La dictadura soviética en los seminarios argentinos

Hasta hace algunas décadas, los obispos eran autónomos en las decisiones que tomaban en sus diócesis. Pero cuando llegó la madurez conciliar y, sobre todo, cuando la Iglesia fue iluminada por la sinodalidad, los obispos se sometieron a los dictámenes de las conferencias episcopales: obispo que no se adapta a los diktats de los cuerpos colegiados, obispo que es presionado, denunciado y, finalmente, durante el misericordioso pontificado de Francisco, expulsado de su sede. Y esa autonomía la han perdido incluso para el caso de los seminarios. Los obispos, al menos en Argentina, se dejan manosear a punto tal que deben aplicar directivas determinadas por personajes oscuros y peligrosos en el proceso de formación de sus seminaristas.

Es esa la función que tiene la OSAR, Organización de Seminarios de la Argentina, el Komitern ideado hace años por los obispos, y destinado a implantar una dictadura de estilo soviético, con elementos de control, presión y castigo, a fin de lograr la uniformidad del clero argentino y evitar situaciones desagradables, que escapaban a su voluntad de sometimiento, como fueron en sus días los seminarios de Paraná, San Rafael y San Luis. 

Hace algunos días, esta institución cuyo financiamiento consume varios millones de pesos al año que pagamos los fieles con nuestras ingenuas limosnas, publicó una guía destinada a los formadores de seminarios que deben lidiar con los cada vez más numerosos “seminaristas rígidos”. Se trata de un texto particularmente perverso y, me animaría a decir, satánico. Es un instructivo para uso de los formadores de los seminarios argentinos, en el que se detallan los métodos de tortura y manipulación espiritual a la que deberán someter a todo aquel joven que, ya desde el primer año de seminario, dé muestra de rigideces filo conservadoras. Por ejemplo, que prefiera comulgar en la boca y no en la mano, que mantenga devociones sospechosas como el rezo del rosario o del breviario, que guarde el ayuno eucarístico, que lea a Santo Tomas de Aquino, que le guste usar el hábito clerical, etc. Pero no se detiene allí, puesto que da también las indicaciones pertinentes a fin de que el formador que deba aplicar la tortura o la expulsión del rígido, no quede con secuelas psicológicas, como la culpa o, más aún, sea convencido por el delincuente. Lo que llama la atención es que, hasta hace algún tiempo, este tipo de directivas eran reservadas; ni siquiera se escribían sino que se comunicaban verbalmente a los interesados. Ahora las publican en internet. No sé si atribuirlo al desparpajo, o la impunidad, o la estupidez de quienes están a cargo de esta organización.

El autor es el Pbro. Lucas E. Smiriglia, sacerdote Operario Diocesano, con título en psicología otorgado por los jesuitas de la Gregoriana y, aunque no lo dice en su CV, sospecho que tiene un posgrado alcanzado en la Lubianka por la KGB University y firmado por Laurenti Beria. Conviene comentar, entonces, las sugerencias (¿u órdenes?) que emana el documento, para que los sacerdotes argentinos sepan a dónde mandan a los jovenes generosos que manifiestan vocación sacerdotal, y para estos mismos jóvenes, para que estén prevenidos del lugar en el que se meten.

1. Un diagnóstico que no puede refutarse

El artículo define al seminarista rígido por su reacción ante la corrección. Si vive la corrección como persecución, como laxismo o como falta de respeto a su piedad, eso es rigidez defensiva. El texto añade que ese seminarista logra invertir la carga de la duda y hacer que los formadores se pregunten si los rígidos son ellos. Detrás de la apariencia clínica hay un problema lógico: el argumento no admite prueba en contrario. Si el seminarista objeta, confirma el diagnóstico. Si calla y se adapta, demuestra docilidad. La única salida es la sumisión, y una hipótesis que ningún hecho puede desmentir no es un instrumento de discernimiento, sino una petición de principio con ampulosos vocabulario de consultorio, que suele provocar las delicias de cierta clerecía.

Imaginemos a un seminarista que, en una entrevista de acompañamiento, dice con respeto que no entiende por qué se le corrige por rezar el breviario en latín en su tiempo libre. a. Si responde con firmeza, el formador ve en ello una vivencia de persecución, es decir, la señal de rigidez defensiva. b. Si responde con calma y buenos modales, el formador ve compartimentación: piedad por dentro, obediencia aparente por fuera. El propio artículo describe así al seminarista «exteriormente respetuoso». c. Si calla por prudencia, es victimización piadosa, otro de los rasgos que enumera el artículo. d. Si se retracta y pide perdón, demuestra docilidad y el caso se cierra. Hay tres salidas que confirman el diagnóstico y una sola que lo cierra, y esa es la sumisión.

