En los próximos días, iré publicando nuevamente los post aparecidos originalmente en 2018, donde se detallan las reformas de la Semana Santa que introdujo Pío XII. Veamos hoy la introducción al tema.
Cuando asistí por primera vez a las cermonias de Semana Santa según el rito «tradicional», fue en la capilla que la FSSPX tiene en Bonn. Quedó asombrado al descubrir que esas ceremonias eran prácticamente las mismas que las que estaba acostumbrado a asistir todos los años en el Novus Ordo. Solamente cambiaba el idioma. «Es extraño» –me dije– «que Bugnini y los suyos hayan dejado todo tal como estaba antes del Conclio». En esa época yo era joven y no conocía la historia: la reforma se había hecho antes, y lo que yo, y muchos, creíamos que era la Semana Santa tradicional, era una Semana Santa tan modernista como el Novus Ordo del Papa Pablo VI.
Cuando en algunas ocasiones ha surgido esta cuestión en el blog, muchos lectores consideran que es un tema menor al que no hay que dar tanto importancia; una suerte de discusión bizantina que nos distrae de lo más importante. Y yo creo que no lo es. Y para ser serios, lo mejor es repasar en qué consistió esa reforma y por qué el interés de celebrar al rito anterior. Pocos de los que hablan y critican saben de qué se trata, y piensan que solamente fue una cuestión de cambios de horarios: la vigilia pascual dejó de celebrarse el sábado por la mañana, y pasó a celebrarse por la noche. En realidad, esto sí que fue un detalle. Los cambios fueron mucho más profundos. Y un texto del papa Pablo VI que aparece en la constitución apostólica que pone en vigencia el misal de 1969, es suficientemente significativo al respecto:
“Se ha visto la necesidad que las fórmulas del Misal Romano fuesen revistas y enriquecidas. El primer paso de tal reforma ya se había realizado por obra de Nuestro Predecesor Pío XII con la reforma de la Vigilia Pascual y de los ritos de la Semana Santa, que constituyeron el primer paso de la adaptación del Misal Romano a la mentalidad contemporánea”.
Así es. Las reformas de las ceremonias de Semana Santa de mediados de los ’50 fueron instrumentadas a fin de comenzar a adaptar la liturgia romana a la mentalidad del mundo contemporáneo, y la prueba más clara de esto la constituye no solamente la afirmación de Pablo VI, sino también la identidad de quienes realizaron esa reforma: Annibale Bugnini, Carlo Braga y Ferdinando Antonelli, los mismos personas que una década más tarde llevaría a cabo la reforma de todo el misal romano y parirían la mostrenca criatura del Novus Ordo Missae.
Voy a dedicar algunos post a explicar detalladamente las reformas instrumentadas bajo el pontificado de Pío XII, a partir de un trabajo del P. Stefano Carusi aparecido ya hace varios años.
Los cambios introducidos en la reforma de la Semana Santa en 1955 no se limitaron a los horarios que legítima y sensatamente podían ser modificados para el bien de los fieles. Desde el mismo Domingo de Ramos se crea un rito cara al pueblo y de espaldas a la cruz y al Cristo del altar, el Jueves Santo se permite que los laicos accedan al coro, en el rito del Viernes Santo se reducen los honores que se tributan al Santísimo Sacramento y se altera la veneración de la cruz, el Sábado Santo no solamente se da vía libre a la fantasía reformadora de los expertos, sino que se demuele la simbología relativa al pecado original y al bautismo como puerta de acceso a la Iglesia. En una época en la que se proclamaba el redescubrimiento de la Escritura, se reducen los pasajes bíblicos leídos en estos importantísimos días, y se cortan incluso los mismos pasajes evangélicos relativos a la institución de la eucaristía en los textos de Mateo, Lucas y Marcos. En la tradición, siempre que se leía en estos días la institución de la eucaristía, la misma se ponía en relación con el relato de la Pasión, para indicar de qué modo la Última Cena era una anticipación de la muerte en la cruz y para indicar también que esa cena tenía una naturaleza sacrificial. Se consagraban tres días a la lectura de estos pasajes evangélicos: el Domingo de Ramos, el Martes y el Miércoles Santos, pero gracias a la reforma, la institución de la eucaristía desapareció de todo el ciclo litúrgico.
Toda la ratio de la reforma de Pío XII aparece permeada de una mixtura de racionalismo y arqueologismo de contornos muchas veces fantasiosos. No es que se afirme que a este rito le falte la necesaria ortodoxia, pero es necesario señalar la incongruencia y la extravagancia de algunos ritos de la Semana Santa reformada, al mismo tiempo que reclamar la posibilidad y la licitud de una discusión teológica sobre el tema en la búsqueda de la verdadera continuidad de la expresión litúrgica de la tradición.
