por Messerschmidt
A propósito de los eventos protagonizados por el P. Guilherme (y otros semejantes), convendría empezar considerando si existe una relación entre religión y estética, en este caso musical, y cuál es. La música, cuando entra en relación con la religión, deja de ser un fin en sí misma y se subordina a esta última. Se convierte en lo que, siguiendo a Hindemith, podríamos llamar “Gebrauchsmusik” o “música utilitaria”. En realidad toda música que no esté destinada exclusivamente a la escucha pura es, en mayor o menor medida, utilitaria. Una sonata de Schubert o una sinfonía de Mozart o Chaikovsky son música pura; un poema sinfónico, en el que la música sigue un programa determinado (p. ej. Así habló Zaratustra de Richrard Strauss, inspirado en el libro de Nietzsche) empieza a dejar de serlo; una ópera o un ballet lo son aún menos, como también la música de baile, la música militar, etc.; la música incidental en el teatro (p.ej. El sueño de una noche de verano de Mendelssohn) o en el cine todavía es menos “pura”, pues está totalmente sometida a un acontecer extramusical al que se limita a dar soporte. En todo caso la música debe ser adecuada al fin que persigue. Un preludio de Scriabin, música “pura” destinada sólo a ser escuchada por sí misma, es poco apto para ser bailado, mientras una partitura cinematográfica debe alcanzar su mayor efectividad unida a las escenas que ilustra, etc. Por supuesto, se puede mezclar géneros y funciones, como cuando un coreógrafo hace un ballet con música de Bach o cuando un concierto para piano de Mozart es empleado como música de película. Ahora bien, aun en estos casos más o menos excepcionales tiene que existir una afinidad entre la partitura y el fin con el que se la programa. Así un vals de Strauss (originariamente una pieza de baile) es apto para ser interpretado como pieza de concierto sinfónico, como ocurre habitualmente, pero un chachachá no lo es en absoluto. Tampoco se le ocurrirá a nadie hacer una fiesta de cumpleaños y poner un disco con madrigales de Gesualdo para alegrar a los invitados…
Con la música sacra sucede lo mismo: debe ser apropiada para alcanzar los fines que persigue. Éstos pueden ser muy diversos: acompañamiento de la liturgia, elevación espiritual del oyente (o, en el caso de ciertos cantos, de todos los feligreses que participan en ellos), expresión de emociones derivadas de la fe (p. ej. alabanza o júbilo), etc. Ello requiere una adecuación a cada uno de estos fines. Y dentro de cada uno existen variadísimas posibilidades estilísticas: p. ej. una misa puramente gregoriana, una de Victoria y una de Haydn, pese a tener la misma estructura y fin y ser expresión del mismo contenido, se diferencian radicalmente en su estilo.
La cuestión que deberíamos dilucidar es si las concentraciones promovidas por personas como el P. Guilherme son religiosas, de qué modo se expresa en ellas la religiosidad y si la música que las acompaña es la adecuada. ¿Es suficiente poner el nombre de “religioso” o “cristiano” a algo para que lo sea? Diríamos que no, pues ejemplos de falso cristianismo sobran (p. ej. en la política), no son nada nuevo y resultan fáciles de desvelar. Con respecto a la expresión, la religiosidad no puede manifestarse de cualquier modo, sino de uno que le sea propio, que sea en sí mismo “religioso”. En consecuencia, la música que acompañe a tal acto debe tener también ciertas características. ¿Qué busca un evento como el celebrado por el P. Guilherme? Presumiblemente el “acercamiento” de los jóvenes a la fe. ¿De qué modo? Ofreciéndoles algo que les guste y atraiga. Si el P. Guilherme tuviera suficiente fortuna ¿estaría dispuesto a ofrecer dinero a sus feligreses para que acudan a misa? ¡A quién no le gusta el dinero! Y la buena comida, los sillones cómodos, los placeres sexuales, el aire acondicionado en verano, en invierno la calefacción, bebidas frescas o calientes según la estación, con o sin alcohol según las preferencias, los elogios simpáticos en vez de los sermones recriminatorios, etc., etc. Si de lo que se trata es simplemente de llenar la iglesia, hay mil modos de lograrlo sobornando a la clientela potencial. En su infancia mi madre de vez en cuando prescindía de ir a jugar con otros niños para acudir a una iglesia evangélica, porque los evangélicos regalaban caramelos y cantaban y a ella le gustaban ambas cosas. Pero cuando llegó a tener uso de razón todo eso se acabó y en la adolescencia se afilió a la Acción Católica. Me temo que al P. Guilherme y a los promotores de Effetá, Hakuna y demás parafernalias por el estilo acabará sucediéndoles lo mismo que a aquellos evangélicos de hace ocho décadas: cuando su clientela madure o se aburra se irá con la música a otra parte.
