas Macabeo y sus hermanos logran reconquistar el monte del templo, leemos: «Vieron el santuario desolado, el altar profanado, las puertas quemadas y arbustos creciendo en los atrios como en un bosque o en las montañas, y las cámaras contiguas al templo derribadas». ¿Cómo reaccionan? En primer lugar, como es natural, se lamentan, rasgándose las vestiduras y cubriéndose la cabeza de ceniza. Pero luego se ponen manos a la obra, limpiando el lugar santo, eligiendo doce piedras nuevas para construir un nuevo altar según el mismo modelo que el antiguo, fabricando nuevos vasos sagrados y ofreciendo sacrificios una vez más según la ley.

Por eso, cuando nuestro Señor nació, dos largas vidas después, pudo ser presentado adecuadamente en el templo, en cumplimiento de la profecía de Hageo a los constructores renuentes de su época: «Grande será la gloria de esta última casa, más que la primera».

Dado que la historia sagrada del Nuevo Testamento es mucho más breve que la del Antiguo, tiene muchas menos ocasiones de presentarnos ejemplos de restauración. Sin embargo, encontramos alusiones a la tendencia de la naturaleza humana a alejarse de la excelencia espiritual y, por lo tanto, a la necesidad presente o futura de restaurar lo que se ha perdido. «Tengo algo contra ti», dice Jesús al ángel, presumiblemente el obispo, de la iglesia de Éfeso, «porque has abandonado tu primer amor. Recuerda, pues, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras».

Dirigiéndose al clero de la misma iglesia de Éfeso, san Pablo dice: «Sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño, y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos». ¿Cuál será la defensa contra estos futuros heresiarcas? Será mirar atrás, a los apóstoles. «Recordad a vuestros prelados», dice a los hebreos, «que os han anunciado la palabra de Dios; seguid su fe, fijando la mirada en el fin de su conducta». Del mismo modo, su remedio para los desórdenes litúrgicos en Corinto es llamar a los corintios a volver a la tradición litúrgica que han recibido de él y, a través de él, del mismo Cristo.

Si pasamos de las páginas del Nuevo Testamento a la vida posterior de la Iglesia, encontramos constantemente el ideal de restauración en la vida de los santos y los grandes hombres de la Iglesia. San Agustín, al comienzo de su regla para los religiosos, invoca el ejemplo de la Iglesia de Jerusalén descrita en los Hechos de los Apóstoles, donde todos los fieles eran un solo corazón y una sola alma, y tenían todo en común. Esa disposición había desaparecido hacía mucho tiempo, pero san Agustín, al igual que otros fundadores religiosos, deseaba recrearla en su época y para su propia comunidad.

La liturgia de la Iglesia también alaba a Santo Domingo como restaurador: en el prefacio propio de su fiesta, el sacerdote dice a Dios: «Tú quisiste renovar la forma apostólica de vida por medio del santo patriarca Domingo». También San Francisco es alabado por la Iglesia en la fiesta de sus estigmas por reavivar el amor —el primer amor de la Iglesia, se podría decir— cuando el mundo se estaba enfriando.

Subyacente a este elogio de la restauración, yo diría que hay un profundo sentido de lo que he llamado la ley de la entropía espiritual, de la inevitabilidad del declive, pero de un declive que puede ser resistido y mitigado en cierta medida por los esfuerzos humanos bajo la gracia. Es una actitud que tal vez se inspira en la pregunta de nuestro Señor a los discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará la fe en la tierra?», así como en las diversas profecías del Nuevo Testamento sobre los males reservados para los últimos días.

Esta actitud ya se encuentra explícitamente en la época patrística. «No les doy mandamientos como Pedro o Pablo», escribió San Ignacio de Antioquía a los romanos a principios del siglo II, «ellos eran hombres libres, mientras que yo, incluso hasta ahora, soy un esclavo». En una carta a la Iglesia de Neocaesarea en el año 368, para compadecerse de la muerte de su santo obispo Musonio, San Basilio el Grande escribió: «Ha fallecido un hombre que era manifiestamente superior a sus contemporáneos… Mostró el carácter antiguo de la Iglesia, de modo que quienes pasaban tiempo con él parecían estar en compañía de uno de esos hombres que brillaban como estrellas hace más de doscientos años». (Carta 28)

La misma actitud encuentra una expresión sorprendente y enigmática en una frase atribuida a San Ischyrion, uno de los Padres del Desierto:

Los santos Padres hacían predicciones sobre la última generación. Decían: «¿Qué hemos hecho nosotros?». Uno de ellos, el gran Abba Ischyrion, respondió: «Nosotros hemos cumplido los mandamientos de Dios». Los demás respondieron: «¿Y los que vengan después de nosotros, qué harán?». Él dijo: «Lucharán por lograr la mitad de nuestras obras». Ellos dijeron: «¿Y a los que vengan después de ellos, qué les sucederá?». Él respondió: «Los hombres de esa generación no realizarán ninguna obra, y la tentación caerá sobre ellos; y los que sean aprobados en ese día serán más grandes que nosotros o que nuestros padres».

