Viernes Santo

Hoy cuelga de la cruz el que deja colgar la tierra en el agua. El Rey de los ángeles está rodeado por una corona de espinas. Para escarnio se viste con una tela carmesí, el que viste de nubes los cielos. Recibe golpes Quien libró a Adán en el Jordán. El Esposo de la Iglesia es clavado con clavos. El Hijo de la Virgen es atravesado por una lanza.

Antífona de los Maitines del Viernes Santo

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    Lamentaciones para el Sábado Santo de la Iglesia

    Por Coriolanus

    Las Lamentaciones, tradicionalmente atribuidas al profeta Jeremías, resuenan de un modo singular en el Sábado Santo. El Oficio Divino tradicional las propone como primeras lecturas. Y es que no podían hallar mejor día. La Iglesia calla junto al sepulcro, los altares están desnudos, la gloria parece retirada, y el alma cristiana aprende que también la fidelidad tiene horas de eclipse. Jeremías compuso su llanto después de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor; pero Jerusalén, para nosotros, no es solamente una ciudad caída: es figura de la Ciudad santa, imagen de la Esposa herida, símbolo de la Iglesia cuando, por permisión de Dios, aparece entregada a la humillación.

    Por eso, al leer hoy estas páginas, uno tiene la impresión de que no lee sólo un texto antiguo, sino un espejo. Un espejo severo, pero verdadero. Jerusalén está ahí, deshecha; pero también nuestro tiempo. También esta Iglesia nuestra, que parecía inexpugnable a los ojos del mundo y que hoy se muestra, tantas veces, desterrada en su propia casa, ultrajada en sus miembros, falseada en su lenguaje, avergonzada en su rostro visible.

    Hay un versículo que cae sobre el alma como un martillazo: “El Señor ha deshogado su furor, ha derramado la ira de su indignación, ha encendido en Sión un fuego que ha consumido hasta sus cimientos.” (Lam, 4:11) La Iglesia no puede ser vencida; pero sí puede ser azotada. No puede ser destruida; pero sí purificada por el fuego. Y quizá una de las peores cegueras de nuestro tiempo consista precisamente en no querer reconocer la dimensión expiatoria de la profunda crisis que padecemos.

    Porque padecemos. Y mucho. Padece la verdad, obligada a convivir con la ambigüedad. Padece la liturgia, invadida tantas veces por la improvisación, la banalidad, la horizontalidad, como si el misterio debiera rebajarse para volverse accesible. Padece el alma sencilla, que no pide novedades, sino pan; no pide ocurrencias, sino reverencia; no pide creatividad, sino la fe de siempre. Padece el niño espiritual que entra en una iglesia buscando a Dios y encuentra, a veces, el lenguaje de los falsos profetas.

    Y sin embargo, lo más impresionante es que esta ruina no fue imaginada ni por los de fuera. Jeremías dice: “No creían los reyes de la tierra, ni los habitantes todos del mundo que el enemigo y adversario entrase por las puertas de Jerusalén.” (Lam, 4:12) También esto parece escrito para nosotros. Durante siglos, la Iglesia se enseñoreó sobre Occidente, formó pueblos, elevó costumbres, dio ley, arte, canto, calendario, civilización. La Cristiandad parecía, humanamente hablando, una fortaleza indiscutible. Sus enemigos podían odiarla, pero no imaginaban verla vacilar desde dentro. Y, sin embargo, ha ocurrido lo impensable: no tanto una persecución frontal, que siempre existió, cuanto una descomposición íntima, una debilitación del nervio, una especie de derrota interior. Lo inconcebible no fue que el mundo atacase a la Iglesia; lo inconcebible fue que el adversario lograse entrar por las puertas de Jerusalén.

    Pero el profeta no se detiene en la descripción del desastre. Va a la causa. Y la causa no está, ante todo, fuera, sino dentro: “por causa de los pecados de sus profetas y las maldades de sus sacerdotes, que en medio de ella derramaron la sangre de los justos.” (Lam, 4:13) He aquí la gran verdad que tan pocos quieren oír. La crisis de la Iglesia no se explica principalmente por Voltaire, ni por la masonería, ni por la revolución, ni por el liberalismo, ni por la técnica, ni por la modernidad. Todo eso existe, sí; todo eso pesa; todo eso erosiona. Pero la llaga decisiva está en otra parte: en el pecado de los hijos de la Iglesia, y de manera eminente en el pecado de quienes debían guardarla. Cuando los profetas se vuelven confusos y los sacerdotes se vuelven infieles, entonces el muro cede, la ciudad queda expuesta y las almas justas son sometidas al escándalo.

    Derramar “la sangre de los justos” no significa solamente matar corporalmente. También la derrama quien hiere la inocencia de las almas, quien oscurece la doctrina, quien administra la autoridad como capricho, quien convierte el ministerio en autocomplacencia, quien siembra turbación donde debía confirmar, quien obliga al creyente fiel a padecer por su fidelidad. Hay una sangre invisible de los justos: la sangre de su desconcierto, de su tristeza, de su soledad, de su humillación. Cuántas almas puras han debido sufrir viendo profanado lo que amaban, sospechado lo que creían, ridiculizado lo que veneraban.

