El pasado 7 de octubre, León XIV inauguró en el Aula Pablo VI el encuentro Diez años de Amoris laetitia. El discurso pontificio dedica una atención especial a la fragilidad, porque, dice el Papa, afecta al modo en que las personas se ven a sí mismas, a su futuro y a su misma relación con Dios y con la Iglesia. Nadie puede discutir la apreciación del Papa. Sólo un soberbio o un energúmeno es capaz de burlarse de las fragilidades humanas y no reparar que todos los humanos somos frágiles y que, como tales, necesitamos de la misericordia divina. Jesús es el Buen Samaritano que se detiene en su camino y nos cura de ellas.
Pero volvamos a Amoris Laetitiae. El hombre es frágil y que, por tanto, un matrimonio puede romperse y nuevas parejas pueden armarse. Lo sabía el autor del Génesis, lo sabía San Pablo y lo sabe cualquier confesor con algunos años de oficio. El problema no es la palabra, sino el uso que se le ha dado durante una década. Desde la nota 351 de Amoris laetitia y los criterios de los obispos de Buenos Aires, que Francisco declaró como la única interpretación posible y que acabaron publicados en las Acta Apostolicae Sedis, “fragilidad” dejó de nombrar una herida que pide curación y pasó a nombrar una situación que pide reconocimiento. El divorciado que vive more uxorio con una nueva pareja ya no es alguien que necesita conversión. Es un “frágil” al que hay que “acompañar”, y el acompañamiento, casi siempre express, en no pocas diócesis, termina en el comulgatorio.
Leamos el discurso del Papa a la luz de un viejo texto de Mons. Juan Straubinger sobre la compasión. Me animo a afirmar que tiene la rara virtud de decir en dos páginas lo que diez años de documentos sinodales no han conseguido decir en miles.
En el teatro lloramos con el personaje que sufre aunque sabemos que todo es ficción. Esa compasión, por tanto, no es espiritual. Reside en la imaginación, que es un sentido, y la prueba es que al rato ya nadie se acuerda de las lágrimas derramadas. Lo que conmueve no siempre convierte, y casi nunca santifica. Basta ver lo que ocurre con retiros del tipo Emaus, o Epheta u otros por el estilo.
El caso de San Pedro ayuda a entender lo que quiero decir. Cuando el Señor anuncia su Pasión, Pedro lo toma aparte y lo reconviene: “¡Lejos de Ti, Señor! Esto no te sucederá por cierto”. Es un sentimiento que cualquier hombre juzgaría nobilísimo: el amigo que no quiere ver sufrir al amigo. Y sin embargo provoca la repulsa más dura que salió de los labios de Cristo: “Apártate de mí, Satanás. Me sirves de tropiezo, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres”.
La compasión de Pedro es la compasión que se opone a la Cruz. No es falta de amor, sino un amor que no sabe lo que Dios quiere y que, por eso mismo, se vuelve skándalon, piedra de tropiezo. El Padre, en cambio, “no perdonó a su Unigénito”. Y María, junto a la Cruz, stabat: estaba de pie, no desfallecía ni lloraba. Los evangelistas, que no amaban a Jesús menos que nosotros, narraron la Pasión con una sobriedad sin un solo adjetivo de lástima. Y el Señor mismo despidió a las mujeres que lo lloraban: “No lloréis por mí, sino por vosotros y vuestros hijos”.
El texto cierra con una sentencia que debería grabarse en el dintel de todas las oficinas de pastoral familiar: la lástima no está muy lejos del menosprecio.
Traslademos esto a lo que se discute estos días en el Vaticano. Un hombre o una mujer cuyo matrimonio sacramental ha fracasado tiene ante sí una cruz concreta. Puede ser la soledad, la fidelidad a un vínculo que el otro abandonó o, si ya ha formado una nueva unión, la continencia o la separación. Familiaris consortio 84, que León XIV menciona con elogio como punto de partida del “camino”, lo dijo sin rodeos. Y ante esa cruz, la pastoral francisquista posterior a 2016 responde exactamente como Pedro: “¡Lejos de ti! Esto no te sucederá”. No hace falta que vivas como hermano y hermana, no hace falta que te separes, no hace falta que renuncies a nada. Tu situación es compleja, tus límites son reales y Dios no puede pedirte tanto.
Amoris laetitia llegó a afirmar (n. 303) que la conciencia puede reconocer, con cierta seguridad moral, que la situación objetivamente irregular es la respuesta generosa que por ahora puede darse a Dios, e incluso lo que Dios mismo está pidiendo. Es la sentencia de Pedro convertida en programa pastoral: la Cruz no es para ti.
Aquí la frase sobre la lástima y el menosprecio se revela con claridad: declarar a alguien incapaz de la fidelidad, decirle que no puede obrar de otro modo (AL 301), no es tratarlo como hijo de Dios. Es tratarlo como un pobre diablo del que no cabe esperar nada. “Hombre pobre hiede a muerto”, dice un refrán. La falsa compasión, la que se presenta como la más misericordiosa, es en el fondo la más despectiva, porque presupone que la gracia no alcanza para ese hombre concreto. El Concilio de Trento, con San Agustín, enseñó lo contrario: Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar, nos invita a hacer lo que podemos y a pedir lo que no podemos, y nos ayuda para que podamos (Sess. VI, cap. 11). San Juan Pablo II lo recordó en Veritatis splendor (nn. 102-103). Lo único verdaderamente imposible es pretender cumplir la ley de Dios sin la gracia de Dios.
