León es Napoleón, pero ¿qué Napoleón?

Orémus pro Pontífice nostro Leonem. Dóminus consérvet eum, et vivíficet eum, et beátum fáciat eum in terra, et non tradat eum in ánimam inimicórum

La semana pasada hicimos un recorrido historico sobre lo que había sido el bonapartismo, y creo que quedó demostrado que, al menos desde hace 250 años (muchos comentarios señalaban que desde sus comienzos), en la Iglesia se han dado los ciclos típicos del bonapartismo que culminan en una suerte de estabilización y normalización de las nuevas ideas que, en su momento, irrumpieron como revolucionarias. Con lo cual, y antes de discutir acerca de la posibilidad de que el Papa León sea el Bonaparte de Francisco, es conveniente tener en claro que no sería una novedad; sería casi una condena ineludible.

Pero hagámonos primero dos preguntas necesarias. ¿Sería posible para un Papa en las condiciones actuales concretas, no ser un Bonaparte y ser, más bien, un Metternich? Dicho de otro modo, ¿sería posible un pontificado reaccionario o restaurador? Es una cuestión que tiene que ver con la realpolitik, y me propongo tratarlo la semana próxima.

La segunda pregunta: ¿es posible bonapartizar a Francisco? La pregunta me parece pertinente porque no sé si es posible estabilizar el caos. En física, sí que se puede, pero en la política eclesiástica es un oxímoron. El pontificado francisquista fue el desarrollo orgánico del caos —otro oxímoron— y el desorden, por naturaleza, no puede ordenarse. Estabilizar las reformas francisquistas no sería otra cosa más que seguir en el caos de todo tipo: organizativo, doctrinal, litúrgico, canónico, moral, etc. Bonapartizar a Francisco me parece, entonces, que es imposible o, dicho de otro modo, es suicida.

El P. Santiago Martín, en su columna semanal de hace algunas semanas, comentaba una imagen muy gráfica: el Papa León se ha encontrado con una Iglesia sembrada de bombas a las que debe desactivar, y debe hacerlo muy cuidadosamente porque le pueden estallar en la cara. Y ponía el ejemplo del Papa Benedicto: cuando comenzó a avanzar en el proceso reaccionario (permítanme el término para simplificar), le comenzaron a explotar todo tipo de bombas: desde un mayordomo que le robaba documentos confidenciales y los pasaba a la prensa, hasta la suspensión del código Swift al Banco Vaticano, lo cual le impedía cualquier posibilidad de mover dinero, incluso pagarle el sueldo mensual a los sanpietrini. Entonces, los que muchos ven como una bonapartización del francisquismo podrían ser más bien medidas de gobierno muy lentas y prudentes, cuidadosamente pensadas para evitar explosiones imprevistas.

Muchos dirán que esa interpretación no es más que ingenuos wishful thinking. Es probable; pero es posible también que no lo sean. Nadie lo sabe; y un año y medio de pontificado, para las circunstancias en las cuales el Papa León encontró la Iglesia, es muy poco tiempo; casi nada. Y como todavía no lo podemos saber, lo único podemos hacer es ver signos en un sentido y en otro.

Un primer punto que se va delineando con mayor nitidez es que el Papa está desarmando algunos de los problemas más álgidos que le había dejado su predecesor, y ha comenzado, como es lógico, por su propia casa: el Vaticano y Roma, ciudad de la que es obispo. Veamos los cambios más relevantes en el Vaticano: el cardenal Konrad Krajewski fue apartado de la Limosnería Apostólica el 12 de marzo de 2026; el 30 de marzo el Papa apartó al Valido Mayor de Francisco, Mons. Edgar Peña Parra de su cargo de Sustituto de la Secretaría de Estado y el 3 de octubre al cardenal Mauro Gambetti del arciprestazgo de la basílica de San Pedro. Los tres eran personajes de alto perfil, de mucho poder y de clara matriz francisquista. Aunque de menor impacto mediático pero de profundo significado, fue la promulgación de la nueva Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano el 31 de julio de 2026, y la derogación íntegra de la anterior que era apenas de 2023 y de pura factura bergogliana. En un interesante artículo de la semana pasada, Andrea Gagliarducci, un vaticanista serio, analiza los cambios y la lenta desaparición de la vieja guardia bergogliana. Recomiendo su lectura.

La noticia con que no despertamos el sábado último -el nombremiento de Mons. Viola como arcipreste de San Pedro- modera en parte este visión. Viola es otra creación de Francisco y, desde el punto de vista litúrgico, un fundamentalista del bugninismo. Sin embargo, no está puesto en San Pedro para satisfacer a los tradicionalistas sino para ordenar el desorden monumental que deja Gambetti. Veremos qué hace con respecto a las misas privadas, que habían sido prohibidas, y las misas tradicionales que se siguen celebrando diariamente en la cripta. Pero no me parece que sea esa su primera preocupación. Antes tiene que vérselas, por ejemplo, con los canónigos. El nombramiento en sí, es pésimo, pero tiene dos aspectos positivos. El primero, no será el reemplazante de Roche en Culto Divino, y eso ya es mucho. El segundo, quien lo reemplaza, Mons. Aurelio García Macías, es de lo mejorcito que puede conseguirse en ese dicasterio, aunque dudo que sea favorable a la misa tradicional. Este artículo reciente de Infovaticana lo pinta bastante bien.

