Dicen los que transitan por el dicasterio del Culto Divino que en los últimos días al cardenal Roche se lo ve cabizbajo; lo encuentran triste y preocupado. Y no es para menos. Su trayectoria de obispo, próxima ya a desaparecer en las sombras de la edad, habrá sido un derrotero de fracasos. Su pontificado en Leeds fue desastroso, y en muchos aspectos, incluido el financiero. Es por eso -y esto no es un secreto- que la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales le pidió al Papa Benedicto, en 2012, que le encontrara otro puesto donde no pudiera hacer daño a las almas y a los bancos. Y el bueno de Ratzinger no tuvo mejor idea que ubicarlo como Secretario de la Congregación para el Culto Divino, conviriténdolo en el sucesor natural del cardenal Robert Sarah. (Moraleja: para ser un buen gobernante no es suficiente con ser sabio y piadoso).
Los fracasos de Roche en su puesto de prefecto fueron estrepitosos. Y el primero fue precisamente Traditionis custodes. Fue él el responsable de convencer al Papa Francisco de publicar ese malhadado documento, sobre un tema que al pontífice argentino no le interesaba y que lo embarcó en uno de las crisis evitables y autoinfligidas más importantes de su pontificado. No solamente no ganó nada sino que sumió a la Iglesia en un estado permanente de división, conflicto y tristeza. La pax liturgica que se había conseguido con Summorum pontificum se vio inexplicablemente rota por un documento innecesario y mendaz, pues como han demostrado con los documentos en la mano Nicola Bux y Saverio Gaeta en su libro La liturgia non è uno spettacolo: Il questionario ai vescovi sul rito antico: arma di distruzione di Messa?, las razones estadísticas con las que quisieron justificar TC fueron manipuladas groseramente.
Peor aún, a fines de 2022 se sabía con certeza que Roche, el arzobispo Viola, secretario del dicasterio y algún asesor de San Anselmo (¿Andrea Grillo?) estaban preparando un nuevo documento que, en forma de constitución apostólica, restringiera de un modo brutal la liturgia tradicional, ensañándose sobre todo con los llamados “institutos Ecclesia Dei”. El Papa Francisco, en la audiencia que le concedió a Roche el 20 de febrero de 2023, como informamos aquí, no sólo no firmó ninguna constitución apostólica sino que sacó escarpiendo al cardenal, a quien apenas le dio un rescripto que poco y nada modificaba la situación imperante.
Y ahora, cuando cambió el mando en Roma, y se juega nuevamente el tema litúrgico con un Papa que quiere darle una solución definitiva, que no está en contra de la liturgia tradicional y que desea volver a esa pax liturgica que cierre una importante herida en la Iglesia, Roche se despacha con un documento que tiene más agujeros que un queso gruyère. No vamos a repitir aquí los errores groseros que aparecen en el documento firmado por el por el cardenal, y por los cuales anda como alma en pena por las silenciosas dependencias de su dicasterio. Fueron ampliamente desmenuzados por teólogos y conocedores del tema cuyas opioniones se consiguen fácilmente en los sitios conocidos de Internet. Curiosamente, y que yo sepa, no fue defendido por ningún progresista. Ni siquiera Andrea Grillo salió a estridular esta vez.
Por otro lado, el error de táctica fue garrafal. Roche entregó a los cardenales ese texto tan débil antes de que se decidieran los temas que se tratarían en el Consistorio. Es decir, mostró las cartas antes de la jugada que será, finalmente, el próximo mes de junio. Los cardenales estarán plenamente informados de la insoportable levedad de los argumentos de Roche y en estos meses llegarán a sus correos, con respeto y reverencia, las opiniones de sus fieles sobre el tema y las refutaciones a los argumentos esgrimidos por el prefecto.
Agrego finalmente, un aspecto que resulta llamativo. Estos personajes tan abiertos a las nuevas ideas y a las teologías diversas, cuando se trata de la liturgia tradicional, se ponen más ortodoxos que el carca más recalcitrante, e invocan como gansos el remanido principio teológico lex orandi, lex credendi. Lo invocan y lo interpretan a su gusto, engañando en muchos casos a quienes desconocen la perspectiva histórica para interpretarlo, es decir, a la mayoría de obispos y cardenales.
Nadie duda de la importante de la unidad en la fe. Es un principio fundamental de la Iglesia católica que la distingue de otras denominaciones cristianas. Y nadie duda tampoco de que esa unidad se expresa en el culto. Pero el argumento engañoso está en suponer que la unidad de la fe está atada necesariamente a la unidad del culto. Suponerlo es disparatado. En la Iglesia existen 16 ritos, completamente distintos entre sí, y nadie pensaría que un caldeo de Irak, un copto de Egipto o un bizantino de Rumania tienen una fe diversa a un romano de Madrid o de Bogotá. Todos ellos participan de la única fe en Jesucristo y, sin embargo, su culto o lex orandi es diversa.
Pero incluso si nos concetramos en Occidente, el argumento de Roche cae por su propio peso. Si cualquier católico de fe asiste a una misa celebrada con el misal reformado de Pablo VI en Buenos Aires, encontrará que es bastante distinta a la que asiste cuando está de vacaciones en Mar del Plata, o en Mendoza, o en París, o en Nueva York. Más aún, si va a otra iglesia de su misma ciudad, muy probablemente la misa cambie, y bastante, porque sabemos que el novus ordo alienta las improvisaciones y creatividades de los sacerdotes celebrantes. ¿De qué unidad en la lex orandi nos habla entonces el cardenal Roche?
Incluso más, difícilmente encontraremos dos momentos históricos en la Iglesia en los que más se bregó por la unidad en la fe que los siglos XIII y XVI. Pues bien, cualquier católico que viviera en una ciudad europea de la época, pongamos por caso Lyón o Milán, si asistía a misa a su parroquia, ésta se celebraría en rito lionés o ambrosiano, si asistía al convento de los franciscanos, que estaba a 20 metros, se celebraba en rito romano, y si caminaba dos cuadras e iba a la de los dominicos, se encontraría con una misa en rito dominicano, y algunos pasos más adelante, los carmelitas (calzados) la celebrarían en rito carmelitano. Y si decidía a hacer un retiro espiritual e iba a una cartuja, allí los monjes celebrarían en rito cartujano. Es decir, en un radio de poquísimos kilómetros, tendría 5 formas diversas de lex orandi sin menoscabo de dañar la lex credendi. Y esta situación que describo se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX.
Como decía en un post anterior, no podemos pensar el cardenal prefecto del dicasterio del Culto Divino desconozca estas circunstancias históricas. Mi duda es si podemos pensar que quiera engañar a los fieles y a sus hermanos cardenales. Y si así fuera, aconsejaría a Su Eminencia que se esmerara más en sus artimañas y mentiras.