2. El poderoso que se siente agredido

El artículo describe al formador como alguien que sufre una agresión: se le mina la confianza, se le desorganiza el criterio, se lo lleva a la duda y a la defensiva. El seminarista, en cambio, aparece como quien manipula. Pero los formadores deciden la admisión, la continuidad, los informes y el camino hacia la ordenación, y el seminarista no decide nada de eso. Presentar como amenaza la reacción del más débil ante el más fuerte invierte los papeles. Es coherente que el texto insista después en que el formador «seguro» no debe dudar de su autoridad ni sentirse culpable por lo que se le reprocha. Una formación que blinda de antemano a quien forma contra toda autocrítica pierde la capacidad de corregirse a sí misma.

Imaginemos que un seminarista envía a los formadores una carta respetuosa pidiendo que se le indique en qué norma se basa una práctica del seminario. El equipo la recibe como una acusación velada. En la reunión siguiente el tema es cómo se sienten ellos ante la carta, no lo que la carta pregunta. Una manera de mostrar la asimetría es preguntar quién hace cada cosa en el caso: a. Quién redacta el informe: el equipo de formadores. b. Quién lo firma y lo envía al obispo: el rector. c. Quién decide si el seminarista continúa: el obispo, con base en ese informe. d. Quién ve el informe y puede refutarlo: nadie, o el propio interesado solo en parte. e. Quién tiene derecho a apelar con garantías: no queda claro.

Frente a ese panorama, el artículo pide que se compadezca al formador cuya confianza se ve minada por la actitud del seminarista. Quien puede perderlo todo se convierte en el agresor, y quien lo decide, en la víctima.

3. De teología, nada 

El método pide al formador que, cuando el seminarista vuelva a la discusión teológica o litúrgica, reoriente el foco con serenidad y rotundidad. La frase que se propone es esta: «No estamos aquí para debatir las normas». La cuestión de fondo, si lo que el seminarista pide es verdadero, lícito o debido, queda excluida por diseño. La teología reaparece solo como criterio instrumental: los frutos de humildad, obediencia y comunión permitirían distinguir la piedad auténtica de la aparente. Pero nunca se decide sobre la verdad o falsedad de la pretensión concreta. Se pasa del qué al quién, de la norma al sujeto, y con ello lo que era un desacuerdo doctrinal o disciplinario se convierte en un problema del carácter del disidente; se patologiza. Se cambia de terreno justo donde la discusión sería más incómoda.

Imaginemos este diálogo.

Seminarista rígido: Padre, ¿en qué norma litúrgica se apoya la obligación de comulgar en la mano en este seminario? Lo pregunto porque Redemptionis Sacramentum reconoce el derecho del fiel a recibir en la boca.
Formador sinodal: Esa cuestión ya está definida. Lo que me interesa es qué sentimientos te aparecen cuando ves a tus compañeros comulgar de otro modo.

Resulta claro que la pregunta del seminarista es sobre una cuestión concreta, tiene respuesta en un texto y se puede resolver en un minuto: o hay una norma que lo respalda o no la hay. La respuesta del formador no la responde, sino que la reemplaza por una pregunta sobre afectos. Es el desplazamiento del qué al quién.

4. El ejemplo que se vuelve contra el autor

El único caso concreto del artículo es la comunión en la boca. Ahí el argumento se tambalea, porque la disciplina universal reconoce al fiel (supongo que considerarán a los seminaristas fieles y no siervos) el derecho a recibir la comunión en la boca (Redemptionis Sacramentum, nn. 90-92), y el c. 843 §1 prohíbe negar los sacramentos a quien los pide oportunamente y está bien dispuesto. El texto desliza de «imponer» a «praxis legítima» sin advertirlo. Si un seminario impone la comunión en la mano, la objeción del seminarista es una cuestión canónica y litúrgica real, no un síntoma. Además, exigirle que ceda un gesto exterior en el primer año, como prueba de docilidad, trivializa lo que para él toca la fe en la presencia real. La docilidad que se le pide es, en este caso, renunciar a un derecho que la propia Iglesia le reconoce, con la clara amenaza de que, si no cede, será expulsado puesto que “demuestra una incapacidad fuerte que condiciona posiblemente la docilidad presbiteral”.

5. Fuero interno, fuero externo y el derecho a la intimidad

El método propone al formador explorar el significado inconsciente y defensivo de las actitudes del seminarista. Le sugiere preguntas sobre las emociones que siente, la necesidad de control en otros ámbitos de su vida y quién o qué en su biografía le enseñó a asociar el cumplimiento de las normas con su valor personal.

Eso choca con la normativa de la Iglesia por tres lados:

  • El c. 220 protege el derecho de toda persona a resguardar su propia intimidad.
  • El c. 240 §2 impide que el parecer del director espiritual y de los confesores se pida para decidir la admisión a las órdenes o la expulsión del seminario, es decir, separa cuidadosamente el fuero interno del externo.
  • Las Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio (Congregación para la Educación Católica, 2008) exigen consentimiento libre del candidato y distinguen los roles del formador y del psicólogo.

Hay además un riesgo práctico: el c. 1051 establece que el testimonio del rector alcance a la salud psíquica del candidato. Etiquetas como rigidez defensiva o simbolización regresiva pueden terminar en un informe que decide el futuro de un hombre.