Algunas palabras de Santo Tomás de Aquino pueden ser instructivas aquí. Escribe:

La consumación final de la gracia se produjo a través de Cristo, por lo que su tiempo se llama «la plenitud de los tiempos». En consecuencia, aquellos que estaban más cerca de Cristo, ya fuera antes, como Juan el Bautista, o después, como los apóstoles, conocían más plenamente los misterios de la fe. Vemos lo mismo en lo que respecta a la condición del hombre, que alcanza la perfección en la juventud, y cuanto más se acerca a la juventud, ya sea antes o después, más perfecto es. (Summa Theologiae, 2a 2ae 1. 7 ad 4)

En otras palabras, implica el doctor angélico, como parte del honor debido a Cristo, que el nivel medio de gracia y percepción espiritual entre la humanidad será mayor en proporción a nuestra cercanía al tiempo de su primera venida. En otro lugar escribe: «En cuanto a la fe en la encarnación de Cristo, es evidente que cuanto más cerca estaban los hombres de Cristo, ya fuera antes o después de Él, más plenamente, en su mayor parte, estaban instruidos sobre este punto, aunque después de Él más plenamente que antes» (2a 2ae, 174. 6). Esto nos ofrece otra razón por la que la actitud restauradora de mirar al pasado en materia religiosa y derivar de él la inspiración es particularmente apropiada para el cristiano.

Fuente: Tradition&Sanity

26 comentarios en “El restauracionismo

  1. Un artículo muy interesante, pero me sorprende que hablando de restauracionismo no se haya mencionado la Apokatastasis, en griego no significa otra cosa que restauración, vuelta, reintegrar. Una doctrina, la apokatastasis, que no es meramente cristiana sino que como gran parte de la doctrina de la Iglesia tiene su origen en el neoplatonismo.

    Un defensor de esa «restauración» fue Máximo de Constantinopla, el gran defensor de las dos voluntades en Jesucristo.

  2. Avatar de Desconocido Anónimo

    No me da tiempo a participar, pero agradezco muchos de los interesantes artículos que se publican.

    La historia de la humanidad tiene sus etapas. Caída, espera del Mesías, redención, evangelización y Juicio. En ningún momento se prometió una evolución positiva en la perfección de los miembros de la Iglesia. Más bien al contrario.

    Ya desde el S.XIX, empiezan a surgir profecías prometiendo restauración (el gran monarca y el gran Papa) que nunca se llegan a cumplir. Ciertamente, los cambios históricos son muy complejos y lo positivo y negativo se entremezcla en el tiempo y el espacio, pero todos sabemos que, en cada generación, el balance final sale deudor.

    Hay una marcada tendencia a juzgar los momentos por determinadas figuras, determinada liturgia, determinadas costumbres. Sin quitar la importancia que todo ello tiene, es un error pensar que la situación actual se debe a una serie de obstáculos que nunca debieron aparecer, y que una vez quitados, todo volvería a una situación estable y ordenada.

    Esta es una idea recurrente muy propia en muchos de los movimientos surgidos en el S.XX, y que ya, bien entrado el XXI, tenemos claro en qué han parado.

    Tampoco deja de sorprenderme que la mayoría de los análisis prescindan de la observación del trato entre los propios seglares y del bajo clero. De la Caridad en resumidas cuentas. Más allá de los grupos de amistad más mundana que espiritual, cuando se desciende a los entornos más locales, nos encontramos muy frecuentemente desencuentros, autoritarismos, arbitrariedades, desidias e indiferencias. Miremos la webesfera religiosa. Desde que nació, lejos de progresar en armonía, buenas ideas e iniciativas, está evolucionando, salvo excepciones, a una clara decadencia en artículos, comentarios (cada vez más censurados o directamente prohibidos) y aportaciones edificantes.

    La restauración general pasa por conversiones personales, y ahí, no veo gran cosa.