En cuanto a la diócesis de Roma, el 24 de junio de 2026, promulgó Confirma fratres tuos, normativa que sustituyó a la constitución In Ecclesiarum communione de Francisco (2023) y reorganiza el Vicariato de Roma, despojándolo del carácter sinodal que le había dado Bergoglio. Por ejemplo, el Consejo Episcopal, que era el “lugar apical de las decisiones”, ahora es sólo consultivo y lo preside el cardenal vicario; los obispos auxiliares, que antes tenían potestad ordinaria vicaria autónoma sobre su sector, ahora actúan “en plena comunión con el cardenal vicario”; el Moderator curiae, una figura nueva que coordina las actividades del Vicariato y queda como primer colaborador del vicario pero sin dirigir los oficios como sucedía antes. Es decir, el poder vuelve al Cardenal Vicario.

Pero además, León XIV hizo una purga a su estilo: en septiembre de este año apartó al obispo auxiliar Michele di Tolve, que era también rector del seminario romano, y lo envió como obispo de una diócesis perdida; ordenó a cuatro nuevos obispos auxiliares, todos ellos romanos; recortó fuertemente el poder de Mons. Renato Tarantelli Baccari, una típica figura francisquista (había sido ordenado sacerdote por el propio Francisco en 2018 y en 2024 lo hizo obispo, otorgándole el ahora desaparecido cargo de viceregente que, en la práctica, coartaba el poder del cardenal vicario), y varios cambios menores más.

Para los que somos ajenos al mundo romano, parecen cambios menores y secundarios. No me parece que lo sean tanto; el Papa está poniendo orden en su propia casa y, para hacerlo, desactiva bombas. Uno de los cables rojos que logró desconectar sin causar explosión fue, sin duda, el apartamiento de Mons. Peña Parra, quien se encontraba en el ápice de uno de los lobbys más fuertes del Vaticano. Nunca se sabrá pero no me extrañaría que el Santo Padre haya considerado imprescindible la desactivación de ese cable para proseguir, lentamente, con otras reformas.

Pero aquí aparece una objeción de mucho peso: “Son cambios cosméticos e insuficientes. No ha frenado los procesos más peligrosos en el que embarcó Francisco a la Iglesia, entre ellos, el sínodo de la sinodalidad”. O bien, como dijo la semana pasada Diane Montagna en el Encuentro de Identidad Católica de Pittsburgh, se trata de cambios administrativos pero no doctrinales. Se preguntaba, por ejemplo: «¿Tiene el papa León XIV la lucidez, el valor y la voluntad necesarios para cambiar las cosas, para modificar, por ejemplo, las draconianas restricciones a la Misa Tridentina?». No pareciera que fuera el caso.

Seamos benévolos porque esto nos exige el mandamiento de la caridad y el respeto y sumisión debida al Romano Pontífice. Lo primero que puedo decir es que sería muy poco realista pretender que procesos de ese tipo se puedan frenar de un día para el otro. Y lo segundo, que quizás el Papa esté ampliando su estrategia. Pasó casi desapercibido, pero hace pocos días, el nuevo prefecto del Dicasterio para los Textos Legislativos, monseñor Anthony Randazzo, advirtió contra aquellas interpretaciones de la sinodalidad que consideran el momento eclesial actual como una oportunidad para deshacerse de elementos de la vida y la tradición de la Iglesia que se consideran obsoletos. La renovación, sostiene, no consiste en abandonar las raíces, sino en permitir que estas den nuevos frutos. Quizás el Santo Padre enfríe desde la ejecución la sinodalidad —ya lo hizo con el vicariato de Roma— y le de largas y, por otro lado, prepare un frente jurídico como otra muralla de contención. Es una posibilidad que simplemente planteo y que, reconozco, choca frente a algunos hechos: el Papa León se esmeró en elegir personalmente a los más granado del progresismo eclesiástico mundial para participar en la reunión sinodal sobre Amoris letitiae de esta semana. Pero matizó con su discurso de apertura del jueves último en el que habló de la cuestión real e imprescindible de la fragilidad humana, que fue justamente el punto de apoyo para que Francisco lanzara la posibilidad de comunión para los recasados. No abordó el Papa estas cuestiones tan discutidas, pero en su discurso la fragilidad y los cambios culturales no parecen implicar la renuncia a la verdad ni a «anunciar la plenitud de la enseñanza del Evangelio sobre la familia». Otro interesante artículo sobre este tema.

