Francisco probablemente pasará a la historia como el peor Papa del último milenio. Resulta difícil encontrar a otro que haya provocado a la Iglesia daño semejante al que él provocó Francisco durante doce años, más allá de la Providencia divina pueda sacar algo bueno de todo ello. Un listado incompleto pero detallado de los daños doctrinales infligidos por el Papa argentino pueden consultarse descargando gratuita el Denzinger-Bergoglio. Conformémonos nosotros con reseñar sólo algunos::
1. La enorme confusión en que sumió a la Iglesia. Él, como sucesor de Pedro, tenía como munus principal e irrenunciable “confirmar a los hermanos en la fe” (Lc. 22,32). Hizo exactamente lo contrario; disolvió la fe en una niebla espesa, en la que todo es lo mismo que nada, y en la que da lo mismo una cosa que otra. El infierno no existe; todas las religiones son caminos legítimos para llegar a Dios; la diversidad de religiones es una riqueza querida por Dios; “el proselitismo es una tontería”, por lo que la vida de los misioneros es simplemente una vida entregada con objetivos filantrópicos y no de conversión de los infieles a la verdadera fe; y podríamos seguir así con varios artículos de la nueva fe proclamada por Bergoglio. Y esto, como todos pueden comprender, es gravísimo pues es la tergiversación del Evangelio y el envenenamiento de las certezas de la fe que siempre tuvo la Iglesia y que sus pontífices procuraron de un modo u otro apuntalar.
2. La desaparición del pecado. Lo que sí confirmó Bergoglio es la doctrina moral que recorría de un modo más o menos discreto las universidades pontificias: el pecado no existe. O mejor, pecar en serio es muy pero muy difícil, pues se requiere un acto de rechazo explícito de Dios. Consecuentemente, tampoco existe la perfección moral. Es decir, la santidad, la vida en gracia, la ausencia de pecados habituales (que no son tales) es sólo un ideal hacia el que tendemos. Debemos conformarnos con “estar en camino” hacia ese estado ideal de vida al que probablemente nunca llegaremos. ¿Hay que ser castos? Sí, claro, pero ese es el ideal y, entonces, no hay que preocuparse ni mortificarse porque solteros, casados o consagrados tengan caídas habituales o permanentes contra esa virtud. Lo importante es querer alcanzar el ideal. Es decir, en los hechos, el pecado desapareció. Y esta doctrina no se aplica solamente a los pecados contra el sexto mandamiento aunque sean los ejemplos más claros, sino que se aplica a todo el decálogo.
3. La disolución de los sacramentos. Con una fe y una moral de baja intensidad como la que propuso Francisco en su pontificado, los sacramentos necesariamente se diluyen. ¿Qué importancia puede tener el bautismo si todas las religiones, incluido el islam y el paganismo, son caminos aptos para llegar a Dios? Ya no es el sacramentos que nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia fuera de la cual no hay salvación, sino un mero signo de acogida en una comunidad determinada. Si los pecados no son más que baches casi inevitables en el camino hacia el ideal de perfección cristiana, el sacramento de la confesión no será más que un tranquilizador de conciencias de efectos puramente psicológico, puesto que no hay objetivamente nada que perdonar, así como nadie pide perdón porque se le caen los dientes de leche, escala obligada en el camino hacia la vida adulta. El sacramento del matrimonio, que lleva ínsita la indisolubilidad, es también un ideal. Consecuentemente, aquellos que violaron esa exigencia, luego de un “proceso de discernimiento”, pueden vivir en una nueva unión gozando de los mismos derechos que los fieles que viven en fidelidad, en un nuevo matrimonio aunque no se lo llame de esa manera. Por tanto, el matrimonio como sacramento dejó de existir: se puede convivir lícitamente como cristianos sin él. La eucaristía se ha transformado en un mero signo de comunión. Por eso mismo, pueden acceder a ella no sólo los convivientes fuera del matrimonio, sino también los protestantes y, por qué no, cualquier hombre de buena voluntad. ¿Quiénes somos nosotros para negar la eucaristía, que no es premio de los perfectos sino viático de los que están en camino?