  3. Avatar de Desconocido Anónimo

    Hace algún tiempo me hice la siguiente reflexión en orden a las «épocas» de la historia de la Iglesia que considero va en consonancia de lo aquí expuesto. La época que transcurre desde la predicación apostólica y el fin de la patrística es inigualable en orden a clarificar y asentar las bases doctrinales perennes de la Iglesia y es el testimonio más prístino del martirio y por ende de la santidad. Después devendría la época medieval con el desarrollo artístico y con el «caparazón» político (no en sentido contemporáneo) que sirvió como vehículo de la Fe y patrocinio de ella para su ulterior expansión por todo el mundo en la época moderna ¿Y la contemporánea? ¿Acaso quedaba algo que «conquistar» en esta última etapa? ¿No se había llegado ya al culmen de todo lo que debía ser la Iglesia tanto en sus dogmas como en sus manifestaciones externas? Yo me resistía a creer esto (tal vez por una vaga idea del progreso camuflada) pero cada vez estoy más convencido de que la Iglesia no puede producir nada mejor que no haya hecho ya en el pasado. Y creo que esto en un signo claro del fin de los tiempos. Disculpe la extensión de este comentario y disculpe si esta disquisición es pura inventiva sin base real.

  4. Avatar de Desconocido Anónimo

    «Vemos lo mismo en lo que respecta a la condición del hombre, que alcanza la perfección en la juventud…»

    Supongo que Santo Tomás se refiere aquí a la condición física porque otras condiciones del hombre no alcanzan su perfección en la juventud, sino a lo largo de la vida.

  5. Avatar de Desconocido Anónimo

    Pero «en la Iglesia caben todos, todas, todes», como decía el malvado porteño sj.

    Por tanto, también caben los «restauracionistas» (y sí, pare e que también los luteranistas, los calvinististas y los sodomistas)

    1. Avatar de Desconocido Anónimo

      En rigor de verdad, la frase del papa Francisco fue: «en la Iglesia caben todos, todos, todos.»

      El cambio que pone el Anónimo de hs. 10:58, no sólo no corresponde a la verdad, sino que produce dos efectos fatales. Puede inducir a algún incauto a pensar que ese fue el criterio papal y sumarse a él. También puede provocar un rechazo a la doctrina pontificia erróneamente fundada, con daños espirituales imprevisibles. Juan el Gris

  6. Avatar de Desconocido Anónimo

    Pues me he quedado pasmado. Recuerdo de mis años de formación que la Geschichte der Kirche que nos inculcaban iba en línea opuesta. ¿Que la Iglesia había perdido influencia en lo temporal? Pues bien, mejor —se nos invitaba a reflexionar, como si estuviéramos en una posición mejor que la de los primeros cristianos. Así podría purificarse de sus triunfalismos heredados de Roma y dedicarse por fin a lo espiritual y pastoral. No olvido que San Agustín consideraba a Roma un obstáculo que impedía la manifestación del Anticristo. Además, nosotros tenemos mucho más explicitadas las definiciones dogmáticas, el derecho canónico, las atribuciones de la jerarquía, la distinción entre lo espiritual y lo secular, experiencia con distintos pueblos, et coetera. En suma, la idea era que nuestra época era algo así como un jardín lleno de oportunidades de evangelización y no sé cuánto más.

    Aquí, la visión es mucho más decadentista. No pude evitar recordar el mito de Zeus y Cronos. Lo que el autor llama «entropía» condice muy bien con un mitologema esparcido en varios relatos de origen, según el cual las generaciones posteriores son cada vez peores. Me parece esperanzadora la nota de que se nos tenga un poco de piedad por no alcanzar a practicar ni siquiera un cuarto de lo que nuestros mayores practicaron por debido a lo duro de las circunstancias. Nunca es bueno ser autocomplaciente, pero en ciertas ocasiones puede ser un pensamiento consolador. En cualquier caso, es menester mantener una vigilancia sobria y serena. Sea como fuere, ver lo alto que nos han dejado la vara nuestros antepasados nos servirá de ejemplo perenne para humillación nuestra y como recuerdo de cuánto necesitamos rendirnos en las divinales manos.

    Gracias por traer en castellano el artículo.

    G. Marivs

  7. Avatar de Desconocido Anónimo

    Don Wanderer,

    Ya hay quienes están criticando la próxima declaración de Newman como Doctor de la Iglesia, tildando sus enseñanazas de «doctrina insegura», vehículo del modernismo y tantas otras cosas que ya hemos escuchado. Dejo una de estas críticas para que usted, o alguno de los comentaristas, clarifique las críticas que le hacen.