León XIV recuerda que los pastores deben anunciar en todo tiempo la belleza del plan de Dios sobre el matrimonio y la plenitud de la enseñanza evangélica sobre la familia. Y escribe una frase que hay que señalar: la fidelidad misma es una gracia que se recibe. Si la fidelidad es una gracia, entonces no es una exigencia inhumana reservada a héroes. Es un don que Dios ofrece a todos los que se lo piden. Y entonces la tarea pastoral no consiste en adaptar la doctrina a quien “no puede”, sino en enseñarle a pedir lo que se le dará. Cuando los discípulos, escandalizados por la indisolubilidad, concluyen que más vale no casarse, el Señor no rebaja la exigencia. Responde que no todos entienden esa palabra, sino aquellos a quienes les ha sido dado (Mt 19, 10-11). El problema nunca fue la ley, sino la gracia, y la gracia no se negocia sino que se implora.
Sin embargo, resulta preocupante una frase del discurso: la necesidad de “nuevos comienzos”. ¿A qué se refiere el Papa? Porque en la tradición cristiana el nuevo comienzo se llama conversión, y su sacramento es la penitencia, con el propósito de enmienda que la hace válida. Si “nuevo comienzo” significa eso, no hay nada que objetar. Si significa, como en la jerga de estos diez años, la bendición tácita de la segunda unión, entonces no es un nuevo comienzo, sino el segundo capítulo de la misma ruptura.
Por eso, a la fragilidad que señala el Papa León hay que responder con la verdadera compasión cristiana. El evangelio enseña que no se trata de compadecer a Jesús, que cumplía una epopeya gloriosa en su Pasión, sino a los infelices por quienes la cumplió. Compadecerse del pecador es querer su salvación, y por eso no se le puede ocultar la verdad sobre su estado. Una compasión que calla la verdad para no herir es la del médico que no da el diagnóstico para no asustar al enfermo.
Además, en el discurso francisquista sobre los divorciados vueltos a casar hay una legión de olvidados: el cónyuge abandonado que permanece fiel, a menudo en una soledad heroica que nadie celebra en los encuentros sinodales, y sobre todo los hijos de la ruptura. “Llorad por vosotros y por vuestros hijos”. Ahí está el gran motivo para llorar, y ahí debería estar el centro de la preocupación pastoral, mucho más que en la autopercepción de los adultos, reunidos en costosísimas reuniones sinodales, manipuladas y con documentos finales ya completamente cerrados antes de comenzar siquiera a hablar. Al cardenal Grech y a otros sinodalistas habría que recordarles que el primer fruto de la compasión de Cristo es la doctrina. Una Iglesia que ante la fragilidad empieza por “escuchar” y “aprender de las familias” invierte el orden evangélico: es el pastor que pregunta a las ovejas por dónde queda el redil.
Una vez más, aparece la figura de María, y hacia Ella al pie de la Cruz debería mirar la Iglesia. No a la de los apóstoles, que escaparon, ni a la de Pedro, que quiso apartar la Cruz por cariño. María stabat: de pie, sin desfallecer, sin apartar los ojos del dolor y sin pretender suprimirlo, porque sabía que en ese dolor se jugaba la Redención.
Cristo quiere, aunque parezca raro a la soberbia estoica en la que muchas veces nos regodeamos, es que tengamos corazón de niño. El pastoralista contemporáneo pretende tener corazón de gigante, más misericordioso que el mandamiento y más comprensivo que el Evangelio. El niño, en cambio, cree que si su Padre le manda algo es porque se lo va a dar.
Diez años de Amoris laetitia y la misericordia de Francisco, se han derramado muchas lágrimas, se han visto muchas historias conmovedoras y mucho «acompañamiento». Habrá que preguntarse cuántas de esas lágrimas eran de las que se lloran en el teatro, y al rato ya nadie recuerda.

Se agradece! Bendiciones!
Por mucho que me he esforzado en darle vueltas y explicaciones, no soy capaz de ver cómo esta nueva praxis sacramental no comparte la primera proposición condenada de Jansenio: «Algunos preceptos de Dios son imposibles para los hombres justos según las fuerzas presentes que tienen, aunque quieran y se esfuercen; les falta también la gracia con la que se hagan posibles». Los jansenistas deducían de ahí que algunos pecan y se condenan incluso sin haber tenido otra opción; los laxistas de hoy deducen que tal gente no peca por no haber tenido otra opción. Pero parece que el error de raíz es el mismo.
Excelente. De los mejores que ha escrito, Wanderer. Muchas gracias.
Sobre esto es iluminador el trabajo de José Granados en Communio (invierno 2023). Y su diálogo con Gabino Uríbarri en la revista de la Universidad Pontificia de Salamanca (2015)