4. El canibalismo institucional. Esta realidad se mantuvo a lo largo de todo su pontificado. Los malos eran siempre los católicos; los buenos eran siempre los enemigos de la Iglesia. Las monjas son solteronas; los cristianos fervorosos son melancólicos que tienen cara de pepinillos en vinagre; los curas son perezosos y sádicos que gozan con hacer sufrir a sus fieles, además de oficinista de lo sagrado y mediocres; los seglares que rezan el rosario son semipelagianos; los seminaristas que usan sotana son enfermos mentales, y los católicos que prefieren la misa tradicional son sectarios, rígidos y clericalistas, además de espetarle que detrás de la rigidez siempre hay algo escondido, en muchos casos, una doble vida. Y además de eso, son idólatras y rebeldes. A las familias numerosos les advirtió que para ser un buen católico, no hay que ser como conejos; y senteció que es mejor ser ateo que un católico hipócrita
5. Acoplamiento de las prioridades de la Iglesia a los intereses del mundo. Bergoglio tuvo la osadía no solamente de apoyar políticamente a los gobiernos mundiales más progresistas y enemigos de la Iglesia —en la historia podríamos encontrar varios ejemplos por el estilo— sino de acoplar la mismísima doctrina de la Iglesia, expresada en su magisterio en cuanto sucesor de Pedro, a los intereses del mundo. La mayor parte de los documentos pontificios y la bajada de línea pastoral y doctrinal estuvo centrada casi exclusivamente en dos puntos: acogida a los inmigrantes y “cuidado de la Madre tierra”. Y hasta el observador más novato se daba cuenta que el aliento a la inmigración indiscriminada promovida activamente por los gobiernos europeos tienen como fin cambiar de cuajo la matriz cultural de Occidente; y que la adjudicación a causas antrópicas del cambio climático no tiene sostén científico aceptado, y la «conversión ecológica» de las fuentes de energía que implementaron los gobiernos europeos se ha revelado catastrófica para sus economías. Y el problema no es solamente que Francisco incluyó como parte de la doctrina católica estos principios interesados y circunstanciales, sino que ahora que el mundo los está abandonando porque ha caído en la cuenta de que estos disparates lo llevan a la ruina, ¿qué hará entonces la Iglesia cuando dentro de algunos años ya no tengan vigencia alguna? ¿Dónde se meterán los obispos y los curas ecológicos Laudato sì o Fratelli tutti? Una gaffe (¿o bluff?) monumental, única en toda la historia de la Iglesia.
6. Destrucción del episcopado mundial. Hace algunos meses, el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, que es miembro del dicasterio de los Obispos, dijo cándidamente en una reunión con representantes de los medios de prensa, que el Papa les había pedido que no eligieran obispos que fueran intelectuales, o teólogos, o que sobresalieron de algún modo por sus capacidades; debían elegir obispos sencillos y, fundamentalmente, pastores. La cuestión podría no parecer grave siempre y cuando tuviéramos una acepción más o menos unívoca del concepto de “pastor”. A Giuseppe Sarto, que era fundamentalmente un pastor poco dado a las destrezas intelectuales, lo eligieron obispo y llegó luego a ser un gran Papa. Para Francisco, el pastor era el mediocre, el cura que medra con su pose de sencillo y cercano a la gente y suele ser un trepador empedernido. O cosas aún peores, como es el caso argentino, donde los obispos fueron elegidos por su militancia peronista (observen la conformación del episcopado del Gran Buenos Aires) o por la pertenencia a cierto lobby vergonzoso y pervertido.
Lo tranquilizador de tan catastrófica situación es que, quienes van a Roma y se acercan a la basílica de Santa María Maggiore, verán que una tumba sigue sellada.
¡Dios se apiade del alma del Papa Francisco!