    Por eso golpea tanto aquel otro verso del primer capítulo: “El enemigo echó su mano a todas las cosas que Jerusalén tenía más apreciables, y ella ha visto entrar en su santuario los gentiles, de los cuales habías tú mandado que no entrasen en tu asamblea.” (Lam, 1:10) No hace falta forzar demasiado la analogía para sentir el temblor. ¿No hemos visto también nosotros al enemigo introducir su mano sobre las cosas más preciosas? ¿No hemos visto penetrar en el santuario criterios extraños, sensibilidades extrañas, lenguajes extraños, una mentalidad ajena al sentido sacrificial, adorante y teocéntrico del culto católico? No digo simplemente novedades accidentales. Digo algo más hondo: la infiltración de una lógica desacralizadora, como si el hombre moderno debiera ser halagado hasta dentro del sancta sanctorum.

    Aquí la memoria se vuelve apocalíptica. La tradición exegética nos remite aquí a aquella expresión de Daniel, la «abominación de la desolación», a la usurpación del lugar santo. La misma clave que retomará San Juan en el Apocalipsis para referirse a las pruebas de los últimos tiempos. Siempre que lo profano invade lo sagrado, siempre que el misterio es rebajado, siempre que el templo deja de ser umbral de lo eterno para convertirse en sala de reunión del mundo, algo de esa desolación se hace presente. Y quizá la crisis litúrgica de nuestro tiempo sea precisamente esto: no un simple debate de formas, sino una batalla por el sancta sanctorum, una lucha en torno al lugar mismo donde Dios debía reinar sin competencia.

    El profeta lo ve también bajo la imagen del hambre: “Al niño de pecho se le pegaba la lengua al paladar, por causa de la sed; pedían pan los niños, y no había quien se lo repartiese.” (Lam, 4:4) Es una de las imágenes más desgarradoras de toda la Escritura. El niño no blasfema, no teoriza, no protesta: tiene sed. Pide pan. Y no hay quien se lo reparta. ¿Cómo no pensar aquí en tantas almas abandonadas, en tantas comunidades privadas de buena doctrina, de liturgia digna, de confesores prudentes, de predicación sobrenatural, de verdadero alimento sacramental? Hay una sequía que no consiste en la ausencia material de templos o ministros, sino en la carencia del pan verdadero. A veces todo parece estar en pie, y sin embargo el alma se muere de hambre.

    Ahora bien, sería una tentación detenerse aquí y convertir la lamentación en desesperación, en derrotismo. Pero el profeta Jeremías no nos permite ese lujo. Porque, en medio del castigo, introduce una luz durísima y purísima: “¿Quién es aquel que ha dicho que se hace alguna cosa sin que el Señor lo ordene? ¿No vienen acaso de orden del Señor los males y los bienes? Pues ¿por qué se ha de quejar hombre viviente del castigo de sus pecados?” (Lam, 37-39) Si creemos verdaderamente que la historia se halla en la mano de Dios, que todo cuanto acontece está regido por la providencia divina, entonces también esta crisis lo está. No es señal de que Dios haya perdido el gobierno de su Iglesia, sino de que la gobierna con una severidad que nosotros quisiéramos evitar.

    La pregunta, entonces, deja de ser: “¿Quién tiene la culpa?”, para volverse otra, mucho más íntima: “¿Qué tengo yo que purificar?” Porque sería demasiado fácil denunciar los pecados de profetas y sacerdotes sin preguntarnos por nuestras complicidades, nuestras cobardías, nuestras tibiezas, nuestras concesiones, nuestra poca oración, nuestra poca penitencia, nuestra comodidad burguesa ante el misterio. La crisis de la Iglesia no es sólo algo que contemplamos; es algo en lo que, de un modo u otro, participamos. Y si Jerusalén es figura de la Iglesia, también lo es del alma. El enemigo entra por la puerta grande de las instituciones, sí; pero antes suele entrar por las pequeñas puertas del corazón.

    Tal vez hoy estamos siendo llevados a Babilonia para dejar de amar a Babilonia. Tal vez la ruina de ciertas seguridades históricas sea la condición para que vuelva a aparecer lo esencial. Tal vez Dios esté arrancando de nosotros todo orgullo de civilización, toda confianza en el número, en el prestigio, en la respetabilidad mundana, para devolvernos a la única roca que no cede: la santidad. No una Iglesia influyente, sino una Iglesia santa. No una Iglesia aplaudida por el mundo, sino una Iglesia crucificada. No una Iglesia adaptada al siglo, sino una Iglesia que vuelva a saber arrodillarse.

    Y ésa es, al final, la esperanza. No una esperanza ingenua, no una confianza optimista en las fuerzas humanas, sino la esperanza austera del que ha pasado por el juicio y sabe que el fuego de Dios no sólo consume: también purifica. Si el Señor ha permitido que Sión sea herida, es para sanarla más hondo. Si ha dejado que veamos la vergüenza, es para arrancarnos de una vez de la mentira. Si hoy leemos llorando las Lamentaciones, no es para acostumbrarnos a la desolación, sino para aprender a esperar la Resurrección.

    Porque éste es el secreto del Sábado Santo: cuando todo parece perdido, cuando Dios mismo parece derrotado, está, sin embargo, obrando en lo invisible. Cuando la Iglesia parece subyugada, su Señor no está ausente. Cuando Jerusalén yace cubierta de ceniza, el alba ya viene en camino. Y acaso la mejor oración para esta hora no sea una explicación, sino una súplica: Señor, hiérenos si es necesario, pero no nos dejes endurecernos; humíllanos, pero no nos dejes apostatar; purifica a tu Iglesia, purifícanos a nosotros, y haz que, después de tanta noche, volvamos a reconocer tu rostro en la luz de la Pascua.

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