El lunes 18 de mayo, Mons. Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, emitió un comunicado que fue publicado en su Instagram y en el Facebook de la Pastoral de Comunicadores de Mendoza. Además, se procuró una entrevista en Radio Maria, una nota en el diario Los Andes [que duró apenas un par de horas en el portal] y réplicas en otros medios de prensa, también de existencia efímera. En él, el arzobispo busca rebatir una noticia que dimos en este blog la semana pasada. Respetuosamente, responderé a la nota de quien es mi “padre obispo”.
Lo que primero que salta a la vista de quien está mínimamente versado en lógica, es el recurso que hace Mons. Colombo a las falacias, concretamente, a la falacia del “hombre de paja”. Construye un hombre de paja al que comienza a lapidar, pero lo cierto es que ese hombre no existe. Afirma que ha “recibido consultas sobre una supuesta sanción vaticana que me habría sido impuesta por motivos litúrgicos”. Yo desconozco si tales sanciones existen; lo que yo dije en el post fue que “oficiales del dicasterio de Culto Divino habrían tenido «conversaciones» con el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y arzobispo de Mendoza, Mons. Marcelo Colombo, y con el obispo de San Luis, Mons. Gabriel Barba, en las cuales los habrían reconvenido por las legislaciones restrictivas que aplicaron en sus diócesis con respecto al modo de recibir la comunión”. Esta información me llegó por dos fuentes inobjetables, totalmente independientes una de otra. Y las fuentes fueron tan claras como lo fui yo: se trató de conversaciones, de tono más bien amigable, en las que se le recordaba a estos dos obispos que los fieles tienen plena libertad para elegir el modo de recibir la eucaristía que prefieran y que, llegado el caso de que las denuncias ante el Vaticano continuaran, el dicasterio no podría sostener las disposiciones restrictivas aplicadas en San Luis y Mendoza.
Una conversación con autoridades vaticanas es algo muy distinto a una sanción vaticana. Una reconvención o corrección informal por parte de oficiales de un dicasterio no es una sanción canónica formal. Mons. Colombo responde a lo que yo no dije, crea un “hombre de paja”, y lo apedrea. En ningún momento afirma que las conversaciones con el Dicasterio de Culto Divino no ocurrieron. Solo niega la “sanción” y la existencia de “comunicaciones oficiales”. Si las conversaciones nunca ocurrieron, sería muy sencillo decirlo directamente: “Nunca hubo ningún contacto del Dicasterio de Culto Divino conmigo en relación con este asunto”. La ausencia de esa negación directa y específica es elocuente.
Por otro lado, se observa que la mayor parte del comunicado no está dedicada a demostrar que los hechos son falsos, sino a descalificarme: anónimo, cobarde, difamador, obsesionado, patológico. Este es un recurso clásico —la falacia ad hominem—, cuando no se puede refutar el contenido. La pregunta que queda abierta es: ¿el hecho que se narra ocurrió o no?
Llama la atención también la petitio principii que aparece al inicio mismo del texto. El título y la estructura de la circular asumen desde el inicio que lo publicado es una “mentira” y una “fake news”. Pero esa es precisamente la cuestión que habría que demostrar. Se presenta como probado aquello que está en disputa, y que Mons. Colombo no prueba. En el mismo sentido, se cita a León XIV para revestir de autoridad la posición propia, y luego se construye una narrativa de persecución personal (“me duelen las mentiras”, “mis familiares sufren”), a fin de lograr la simpatía y compasión de los lectores. Ambos recursos son legítimos retóricamente, pero no aportan ninguna prueba sobre si las conversaciones con el Dicasterio ocurrieron o no.
La conclusión entonces con respecto al objeto mismo del comunicado, es que Mons. Colombo responde a lo que nadie dijo. Es decir, no responde en absoluto y, como se dice vulgarmente, “esquiva el bulto”.
Pero hay varios elementos más que creo necesario responder. El presidente de la CEA hace pivotear toda su argumentación en el “bien del pueblo de Dios”. El problema es qué es lo que entendemos por “bien”. No me parece a mí que sea un bien para el pueblo de Dios que Mons. Colombo justifique al sacerdote que negó la comunión y maltrató a un joven que se arrodilló para recibirla, tal como informamos aquí. No pareciera tampoco ser un bien al Pueblo de Dios que el mismo prelado adhiriera públicamente a la marcha LGBT+ que se realizó en Argentina el año pasado e, indirectamente, invitara a ese pueblo fiel a participar en ella, tal como informamos aquí. Y tampoco pareciera serlo la organización en su arquidiócesis del recital de música electrónica con la presentación estelar del P. Guilherme para celebrar la fiesta patronal, como anunciaron los medios de prensa. Y podríamos así seguir repasando los numerosos «bienes» que el padre obispo le dispensa a los fieles que le fueron confiados.
