
Por Étienne Gilson
El eminente filósofo e historiador de la filosofía medieval Étienne Gilson, escribió el siguiente breve texto en 1965, cuando comenzaba a desatarse la furia de la tormenta posconciliar, y se preguntaba si era cismático. Vista la situación actual, las cosas no han cambiado mucho sesenta años más tarde.
Últimamente se habla mucho de cisma. Al principio me sorprendió, pero no me preocupó. Siempre había creído que los cismas eran secesiones colectivas por las que grupos de cristianos se separaban de la Iglesia como cuerpo para constituirse en iglesias distintas. No es algo que ocurra a menudo, pero esta forma de entender las cosas excluye cualquier temor de crear para uno mismo un pequeño cisma personal. Acabo de descubrir que esta confianza es infundada y que un solo individuo puede permitirse el lujo de un cisma privado, siempre y cuando se sitúe, consciente e intencionadamente, fuera del cuerpo de los fieles.
Esto puede hacerse de muchas maneras. La más notable que conozco es la de ese sacerdote de Boston, que hace poco se hizo excluir del cuerpo de la Iglesia por su obstinación en enseñar lo que, sin embargo, me enseñaron en mi infancia: que fuera de la Iglesia no hay salvación. ¡Y ahora él mismo está fuera! Debe de estar muy sorprendido, pero su caso puede inquietar a otros además de a él, ya que de ello se deduce que una persona concreta puede convertirse en cismática sin darse cuenta. Para ello, basta con que rechace su adhesión a alguna fórmula concreta de la doctrina que la Iglesia enseña y prescribe aceptar. Empiezo a preguntarme si, en contra de mi más profunda intención, no estaré yo mismo comprometido en el camino de un error tan peligroso.
Estos son los hechos.
En una de las parroquias a las que acudo, antes de la misa mayor se distribuye a los fieles el texto de las oraciones litúrgicas que deben cantarse en francés, o en un dialecto aproximado, siempre que no sea en latín y mucho menos en griego. Por mi parte, no veo ningún inconveniente en ello y, dado que esta reforma litúrgica está en marcha, los fieles no tienen más remedio que acatarla. Bien, entonces “tierra entera”, ya que entera la hay.
Sin embargo, al principio me desconcertó un pasaje del Credo francés, en el que se dice que el Hijo es “de la misma naturaleza” que el Padre. Podía cantar el resto, pero lo de “de la misma naturaleza” no lo podía pasar. Reflexionando sobre ello, pronto comprendí por qué. Como siempre había cantado en latín que el Hijo es consustancial al Padre, me parecía curioso que esa “consustancialidad” se hubiera convertido en una simple “connaturalidad”.
Por otra parte, parece que nuestros sacerdotes no han sido informados del cambio. En la misa mayor, el oficiante sigue cantando imperturbablemente “Consubstantialem Patri”, como si nada hubiera pasado, pero nosotros, los laicos de la llanura, solo tenemos que seguir la liturgia simplificada para nuestro uso. Eso me respondió el joven vicario al que un día acabé preguntando, al recibir de él mi misa en francés, si “de la misma naturaleza” no era un error de impresión. “Yo estoy aquí para repartir los folletos; lo único que tiene que hacer usted es cantar lo que está escrito en ellos”, me dijo.
En el fondo, tenía razón. ¿Qué tenía yo que ver en esto? La gran ventaja para los laicos de que se les invite a una pasividad total es que, de ese modo, se les exime de toda responsabilidad. ¡Lo estarían sin ese maldito cisma! Dos seres de la misma naturaleza no son necesariamente de la misma sustancia. Dos hombres, dos caballos, dos puerros son de la misma naturaleza, pero cada uno de ellos es una sustancia distinta, y es precisamente por eso por lo que son dos. Si digo que tienen la misma sustancia, digo al mismo tiempo que tienen la misma naturaleza, pero pueden ser de la misma naturaleza sin ser de la misma sustancia. ¿Sigo estando obligado a creer que el Hijo es consustancial al Padre? ¿O, por el contrario, estoy obligado a creer que solo son de la misma naturaleza? Y si me obstino en creer que son consustanciales, ¿no voy a separarme, como cismático en rebelión contra la liturgia de mi parroquia, de la Iglesia a la que estoy tan profundamente apegado?
Es una situación muy embarazosa. Se podría suponer que la Iglesia de Francia persigue con ello un fin ecuménico; pero no, los símbolos griegos de Epifanio y Nicea dicen expresamente del Hijo que es omousion tô patri. El símbolo conocido como de Dámaso, utilizado en la Galia hacia el año 500, dice del Padre y del Hijo que son unius naturae, pero añade inmediatamente uniusque substantiae unius potestatis. El antiguo símbolo Clemens Trinitas est una divinitas afirma en estos términos la unidad de la Trinidad divina, porque las tres personas son “una sola fuente, una sola sustancia, una sola virtud y un solo poder”. Las personas tienen la misma naturaleza, divina, en cuanto que son tres; en cuanto que son un solo Dios, tienen la misma sustancia: “Tres, ni confundidos ni separados, sino unidos en la distinción y distintos en la unión: unidos por la sustancia, pero distintos por los nombres; unidos por la naturaleza, distintos por las personas”. Citaré tantas fórmulas de fe como se quiera para anatematizar, con el Concilio Romano de 382, a aquellos que no proclaman abiertamente que el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo son unius potestatis atque substantiae, y, repitámoslo, la unidad de sustancia implica la unidad de naturaleza, pero de tantos textos que afirman la unidad de sustancia, mencionando o no la unidad de naturaleza, no recuerdo ninguno en el que se mencione únicamente la unidad de naturaleza: “Se cree que el Hijo es de la misma sustancia que el Padre: por eso se le dice homoousios con el Padre, es decir, ejusdem cum Patre substantiae, pues, en griego, omos significa uno, y ousia significa sustancia, de modo que ambos juntos significan: una sola sustancia”.