Según el P. Carlo Braga, secretario personal de Mons. Bugnini, esta reforma fue “el ariete” que desestabilizó la liturgia romana en los días más santos del año, y tamaño desbarajuste tuvo notables repercusiones sobre todo el espíritu litúrgico subsiguiente. En efecto, signó el inicio de una despreciable actitud según la cual en materia litúrgica se podía hacer o deshacer según fuera el gusto de los expertos, se podía suprimir o reintroducir elementos según las opiniones histórico-arqueológicas, para darse cuenta más tarde que los historiadores se habían equivocado (el caso más notario será, mutatis mutandis, el tan aclamado “canon de Hipólito”). La liturgia no es un juguete en manos del teólogo o del simbolista más en boga, la liturgia posee su fuerza de la Tradición, del uso que la Iglesia infaliblemente ha hecho de ella, de los gestos que se han repetido durante los siglos, de una simbología que no puede existir solamente en la mente de académicos originales sino que responde al sentido común del clero y del pueblo, que durante siglos rezaron de esa manera. Nuestro análisis se confirma con la síntesis del P. Braga, protagonista excepcional de estos acontecimientos:
“Aquello que no hubiese sido posible psicológicamente y espiritualmente, en tiempos de Pío V y de Urbano VIII por causa de la tradición, de la insuficiente formación espiritual y teológica, de la falta de conocimiento de las fuentes litúrgicas, fue posible en tiempos de Pío XII” (Carlo Braga, “Maxima Redemptionis Nostrae Mysteria” 50 anni dopo (1955-2005)», in Ecclesia Orans n. 23 (2006), p. 18).
Bajo el pretexto de arqueologismo se termina por sustituir la sabiduría milenaria de la Iglesia por el capricho del arbitrio personal. De esta manera, no se reforma la liturgia, sino que se la deforma. Bajo el pretexto de restaurar los aspectos antiguos, sobre los que existen estudios científicos de dudoso valor, se desprenden de la tradición y, después de haber descuartizado el tejido litúrgico, se hace un vistoso remiendo recurriendo a retazos arqueológicos de improbable autenticidad. La imposibilidad de resucitar en su integralidad los ritos que alguna vez existieron pero que están muertos desde hace siglos, provoca que la obra de restauración sea dejada a la libre fantasía de los expertos.
Los reportes verbales de la comisión instituida por Pío XII en 1948 fueron publicados en traducción italiana como apéndice al libro de Giampietro Il card. Ferdinando Antonelli e gli sviluppi della riforma liturgica dal 1948 al 1970. En aquella comisión, compuesta por una media docena de miembros, Bugnini pintaba más bien poco – las decisiones básicamente las tomaban Bea y Antonelli. Además, la comisión estaba también encargada de una reforma radical del breviario, con vistas a la creación de un nuevo calendario. Esto nos indica dos cosas: la primera, que la dirección de aquellas “reformas” no dependía sólo de Bugnini, sino que había mucha más gente en puestos dirigentes partidaria de las mismas; la segunda, que la comisión piana tenía por misión no sólo reformar la Semana Santa, sino la Liturgia en su conjunto. Esto significa que, contra lo que se cuenta en el mundo tradi, de no haber habido Concilio nos habrían cambiado la Misa exactamente igual.
La “reforma” de la Semana Santa, así como la supresión del Salterio romano por San Pío X, constituye un crimen contra la Tradición de la Iglesia de igual calado al Novus Ordo de Paulo VI. Más aún: la mayor parte de elementos distintivos del nuevo rito se encuentran ya en la Semana Santa de Pacelli: ritos en lengua vernácula y cara al pueblo (“renovación de las promesas bautismales” sin precedentes en la liturgia anterior), el sacerdote escucha sentado las lecturas (lectura de las profecías), supresión de las oraciones al pie del altar (misas del Sábado Santo y del Domingo de Ramos), etc. Además, los nuevos ritos contienen elementos absolutamente rompedores con la Tradición, y que arrojan una sombra de duda sobre la ortodoxia de los responsables de la reforma: los catecúmenos, gente que aún no son hijos de Dios, entran en el santuario para ser bautizados; el Viernes Santo, las oraciones solemnes y las super populum del final se leen con el libro sobre el centro del altar, como ocurre en ritos protestantes. La reducción de las profecías del Sábado Santo tiró a la basura una práctica venerable de la Iglesia de Jerusalén.
Del libro de Giampietro se puede deducir, además, que, contra lo que dice la leyenda, Pío XII era puntualmente informado de todo lo que hacía la comisión; más aún, saludó todos los cambios de manera entusiasta. Por lo tanto, es tan responsable de este crimen contra la Tradición como Paulo VI lo es del Novus Ordo. Además, si uno tiene en cuenta que en 1947 (Mediator Dei 10) había dado la vuelta al dicho venerable de “legem credendi lex statuat supplicandi” («La ley de la oración determina la ley de la fe.»), y por lo tanto atribuyéndose derechos de propiedad absolutos sobre el tesoro litúrgico de la Iglesia, ¿no resulta lógico pensar que lo hacía precisamente como justificación de unos cambios que ya se tenían en mente, y que estaban destinados a crear una nueva liturgia “moderna” exclusivamente bajo el dictado del Pontífice de turno? Recuérdese que, en 1950, también se alteraron los ritos de ordenación diaconal, presbiteral, y pontifical, para adecuarlos al magisterio de Pío XII.
Finalmente, en las discusiones sobre la “Vigilia Pascual”, se suele hacer referencia al horario de las ceremonias y a que es antinatural celebrar la vigilia por la mañana. Estamos ante un problema terminológico: lo que llamamos “Vigilia Pascual” NO lo es en absoluto, sino que es la liturgia de Vísperas (bautismales) del Sábado Santo. La verdadera vigilia son los Maitines y Laudes de Pascua, celebrados la noche del sábado al domingo. Como la nueva Vigilia había de celebrarse a esa misma hora, la Verdadera Vigilia fue suprimida en 1952.