    «Because John Henry Newman’s theory of the ‘development of doctrine’ has been used, whether he intended it or not, as the chief theological justification for the gross mutation and dismantling of Catholic doctrine in the postconciliar Church. It has provided the intellectual scaffolding for replacing dogma with a historicist process – the fundamental dogma of Neo-Modernism in which truth itself «evolves,» contradictions are artificially harmonised as «growth,» and rupture is rebranded as continuity. Newman is the font of all contemporary ecclesiastical gaslighting.
    You can’t brush this off by saying it’s a misuse of his work. That’s like blaming only the ‘Spirit of Vatican Il’ while pretending the texts themselves weren’t shot through with ambiguities and rupture. Newman may have been a sincere and subtle thinker, but there’s no way that can be determined competently now because of the total take-over of Neo-Modernism in every institution of the Church USING HIS IDEA as a justification.
    1) his actual standing as a theologian is nowhere near settled, 2) his canonisation and now proposed doctorate are clearly ideological and designed to canonise not the man but this «hermeneutic of development,» that has fuelled the most destructive period of Catholic history in 2000 years; and 3) the fact that his work could be and has been weaponised to gut the Faith is more than enough reason to keep him off the list of the great and unassailable Doctors.»

    1. No creo que valga la pena tomarse el trabajo de refutar opiniones como esta. Recuerdo que hace algunos años, alguien escribió un largo artículo afirmando que Newman era peligroso y padres de varios errores. Y comenzaba de este modo: «No he leído a Newman y no lo leeré». Y, sin embargo, se creía autorizado a criticarlo.

    2. Avatar de Desconocido Anónimo

      Con ese argumento podríamos criticar a Santo Tomás de Aquino porque tipos como Rahner o Lonergan lo usaron para justificar desastres o sus propios disparates. O ya que estamos, la propia Biblia, usada por los protestantes de la misma manera. Al contrario lo que hay que hacer es leerlo y rescatarlo del secuestro por parte de los modernistas. Y difundir las buenas traducciones, que no son justamente las publicadas por las grandes editoriales católicas como Rialp, Herder, Paulinas, etc.

  8. Avatar de Desconocido Anónimo

    Esta proclamación anunciada – Newman Doctor de la Iglesia – es el fruto del estudio exhaustivo, la admiración y la devoción del Papa Benedicto XVI, entre otros – que lo beatificó en su viaje apostólico a Gran Bretaña en Septiembre 2010. Maravillosa su Homilía en aquella Santa Misa, y en general sus palabras en diversas ocasiones. No tiene nada que ver con el Papa Francisco, que seguramente no lo conocía.

    1. Avatar de Desconocido Anónimo

      Yo creo que tiene que ver más bien con animar a los posibles tránsfugas de la Iglesia Católica Anglicana, que se está desmoronando sola.

      Total si uno de ellos, y además oxbridge, cruzó el Tiber, ¿por qué no lo pueden hacer los demás.

      Newman es relativamente famoso en el mundo anglosajón porque publicó un estudio titulado «Idea de la Universidad», que se suele citar en las controversias sobre qué debe ser una Universidad.

      (Newman lo hizo para un proyecto de Universidad católica en Dublín (Irlanda), que fracasó por la oposición de los obispos (católicos), que querían algo más bien como un seminario conciliar)

  9. Avatar de Desconocido Anónimo

    Sobre los ultimos dos párrafos va un «Sed contra» lo que afirma Santo Tomás, basado en el Evangelio de S. Juan y en los Hechos de los Apóstoles.

    Jesús dije a los Apóstoles en su discurso de despedida en la Ultima Cena: «Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.» (Jn 16,12-13).

    Una instancia de lo anterior es el episodio del centurión Cornelio en Hechos cap. 10, en que el Espíritu Santo tuvo que mostrarle TRES VECES una visión a Pedro y luego tuvo que descender manifiestamente sobre Cornelio y su familia para que Pedro entendiese que los gentiles eran llamados a la salvación al igual que los judíos. Que lo entendió recién en ese momento es evidente por su reacción: «¿Podrá alguien negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?» (Hec 10,47) y por el hecho de que luego tuvo que justificar su actuación ante la comunidad cristiana de Jerusalén (Hec 11,1-18).