Mons. Colombo afirma, además, que mis actitudes “dañan la comunión eclesial”. Yo me pregunto si las medidas restrictivas que él dispone para recibir la Eucaristía o, por ejemplo, la prohibición (verbal) de que en las misas de su diócesis se cante en latín, medidas todas que contradicen lo querido y mandado por la Iglesia, no es “dañar la comunión eclesial”.
Más adelante, el arzobispo de Mendoza dice que el autor del blog “no respeta la buena fama de los demás, manipula y ridiculiza cuanto expresamos públicamente con nuestro nombre y apellido. Y al mismo tiempo incurre en una gran contradicción: reclama transparencia para toda la Iglesia mientras administra un espacio donde no existe posibilidad de comentarios, aclaraciones ni derecho a responder si no es en total conformidad con sus pensamientos y actitudes”. Yo le pido a Su Excelencia que me diga cuándo y cómo he sido irrespetuoso con su buena fama: yo me he limitado a comentar y criticar, ásperamente en muchas ocasiones, sus actos de gobierno y sus declaraciones públicas. Nunca he emitido juicios que pudieran llevar a la difamación y la calumnia sobre cuestiones reservadas y que como tal deben permanecer, y mucho menos he juzgado intenciones.
Y es asombroso y casi cínico que diga que no existe “derecho a responder”, justamente Mons. Colombo que no permite comentarios en su cuenta de X y que cerró esa posibilidad en su cuenta de Instagram, eliminando la catarata de opiniones adversas que había recibido a raíz de la circular. Por otro lado, en ningún momento envió un comentario al blog o un mail a la dirección que figura en la página pidiéndome ejercer su derecho a responder; lo que hizo fue responderme a través de los canales oficiales de su arquidiócesis, de medios televisivos y del diario más antiguo y prestigiosos del interior del país. ¿Tengo yo, acaso, esas posibilidades de respuesta? ¿Quién es el que no puede responder? Por eso mismo, invito públicamente a Mons. Marcelo Colombo a que me envíe a mi dirección de mail su respuesta a mi post, y lo publicaré gustosamente. Lo único que le pido es que responda a lo que yo dije, y no a lo que no dije.
Pero más allá de eso, es cuestión de que Mons Colombo repase los comentarios que publico, tanto en el sitio actual como en el anterior, y podrá ver la diversidad de opiniones, muchas veces diametralmente opuestas a las mías, que figuran. Más aún, en ocasiones he publicado esas opiniones disidentes como artículo, para que sean más fácilmente leídas y discutidas. Y agrego más: hasta el mismo cardenal Víctor Fernández publicó un comentario muy duro en mi blog cuando lo denuncié por haber pronunciado una herejía cuando aún era arzobispo de La Plata, y yo publiqué su comentario como artículo. Puede verlo aquí. Y agrego más aún: el mismísimo lunes 18 de mayo publiqué un artículo en el que, contra la opinión de la mayor parte de mis lectores, defendía al cardenal Fernández por su postura con respecto a la Corredención mariana. Como he dicho en numerosas ocasiones, los únicos comentarios que no publico son aquellos que sostienen el sedevacantismo, errores doctrinales, noticias falsas, chismes, insultos o incitaciones a la violencia.
Me ha llamado particularmente la atención la marcada actitud clericalista expresada por Mons. Colombo al afirmar que “también otros obispos, sacerdotes y laicos, ¡incluso los Papas! han sido atacados muchas veces por el autor del blog en cuestión”. Haciendo caso omiso a las enseñanzas del Papa Francisco, que nos alertaba contra el clericalismo, el padre obispo considera que la casta clerical no debe ser criticada por los laicos. Y señalo que yo critico, es decir, emito juicios razonados sobre declaraciones o actos públicos de miembros del clero; no los ataco, que es algo muy distinto y grave, y de lo cual me acusa falsamente el arzobispo mendocino.
Por otro lado, el mismo Francisco hablaba de la necesidad de la parresía en la Iglesia y nos insistía con la actitud de sinodalidad que debe caracterizar a la Iglesia en salida. Es eso lo que humildemente intento hacer: practicar la parresía o decir la verdad con valentía, sin reservas y sin cálculo de las consecuencias, y practicar la sinodalidad, brindando mi opinión sobre la Iglesia y sus pastores a través del medio que tengo disponible. Pero cuando a Mons. Colombo se le habla con parrresía o sinodalmente, sea un sacerdote de misa y olla, o un simple fiel como yo, caen los castigos y los exilios a las parroquias más alejadas para ellos, y los insultos y las descalificaciones para nosotros.
