Reproduzco un comentario aparecido en Le Forum Catholique que plantea con crudeza el peligro al que se enfrenta la Iglesia y la FSSPX si se realizan las consagraciones. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero la reflexión es interesante.
El drama de Crans-Montana, [o de Cromagnon, diríamos en Argentina] contribuirá sin duda a que se tengan más en cuenta las medidas de seguridad en los bares y discotecas. Esto no significa, sin embargo, que hoy haya que incendiar otra discoteca para acelerar el proceso de toma de conciencia de las autoridades.
Una hipótesis: si Roma concediera la solución del Ordinariato a las comunidades apegadas a la liturgia tradicional [sobre este tema trataremos en un post próximamente], con la totalidad de los antiguos libros litúrgicos y con obispos consagrados según el antiguo rito, entonces los últimos argumentos de la FSSPX sobre el «estado de necesidad» se reducirían a cenizas.
Y, sin embargo, incluso en este caso (por otra parte, no improbable), estoy seguro de que la FSSPX seguiría invocando algún «estado de necesidad» para evolucionar al margen de toda jurisdicción y consagrar obispos sin mandato. Este estado de necesidad es, evidentemente, un pretexto para poder seguir funcionando en un entorno cerrado, entre ellos, sin rendir cuantas a nadie. Nacida como una (sana) reacción a la crisis de la Iglesia, la FSSPX se va instalando poco a poco en una lógica en la que lo que importa es la autoperpetuación, aunque ello suponga ignorar los principios eclesiológicos fundamentales, y ya no, como en sus inicios, el mantenimiento de las riquezas litúrgicas y doctrinales en beneficio de toda la Iglesia. Lo trágico es que la FSSPX, convertida en una especie de «compañía de seguros» del mundo tradicional, necesita la crisis de la Iglesia para justificar su existencia, del mismo modo que las aseguradoras quebrarían si nunca hubiera accidentes, robos o catástrofes. El peor Papa para ellos desde 1988 fue Benedicto XVI, que les quitó uno a uno gran parte de sus argumentos, y de ahí las duras críticas que este papa recibió en los círculos de la FSSPX. Y por otro lado, el mejor escenario es un Papa escandaloso como Francisco, que les permite reforzar su autojustificación. Por lo tanto, hoy en día a la FSSPX le interesa que a la Iglesia vaya mal y que la crisis perdure. No habría peor catástrofe para ella que un papa perfectamente ortodoxo en la Sede de Pedro.
Lo que complica la situación es que la política de las autoridades romanas (restricciones de Traditionis custodes, delirios sinodales, decisiones absurdas o escandalosas, etc.) les da argumentos y les ayuda a construir estas justificaciones artificiales.
Como se ha dicho, no se conoce el «punto de inflexión» del estado de la Iglesia a partir del cual dejaría de existir el estado de necesidad. Ahora bien, es evidente que, dada la gravedad de la situación y los daños irreversibles causados por el caos doctrinal y litúrgico desde hace sesenta años, la salida de la crisis será muy lenta y progresiva, con retrocesos temporales, etc. En otras palabras, la FSSPX siempre encontrará algo que no le gusta en la Iglesia universal para justificar un estado de necesidad (unas palabras escandalosas pronunciadas por un clérigo aquí, una profanación de la hostia allá, la elección de un obispo que algún momento bendijo un local masónico… o simplemente el hecho de que el misal de Pablo VI siga vigente). La «Iglesia conciliar» nunca será lo suficientemente santa ni ortodoxa, a sus ojos, para justificar una regularización. Mientras que la regularidad canónica debería considerarse un punto de partida y, por lo tanto, buscarse y aceptarse una vez que se haya adquirido lo mínimo vital (es decir, la liturgia y los sacramentos antiguos, así como una cierta libertad de expresión), la FSSPX condiciona esta regularidad a una adhesión pura y simple de Roma a sus posiciones, lo que evidentemente nunca sucederá. El estado de necesidad se convertirá en un estado permanente. Y así, la FSSPX seguirá funcionando hasta la Parusía como una Iglesia paralela, constituyendo de facto un grupo cismático. Sin contar el hecho de que no hay ningún ejemplo histórico de una comunidad separada de Roma de forma duradera que no haya acabado desarrollando doctrinas heterodoxas.
Por lo tanto, si bien el cisma aún no es efectivo, es evidente que nos dirigimos directamente hacia él.
Ahora bien, ¿quién es responsable de este desastre? Para mí, la respuesta es clara: en primer lugar y ante todo, Pablo VI, que no solo respaldó con su autoridad una reforma revolucionaria, sino que además, hasta el final de su pontificado, prohibió totalmente la práctica de la liturgia tradicional, haciendo de facto obligatoria la adhesión a las novedades en lo que tenían de más inaceptable. Sin embargo, en los años 70, Mons. Lefebvre no pedía más que la libertad de hacer lo mismo que viven hoy las comunidades ex-Ecclesia Dei, es decir, «experimentar la Tradición». Y cuando llegaron los primeros indultos, muy gradualmente a partir de principios de 1984, ya era demasiado tarde: el movimiento lefebvriano ya se había endurecido y radicalizado, haciendo casi imposible cualquier perspectiva de regularización. Los escándalos que siguieron (Asís, el Corán besado, la declaración de Abu Dabi, Amoris Laetitia, Traditionis Custodes) no hicieron más que endurecer y consolidar la orientación cismática.
Fuente: Le Forum Catholique
