
Las siguientes reflexiones son fruto de una larga conversación que tuve con un buen amigo y excelente historiador de la liturgia, en una de las pausas de un congreso que, sobre ese tema, tuvo lugar en Madrid, en enero de 2026. Curiosamente, lo que la Iglesia y sus instituciones no hacen —un estudio científico y serio de la liturgia y su historia—, lo hacen académicos de universidades financiadas por estados laicos.
La liturgia, a lo largo de la historia, ha ido cambiando. Y lo ha hecho de un modo orgánico —es lo que se llama el “desarrollo orgánico de la liturgia” que tan bien explicó Alcuin Reid en su libro—, y por eso mismo, fue una novedad absoluta que los cambios abruptos producidos luego del Concilio Vaticano II, hayan sido fruto de una grupo de eruditos que, sentados en sus escritorios de arqueología, determinaron qué mochar aquí y qué agregar allá. Se trató de un escandaloso y gravísimo despropósito como bien los señaló, entre muchos otros, el cardenal Ratzinger.
Los cambios debidos al desarrollo orgánico no tenían motivaciones teológicas sino en general razones prácticas, políticas o de circunstancias históricas. Por ejemplo, cuando Carlomagno recibe en el siglo VIII el “misal” (que no era tal porque no existía un libro litúrgico con ese nombre sino que era el sacramentario del Papa Adrián) que se utilizaba en la Curia Romana para hacerlo normativo en su imperio, encuentra que le “faltan” muchas partes. Entonces, poco a poco, se fue completando con las oraciones y usos francos. Y de allí surgirá el “misal” romano-germánico que, años después, será utilizado también en Roma.
Otro ejemplo: las palomas eucarísticas, que tan bellas nos parecen —y lo son— que se usaban para la reserva del Santísimo Sacramento, y que estaban suspendidas sobre el altar. Aparecen en Oriente en el siglo V, luego pasan a Occidente y desaparecen completamente en el XIV. El motivo no fue uno solo, pero el que más influyó es que no eran prácticas para el uso diario de la reserva eucarística, y con mucha frecuencia las cadenas que las sostenía se cortaban, y las sagradas especies terminaban en el piso.
Cambios de este tipo podemos encontrar muchos pero cuando se estudia la historia de este desarrollo se aprecia que hay un sector, una zona de la liturgia que parece intocable, una especie de sancta sanctorum, pues en ella nadie se animó a meter mano. Me refiero, claro, a las ceremonias cuaresmales y, en particular, de la Semana Santa. Y lo que digo se aprecia no solamente al estudiar los ritos que aparecen detallados en los libros litúrgicos más antiguos que se conservan, sino porque la Semana Santa conservó una serie de elementos arcaicos —y utilizo el término no en un sentido despectivo sino todo lo contrario, como venerables— que poco a poco habían ido desapareciendo de las ceremonias propias del año litúrgico.
Uno de los elementos más llamativos, y que a nosotros nos resulta hoy muy extraño, era la “misa de prresantificados”, o Missa Praesanctificatorum, como la denomina el misal tridentino, que se celebraba el Viernes Santo. Era, en términos simples, una “misa” en la que no se decía el Canon Romano —y en la que no había por tanto consagración— sino que se consumían los “dones” que habían sido consagrados o presantificados el Jueves Santo.
Pero veamos algunos otros. En las ceremonias litúrgicas de los primero siglos, todos los ministros ordenados (presbíteros, diáconos y subdiáconos) usaban casulla, y recordemos que se trataba de casullas “planetas”, es decir, casi circulares (la casulla de “guitarra” es una evolución de aquella que se impuso en el siglo XVI). Al ser las ceremonias muy complejas y que requerían movimientos constantes, los diáconos y subdiáconos comenzaron a plegar sus casullas en la parte del frente o bien, cruzadas sobre el pecho, a fin de tener más libertad de movimientos. Esta costumbre aparece ya en el Ordo Romanus I (el documento más antiguo que recoge las ceremonias, no las oraciones, del rito romano). Con el paso del tiempo, adquirieron una vestimenta propia, mucho más cómoda y práctica porque tenía mangas, y que ya estaba en uso en la sociedad civil: la dalmática para el diácono y la túnica o tunicela para el subdiácono. Sin embargo, curiosamente durante la cuaresma y la Semana Santa los diáconos continuaron usando casullas plegadas. Y así fue hasta épocas recientes, incluso cuando ya no tenía ningún sentido, pues la casullas “romanas” o “de guitarra” no impiden los movimientos.
Veamos otros ejemplo. El Jueves Santo se hace el traslado del Santísimo Sacramento, luego de la misa in Coena Domini, del altar mayor al “monumento”. Este monumento suele ser aún hoy una especie de cofre o arca pequeña. Este objeto litúrgico, llamado arqueta, se utilizó durante muchos siglos como el sagrario habitual, en el que también solían custodiarse las reliquias de los santos. En cualquier museo de la Edad Media o museos diocesanos que se visite en Europa podrán apreciarse las arquetas: cofres más o menos pequeños, muy ornamentados por dentro pero generalmente sobrios por fuera. Era sagrarios móviles, que se ubicaban a veces sobre columnas bajas en algún lugar del templo o se los trasladaba a la sacristía, por ejemplo. Será recién en siglo XV que se establece la costumbre y luego la norma, de que sagrario no sea ya móvil sino fijo, y se ubique sobre el altar, que es lo que vemos en cualquier iglesia “pre-conciliar”. Sin embargo, para la Semana Santa, nada cambió: se continuó usando la arqueta como se había hecho desde siempre.