Pensemos: si en la historia de la Iglesia los obispos hubiesen tenido la misma actitud violenta e intransigente del arzobispo de Mendoza con respecto a los sacerdotes y laicos que lo critican, San Pedro Damián no sería doctor de la Iglesia, y la Divina Comedia de Dante sería sustancialmente más breve.
Inmediatamente después, Mons. Colombo dice que “llama la atención su obsesión por comentar el cuerpo o la imagen de otros”. Le agradecería que me dijera en qué artículo aparecen esas obsesiones que él ha detectado. Si se refiere al mote con el que lo conocen sus hermanos obispos y buena parte del clero argentino, no es mi culpa: pídale a ellos que terminen con el bulling. Si se refiere a algunas fotografías que he publicado del cardenal Víctor Fernández, debo decirle que todas ellas han sido tomadas del Facebook personal del purpurado o de medios de prensa que lo han fotografiado con su consentimiento.
Finalmente, debo decir que me ha asombrado la violencia del escrito de Mons. Colombo, en el que no ahorra insultos y descalificaciones hacia mi persona. No escatima tampoco amenazas, ya no sólo contra mi sino también contra los lectores que hacen circular en las redes sociales los artículos del blog. En efecto, nos vaticina castigos en el infierno (“es pecado”), persecuciones legales («sus números (?) quedan registrados») y persecuciones canónicas («he informado a mis superiores de Roma de la situación» [¿Desde cuándo los obispos tienen superiores? Creo que falta una relectura de Lumen gentium]).
Padre obispo: no se deje ganar por la ira; no he dicho ninguna herejía, no he profanado la Eucaristía, no he cometido ningún sacrilegio; solamente he criticado algunos de sus actos de gobierno. Espero que este tipo de reacciones tan desmedidas que ha tenido para conmigo no sea las que habitualmente tiene hacia sus colaboradores más cercanos, sus sacerdotes y los fieles, cuando alguno de ellos lo contraría o cuestiona. Sería gravísimo para el bien de las almas, incluida la suya, por la que rezo filialmente, a la vez que agradezco las oraciones que Vd., mi padre y pastor, eleva por este pobre servidor.
P.S. 1: Decía más arriba que Mons. Colombo debió cerrar los comentarios en su cuenta de Instagram el martes pasado por la mañana. Desde que publicó su circular el lunes por la tarde, se llenó de opiniones fuertemente adversas a él y a su gestión. Aquí tienen las captura de pantalla de algunos de ellos:
El vocero de la Conferencia Episcopal Argentina, P. Máximo Jurcinovic, se apresuró a publicar en su cuenta oficial de X la circular, acompañada de untosas palabras típicas de muchos clérigos. Como respuesta, recibió sólo ¡cuatro! comentarios, todos ellos críticos de Mons. Colombo:
Lo que me llama poderosamente la atención —y lo digo sinceramente—, es la falta de conexión con la realidad que tienen nuestros pastores. El arzobispo me acusa en la entrevista en Radio María de estar enajenado de la realidad pues me pasaría el día “mirándome el ombligo”. Pues lo cierto es quien está fuera de realidad pareciera que es él y sus colegas, como el P. Jurcinovic. ¿Pensaba en verdad que los comentarios que iba a recibir por su circular iban a ser positivos y laudatorios? ¿No han caído en la cuenta todavía por dónde va el sentir del “Pueblo de Dios”? Ciertamente, dirá que los comentadores pertenecen todos a la Internacional Tradicionalista, que están confabulados entre él y sus amigos, y que dañan la comunión eclesial. Quizás convendría que recordara que el sensus fidei del Pueblo de Dios no es un ruido de fondo que se pueda ignorar cómodamente: es, según la propia doctrina de la Iglesia, un locus theologicus.
P.S. 2: El martes pasado, el gobierno argentino nombró al nuevo Secretario de Culto y Civilización, Agustín Ezequiel Caulo, una semana después que se anunciara el nombre del nuevo Nuncio Apostólico. Era un puesto que había que cubrir con cierta urgencia porque esta semana viaja a Roma una delegación de la cancillería a fin de organizar con el Vaticano el viaje del papa León XIV a Argentina. Será, como ya dijimos, a fines de noviembre y durará tres días. Visitará las ciudades de Buenos Aires y Córdoba, y es posible que se añada una tercera.



