La torre y el katejón: el caso de Peter Thiel (o el Apocalipsis según Silicon Valley)

Por Raniero da Fiore

Hace algunas semanas, a raíz de un artículo publicado en estas páginas sobre el katejón, un lector deslizó en los comentarios una sospecha tan extravagante como halagüeña: que quien firmaba bajo el nombre de Raniero da Fiore no era otro que Peter Thiel. Confieso que la hipótesis me tomó por sorpresa. No conocía entonces suficientemente al personaje, aunque admito que la confusión tenía, al menos, una ventaja imaginaria: hubiera resuelto de golpe algunas urgencias materiales que suelen acompañar a quienes escriben sobre el fin de los tiempos sin haber tomado la precaución de invertir en Silicon Valley.

La broma, sin embargo, no carecía de interés. Porque detrás de esa identificación imposible aparecía una coincidencia real: el viejo término paulino katejón, durante siglos custodiado por la exégesis cristiana y luego reactivado por algunos pensadores políticos modernos, ha comenzado a circular también entre los ideólogos de la nueva derecha tecnológica. Que una palabra nacida en el horizonte del Anticristo haya llegado hasta los laboratorios, las plataformas y las fortunas del mundo digital no deja de ser un signo de los tiempos. Acaso convenga, entonces, detenerse un momento en este personaje de la política contemporánea.

Peter Andreas Thiel nació en Frankfurt, Alemania, en 1967 y se formó en Stanford, EEUU, donde estudió filosofía y derecho. Su figura pública pertenece, sin embargo, al mundo de Silicon Valley: cofundó PayPal, fue uno de los primeros inversores externos de Facebook, cofundó Palantir Technologies y luego Founders Fund. Desde allí se convirtió en uno de los nombres más influyentes —y más incómodos— de la derecha tecnológica norteamericana. Un tipo contradictorio, sin dudas, capaz de criticar agresivamente los lugares comunes del wokismo, al mismo tiempo que confiesa ser un gay “orgulloso” de sí mismo. En los últimos años, además, su órbita comenzó a rozar de un modo cada vez más visible la Argentina de Javier Milei: reuniones en Casa Rosada, afinidades libertarias, eventuales intereses estratégicos y, según la prensa, la compra de una mansión en Barrio Parque que sugiere algo más que una visita pasajera. Que el exégeta tecnológico del Anticristo parezca buscar una suerte de refugio austral en el experimento libertario argentino no deja de añadir una nota local, casi providencialmente irónica, a este asunto.

En política, Thiel se ha definido durante años por una desconfianza radical hacia la democracia liberal y sus mecanismos de administración mayoritaria. En su ensayo “The Education of a Libertarian”, publicado en 2009, escribió una frase que se volvió célebre: “I no longer believe that freedom and democracy are compatible”. No se trata de una simple provocación. Allí aparece el núcleo de su antigua sensibilidad libertaria: la sospecha de que la democracia moderna, lejos de proteger la libertad, tiende a sofocarla mediante burocracias, consensos obligatorios y expansión indefinida del poder público.

Pero el interés principal de Thiel, para nuestro asunto, no está sólo en su crítica de la democracia, sino en el giro escatológico de su pensamiento. En “Against Edenism”, publicado en First Things, Thiel rechaza la nostalgia de un retorno al jardín originario y escribe:

“La ciencia y la tecnología son aliadas naturales de este optimismo judeo-occidental, especialmente si permanecemos abiertos a un marco escatológico en el que Dios obra a través de nosotros en la construcción del reino de los cielos hoy, aquí en la Tierra; un marco en el que el reino de los cielos es a la vez una realidad futura y algo parcialmente alcanzable en el presente”.

La frase condensa la ambigüedad de Thiel: milenarismo intramundano, sensibilidad judaizante, tentación gnóstica y baconismo tecnológico en una misma fórmula. Dios “obra a través de nosotros”, pero ese “nosotros” suena demasiado a élite de fundadores, técnicos e inversores. El Reino sigue siendo futuro, pero ya aparece como parcialmente construible aquí abajo. La Jerusalén deja de descender; empieza a proyectarse.

Aquí aparece Babel. Y, con ella, Bacon, a quien el propio Thiel cita en su artículo. El ideal de La nueva Atlántida no está tan lejos de la Torre: una humanidad organizada por el saber técnico, capaz de construir para sí una morada definitiva, una ciudad autosuficiente, una casa levantada desde la tierra contra los límites impuestos por Dios. La escatología del magnate conserva nombres cristianos, pero respira una atmósfera baconiana y babilónica. Ve el peligro de la jaula global; no ve con igual nitidez el peligro de la torre.