Lo musical no es menor tampoco y también es un buen ejemplo de lo que decimos. El no emplear el órgano ni otros instrumentos musicales (en Cuaresma solo se permite el órgano para sostener el canto y a partir del jueves santo ni siquiera eso) es otra reminicencia de la liturgia antigua donde cantar a capella, sin acompañamiento musical, era la forma primitiva del canto sagrado romano (en Oriente sigue siendo así). El cabildo de san Pedro del Vaticano mantuvo esa tradición casi hasta nuestros días: allí se cantaba siempre a capella; el órgano que hoy escuchamos en la basílica de San Pedro –y que es bastante pequeño– se instaló durante el pontificado de Juan XXIII.
Otro caso. El Domingo de Ramos (y también el 1er Domingo de Cuaresma) conservan el salmo entero en el Tracto. Este fue el uso primitivo. Conforme las melodías gregorianas, confiadas a la schola cantorum, se fueron complicando con melismas recargados, y por lo tanto haciendo más larga su ejecución, el Tracto se redujo a algunos versículos del salmo respectivo, salvo en los dos domingos citados.
Otro detalle que puede parecernos curioso es que durante el tiempo de Pasión, se omite el Gloria Patri al final de los salmos en el canto del oficio. Esto es una supervivencia manifiesta de los ritos antiguos que se usaban en Roma en la época en la que el canto antifonal aún no comprendía el Gloria Patri y explica Jungmann “es lo mismo que observamos en tantas otras ceremonias de Semana Santa y que obedece al sentido tradicional tan característico en la liturgia. En la misa del Sábado Santo, en la que falta el Introito y los otros cantos antifonales del ofertorio y de la comunión, y en el Viernes Santo que carece del rito de entrada, tenemos los ejemplos más característicos de este espíritu. Si no se podían conservar los ritos antiguos en todas las fiestas por lo menos que sobrevivieran en las grandes solemnidades como nota distintiva de las mismas”.
Un último ejemplo. Sabemos que todos los ritos litúrgicos cristianos ocultaban el santuario a los ojos de los fieles. Esto sigue ocurriendo, por ejemplo, en el rito bizantino con el iconostasio, o en el rito armenio con las cortinas. También en el rito romano el santuario estaba oculto. El ejemplo más claro son los jubé o rood screen (no hay una palabra castellana para traducirlo), es decir, una estructura de madera o piedra que, a modo de pantalla (screen) separaba el presbiterio de la nave del templo. Se ve claramente en las iglesias anglicanas en Inglaterra, que lo conservaron después de la Reforma, y puede verse aún, por ejemplo, en la iglesia de Saint Étienne du Mont en París, ubicada en uno de los lugares de culto cristiano más antiguos de la Lutetia romana, que conserva un magnífico jubé de piedra. En España, podría ser equiparado al transcoro que se aprecia en muchas catedrales o colegiatas. Esta disposición arquitectónica desapareció de las iglesias occidentales en el siglo XVI. Sin embargo, para la cuaresma, en muchos sitios, se siguió utilizando la cortina, decorada con imágenes relativas a la Pasión o de sobrio color blanco, que se corrían durante la celebración de la misa, ocultando el santuario. Sólo se descorría una parte de la derecha para la lectura de la epístola, de la izquierda para el Evangelio y el centro para la Elevación. Aún es posible ver en muchas iglesias, a los costados del altar, los soportes de los que se colgaban las cortinas. Esta costumbre siguió vigente en Barcelona hasta la década de 1960.
Una primera conclusión entonces es que la cuaresma y, sobre todo, la Semana Santa constituían para la liturgia una especie de sancta sanctorum, un “jardín cerrado” al cual se accedía con sumo cuidado y con los pies descalzos, como aún se hace el Viernes Santo. Tenía un carácter tan sagrado y se lo trataba con tanta reverencia que nadie, ni aún los pontífices más santos, habían osado modificarla, conservando en ella los elementos más arcaicos de la liturgia romana.
La segunda conclusión es obvia: resulta inconcebible que una “comisión de expertos”, integrada y quizás dirigida en la sombras por un sacerdote lazarista llamado Annibale Bugnini, haya osado, en 1954, modificar completamente las ceremonias de Semana Santa, destruyendo lo que hasta entonces se había celebrado durante mucho más de un milenio, y por el simple gusto de aggiornar. Y resulta más incompresible aún que un Papa como Pío XII haya tenido la osadía inaudita de aprobar esa reforma.



Que maravilla de imagen para ilustrar el artículo. Hay que recuperar la columba eucarística!!!