El fuego de Prometeo. El Anticristo y la IA (I/3)

por el Marqués de Godoy

Nota bene: no quiero discutir aquí el uso adecuado o no de palabras como “inteligencia”, “voluntad”, “intención”, o similares, aplicados a programas informáticos. Tomaré la licencia de no utilizar comillas ni someter a escrutinio el uso de tales términos cada vez que los refiera en el texto.

Después de un tiempo de reflexión considerable, me decidí a escribir estas líneas. Coincide, no por casualidad, con los acontecimientos del mundo tech estas últimas semanas. Son tópicos sobre los cuales vengo profundizando desde hace al menos un año en forma intensiva y casi exclusiva, pero que se ven ahora gatillados a ser compartidos, en parte por ciertas predicciones alarmantes que empiezan a verificarse en la realidad, y en parte por considerar que el público en general y los cristianos en particular no están dando la relevancia necesaria al tema. 

Desarrollaré el escrito en dos partes, claramente diferenciadas: en la primera, me centraré en argumentar, desde el punto de vista bíblico y exegético, por qué la inteligencia artificial podría ser el anticristo o el falso profeta, o al menos un importante componente del prólogo al fin de los tiempos. 

Me gustaría hacer algunas precisiones, antes de entrar de lleno en el asunto. No considero a la inteligencia artificial como algo intrínsecamente malo. Por eso el mote añadido en el párrafo anterior, “general”, es tan importante. En sentido amplio, la IA puede desarrollarse de forma específica o general. 

La gran diferencia es que una IA específica es una herramienta para una ciencia en particular, con capacidades desarrolladas para resolver un problema en concreto. Por ejemplo, el primer ordenador que derrotó al campeón mundial de ajedrez del momento (Gary Kasparov), Deep Blue, fue desarrollada por IBM y solo sabía hacer una cosa: jugar ajedrez al nivel de los mejores humanos. 

Creo honestamente que la inteligencia artificial específica (me gusta más la palabra inglesa, narrow AI) puede ser utilizada para cosas geniales, buenas para el hombre, y contra las cuales no tengo mayores objeciones. Otro buen ejemplo en este sentido es Alpha Fold, el modelo de Google especializado en biología, que resolvió en 2020 un problema asombrosamente difícil como el plegamiento de proteínas. 

Por el contrario, la inteligencia artificial general (IAG) busca, en un solo modelo o algoritmo, dominar cada aspecto del conocimiento humano al nivel de los mayores expertos. Sería un homo universalis completo, en definitiva. A su vez, la ambición tecnológica actual es, si fuese posible, escalar de tal modo una IAG de manera tal de obtener una superinteligencia artificial general, cualitivamente superior inclusive a la suma de la inteligencia humana considerada en forma colectiva. Los modelos de lenguaje actuales (los famosos LLM’s) no llegan a ser generales, pero la intención es desarrollarlos y mejorarlos hasta que lo sean. 

De ahora en adelante entonces, cuando me refiera a la “inteligencia artificial” sin más, debe entenderse que me refiero a la general. Ahora sí, al meollo de la cuestión.

Sé que es una tesis compleja, y para muchos puede sonar poco ortodoxa, dada la habitualidad de otras interpretaciones del Apocalipsis. Mi objetivo es, si no convencer, al menos mostrar cómo me parece una lectura completamente compatible con los Padres de la Iglesia y el Magisterio, y también compaginable con las clásicas lecturas del Apocalipsis de muchos autores. 

La segunda parte sirve como anexo, aunque ineludible me parece, para comprender adecuadamente los argumentos dados en la primera parte. Se compone fundamentalmente de parte de la evidencia empírica disponible hasta el momento que indica dónde está la tecnología en cuestión, y adónde puede estar próximamente, junto con una hipótesis o secuencia de eventos que podrían desarrollarse de acá a los próximos 10 años, como mucho.

Génesis, Apocalipsis, y Parusía

Ya desde el primer relato del Génesis se establece la especial ubicación del hombre en la pirámide de la Creación. Más aún, el texto divino aclara la razón de tal primacía: el hombre es creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26). 

Me atrevería a decir que la filosofía cristiana interpretó unánimemente esa semejanza en cuanto la capacidad del hombre de conocer —inteligencia— y amar lo conocido —expresión del libre albedrío, o voluntad—. La realidad se hace asequible (inteligible) a la penetración de la inteligencia humana mediante el Logos puesto por el Creador en todas las cosas. Ese Logos en última instancia se revela como el propio Dios en la persona de Cristo. 

Llamativamente, ya Platón tenía una intuición profunda de que el Logos, como lo hace notar con el demiurgo, principio ordenador de todas las cosas que posibilitaba el conocimiento, tenía él mismo una Personalidad. 

