El Papa León XIV comienza a hacer lío y los obispos argentinos están preocupados

En continuidad con las enseñanzas de Francisco, el Papa León está comenzando a hacer lío. Y en varios niveles. Por ejemplo, lo ocurrido en España. Se sabe que hace algunas semanas llamó al cardenal Cobo, arzobispo de Madrid, para decirle que este año quiere visitar España. Es decir, se autoinvitó, nadie sabe muy bien por qué. El problema es que la invitación oficial debe ser cursada por el Jefe del Estado, el Rey, y por el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. El primero hará lo que le digan, y el segundo se resistía a firmar la invitación. Y es ese el motivo por que aún no están confirmadas las fechas de la visita. Y todos temen esa visita, políticos y obispos. Entre otras cosas, se produciría en medio de la “resignificación” del Valle de los Caídos que fue avalada y firmada por el mismo infame cardenal Cobo, plegándose a los deseos del gobierno socialista de Sánchez y sin tener la potestad para hacerlo por tratarse de una basílica pontificia.

Pero hay otros líos más graves y que tiene que ver con la Iglesia. La semana pasada, sin trámite previo, León XIV “renunció” a un joven obispo de Indonesia, a quien Francisco había nombrado cardenal. El temor por este orden que pareciera que está poniendo el pontífice en el episcopado mundial apenas comenzado el año se está comenzado a apoderar de la Conferencia Episcopal Argentina, donde se cuecen muchos caldos y muchos cadáveres se amontonan en closets que se creían inviolables. Y son cadáveres que León conoce muy bien pues fue prefecto del dicasterio de Obispos.

Pero el estupor episcopal argentino se produjo el jueves 22 de enero, hace apenas unos días, cuando el boletín de prensa de la Sede Sede anunció que el Papa había recibido en audiencia a Mons. Oscar Sarlinga, obispo emérito de Zárate-Campana, el primero de los misericordiados por Francisco, que se cobró de ese modo un odio personal que había mantenido cautivo en su misericordioso corazón durante años. La pregunta es más que obvia ¿cuál es el motivo por el que el Sumo Pontífice concedió audiencia a un obispo emérito, completamente olvidado y fuera de todos los circuitos episcopales del momento? Ciertamente, no habrá sido para tomarse unos mates juntos.

La presencia de Sarlinga nuevamente vinculada al corazón del poder eclesiástico genera ruido. Mucho ruido. En pasillos vaticanos y en la sede de la Conferencia Episcopal Argentina se habla de viejos expedientes que vuelven a mirarse, de nombres que reaparecen justo cuando el nuevo pontificado empieza a tomar decisiones propias; cuando León comienza a hacer lío.

En ese contexto, dos datos menores —pero sugestivos— alimentaron la inquietud episcopal. Por un lado, movimiento discreto del nuncio apostólico argentino sin reemplazo (pedido por las autoridades de la CEA); por otro, la aceptación de la renuncia anticipada del obispo indonesio del que hablamos más arriba. Nada de eso tiene explicación pública. Pero en Roma, las explicaciones nunca llegan primero.

Y en el centro de ese clima aparece Sarlinga: el obispo que se fue antes de tiempo, que nunca habló del todo, y que ahora vuelve a estar donde las decisiones pesan. Para algunos, una simple coincidencia. Para otros, una señal de que el pasado reciente de la Iglesia argentina aún no terminó de rendir cuentas.

“En el Vaticano nadie reaparece por error”, murmura un veterano observador de curia. Mientras tanto, el silencio oficial persiste. Pero el mensaje implícito circula con fuerza: algo se está moviendo, y el nombre de Óscar Sarlinga vuelve a estar escrito —aunque sea en lápiz— en los márgenes del poder.

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