Ni los actos de masas ni la música electrónica tienen la virtud de despertar ni las emociones ni la consciencia propias de una religiosidad auténtica: sus fines son otros y no tienen la capacidad de amoldarse a las exigencias de la piedad religiosa. En algunas personas pueden crear una ilusión pseudomística, pueden ser sucedáneos de la religión y, sobre todo, pueden causar grandes malentendidos. Y al final son estériles, si no perjudiciales. Creer que cualquier cosa que guste, entusiasme o haga sentir felicidad es buena, y que todo lo bueno es religioso, es evidentemente erróneo. ¿Quién no ha sentido alguna vez satisfacciones ilícitas? Pero aunque la satisfacción no lo sea ¿es necesariamente santa, no puede ser simplemente profana sin ser pecaminosa? No se trata de convertir a la fe en un cilicio, pero tampoco en hedonismo barato.
Por otra parte, la fe no es algo que surja de aquello a lo que estamos habituados y que constituye una rutina, sino más bien algo que nos saca de ella y nos lleva a una dimensión que siempre es extraordinaria. En esto consiste precisamente una de las grandes diferencias entre lo sacro y lo profano, entre el domingo y los demás días de la semana. Por lo tanto recurrir a lo vulgar y manido no es la mejor manera de transmitir un mensaje sobrenatural. De lo que se trata es de elevarse al cielo, así como de reconocer lo que hay de celeste y sublime en toda la creación, pero no de rebajar lo divino al nivel de lo secular. En consecuencia, una música y una puesta en escena profanas no elevan, no rompen la rutina, no interrumpen la cotidianeidad, no nos hacen mirar hacia arriba, sino que nos dejan mirando el suelo, con la cabeza agachada, impidiéndonos hacer el esfuerzo de levantarla para mirar más lejos. Las propias características de la “música” que se ofrece en las concentraciones que comentamos son un obstáculo: la calidad artística no llega ni a baja, es un grosero producto tecnológico que aturde y estupidiza. Escuchar esta “música” es como escuchar el ruido de un lavaplatos amplificado hasta convertirlo en estruendo gigante. En realidad, una música no religiosa pero de alto nivel artístico y eschuchada con recogimiento puede mover más el ánimo hacia las alturas que una mala música con pretensiones religiosas. Basta con asistir a una excelente función de ballet u ópera o a un magnífico concierto clásico para entenderlo.
Algunos sostienen que los participantes en eventos de masas como los que comentamos, se comportan como hombres primitivos o como animales. No sé por qué siempre hablamos tan mal de los animales. No hay ninguno que sea tan bárbaro e insensato para hacer algo como un “concierto” de “tecno”. Todo lo contrario: no hay mejor música que el canto de un mirlo o el arrullo de una paloma. Y de los hombres primitivos podemos decir lo mismo. Los indios cuya confianza San Francisco Solano se ganó tocando el violín, tenían seguramente un grado de sensibilidad y de refinamiento bastante mayores que los “fans” del P. Guilherme, además de que sin ninguna duda la música que tocaba el santo a ellos les resultaba nueva, desconocida y no formaba parte de sus hábitos: era excepcional, no era lo que tenían costumbre de oír.
Las manifestaciones de masas ponen de manifiesto una tendencia que se ha impuesto en la Iglesia de modo casi totalitario y que cercena otras formas de vivir la fe y, en consecuencia, empobrece la experiencia religiosa. Me refiero a la insistencia obsesiva en la comunidad. Ciertamente los cristianos formamos una comunidad, una Iglesia, en el sentido etimológico del término; así como todos los seres vivos, en cuanto criaturas de Dios, estamos inevitablemente ligados por un lazo fraterno. Reconocer estas verdades es inexcusable. Pero las vías para llegar a Dios pueden ser diversas. En algunos la fe crece mejor en sociedad, en otros en soledad, sin que ni una ni otra sean exclusivas. En la vida de Cristo hay dos momentos especialmente dramáticos: los cuarenta días en el desierto y la oración en el huerto. En el desierto Cristo está solo con los ángeles y las bestias, lejos de los hombres y por ello muy cerca del Padre. En el huerto se pone de manifiesto la debilidad de los hombres porecisamente en el acto de dormirse los discípulos en un instante crítico, dejándo solo a su Maestro. Tal soledad es preludio de la Pasión, el momento de máximo abandono del Hijo y el de una soledad profética que anuncia la debilidad y la falibilidad de la Iglesia y de toda comunidad humana, siempre necesitada de la gracia.