Así pues, desde el texto revelado al pueblo hebreo y desde lo que llamaríamos un vestigio de la revelación primigenia, la filosofía griega, se llega a un punto común esencial: la finalidad del hombre es la contemplación del Logos, y el descanso amoroso en Él. Y, al ser el alma “de algún modo, todas las cosas” que conoce, el Logos de algún modo deifica al hombre.  Solamente por cuanto hecho a imagen de Dios tiene ese privilegio sin parangón frente a las demás creaturas. 

Curiosamente, el Tentador provoca al primer hombre y a la primera mujer con una promesa similar: 

Dios sabe muy bien que el día en que coman de él no moriréis, sino que se les abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal

Es decir que Satanás garantiza por un lado, que conservarán la inmortalidad, pero también les habla de un conocimiento, situado sin embargo por debajo de la contemplación o verbo mental. El conocimiento del que habla el demonio que es, en mi opinión, el del juicio y del discurso racional. 

No es que el juicio o razonamiento como actividad mental no sean queridos por Dios, sino que están subordinados hacia el estadio final del intelecto, que es la contemplación verbal, una mirada simple y diáfana donde “veremos a Dios tal cual es” (1 Jn 3,2). Como tal, el demonio lo que propone es una inversión, dejando al conocimiento racional, donde se encuentra la técnica, como la finalidad última de la similitud con Dios. 

Así pues, nuestros primeros padres, en un acto de hibris desenfrenada, creen en las palabras del diablo y optan por comer el fruto prohibido. Y con ello, la esencia del hombre edénico, naturalmente ordenada en sus facultades, sufre un revés singular y comienza su derrotero por la historia con la esperanza inconsciente de que, al menos habiendo perdido los dones preternaturales de Dios (incluida la inmortalidad, asunto muy importante), se cumpla en alguna instancia la promesa de Lucifer. 

Dicha actitud permite al hombre un dominio de la técnica y la posibilidad de orientar un rápido progreso material y tecnológico. Tan solo unos capítulos después de la caída, en Génesis 11, vemos a una humanidad que domina las artes constructivas y sueña con alcanzar el cielo —otra vez, ser como dioses— mediante la obra de sus manos, en el relato de la Torre de Babel. 

El hombre tecnológico se levanta contra el hombre contemplativo y lo subvierte en lo más íntimo de su ubicación como creatura, llevándolo al deseo de ser el Creador, concretamente con su razón instrumental. También los mitos griegos tratan con claridad este tema en Prometeo, quien robó con soberbia el fuego a los dioses, para darles a los hombres la herramienta con la cual progresar y construir su civilización. 

Curiosamente, o no tanto, según lo que venimos mencionando, la actitud más alabada a lo largo del primer libro de la Biblia es sin dudas la humildad. Humildad que se ve reflejada en la obediencia de Noé, y en la fe sumisa de Abraham a la palabra de Dios. Humildad de los Patriarcas que es sin dudas una figura de Aquel que 

“siendo de condición divina,
no consideró como una presa codiciable el
ser igual a Dios,
sino que
se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de siervo,
haciéndose semejante a los hombres.
Y hallándose en la condición de hombre,
se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
” (Flp 2,6-11).

Precisamente la Escritura parece indicar con claridad en todas partes, haciéndolo un tema central, los dos movimientos contrapuestos: la hybris, el enaltecerse a sí mismo, buscando ser como Dios, pecado de los primeros padres, contra la humildad de la kénosis, el abajamiento supremo de Cristo, que se humilla y por eso es justamente ensalzado. 

Lo resumió muy bien San Agustín en “De doctrina christiana”, cuando dice comentando el Magnificat: 

“Apenas hay una sola página en los libros sagrados que no nos recuerde que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes”.

De esta manera, pienso que el análisis y reflexión de estas dos actitudes sirven como clave de interpretación de muchos misterios de la Escritura. 

Avanzando en la historia se observa latente o patentemente muchas veces esta lucha entre la dimensión técnica del conocimiento humano, como actitud transformadora de la realidad material, versus la dimensión ociosa y contemplativa. Es lo que sucedió en gran medida, por poner un solo ejemplo, en el Renacimiento y de forma aún más palpable, en el Siglo de las Luces. 

En la visión original, digamos clásica, Dios mide a las cosas y las cosas a su vez miden al hombre, y es esa la trayectoria por la cual la inteligibilidad se hace posible. El intelecto del hombre en la teoría del conocimiento tradicional funciona como un elemento pasivo, sobre el que se proyectan los conceptos de las cosas puestos por Dios en ellas. 

Ahora, por el contrario, es el hombre la medida de todas las cosas, y con su técnica puede configurarlas a su parecer, inculcándoles él mismo su sentido. El logos pasa a ser mutable y transformable mediante la práctica tecnológica.

Estas ideas son fundamentales en el pensamiento de Hegel, que luego conservarán Engels y Marx sin la parte metafísica, quedando tan solo el materialismo puro y duro. Mediante el proceso dialéctico de Hegel, la realidad misma avanza como si fuese una persona hacia estados más puros y espirituales, convirtiéndose en el límite en el mismo Dios, o Espíritu Absoluto, como lo denomina el filósofo alemán. 

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