
En su momento, debatimos en este espacio la dolorosa cuestión de las consagraciones episcopales que llevará a cabo la FSSPX. Mi temor es que, aún comprendiendo las razones de la decisión tomada, la Fraternidad se aleje definitivamente de la unidad canónica de la Iglesia, y ejemplos históricos nos muestras que esas iniciativas siempre terminaron mal. Sin embargo, ha sido un enorme alivio leer la carta del P. Davide Pagliarani que se conoció a fines de la semana pasada. Se trata de un texto que rezuma el espíritu católico que pocas veces se encuentra en la literatura episcopal de las últimas décadas, en el que explica a sus sacerdotes y fieles como prepararse y con qué virtudes acoger las consagraciones episcopales. Me ha parecido oportuno abundar en el tema publicando el siguiente artículo de un testigo viviente de la lucha por la tradición de la Iglesia desde los inicios mismos del problema.
por Christian Marquant
El papa León XIV había anunciado la pacificación de la Iglesia, y he aquí que estalla la noticia de las consagraciones episcopales de la FSSPX. ¿Cómo gestionar este asunto? Roma creyó haber dado con la solución ideal: remitirse a la «jurisprudencia de 1988».
El cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se había encargado del asunto y dialogó con monseñor Lefebvre; su sucesor, el cardenal Fernández, recibe al padre Davide Pagliarani.
Al fracasar las negociaciones de 1988, Juan Pablo II, el 9 de junio de 1988, exhortó a monseñor Lefebvre
a renunciar a [su] proyecto que, de llevarse a cabo, no podrá sino aparecer como un acto cismático.
Dado que la «negociación» entre Fernández y Pagliarani, que duró apenas una hora, no dio ningún resultado, el cardenal Fernández hizo saber a quien quisiera escucharlo que el decreto de excomunión estaba listo y declaró que «este gesto [las consagraciones anunciadas] constituye un acto cismático».
El cardenal Ratzinger prometía a todos los sacerdotes y seminaristas de la FSSPX que no quisieran seguir a monseñor Lefebvre tras la consagración autónoma de cuatro obispos, que organizaría una estructura para acogerlos; el cardenal Fernández da a entender a los pocos sacerdotes de la FSSPX que han manifestado inquietudes que se encargará de reubicarles en diócesis o institutos.
A pesar de las ambigüedades de la iniciativa de Ratzinger, esta asumía el riesgo de instaurar la liturgia tradicional en el seno de la Iglesia, lo que permitió que dicha liturgia prácticamente duplicara su presencia: a los obispos, sacerdotes, seminaristas, centros de misas y escuelas de la FSSPX, se sumaron los de los institutos Ecclesia Dei e incluso los de las propias diócesis, sin contar a los cardenales y obispos —el cardenal Ratzinger a la cabeza— que celebraron, ordenaron y confirmaron según el rito antiguo. La iniciativa de Fernández es claramente más mezquina y forzada.
Y es que los elementos del contexto son totalmente diferentes. Aunque se mantuvo muy conciliar (por ejemplo, la jornada de Asís), el pontificado de Juan Pablo II se esforzó por una sana interpretación del Concilio (por ejemplo, la declaración Dominus Jesus, que, en 2000, intentó enmarcar el diálogo interreligioso, aunque es cierto que dando todas las garantías requeridas al ecumenismo). Hoy, por el contrario, nos encontramos en una fase ultraconciliar del posconcilio.
Joseph Ratzinger sentía gran empatía por el vetus ordo y por quienes se sentían vinculados a él, y contaba con numerosos amigos entre sus comunidades, sus sacerdotes y sus fieles. Este mundo es ajeno al papa Prevost y, con mayor razón, al cardenal Fernández; el primero, sin duda, hace esfuerzos, pero los hace para «informarse» sobre un fenómeno que sabe que está en auge, cuyo carácter «candente» le asusta y que le sigue resultando ajeno.
Las diversas medidas de Joseph Ratzinger y luego de Benedicto XVI (documentos de 1984, 1988, 2007) hicieron pasar el conjunto de la liturgia tradicional de la tolerancia al derecho. Por el contrario, desde Traditionis custodes se ha retrocedido a la tolerancia menos generosa posible: misa concedida, permisos otorgados con cuentagotas a los sacerdotes diocesanos, sacramentos tradicionales teóricamente prohibidos.
Es, pues, evidente que no se hace nada, absolutamente nada, para que se escuche a la FSSPX, ni para intentar preparar, ni siquiera de lejos, la elaboración de una solución canónica aceptable. Y además, todo, absolutamente todo, empuja a los tradicionalistas «oficiales», sacerdotes y fieles, a quienes se sigue queriendo reducir, controlar y marginar, a mirar con simpatía a sus hermanos de la Fraternidad San Pío X y a establecer con ellos la mayor permeabilidad. ¡Qué formidable oportunidad de pacificación se está dejando pasar!
¡No hay libertad para los enemigos de la libertad! ¡No a la libertad conciliar para los críticos del Vaticano II! Es la eterna paradoja: en un momento en que solo se habla de ecumenismo con los «hermanos separados», a quienes nunca jamás se calificaría de «cismáticos», y para quienes se ha inventado esa bonita fórmula de cortesía de la «comunión imperfecta», la Roma de hoy fulmina contra aquellos de entre sus hijos que cometen el error de creer y actuar como creyeron y actuaron sus padres, con viejas sanciones que había relegado al polvo de los museos.
Recen, queridos amigos, para que, a pesar de todo, llegue la paz de la Iglesia, que pasará necesariamente por la paz litúrgica.
Fuente: Paix Liturgique