«La primavera conciliar». Una sátira de las Hermanas de la Santa Unión

Este video, cuyo autor no me permite subirlo al blog, tiene algunos meses pero un malvado amigo me lo pasó recientemente. Cuando comencé a verlo, llegué a dudar si era real. Por momentos, parecía un episodio de Mario Monicelli para una nueva edición de I novi mostri. Un conjunto de 17 mujeres que, según los ángulos de filmación, podía asemejarse a un asentamiento de señoras seniles e inválidas; un colectivo de solteronas que abandonaron incluso la ilusión de vestirse con cierta coquetería; un grupo de depresivas en sesión de autoayuda o una pandilla de lesbianas entradas en años. Pero no. Se trata de los miembros de la provincia argentina de la congregación religiosa de la Santa Unión de los Sagrados Corazones.

No es necesario agregar muchos comentarios; lo patético del episodio se impone por sí mismo y los ahorra. Hago simplemente un punteo de aspectos notables.

Autofagia. La primera parte del video consiste en una despiada y feroz crítica a lo que esa benemérita congregación del siglo XIX era antes de las reformas conciliares, y a lo que ellas mismas, en sus épocas de juventud, fueron. Se trata del mismo «canibalismo institucional» que aplicó Francisco a lo largo de su pontificado y que denunciamos en este blog desde 2013.

La total ausencia de ubicación en la realidad. El video consiste en una apasionado festejo de los cambios que trajo a la Iglesia el Concilio Vaticano II, celebrado por un grupo de religiosas cuya mayoría supera los ochenta años, y que evidencia el irreversible procesos de extinción de su congregación y el fracaso rotundo de sus «pastorales de inclusión».

La permanente utilización de vocabulario ochentoso, que imita malamente los tecnicismos de la sociología.

La total ausencia de referencia sobrenatural. Prácticamente no se habla de Dios. En el mejor de los casos, se habla de «Jesús», un Jesús puramente humano, despojado de su divinidad.

Algunos pasajes memorables:

4:20: Un religiosa sinodal y abierta al diálogo, critica con crueldad a sus hermanas «cabezas duras y con idas fijas» que en los años ’70 se resistían a plegarse a los aires primaverales del Concilio. Exquista caridad y auténtica apertura para acoger las ideas de los demás.

4:35: Una religiosa semiviva, con voz estertórea, nos anuncia que el Concilio «fue el despertar de la Iglesia». Alberto Sordi no lo habría hecho mejor.

12:45: Con la apertura del Concilio «logramos superar el estado de perfección». A confesión de parte, relevo de pruebas.

13:53: Las buenas hermanitas no se privan de decir algunas groserías («malas palabras», que mi madre y mi abuela nos enseñaban que una persona educada y cristiana nunca dice).

29:35: Los votos religiosos son «un compromiso con la realidad». Y yo que creía que eran un compromiso con Dios en pobreza, castidad y obediencia…

30:15: «¿Quién puso el viento bajo mis alas? La gente». Podríamos perdonar la cursilería tomada de la canción The Wind Beneath My Wings, de 1982, si la monja obesa y en pantalones decía que ese tal viento lo ponía Dios. No, lo ponía «la gente que fue creciendo y desafiando».

35:00: «¿Qué tiempo pasado fue mejor? ¡Nunca hubo un tiempo mejor que ahora!». El colofón no podría haber sido mejor pensado para terminar esta breve obra satírica.

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