El katejón revisitado: mal menor, bien posible y la nueva derecha internacional

Antonio de Pandino, San Miguel pesando las almas, detalle. Museo Lázaro Galdiano, Madrid.

por Raniero da Fiore


Nuestro artículo anterior, dedicado a la polémica entre León XIV y Trump, suscitó un caluroso debate en los comentarios acerca de una cuestión mucho más seria que la mera simpatía o antipatía hacia una figura política como Trump. El punto verdadero era otro: si puede o no el pensamiento católico actual reconocer en ciertos movimientos contemporáneos de la “nueva derecha internacional” una fuerza legítima de resistencia frente a la revolución disolvente de nuestro tiempo. Algunos negaban esa posibilidad casi de plano, viendo en tales movimientos una mezcla indigesta de pseudonacionalismo, protestantismo, sionismo, plutocracia y vulgaridad plebeya. Otros, sin dejar de advertir esas impurezas, insistían en que sería miope no reconocer allí una barrera efectiva —tosca, ambigua, incompleta— contra males todavía peores.

La cuestión, así planteada, no puede resolverse con reflejos sentimentales ni con consignas tácticas. Exige volver reflexivamente a una categoría más antigua, más severa y más trágica: la del katejón paulino.

En la segunda epístola a los Tesalonicenses, San Pablo habla de algo —o alguien— que “retiene” aún la plena manifestación del mysterium iniquitatis. La tradición cristiana ha visto con frecuencia en ese “obstáculo” un principio jurídico-político de tipo romano: una forma de orden, de imperio, de legalidad y de autoridad que contiene la disolución final y posterga la manifestación del Anticristo. El cardenal Newman, en sus Cuatro sermones sobre el Anticristo, afirma esto con notable claridad:

La presente organización de la sociedad y del gobierno, mientras sea representativa del poder romano, es aquello que lo retiene, y el Anticristo es aquel que surgirá cuando este obstáculo desfallezca.

Pero precisamente aquí aparece la paradoja decisiva. Si el katejón es el gran obstáculo histórico-político frente al desborde del mal, entonces debe ser también la primera gran conquista del enemigo. El Anticristo no reinará sobre la nada. No edificará su dominio sobre el puro vacío. Necesita apoderarse antes de aquello mismo que lo frena. Debe vaciar el dique y convertirlo en canal. Debe tomar el trono del obstáculo y hacerlo servir a su propia manifestación. Dicho con una fórmula deliberadamente dura: el katejón es también, potencialmente, el trono del Anticristo.

Afirmar esto no contradice la tradición: Newman vuelve a ser aquí sumamente sugestivo. En el Sermón III, al comentar el Apocalipsis y a Daniel, afirma:

la cuarta bestia de la profecía de Daniel es el Imperio romano; por lo tanto, ‘la bestia’, en la cual la mujer [Babilonia] está sentada, es ese mismo Imperio”. Y en el mismo contexto añade una frase todavía más áspera: “Indudablemente la Escritura habla de Roma como de un enemigo más inveterado de Dios y de sus santos que la misma Babilonia; habla de ella como la impureza y ruina del mundo.

En el pensamiento de Newman, por tanto, es posible que Roma sea, al mismo tiempo, obstáculo y trono del Anticristo. Aquello que retiene es también aquello que, una vez pervertido, puede convertirse en sede de una iniquidad superior. El principio romano no es solo el freno del desorden: puede ser también la forma política universal que el desorden necesita para imponerse al mundo.

Desde esta clave, la situación contemporánea se vuelve más inteligible. Si el mundo angloamericano —y singularmente los Estados Unidos— constituye hoy la principal heredera de una cierta universalidad occidental, jurídica, imperial, técnica y financiera, entonces no resulta absurdo pensar que en ese núcleo se concentre la ambigüedad propia del katejón. Allí podrían hallarse, al mismo tiempo, los últimos restos de una capacidad de contención y los primeros contornos del trono usurpado. Allí el obstáculo y la antesala podrían tocarse, tal como parecen hacerlo.

En este punto resulta sugestivo volver sobre la vieja doctrina de la translatio imperii, también mencionada en los comentarios del artículo anterior. El Imperio romano, en sentido histórico-teológico, no es solo un episodio antiguo ya cerrado, sino una forma política cuya energía atraviesa la Cristiandad y sobrevive en sus herencias nacionales. Si esto es así, entonces no parece ilegítimo conjeturar que los grandes Estados-Nación surgidos del despedazamiento de la última Roma —es decir, de la Cristiandad— puedan ser entendidos como aquellos “diez cuernos” en que se fragmenta el poder imperial postrero.

No sostengo esto como una certeza exegética. Lo propongo como hipótesis de teología de la historia. Pero una hipótesis de este tipo ilumina no pocas cosas. Entre ellas, la singularidad angloamericana. De uno de esos diez cuernos surge el último. De Inglaterra emerge Estados Unidos, no ya como mera continuación periférica, sino como radicalización de un principio político, económico y espiritual. Allí se concentra una potencia nueva: expansiva, técnica, financiera, mesiánica, universalista. Y es justamente esa potencia la que puede ser leída, a la vez, como el último estertor del katejón y como el primer resplandor del reino anticrístico.