En los últimos años, esta dimensión se ha vuelto todavía más explícita. Thiel ha hablado públicamente sobre teología política, René Girard, Carl Schmitt, el katejón, el milenarismo y los riesgos existenciales. En 2025 realizó además una serie de conferencias sobre el Anticristo. Según las crónicas disponibles, allí definió el foco de su exposición con estas palabras:

“an evil king or tyrant or anti-messiah who appears in the end times”.

Más allá del carácter fragmentario y polémico de esas conferencias, el dato es revelador: uno de los hombres más influyentes de Silicon Valley ha comenzado a interpretar la política mundial con categorías tomadas de la escatología cristiana.

Antonio Spadaro, jesuita bergogliano y director de La Civiltà Cattolica, en una crítica reciente a estas conferencias romanas, observó con razón que Thiel organiza su interpretación en torno a una oposición demasiado rígida entre katechon y eschaton. La reconstrucción que hace Spadaro revela un pensamiento bastante inaudito y contradictorio. De un lado quedaría lo que Thiel llama “paganismo cristiano”: Constantino, la violencia sagrada, la riqueza dinástica, el conservadurismo nacional y la Misa tridentina [sic]; del otro, un “hipercristianismo” identificado con la no violencia, la teología de la liberación, la renuncia al poder y figuras como Madre Teresa. Querido lector, no es un error de tipeo: para Thiel, la liturgia tradicional parece formar parte del katechon, no como anticipación directa del Reino, sino como resto de un orden sacral capaz de contener la disolución. Al menos según nos lo cuenta Spadaro, pues el contenido completo de esas conferencias no está publicado. El jesuita acierta en su crítica fundamental a la simplificación ideológica de la historia cristiana y a la inmanentización geopolítica del Apocalipsis en clave thieliana.

Mientras tanto, en nuestra querida ínsula Barataria, esta retórica bastó para escandalizar al periodismo progresista, que sólo tolera el Apocalipsis cuando viene traducido al lenguaje del cambio climático. Página/12 le dedicó una espantada semblanza y Ernesto Tenembaum, desde su editorial en Radio con Vos, se asomó también al asunto con esa mezcla tan suya y tan farisaica de perplejidad ilustrada y alarma republicana. El momento más memorable fue escucharlo luchar a brazo partido con la palabra katechon, que sobrevivió a San Pablo, a Carl Schmitt y a Silicon Valley, pero casi no sobrevive a la fonética radial tenembauiana (minuto 48). Con todo, Tenembaum señaló algo que merece atención: en la reconstrucción de Thiel, el papa León XIV y su encíclica quedarían inquietantemente cerca del dispositivo anticrístico, no por negar a Cristo de modo frontal, sino por participar de esa lógica de regulación mundial, humanitarismo tecnológico y pacificación universal que el magnate identifica como antesala del falso mesías.

La intuición más sugestiva de Thiel parece ser ésta: el Anticristo no vendría necesariamente bajo la forma del caos, sino bajo la forma de una pacificación universal; no como violencia desatada, sino como administración planetaria del miedo. Ante amenazas globales, podría aparecer una autoridad capaz de prometer seguridad a cambio de libertad, supervivencia a cambio de obediencia, paz a cambio de historia. Esa idea toca una fibra verdaderamente cristiana: la posibilidad de un falso mesías humanitario, filantrópico, razonable, incluso moralmente persuasivo.

La figura de Thiel permite prolongar, casi naturalmente, una línea ya insinuada en Trump y León XIV y en El katejón revisitado: en el primero, el problema aparecía bajo la forma de una sombra fantasmal —degradada, espectacular, inevitablemente grotesca— de la antigua tensión entre poder temporal universal y autoridad espiritual universal; en el segundo, la pregunta se desplazaba hacia la posibilidad de que ciertos movimientos de la nueva derecha internacional funcionaran todavía como fuerzas de contención frente a la disolución revolucionaria, o estuvieran ya demasiado capturados por aquello mismo que pretendían contener. De un texto al otro, el asunto pasaba así del viejo conflicto entre imperium y sacerdotium a una cuestión más inquietante: si el presunto dique contra la revolución sigue hecho de algún resto de orden cristiano, o si no empieza a levantarse con los mismos materiales del desorden que dice resistir.

