La semana pasada un comentarista del blog hacía un crítica respetuosa al último post de Eck. Decía que considera que ese tipo de escritos, como buena parte de los que históricamente hemos publicado en este blog, tratan temas polémicos que pueden generar confusión y división entre la “propia tropa” en momentos en que deberíamos estar más unidos que nunca.
Aunque en otros momentos he respondido a esta objeción, vale la tema retomarla porque, en efecto, podría ser el caso que el comentarista tuviera razón y que yo estuviera cometiendo un error sobre el que se me pedirá cuenta en el momento del juicio, y no tengo ganas de pasar un mal momento en esa ocasión tan trascendente.
El problema serio que yo veo entre mucha de nuestra gente es la pretensión, o la ilusión, de creer que con volver el reloj 60 o 70 años, sería suficiente para solucionar la profunda crisis por la que atraviesa la Iglesia. Es sobre esta concepción del tradismo (la expresión, que me parece muy adecuada, es de un comentador anónimo del blog) contra la que he mantenido una batalla constante desde los inicios mismos de esta página hace 19 años. Y el problema lo vieron muchos más sabios y más importantes que yo, tales como Castellani y Bouyer, por nombrar sólo a un par de ellos.
El tradismo replica que, en tiempos de crisis como los que vivimos, es momento de “conservar lo que hemos recibido”; “conservar lo que tenemos”: serva quod habes. Pero el problema surge cuando identifican lo que tenemos o lo recibido, con lo que tenía o habría recibido un buen sacerdote en los años ’30, ’40 o ’50. Por eso, proponen atrasar el reloj, y lo hacen enseñando en sus seminarios y predicando en sus sermones lo mismo que se enseñaba y se predicaba en los dorados años de Pío XII. La cuestión es que esos años eran cualquier cosa menos dorados, y tampoco lo habían sido las décadas anteriores. Ninguna persona sensata puede suponer que en un par de años literalmente, la Iglesia pudo cambiar como cambió, y que en cuestión de meses literalmente, sacerdotes y religiosas que pensaban y actuaban de un modo determinado, comenzaran a pensar y actuar de otro modo, muchas veces totalmente opuesto al anterior. Este cambio tan abrupto en la conducta de obispos, sacerdotes y religiosas no puede explicarse, me parece a mí, simplemente como un caso de obediencia debida. Ciertamente que el ultramontanismo, exacerbado a partir del pontificado de Pío IX, fue determinante y neutralizó la resistencia, salvo casos muy puntuales. Pensemos, por ejemplo, en los diez mil sacerdotes españoles que pidieron a Pablo VI poder seguir celebrando la misa tradicional y que, negada la petición por parte del Papa Montini, volvieron todos silenciosa y resignadamente a sus parroquias a celebrar el novus ordo y, en la práctica, disolvieron la asociación que los nucleaba. Pero esta excesivamente mansa obediencia, y no sólo de los españoles sino de los clérigos de todo el mundo, no puede explicarse simplemente por una virtud más o menos corrida hacia uno de los extremos, por lo que no sería ya virtud. A sus espaldas se iba acumulando una enorme crisis, la que estaba más o menos latente, o más o menos despierta en todos los sectores de la Iglesia, pero que se mantenía disimulada aún para sus protagonistas: sólo muy pocos de ellos eran del todo conscientes de lo que se estaba gestando.
Y esto que digo no es mera suposición; basta recorrer la historia y los escritos del clero, sobre todo a partir de la posguerra, y observar sus iniciativas y conductas para darse cuenta de la profundidad del calado de la crisis. Y esto lleva a una conclusión obvia: el Concilio Vaticano II no hizo más que legalizar lo que, de hecho, ya existía. La imprudencia de Juan XXIII —él dijo que fue una súbita inspiración del Espíritu Santo— al convocar a un concilio ecuménico en esas circunstancias, no hizo más que socavar la muralla de contención que impedía el desborde del caos. El Concilio, con la complicidad de unos cuantos, la anuencia de Pablo VI y la irresponsabilidad y negligencia de la enorme mayoría, desestabilizó la Iglesia que, sesenta años después, está más desequilibrada que nunca. Pero Pablo VI no sólo entregó el manejo del Concilio a los reformistas, sino que habilitó y propició el “espíritu del Concilio” que con la velocidad de un spiritus o viento inexpugnable, capilarizó la Iglesia entera y legalizó la crisis que ya anidaba en el corazón de buena parte del clero y de los religiosos.
Por eso mismo, la pretensión tradista sería catastrófica. Volver a los ’50, a la Iglesia preconciliar, no solamente no solucionaría nada sino que empeoraría todo. Esta es la razón por la que, desde este blog, siempre hemos cuestionado esa postura, y hemos recibido las críticas y aún las amenazas de los tradistas más ofuscados.
Aunque es una frase hecha y remanida, no por eso deja de ser verdadera: toda crisis entraña una oportunidad. Se dice que para el cónclave de 2013 habían cuatro candidatos firmes: Scherer, Ouellet, Scola y Bergoglio. Ya sabemos qué ocurrió, y sabemos también que nada escapa a la Providencia divina. Si el elegido no hubiese sido Bergoglio, cualquiera de la otras opciones no habría hecho más que seguir ocultando la profundidad de la crisis. Francisco expuso la herida purulenta a la luz del sol: toda la Iglesia y todo el mundo pudo ver con sus propios ojos la realidad: Qualis rex, talis grex (“Como es el rey, así es el rebaño”).
La responsabilidad de aprovechar la oportunidad de superar esta etapa crítica nos concierne a todos. A nosotros los seglares, mínimamente; a los obispos y al Papa León, en grado máximo. Yo, como simple hijo de la Iglesia hago lo que puedo y que es bastante poco: apenas puedo advertir desde esta página lo que humildemente veo: la solución no provendrá de pases mágicos como atrasar las agujas del reloj; no provendrá tampoco de romper todo y armar rancho aparte donde se pueda hacer lo que venga en gana sin que ninguna autoridad se inmiscuya; y ya sabemos porque lo experimentamos durante más de sesenta años, que la solución tampoco viene por tirar todo por la borda para “caminar por las periferias”, convertirnos en “hospital de campaña”, asistir a una boda gay o a una comedia musical de Hakuna.
¿Cuál es la solución entonces? De lo único de lo cual estoy seguro es que se trata de una solución compleja, que incluye muchos factores, y uno de ellos, y seguramente de los más importantes, es que cualquier solución deberá incluir una restauración litúrgica. No estoy abogando, por cierto, por una aniquilación liza y llana del ordo missae de Pablo VI; en todo caso, eso podrá lograrse con el tiempo. Me refiero a que ninguna solución podrá ocurrir mientras la liturgia católica siga siendo terreno para la creatividad y fantasías de celebrantes y comunidades, convirtiendo las misas en circos estilo kiko, emausiano, hakuno o barbaridades aún peor. Mientras no se le rinda a Dios el culto verdadero -y se deje de pretender que la liturgia es una mera reunión de comunidades que «cantan y caminan»-, es ilusorio pensar en solución alguna a la crisis de la Iglesia. La salida del laberinto es por arriba.