    De paso, de la respuesta de Pedro a esas tres visiones queda claro que todavía no había entendido el sentido último de los dichos de Jesús en Mc 7,14-19 «De este modo declaraba puros todos los alimentos» sino solamente su sentido inmediato, esto es rechazar los preceptos que los fariseos habian añadido a la ley mosaica.

  10. Avatar de Desconocido Anónimo

    Es materia opinable si la Encarnación habría ocurrido independientemente de que el hombre hubiese pecado o no. Yo personalmente opino que sí, concretamente que la mejor manera de hacer al hombre partícipe de la naturaleza divina es que el Verbo se haga partícipe de la naturaleza humana, y que la gracia original de Adán y Eva fue concedida en vista a la Encarnación del Verbo. Obviamente si el hombre no hubiese pecado el Verbo Encarnado no habría padecido.

    En contraste me parece insostenible que el designio divino de hacer al hombre partícipe de la naturaleza divina, o incluso el designio divino prerrequisito al anterior de crear al hombre, haya sido en respuesta a la caida de algunos ángeles.

    1. Avatar de Desconocido Anónimo

      Restauración no es un término bíblico, aunque se abuse de él. Es por eso que resulta sospechoso su utilización. Le fatal un matiz clave, por lo que como tal término no aparecen en el texto sagrado como tal.

      Si observamos la realidad histórica, las restauraciones nunca han funcionado. La historia no se para, y en particular la historia religiosa menos aún.

      Realmente, el concepto a emplear es el de recapitulación, que sí es bíblico en efesios 1:10, y algo que queda claro en el libro más histórico de la Biblia, el apocalipsis, que continuamente recapitula.

      No puede haber una restauración porque habrá nuevos cielos y nueva tierra. El Cristo resucitado no es un Adán restaurado, sino un Adán recapitulado.

      Es recapitulación y no restauración porque el pecado original se dio. La teología del pecado original clásica no ha avanzado durante siglos porque explica el pecado original de manera incompleta.

      Dicha teología quiere explicar la pérdida de la condición filial de hijos de Dios, pero olvida definir qué es el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, es decir, lo que se ganó, como explica C.S.Lewis en su libro «El problema del dolor».

      Por eso no es posible restaurar al hombre porque ese fruto ya forma parte de nuestra historia, y por eso el hombre ha de ser recreado para que se nos devuelva la condición filial de hijos de Dios, pero integrando ese fruto prohibido, de ahí que en la liturgia exclamemos «Féliz Culpa».

      Recordemos que si no hubiera habido pecado original seríamos hijos de Dios, como lo son los ángeles, pero un poco inferiores, como nos informa la escritura.

      Pero por el pecado original, el hombre ha sido llamado a un estado superior al de los ángeles, porque seremos recapitulados en Cristo. Si fuéramos restaurados en Cristo al origen seguiríamos siendo inferiores a los ángeles.

      ¿Con qué fin seremos recapitulados? Pues para ser la esposa en las bodas del Cordero, que es lo que nos distingue de los santos ángeles.

      Sin pecado original no puede haber amor esponsal con Cristo, ni participar de la vida más íntima de Dios.

      Por eso la Biblia no habla de restauración, sino de recapitulación, que apunta al fin como NUEVO origen.

      Esto los orientales lo tiene más claro que los latinos. Nosotros nos enredamos en una noción incompleta del pecado original, apuntando hacia el origen con nuestras restauraciones, mientras que ellos en su teología apuntan más hacia el FIN, hacia la divinización recapitulada del nuevo Adán.

      ¿Quien querría una Eva restaurada cuando tenemos a María recapitulada?

      El mal crece, y el bien tiene que crecer. No basta con la restauración para combatir ese mal que crecerá en la historia hasta recapitularse todo él en el Apocalipsis.

      No se trata de restaurar el tomismo sino de recapitularlo.

      Si restauramos a Aquino restauramos una teología del pecado original incompleta síntesis de la agustina (concuspicencia) y anselmiana (justicia original) pasada por las 4 causas aristotélicas material, formal, eficiente y final, para explicar lo que se perdió.

      Si solo hubiéramos perdido algo se podría volver al origen para restaurar esa pérdida, pero si además de perderse algo se ganó algo, no se puede volver al origen. Si así lo hiciéramos Dios nos tendría que desposeer de ese fruto prohibido, que es Gracia divina.

      Por eso no es posible la restauración a Dios gracias.

      1. Avatar de Desconocido Anónimo

        Lee la respuesta que le dio Cristo a los a los apóstoles (Hch. 1,6).

        No les respondió.

        Son los apostoles los que quieren restaurar el Reino. Y Cristo no les dice nada.