Los Padres del Desierto siguen al Cristo solitario, viven en el páramo lejos de los hombres, tentados y atormentados por demonios, pero acompañados por animales silvestres y protegidos por ángeles. Forman parte de la Iglesia, pero no por ello están físicamente entre los demás hombres, no hace falta, ya que la Iglesia es una entidad espiritual, así que la comunión con el prójimo también lo es y por lo tanto la cercanía material no es imprescindible. Seguramente los Padres del Desierto no entenderían la fiebre viajera de los pontífices “para estar cerca de los fieles”, como si la proximidad física fuera tan relevante. Pues bien, en la Iglesia actual la soledad, el silencio, el recogimiento, la reflexión, la aflicción, la introspección se han convertido en actitudes mal vistas, sospechosas, reprobables. Se promueve una religiosidad extrovertida, sensiblera, impulsiva, colectiva, superficial, incluso populista. En estas circunstancias el cristiano supuestamente “ideal” es el que se disuelve en la masa. Así la Iglesia se vuelve espejo una sociedad materialista y dedicada al consumo colectivo y desenfrenado de productos de toda clase, sean automóviles, músicas de moda, zapatillas, artilugios presuntamente “inteligentes” o partidos de fútbol, cada uno según sus posibilidades e inclinaciones, pero todos consumiendo y tragando la escoria que se les vende. Desde luego es más fácil manipular a una masa informe intoxicada de banalidades que al individuo austero y consciente, pues paradójicamente el hombre masificado es quien está más solo y aislado, es el más egoísta y el menos compasivo y solidario; y en consecuencia también el más vulnerable. Hace algún tiempo un diácono permanente intentaba convencerme de que lo más importante para ser cristiano es estar integrado en alguna “comunidad”, sea un movimiento, asociación, grupo parroquial, etc. Como ni logró convencerme ni le oculté mi preferencia por la misa tradicional, a pesar de sus sonrisas me demostró, de modo práctico, que me consideraba algo así como un apóstata que no merecía ni su estima ni su atención.
Esta forma de entender el cristianismo ha sido fomentada desde el Concilio Vaticano II por gran parte del clero y, en primer lugar, por el papado, si exceptuamos a Benedicto XVI, quien sin embargo no pudo substraerse del todo a las exigencias de un hábito impuesto por su predecesor. Los continuos viajes pontificios, los actos de masas, las concesiones a las modas y a los usos profanos, etc. fueron continuas en los pontificados de Juan Pablo II y Francisco I. Los obispos organizan estas concentraciones gigantescas para demostrar el buen estado de sus diócesis, pero en realidad todas estas parafernalias no son más que aldeas de Potemkin. Como decía un gran admirador de Benedicto XVI, el político español José Bono: “Juan Pablo II era capaz de solazarse y de llenar estadios (eso sí, teniendo las iglesias vacías). El Papa Juan Pablo II era un hombre muy teatral, muy viajero, muy esforzado, muy peregrino… Pero muy dado también a llenar, más que las iglesias o los seminarios, las plazas y las manifestaciones”.
No será con la música electrónica del P. Guilherme, ni será con esa cancioncita de Palito Ortega titulada La luz de Francisco (curiosa mezcla de carnavalito y cumbia cuyo mal gusto hipnotiza y fascina), ni con la musiquita blandengue y cursi que tanto gusta a algunos “católicos conservadores” con lo que elevaremos nuestras almas a esferas superiores. Tampoco con masas desaforadas que confunden a Mike Jagger con Cristo, ni dando con el gusto a chicos buenistas que quieren matar dos pájaros de un tiro pasándoselo en grande y reservando de paso un puesto en el paraíso, como quien reserva una habitación de hotel. Lo que necesitamos son cosas bastante simples, pero que exigen un poco de silencio y a veces algo de fatiga, cosas como recogimiento, sacrificio, modestia o, sin ir tan lejos, un poco más de seridad.