El Concilio de Toledo (675) me parece que lo expresa muy bien. Las tres personas divinas son un solo Dios porque son una sola sustancia: “Hae tres personae sunt unus Deus, et non tres dii: quia trium est una substantia, una essentia, una natura, una divinitas, una immensitas, una aeternitas”; el Decreto sobre los jacobitas (1441) seguía poniendo en primer lugar la unidad de sustancia, fuente de todas las demás.
El símbolo francés de 1965 es, creo, el primero que no tiene empacho en eliminarla.
¿Qué pensar de todo esto? Lo más prudente sería, sin duda, no decir nada. Un texto litúrgico, sin duda examinado detenidamente por altas competencias teológicas y adoptado por ellas, debe presentar todas las garantías necesarias. Ciertamente no se quiere volver al homoiousios de antaño, fuente de uno de los cismas más temibles que han dividido a la Iglesia: la más mínima sospecha de este tipo sería absurda. Sin embargo, no puede ser por casualidad, por ignorancia o por negligencia que la naturaleza haya sustituido aquí a la sustancia. ¿Por qué se ha producido esta sustitución?
Por un motivo apostólico, creo, y generosamente cristiano. Se quiere facilitar a los fieles el acceso a los textos litúrgicos. Se quiere con tanto ardor que se llega incluso a eliminar del francés ciertas palabras teológicamente precisas, para sustituirlas por otras que lo son menos, pero que, con razón o sin ella, se cree que “dirán algo” a los fieles sencillos. “De la misma naturaleza” parece más fácil de entender que “de la misma sustancia”. Lo es, en efecto, si se toma este término al pie de la letra, y eso es precisamente lo que pensaban los arrianos, pero los liturgistas del texto ciertamente no piensan que el Hijo sea de esencia similar al Padre. No lo piensan, ni lo dicen, ni quieren decirlo; por lo tanto, la única manera segura de excluir este falso significado es mantener el consubstantialem Patri de la tradición.
Sería preocupante pensar que una especie de relajamiento del pensar teológico pueda llevar a algunos a decir que, en el fondo, estos detalles técnicos no tienen mucha importancia. Porque ¿de qué sirve facilitar el acto de creer si para ello hay que despojar de parte de su sustancia al contenido mismo del acto de fe?
Texto aparecido originalmente como “Suis-je schismatique?”, La France Catholique, n° 970, 2 juillet 1965. La presente traducción es de Ceferino Muñoz Medina.
Hasta donde puedo llegar, «de la misma naturaleza» fue una licencia de traducción, no un cambio de doctrina. Claro que en su tiempo pueda haber parecido que la Iglesia cambiaba en el tema. Me parece hoy más relevante la doctrina de la salvación del CVII ya que es la madre de «todas las religiones llevan a Dios» y «todas las religiones son queridas por Dios» y, más aún, «Lutero, testigo del evangelio»
DOS CUESTIONES, entre tantas otras que van surgiendo en mi cabezota en estos días:
Primera: habrá consagraciones, muchos enojados, muchos no, cismas y requetecismas, pero nadie con dos dedos de frente, en 20 o 30 años no estará agradecido con las consagraciones de obispos de 2026; tal como sucedió y hoy sucede hoy con las de 1988. Los que no sean muy viejos, lo verán.
Segunda: yo iba a viajar con mi señora por esos días a Econe por otro tema. Obviamente y ya que estamos, amplío mi estadía allí y presenciaré las consagraciones. Pero, como me lo temía, ahora mis hijos quieren ir… y sus amigos también. Y me dicen que en ciertas capillas ya están agotando los pasajes y estadías para estar por allí. Y otros van en procesión desde Francia, y así. Calculan que no serán menos de 25.000 personas. O sea, voy, pero no veré nada, como primera reflexión. Pero quería llegar a la segunda, que es la divertida: tenemos una Santa Sede archi-mega-demo-progre, que dirá «cisma», «excomunión» y alguna otra cosa más, a lo sucedido frente a miles de personas, al «pueblo». No se puede negar que estará original.
AVISTADOR DE CHIMANGOS.
Generalmente de acuerdo. Pero es muy desafortunada la referencia a «ese sacerdote de Boston», que entiendo que es Leonard Feeney. Feeney no fue expulsado por enseñar que «fuera de la Iglesia no hay salvación», sino por enseñar una interpretación disparatada de ese dogma -antiescolástica y antipatrística- que negaba, entre otras cosas, el bautismo de deseo. Además, no creo que tenga nada que ver con el caos conciliar y posconciliar, porque fue excomulgado -con toda justicia- en tiempos de Pío XII, en 1953. Irónicamente, fue reconciliado en 1972 (!).
De todo hay en la viña del Señor: un sacerdote excomulgado por Pío XII por crear una herejía archi-integrista, reconciliado tras el Concilio por Pablo VI. En cualquier caso, Gilson debería haberse informado mejor.
Loretar