Mons. Jorge García Cuerva y la instrumentalización de lo sagrado

Mons. Jorge García Cuerva, no-cardenal arzobispo de Buenos Aires, no defraudó a nadie con la homilía que pronunció en el Te Deum del 25 de mayo en la catedral del Buenos Aires en presencia del presidente de la Nación y todo su gobierno.

Comenzó mostrando su total desprecio tanto por el significado de la fecha como por el mismo gobierno vistiéndose como se vistió: la simple sotana filetatta de calle, a la que solamente sumó una horrible estola blanca en el momento del sermón. Es decir, despojó del carácter litúrgico a un acto que es litúrgico por naturaleza. Los ornamentos que debería haber usado, propios de la ocasión, son el roquete, estola, capa pluvial y las insignias pontificales de mitra y báculo. El problema no es tanto el desprecio hacia un gobierno que detesta; en última instancia, tiene derecho a ser peronista y, por tanto, despreciar todo lo que no pertenezca a esa facción política. El problema es que el Te Deum no es un acto político sino institucional; es el acto religioso, el último que queda, en el que se expresa la acción de gracias de la nación por ser justamente una nación. Él, García Cuerva, la despoja de toda solemnidad y, mucho peor aún, lo despoja del carácter litúrgico, sobrenatural, latréutico, y lo convierte en un paso obligado más del día patrio, como comer pastelitos o bailar el pericón. Peor todavía, porque los que bailan el pericón se visten con ropas típicas, y hasta los niños se disfrazan con gozo de damas antiguas, de caballeros con galera y de negros mazamorreros.

Esta instrumentalización de lo sagrado es gravísima porque, tal como hacía Jorge Mario Bergoglio, utiliza, como un instrumento, la tradición nacional para tener una tribuna desde la cual hablar a un público cautivo, en la cual indefectiblemente, se dedicará a las intrascendencias previsibles y a los lugares comunes de todos los años. No me interesa aquí hacer la crítica de lo que dijo; ya se encargaron de eso las redes sociales (¿emitirá el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina una nueva circular acusándolos de difamar al arzobispo porteño desde el anonimato?); no me interesa tampoco señalar la inanidad constitutiva de la sesera archiepiscopal porteña que le impide remontarse, aunque sea unos centímetros por encima del suelo. Y le impide tambien darse cuanta que, cuando se queja de la calidad de los dirigentes que tiene el país, deberá mirar primero la calidad de los obispos. Ve la paja en el ojo ajeno, y es incapaz de ver la viga en el suyo propio.

Lo grave, lo terrible, lo blasfemo, es instrumentalizar lo sagrado, es decir, el culto y la liturgia, para encaramarse a una tribuna desde la que pretende ejercer su actividad de militante peronista. Y el caso más patente no fue el Te Deum del lunes pasado, sino la misa militante del domingo 17 de mayo, en una de las villas miseria de Buenos Aires. La celebró al aire libre, con una enorme foto del P. Carlos Mujica (icono de la lucha armada de los ’70, en la que se desempeñó como capellán de Montoneros) como telón de fondo y vistiendo una casulla se vio reducida a un cartel de militancia con eslóganes. Allí, alimentando el peronismo nativo de los villeros -del más que reducido grupo que asistió a esa misa- criticó ásperamente un operativo policial realizado días antes en el que el Estado, ejerciendo las funciones que le son propias, detuvo a un buen número de narcotraficantes y otros tipos de delincuentes. Allí, se dedico a reivindicar a las villas por las villas mismas, el famoso pobrismo que aprendimos de Bergoglio, a exaltar el estilo de vida villero y a abogar para que las villas sigan siendo villas, y los pobres sigan siendo pobres; es decir, a que las usinas del peronismo sigan instaladas en Buenos Aires y en su conourbano.

Probablemente tenga él el derecho a sostener públicamente esas ideas porque se trata de un militante peronista, aunque me parece que está en conflicto con su carácter de arzobispo de todos los porteños, también de los radicales y de los libertarios. A lo que seguramente no tiene derecho es a utilizar a la liturgia, al culto divino, para sus fines mezquinos y partidarios. Se trata de un hecho gravísimo; una profanación en el sentido más estricto de la palabra, porque roba del terreno de los sagrado lo más sagrado , y lo arroja al terreno de los mundano. Mons. Jorge Garcia Cuerva transgrede una y otra vez el umbral que separa lo sagrado de lo ordinario, y arroja las perlas a los cerdos.

A veces pienso cuál es la fe que tienen nuestro pastores; ¿no pensarán en el día de su muerte?

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