Qué se juega la Iglesia, española y universal con el Valle de los Caídos (I)

por Ramón Ruavieja

Saavedra Fajardo, una de las más preclaras cumbres del pensamiento político español del XVII, utiliza en su historia de los reyes godos, Corona Gótica, un interesante ejemplo para denunciar ciertas injerencias del poder político en ámbito eclesiástico. Relata el milagro sucedido cuando el rey Alarico, contrariado porque una iglesia le estorbaba las vistas de su palacio, recibió de su ministro León el consejo de derribarla. El ministro se encargó personalmente de facilitar los trámites y supervisar la destrucción del templo, pero apenas empezaron los oficiales a derribar la iglesia, quedó ciego León; «pena bien merecida en quien, lisonjero, respetó más los antojos del rey que la casa de Dios».

Creo que la tradición hispana, y en general la cristiana, son constantes en la advertencia sobre los males derivados del maltrato a los templos, males espirituales y materiales que refuerzan como castigo nuestra fe sobrenatural en el valor real, no simbólico, de los lugares sagrados. No es sino desde un profundo pesar, y buscando propiciar una rectificación en los miembros de la Iglesia involucrados, que se redacta este escrito.

Hace unos meses conocimos por exclusiva de El Debate la noticia de que, a espaldas de los trámites canónicos ordinarios, el Arzobispo de Madrid firmaba con el Gobierno español un “acuerdo” por el que, en el proceso de la resignificación del Valle de los Caídos y de su Basílica y Abadía benedictina, «en el interior de la Basílica se conservará como espacio destinado al culto la zona que ocupa el Altar y las bancadas adyacentes»; mientras que «El resto de los espacios del interior de la Basílica (vestíbulo, atrio, nave desocupada y cúpula) no están destinados al culto y podrán ser objeto de intervenciones de naturaleza artística y museográfica para la resignificación del lugar. Dichas intervenciones serán compatibles con la celebración de actos de culto en el espacio previsto del Altar y las bancadas adyacentes».

El efecto de este acuerdo es muy grave. Si el Cardenal tuviera competencia, un gobernante temporal y secular de un Estado aconfesional tendría vía libre para entrar en un templo católico activo, en una basílica pontificia por título, en una iglesia abacial como lugar de culto de una comunidad monástica; y realizar los ajustes, rediseños y resignificaciones que ideológicamente considerara oportunos. Deseando que tal firma haya sido inconsciente, se nos plantea la obligación de exhortar al Cardenal, y a los católicos españoles, con una serie de preguntas: ¿Qué constituye un lugar sagrado? ¿Qué implica su inviolabilidad? ¿Con qué límites puede la jerarquía católica resignificarlo? Dividiremos la reflexión en tres entradas, respondiendo a cada pregunta.

Lugares de culto

El Código de Derecho Canónico actual define en su canon 1205 que «son lugares sagrados aquellos que se destinan al culto divino o a la sepultura de los fieles mediante la dedicación o bendición prescrita por los libros litúrgicos». El Código vigente entonces, de 1917, establecía lo mismo en el canon 1154, con casi idéntica literalidad. Es evidente que una iglesia abacial, declarada como tal por Pío XII en su carta apostólica Stat Crux, y Basílica pontificia, elevada a tal rango por san Juan XXIII en su Breve pontificio Salutiferae Crucis, coincide en abstracto con esta definición de lugar sagrado.

Sin embargo, por si hubiera dudas respecto de su uso real e histórico, el Decreto-ley de fundación, de 23 de agosto de 1957, declaraba que la finalidad de su construcción no era crear un monumento o «una simple construcción material», sino «un lugar de oración y de estudio donde (…) se ofrezcan sufragios por las almas de los que dieron su vida por su Fe y por su Patria». Para ello, el decreto apuntaba directamente a «la Gloriosa Orden de San Benito» como aquella que ofrecía «la más plena garantía de que serán dignamente cumplidos los fines que se persiguen». Estipulaba como primera obligación de aquella comunidad monástica «mantener el culto con todo el esplendor que la Iglesia recomienda», cumpliendo el fin de rogar a Dios por las almas de todos los caídos.