Se dirá: “Tucho sigue en su puesto”. Y es verdad, y seguirá hasta que se cumpla su periodo, a no ser que suceda algo inesperado. Ese es mi pronóstico. Ni siquiera Francisco se atrevió a apartar al cardenal Müller, con quien lo relacionaba un odio mutuo, antes de finalizar su tiempo. Tampoco lo hará León. No es su estilo. Pero no es sólo Tucho, sino son muchos más los que siguen campantes en sus puestos y no sólo son los que están, sino que se aumentan. Acaba de nombrar como subsecretaria del dicasterio antes llamado de Propaganda fidei, a una monja -sr. Mary Teresa Barron- que ha declarado que hay mujeres que se sienten llamadas al diaconado y al sacerdocio. Y, si hablamos de los nombramientos episcopales, los cuales leo a vuelo de pájaro, me animaría a decir que la mayoría son malos, algunos son pésimos, otros buenos y uno pocos muy buenos. Y ni hablar de los grotescos encuentros ecuménicos que se permite, y que se permitirá con la renovación del espantajo de Asís, o de su desaprensión por los fieles tradicionalistas. En todo esto, y en muchas otras cosas, podría verse que, en efecto, León es el Bonaparte de Francisco. Y no niego la posibilidad.

[Nota al margen: quizás algo inesperado pueda efectivamente ocurrir con el cardenal Fernández, pues el caso es que, a un mes de la venida del Papa Argentina, las viudas púrpuras se están disputando el favoritismo del difunto, y se están tirando con muertos. Me refiero a los eminentísimos Víctor Manuel Fernández y Ángel Sixto Rossi S.J. Este último le tiró a Tucho hace algunos años el caso Principi, que afectó al profecto profundamente pues este sacerdote expulsado del estado clerical era su íntimo amigo desde los años de seminario de Río Cuarto. Pero hace una semana fue el turno de Tucho: le tiró al cardenal Rossi el caso de Mons. Ricardo Seirutti, su obispo auxiliar, apartado de sus funciones por «conductas inapropiadas» con dos personas adultas. Algunas fuentes aseguran que Tucho va por la cabeza de Rossi, puesto que, además de la venganza, estaría buscando dónde recalar cuando abandone Roma dentro de dos años. No vería con malos ojos convertirse en arzobispo de Córdoba. Bien podría ser menos pretensioso dicen los curiales, perdonarle la vida Rossi S.J., e instalarse en la sede de Santiago del Estero, que el cardenal Bocalick dejará vacante pronto por su jubilación. Es verdad que, en ese caso, Tucho se convertiría en cardenal primado de la Argentina, pero no parece que le simpatice convivir con el calor santiagueño].

Sin embargo, hay otra hipótesis que se ha mencionado en ocasiones en otros medios y que también un comentarista dejó en el blog: León no sería Napoleón Bonaparte sino Napoléon III.

[Aún a riesgo de alargar en demasía este artículo, un breve apartado: comparar el decurso de la Iglesia con ejemplos políticos, en este caso franceses, es simplemente una analogía, el método de conocimiento tan valorado por la escolástica y, sobre todo, por Santo Tomás. Parte idem, parte diversa; una parte se puede aplicar, y otra no. Simplemente eso].

No voy a relatar aquí la historia de Napoleón III; la pueden leer en Wikipedia. Para lo que a nosotros nos interesa, baste decir que fue un emperador con políticas conservadoras y liberales, o revolucionarias, al mismo tiempo. Una figura que puede aportar luz a este personaje es Alexis de Tocqueville, quien fuera su ministro cuando aún era Luis Napoleón, presidente de la Segunda República. Tocqueville se definía a sí mismo como «un libéral d’une espèce nouvelle». Venía de una familia de la vieja nobleza normanda, diezmada por el Terror; sin embargo, llegó a la convicción de que el avance de la igualdad, la libertad y la fraternidad eran un hecho irreversible, casi providencial. Su pregunta no era si la democracia debía llegar, sino cómo impedir que degenerara en despotismo. Y esa será la tónica del gobierno de Napoléon III: evitar los excesos, ser prolijos y gentiles, pero continuar con el proceso revolucionario. Un ejemplo concreto puede ayudar a entender: Napoleón III impulsó la unificación italiana bajo hegemonía piamontesa, contuvo a extremistas como Garibaldi y, a la vez, defendió militarmente al Papa en Roma, aunque permitió que perdiera casi todo lo demás. Pretendía conciliar su simpatía por la causa masónica italiana con la tradición católica de Francia. El resultado fue una política oscilante que no satisfizo plenamente a nadie: los italianos lo vieron como el obstáculo para tener Roma como capital, y los católicos como el cómplice del despojo del Papa. En otras palabras, una de cal y otra de arena, y ambas al mismo tiempo.

Quizás la política de León XIV se asemeje a la de los Bonaparte, pero más a la del sobrino que a la del tío. No contentará para nada a los tradicionalistas y conservadores y, tampoco a los más a los progresistas.

Deja una respuesta