6. La teoría de fondo, que el artículo no declara: Rulla

El vocabulario del texto (simbolización regresiva y progresiva, autotrascendencia teocéntrica, bien aparente y bien real, exploración de lo inconsciente) pertenece a la escuela de psicología de la Universidad Gregoriana. Su fundador fue el jesuita y psiquiatra Luigi M. Rulla (1922-2002), y la desarrollaron sus colaboradores, entre ellos Franco Imoda. El artículo la aplica sin nombrarla ni justificarla. Sin embargo, esta teoría que los obispos asumen acríticamente, ha sido discutida por sus resultados empíricos, por sus instrumentos y por el riesgo de reducir lo espiritual a lo psicodinámico. Pero, aun aceptándola, el artículo la usa mal por cuatro razones:

  • El propio modelo rulliano presupone psicólogos capacitados, instrumentos y consentimiento. El artículo lo convierte en una técnica de conversación para formadores, sin supervisión y con una conclusión ya decidida.
  • Si la teoría vale, vale para todos. Según Rulla, las inconsistencias afectan a la gran mayoría de los candidatos, tradicionales o progresistas. Aplicarla solo al seminarista “rígido” que quiere comulgar de rodillas es una selección arbitraria.
  • Aparece como criterio de discernimiento vocacional una teoría particular, contestada y sin identificar. Ni el seminarista ni el lector saben que se trata de eso.
  • Se usa en el fuero externo lo que, por naturaleza, pertenece al fuero interno o al ámbito profesional.

7. Sin datos y con espantapájaros

El artículo no cita un solo caso, un estudio ni una fuente. El «argumento capcioso» está puesto en boca de un seminarista hipotético, y es más fácil de refutar que cualquier objeción real. Se describen mecanismos («proyección», «compartimentación», «gaslighting espiritual») con la seguridad de quien ha visto el inconsciente ajeno. Es una caricatura útil, ad usum clericorum, que ya saben a quién quiere ver reflejado en ella.

8. Lo que el texto prescribe

El artículo no oculta adónde lleva su método. Si el seminarista persiste, se lo declara falto de docilidad, con un condicionamiento fuerte para entrar en formación. Es decir, se lo convierte en candidato a la expulsión. Entretanto se lo somete a preguntas sobre su afectividad y su historia, se le cierra toda vía de discusión y se instruye al formador para que no dude nunca de sí mismo. Con un método así, un hombre puede salir del seminario o ser lastimado psicológicamente sin que nadie haya respondido jamás a su argumento.

9. Lo que el texto supone 

El escrito del sacerdote-psicólogo supone que los formadores son bastante débiles y pavotes puesto que fácilmente caerían en la manipulación psicológica del seminaristas rígido. En ningún momento se plantea la posibilidad de que, sinodalmente, ese seminaristas le esté haciendo ver al formador una dimensión de la espiritualidad que éste había soslayado. Es decir, el dogma al que hay que adherir con esfuerzo puro de la voluntad, dejando incluso de lado el discernimiento, es el proclamado por la OSAR. El formador debe estar alerta a fin de no dudar de ese cuerpo dogmático establecido por los obispos argentinos. De los otros dogmas que se rezan en el Credo puede dudar sin problema, puesto que esa actitud es manifestación clara y saludable de su falta de rigidez. Es difícil no ver aquí una clara técnica de manipulación. Me pregunto si los formadores serán tan poco lúcidos como para no darse cuenta de la maniobra a la que los someten. 

Una reflexión final: me pregunto también cómo es posible que los obispos acepten mansamente someterse a esta dictadura. No encuentro explicación para el hecho de que prefieran expulsar de sus seminarios a los seminaristas con actitudes conservadoras, privando así a los fieles de sus diócesis de los sacerdotes que tanto necesitan. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué temen? El documento lo dice claramente: si durante el seminario no obedecen, tampoco obedecerán como sacerdotes, y una de las concupiscencias más marcadas de los obispos —aunque tienen otras, por supuesto— es el ejercicio puro y duro del poder sobre sus sacerdotes. Lo que se aseguran es tener siervos que hagan todas las genuflexiones que ellos les exijan. 

Esto me recuerda las amenazas que profería un arzobispo argentino, hoy en el Vaticano: le decía privadamente a los seminaristas de los cuales sospechaba inclinaciones conservadoras que ellos, sagazmente, ocultaban: “Yo ordeno sacerdote a Juan Pérez, que posee tales cualidad. Pero si, después de ordenado, Juan Pérez se revela como conservador, ya no será el Juan Pérez que yo ordené; por lo tanto, la ordenación dejará de ser válida”. Y pensar que esto lo decía quien se supone que hoy custodia el depósito de la fe. 

Argentina es un país donde hay muchos, pero muchos jóvenes excelentes, católicos, formados, con generosidad y que desearían ser sacerdotes, pero no tienen dónde ir, porque saben lo que le espera. Y lo que les espera no es imaginación de unos cuantos trastornados; está documentado en artículos como el que comentamos. Quiera Dios que, de alguna manera y en algún sitio, surja una posibilidad, un lugar donde puedan formarse y asegurarnos los sacramentos. 

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