A su vez, no solo adquirió la condición de lugar sagrado por su dedicación al culto de la comunidad monástica, sino por su condición de camposanto. Sin estar explícitamente planeado en el decreto, que no planteaba como función la de lugar de inhumación (la Basílica fue consagrada antes de que en sus capillas hubiera columbarios de ningún tipo), rápidamente se convirtió en lugar de sepultura de decenas de miles de caídos en la guerra. Entre ellos, más de un centenar de mártires beatificados por la Iglesia durante los últimos años.

Ahora bien, el canon 1214 establece que «por iglesia se entiende un edificio sagrado destinado al culto divino», no diciendo nada de una supuesta división de las partes internas de la misma. El ritual de consagración, por el contrario, es explícitamente antagónico a esta posibilidad de división. En el caso de esta Basílica, el responsable de celebrarlo, el 4 de junio de 1960, fue el cardenal Gaetano Cicognani, que había sido nuncio en España entre 1938 y 1953, y que ahora oficiaba como Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos (aunque responsable de la comisión para la reforma de la Semana Santa, podemos presumir que el rito de aquel 4 de junio estuvo exento de excesiva creatividad litúrgica). Del estudio de aquel ceremonial se pueden entresacar muchos actos que demuestran la conciencia de sacralidad del espacio más allá del altar y presbiterio.

Conforme al Pontificale Romanum vigente en aquella fecha, desde las primeras rúbricas de la ceremonia ya se hacía evidente la sacralidad de todo el espacio. Por lo pronto, existían prácticas preparatorias, como pintar doce cruces en las paredes interiores de la Iglesia, que apuntaban a prácticas rituales más allá del altar. La ceremonia comenzaba en el exterior de la iglesia, en que se postraba el obispo y se entonaban las letanías. El primer exorcismo de sal y agua, así como la primera aspersión de las paredes con esta agua, se realizaba en el perímetro exterior de la iglesia. Relatan las crónicas que el cardenal Cicognani realizó esta primera aspersión ritual de la Basílica rodeando el Risco de la Nava en coche, de tal modo que todo el conjunto comprendido en la montaña quedó bendecido. Especialmente relevante a aquel día es el responso que el Pontifical dictaba para ese momento: «La casa del Señor está fundada sobre el vértice de los montes, y está elevada sobre todas las colinas, y todas las naciones vendrán a ella» («Fundata est domud Domini super verticem montium, et exaltata est super omnes colles, et venient ad eam omnes gentes»). ¿Cómo negar la condición sagrada de aquel espacio excavado en la montaña? 

La oración de la primera procesión de aspersión sellaba la respuesta: «Atiéndenos en nuestras súplicas, y de esta casa, de la cual eres el fundador, sé el protector» («adesto supplicationibus nostris, et hujus domus, cujus es fundator, esto protector»). Esta procesión, rodeando la iglesia, se realizaba otras dos veces más, bendiciendo sus muros, y golpeando después de cada una el obispo la puerta del templo con el báculo, entonando la antífona del salmo 23, Atollite portas. En la segunda bendición, el responso también hacía referencia a la condición sagrada de todo el recinto, cantando «Bendice, Señor, esta casa que edifiqué para tu nombre» («Benedic, Domine, domum istam, quam aedificavi nomini tuo»). A quien pensara que tales repeticiones y aspersiones eran meros símbolos, la oración final del rito le sacaba de dudas: «Omnipotente y misericordioso Dios, que has concedido a tus sacerdotes semejante gracia por encima de los demás, que todo cuanto en tu nombre realizan digna y perfectamente, se cree que lo haces tú mismo: te suplicamos por tu inmensa clemencia que visites lo que ahora vamos a visitar, y que bendigas lo que vamos a bendecir» («Omnipotens, et misericors Deus, qui Sacerdotibus tuis tantam prae ceteris gratiam contulisti, ut quidquid in tuo nomine digne perfecteque ab eis agitur, a te fieri credatur: quaesumus immensam clementiam tuam, ut quidquid modo visitaturi sumus, visites; et quidquid benedicturi sumus, benedicas»).