Por eso conviene ensanchar el análisis y no reducirlo solamente al caso Trump. El fenómeno relevante es más amplio: la nueva derecha internacional. Trumpismo, populismos de derecha, soberanismos, reacciones nacionales contra el globalismo liberal, resistencias culturales a la revolución antropológica, recuperación del vocabulario de frontera, patria, orden, pueblo. Todo eso forma parte de una constelación histórica más extensa que una sola figura. Y justamente por surgir, en buena medida, dentro del ámbito de la Nueva Roma —es decir, del poder occidental contemporáneo en su centro de gravedad norteamericano— esa constelación está marcada por una ambivalencia insoslayable.

Sus defensores no se equivocan del todo. Advierten que en estos movimientos sobrevive algo real: una capacidad de resistencia, un reflejo de autoconservación de los pueblos, una defensa todavía efectiva —aunque imperfecta— de bienes concretos que el globalismo quisiera liquidar sin resto: la frontera, la diferencia sexual, la libertad de palabra, la continuidad histórica de las naciones, la mediación política entre el individuo y el poder total. En ese sentido, la nueva derecha puede comparecer como bien posible: no el bien pleno, no el orden cristiano restaurado, no la solución, pero sí un bien parcial, precario y real, digno de apoyo prudencial precisamente porque conserva algo objetivamente defendible.

Sus detractores, sin embargo, tampoco se equivocan por completo. Ven con razón el riesgo de una falsa restauración, de un cesarismo plebeyo funcional al mismo sistema que dice combatir, de una energía política que, sin romper con los supuestos más hondos del orden liberal-imperial, termine reforzándolo. Ven también la mezcla de pseudonacionalismo, poder financiero, sionismo, religión civil y oportunismo electoral que acompaña a no pocos de estos movimientos. En ese sentido, la nueva derecha puede aparecer como mal menor: no porque sea buena, sino porque acaso contribuya a evitar un mal mayor, más rápido, más nihilista y más explícitamente anticristiano.

Es aquí donde la cuestión exige una precisión mayor de la que suele concedérsele. El “bien posible” no es el bien pleno, pero sí un bien real, aunque limitado e históricamente condicionado. Es una posibilidad efectiva de conservación, restauración o defensa de algo objetivamente bueno. No se lo elige solo porque evita algo peor, sino porque contiene en sí mismo un principio positivo de orden, de justicia o de salud política. En el plano histórico-teológico que estamos comentando, el bien posible es el katejón

Por el contrario, se llama coloquialmente “mal menor” a casi cualquier opción tolerable frente a una peor. Pero esa expresión, usada sin rigor, termina embotando la inteligencia moral. El mal menor sigue siendo un mal. Y precisamente por ser mal no puede ser querido por sí mismo, ni celebrado, ni confundido con una solución. Solo puede ser tolerado o preferido secundum quid, es decir, bajo circunstancias concretas, para evitar un mal más grave que se seguiría de otra opción. El mal menor, en cuanto mal, no se elige ni se busca: se soporta, se permite o se prefiere con tristeza, porque la alternativa es peor. En el plano histórico-teológico, el “mal menor” es el décimo cuerno, aquel que funciona como antesala y trono del Anticristo, como su umbral.

La distinción es decisiva. Confundir ambos planos produce dos errores opuestos. Quien llama bien posible a lo que solo merece tolerancia comparativa cae en idolatría política. Quien reduce a mal menor todo resto de resistencia efectiva condena la política a una pura administración de daños y se vuelve incapaz de reconocer la supervivencia de bienes concretos en medio de la ruina.

Tal vez la nueva derecha internacional deba ser pensada precisamente así: como katejón y como trono, como bien posible y como mal menor. En tanto fuerza de contención frente a la disolución progresista-globalista, puede ser bien posible. En tanto movimiento nacido y operante dentro de la misma estructura imperial que podría servir de base al dominio final, puede ser mal menor. Esa doble condición explica, mejor que muchas invectivas o entusiasmos, por qué divide también a los nuestros.

La lección, en todo caso, es clara. No se nos pide adorar el dique. Tampoco ignorarlo. No se nos pide canonizar a la nueva derecha. Tampoco demonizarla por simple pereza intelectual. Se nos pide algo más difícil: discernir si en ella actúan todavía una fuerzas de resistencia que merezcan apoyo prudencial, sin olvidar jamás que el mismo poder que hoy contiene puede mañana servir de trono.

En este punto se impone una precisión ulterior, que por ahora solo puede formularse de modo alusivo. La nueva derecha internacional conserva su reducida función de contención mientras permanece unida a la defensa real de bienes políticos concretos. Pero cuando esas mismas banderas empiezan a subordinarse simbólicamente a lealtades, prioridades y alineamientos que desbordan el bien político propio de las naciones concretas, la ambigüedad deja de ser accidental y empieza a revelar algo más profundo y preocupante. Hay ciertos entusiasmos selectivos, obediencias curiosas y alineaciones geopolíticas que permiten entender muchas cosas sin necesidad de explicitarlas. Posiblemente sea esta la clave para juzgar cuándo se ha cruzado un umbral del cual ya no hay retorno.

Esa es, en definitiva, la tragedia de nuestro tiempo. Que el último obstáculo y el primer asiento del enemigo puedan empezar a confundirse. Y que la lucidez consista, precisamente, en no dejar de distinguirlos.

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