        Es San Pablo, el apostol que viene después, quien habla de recapitulación. Que es el único de los apostoles que es llevado al Paraiso en espíritu. El único que pudo ver el árbol de la ciencia del bien y del mal.

        El único que vio el pecado original.

        Por eso habla de recapitulación, no de restauración como querian los apóstoles.

        Habrá nuevos cielos y nueva tierra. No hay restauración del Reino que valga.

        Es mejor.

  11. Avatar de Desconocido Anónimo

    «La voluntad de Dios es la restauración», afirma el autor del artículo. Pero ¿existen actualmente, en la Iglesia Católica, fuerzas humanas suficientes para canalizar la gracia divina y obedecer la voluntad de Dios? Tras la debacle litúrgica y el ataque, más reciente, a la moral; ¿quedarán hombres capaces de afrontar dicha tarea? En la novela «La lámpara de fuego» están representadas estas y otras cuestiones relativas a la destrucción operada por los enemigos de la Iglesia y a la supervivencia de ese resto fiel en medio de las ruinas.

  12. Avatar de Desconocido Anónimo

    Estimado Wanderer

    Todos somos “Wanderer” de un tiempo que el Señor en su Providencia dispuso transitáramos. Vez pasada escuche una homilía sobre el pasaje de Nuestro Señor perdido en el templo, María y José luego de tres días de marcha se percatan que el niño, no estaba con ellos, lo habían perdido, y vuelven a Jerusalén, el predicador dijo algo que me hizo pensar, “a veces en la vida debemos desandar camino, para encontrar a Jesús allí donde lo perdimos”, y tal vez este sea también su esfuerzo.

    Los alemanes tienen devoción por San Cristóbal, : “Como Caronte en la antigüedad, Cristóbal ayuda a otros a cruzar el río, en cuya otra orilla comienza la otra vida. Su tarea es disipar el miedo a las aguas del río Estigia, darles la fuerza para recordar Μνημοσύνη (Mnemosyne), pero también animarlos a olvidar Λήθη (Leteo); a dejar ir la vida tal como se vivía”.

    Hoy fiesta de San Ignacio, (de feliz memoria), advertía que el espíritu maligno busca oscurecer el recuerdo agradecido haciéndonos olvidar las gracias recibidas en el pasado; cuando esto sucede, caemos en la tentación. Nos hace olvidar el afecto, la alegría y la paz que han confirmado la presencia de Dios en nuestras vidas, y viene con un espíritu ansioso que nos impulsa a avanzar sin rumbo ni dirección. Es decir, pero al mismo tiempo también nos obliga a desapegarnos…

    “Hay escándalos en la Iglesia, cosas censurables y vergonzosas; ningún católico puede negarlo. Siempre ha incurrido en el oprobio y la vergüenza de ser madre de hijos indignos; tiene hijos buenos, tiene muchos más malos… Dios pudo haber instituido una Iglesia pura; pero predijo que la cizaña sembrada por el enemigo permanecería con el trigo hasta la cosecha, al fin del mundo. Afirmó que su Iglesia sería como una red de pesca «que recoge peces de toda clase», que no se clasifica hasta la tarde (Mt 13,47s). Yendo aún más lejos, declaró que lo malo y lo imperfecto superaría con creces a lo bueno. «Muchos son los llamados», dijo, «pero pocos los elegidos» (Mt 22,14), y su apóstol dice: «Queda un remanente, elegido por la gracia» (Rm 11,5). Así, en la historia y la vida de los católicos, siempre hay amplias oportunidades para hacerles el juego a quienes se nos oponen…(San Juan Enrique Newman)

    En cuanto a nosotros “Caminantes”, hacernos fuertes en la Eucaristía, que nos acompaña en nuestra peregrinación «ex umbris et imaginibus in veritatem» (San John Henry Newman).

      1. Avatar de Pampeano Pampeano

        La canonización de Newman por el Papa Francisco -nada más y nada menos-, y ahora esta nueva designación, dentro del contexto eclesial clerical actual y desde el dicasterio vigente, es de aquellos acontecimientos que me descoloca, viniendo de quienes vienen. Será el Espíritu Santo nomás. En fin.

    1. Avatar de Desconocido Anónimo

      …»hay escándalos en la Iglesia»…

      Pues mientras esté formada y dirigida por hombres, ¿ qué esperaba?

      Además Cristo fundó Su Iglesia para salvar pecadores, no para salvar ángeles, que no lo necesitan (normalmente)

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