Sin embargo, no solo estos ritos en el exterior realzan el carácter sacro de todo el recinto de la Basílica. También los ritos que seguían a la entrada del obispo en la iglesia entrañaban este profundo significado: podemos citar, sin ánimo de exhaustividad, la oración del Veni Creator en el centro de la iglesia, ad medium Ecclesiae; cómo, durante el mismo, uno de los ministros esparcía ceniza por el suelo de la iglesia, formando una cruz en aspa entre las cuatro esquinas del edificio, y cómo el obispo tras la bendición de la iglesia escribiría sobre ellas los alfabetos latino y griego; cómo se rezaban las letanías en el centro de la iglesia, no en el presbiterio, y al acabar el obispo invocaba «Para que te dignes visitar este lugar» («Ut locum istum visitare digneris») y « Para que te dignes a atribuirle la custodia a los ángeles» («Ut in eo Angelorum custodiam deputare digneris») para todo el recinto; cómo la triple bendición y consagración de la iglesia, momento central de la ceremonia, se hacía desde el centro, «Ut ecclesiam, et altare hoc (…) consecranda bene + dicere digneris», incluyendo toda la planta de la iglesia, y el altar como el centro hacia el que converge todo.

Tenemos también cómo tras la conmixtión de sal y agua exorcizadas, cenizas y vino benditos (mezcla que se denominada “agua gregoriana”), se invocaba la protección de Dios sobre la totalidad de aquella casa, domum, y más tarde habitaculum, y se expresaba esta completud asperjando la totalidad del edificio por dentro, después de haber bendecido específicamente el altar. Esta aspersión procesional del templo se realizaba tres veces, con tres vueltas a la iglesia, cantando en la primera el salmo 121, en la segunda el 67 y en la tercera el 90. Tras ello se asperjaba el suelo de la iglesia (no únicamente el del presbiterio), cantando el pasaje evangélico «Domus mea, domus orationis vocabitur» (Mateo 21, 13; originalmente Isaías 56, 7). 

Al terminar aquellas aspersiones, el obispo entonaba dos oraciones. En la primera, se pide a Dios una bendición que no hace distinción entre los espacios del tempo: «Oh Dios, que santificas los lugares destinados a tu nombre, derrama tu gracia sobre esta casa de oración, para que todos los que aquí invoquen tu nombre experimenten el auxilio de tu misericordia» («Deus, qui loca nomini tuo dicanda sanctificas, effunde super hanc orationis domum gratiam tuam; ut ab omnibus hic nomen tuum invocantibus, auxilium tuae misericordiae sentiatur»). La segunda, sin embargo, debió de sonar en aquella Basílica especialmente escrita en el Pontifical para aquella ocasión: «También esta basílica, en honor de la santa y victoriosísima Cruz (…) dedícala, siendo clemente; ilumínala, siendo misericorde; esclarécela con tu propio resplandor» («Hanc quoque basilicam in honore sanctae et victoriosissimae Crucis (…) clementissimus dedi + ca; miseratus illu + stra, proprio splendore clari + fica»).

Cierto es que la bendición e introducción de las reliquias en el altar, su consagración tanto con santo Crisma como con óleo de los catecúmenos, sus incensaciones, etc., constituían el centro de la ceremonia. No obstante, distintas partes de la iglesia recibían también especiales bendiciones. La puerta era signada con santo Crisma, y «bendita, santificada, consagrada, sellada y encomendada al Señor Dios». Tras la unción del altar, el obispo ungía con crisma cada una de las doce cruces pintadas en las paredes de la iglesia, con su pulgar derecho, diciendo «Sancti + ficetur et conse + cretur hoc templum», e incensando el perímetro de la iglesia. Se consagraban especialmente los vasos sagrados y ornamentos de la iglesia, y existe incluso una bendición en el Pontifical para las campanas.

Finalmente, en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no se consagró solamente el altar mayor. También se consagraron, como prevén las rúbricas, todos los altares de las capillas laterales, ocho en total, siendo responsables de cada uno los obispos de Salamanca y Guadix, el obispo auxiliar de Madrid-Alcalá, y los abades mitrados de Silos, Samos, Viaceli (Cóbreces), San Pedro de Cardeña y Santa María de la Oliva.

Parece, como conclusión a esta primera entrada, que el ritual que se usó para la consagración de aquella Basílica no deja lugar a dudas: la totalidad del recinto fue elevada a la condición de lugar sagrado. Queda ilustrar al Cardenal, primero, en si una comprensión litúrgica y teológica emanada de los libros vigentes permite excluir la planta del templo, salvo el altar, de la condición de sacro; y segundo, si en cualquier caso él tiene autoridad para hacerlo.

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