Thiel introduce un tercer momento, acaso más revelador que los anteriores. La nueva derecha tecnológica no sólo combate al progresismo, a la burocracia liberal o a la administración mundial del miedo; comienza a interpretar su propia misión en clave de Anticristo, katejón, fin de los tiempos y pacificación universal. Cuando esa contención pretende elevarse a escatología sin pasar por la Iglesia, por la Cruz y por la obediencia a Cristo, el obstáculo deja de ser una figura subordinada al misterio de la Providencia y se convierte en mito legitimador de una voluntad de poder. Lo que era prudencia política empieza entonces a sonar como misión histórica; lo que era resistencia al desorden adquiere los tonos de una auto-investidura providencial.

Thiel representa ese punto crítico con una nitidez casi pedagógica. En él, la denuncia del gobierno mundial, de la pacificación tecnocrática y del falso humanitarismo universal convive con una confianza contranatura en la potencia técnica del hombre. Por eso su caso resulta tan útil: muestra que la nueva derecha puede descubrir el vocabulario del Apocalipsis y, sin embargo, leerlo desde una imaginación que no es ya la de la Iglesia, sino la de Silicon Valley. Puede hablar del Anticristo, pero imaginarlo sobre todo como enemigo de la innovación; puede invocar el katejón, pero buscarlo menos en un orden cristiano que contiene el misterio de iniquidad que en los fundadores capaces de impedir la estabilización burocrática del mundo.

Su lucidez se detiene antes de lo decisivo. La escatología de Thiel no parece ordenada por la Cruz, ni por la Iglesia, ni por la espera de la Parusía. Está ordenada, más bien, por el miedo al estancamiento. Para él, el drama último no parece ser la apostasía del hombre frente a Dios, sino la clausura de la innovación; no la pérdida de la gracia, sino la posibilidad de que una burocracia mundial impida a la técnica desplegar sus promesas.

Allí el vocabulario cristiano empieza a servir a una imaginación que ya no es cristiana. Se habla del Anticristo, del katejón, del Apocalipsis; pero el centro se desplaza. La pregunta ya no es cómo permanece fiel la Iglesia en medio de la tribulación, sino quién impedirá que una autoridad planetaria detenga la aventura técnica del hombre. Esa diferencia lo cambia todo.

Ante este panorama, nuestra disyuntiva no es elegir entre la Babel burocrática y la Babel prometeica. No debemos arrodillarnos ante el mundo que quiere detener la historia en nombre de la seguridad, ni ante el mundo que quiere consumarla mediante la técnica. Nuestra esperanza no está en el regulador universal ni en el ingeniero redentor; no está en la gobernanza planetaria ni en el transhumanismo baconiano. Está en una ciudad que no se construye desde abajo, sino que desciende de lo alto.

Por eso el verdadero katejón no puede ser la técnica, ni la fortuna, ni el genio de unos pocos, ni la astucia de los estrategas. Todo eso puede contener algo durante un tiempo, pero también puede preparar aquello que dice contener. El obstáculo último contra el Anticristo no es una élite más inteligente, ni una derecha más audaz, ni una innovación más veloz. Es la fidelidad de los santos, la paciencia de la Iglesia, la presencia real de Cristo en medio de un mundo que oscila entre el pánico y la soberbia.

La tentación última será, quizá, una disputa entre constructores. Algunos levantarán la ciudad por miedo, buscando una seguridad perfecta. Otros la levantarán por soberbia, prometiendo al hombre la victoria técnica sobre sus límites. Ambos trabajarán, desde extremos aparentes, sobre el mismo suelo babélico: una humanidad que ya no espera recibir su morada, porque pretende fabricarla.

La esperanza cristiana comienza allí donde esa construcción se interrumpe: en la fidelidad de quienes saben que ninguna torre, ninguna red, ningún imperio de datos y ninguna ingeniería del futuro podrán sustituir a la Ciudad que desciende. Sólo la reconocerán quienes hayan conservado, en medio del vértigo, la humildad de esperar de rodillas.

31 comentarios en “La torre y el katejón: el caso de Peter Thiel (o el Apocalipsis según Silicon Valley)”

  1. Pingback: El Papa y el Anticristo – Wanderer

  2. Avatar de Desconocido Anónimo

    La » lógica de regulación mundial, humanitarismo tecnológico y pacificación universal» me recuerda mucho al mundo gobernado por Julian Felsenburgh en la novela de R.H. Benson

  3. Avatar de Desconocido Anónimo

    La contención y regulación ética de la técnica, a la vez que su promoción, es algo del todo conforme con la fe, como dice Gaudium et spes:

    «Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio». «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo. Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia. Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo». «Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre. Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios«.

      1. Avatar de Desconocido Anónimo

        El que conoce bastante sobre el pensamiento de Thiel es el canadiense Millerman —el traductor «oficial» de Dugin—. Sus videos son un poco plomizos (lee un párrafo y luego lo comenta), pero si aguantan, puede que se lleven algo interesante.

  4. Avatar de Desconocido Anónimo

    Wanderer, noto que filtró mi comentario. Espero sea por lo de otario y no por la extraña coincidencia que marqué entre Thiel y otro crítico argentino de la democracia. A fe que no entiendo el motivo de la censura, pero sus razones tendrá.

    Saludos.

  5. Avatar de Desconocido Anónimo

    Este señor parece el típico producto norteamericano protestante. Lo que le señala no son sus opiniones, porque como esas habrá para dar y tomar; sino que como es multimillonario, puede difundir sus tonterías hasta realmente influir en la ciudadanía.

    Por otra parte lo que hace es lo que Sartre recomendaba a los intelectuales (de izquierda): ser «engagés»

    No es el único: están también los famosos Gates, Soros, Zuckerberg… Y también lo hacen las fundaciones privadas norteamericanas…

    El problema, como yo lo veo, es que, si bien en un país o en una cultura puede haber una religión (en este caso, la católica ), también hay otras, con sus propios dogmas, tradiciones e intereses (protestantismo, comunismo, judaísmo…).

    Entonces resulta que podemos leer algo que creemos neutral (de nuestra propia cultura), cuando realmente es hija de la religión que lo ha parido.

    No digo que a estas alturas vuelva la censura, pero todos tenemos que recordar que toda producción intelectual tiene una teología que esta detrás y que bien puede no ser la nuestra.

    Además eso ayudará a comprender mejor esa producción.

    Volviendo al katejonista de Peter Thiel:

    1. Cualquier cosa que afirme tiene que probarla.
    2. Todo trae consecuencias; queridas o no. Nada es neutral.
  6. Avatar de Desconocido Anónimo

    Esclarecedoras reflexiones las de da Fiore que dejan mucha tela para cortar. No sabía que Peter Thiel es un gay casado con un tal Matt Danzeisen -según averigüé- y celoso de la privacidad de sus dos hijos adoptivos a los que ya anotó en un colegio de Buenos Aires.

    Nunca hubiera imaginado que hubiese tantas «derechas» ideológicas, una católica y otra liberal enemigas de la ideología LGBT, y por lo visto ahora también otra homosexual aliada de esa ideología LGBT. Si bien las tres derechas coinciden en su lucha contra el marxismo que ayer encarnaron la URSS de Lenin y Stalin y hoy la China de Hi Jinping, si escarbamos un poco más descubriremos que todas ellas se hermanan con las izquierdas en la misma utopía, la de construir el paraíso en la tierra tal como Marx lo imaginó con la felicidad que nos traería el comunismo que un día debía reemplazar a la dictadura del proletariado, o bien con la felicidad que Thiel y sus socios de Silicon Valley sueñan que un día nos puede dar la tecnología.

    Está más claro que el agua que hoy la Iglesia enfrenta al enemigo más colosal de todos los tiempos, la Babel de las derechas e izquierdas unidas en un movimiento de pinzas que, para colmo, cuenta con la complicidad de los obispos y cardenales apóstatas que ya se instalaron cómodamente en las altas cumbres del Vaticano.

    Es por demás evidente que ya entramos de lleno en los Ultimos Tiempos tal como San Pablo anunció en su Segunda Carta a los de Tesalónica al profetizar que antes de la aparición del Anticristo la noche de la apostasía caería sobre la Iglesia.

    El que no quiera verlo que no lo vea, pero la Iglesia y el mundo ya están viviendo dos crisis terminales y paralelas y en cualquier momento llegará lo peor, será el día en que el Anticristo entrará triunfalmente en escena. Que nadie se haga el distraído porque eso ya lo tenemos encima.

    De Dios no se burla nadie.

    Fuenteovejuna

    1. Avatar de Desconocido Anónimo

      Exactamente. Son los mismos tontos con distintos tonos, anhelantes de las mañanas que cantan. El problema es que en este mundo no cantan.

      Pero no me apuraría tanto como usted en la inminencia de la Parusía. Tal vez (y es lo que sospecho), no llegará hasta dentro de varios años, cuando esto que estamos viviendo, visto en retrospectiva, nos parezca Disneylandia.

      AVISTADOR DE CHIMANGOS.

  7. Avatar de Desconocido Anónimo

    «La tentación última será, quizá, una disputa entre constructores. Algunos levantarán la ciudad por miedo, buscando una seguridad perfecta. Otros la levantarán por soberbia, prometiendo al hombre la victoria técnica sobre sus límites. Ambos trabajarán, desde extremos aparentes, sobre el mismo suelo babélico: una humanidad que ya no espera recibir su morada, porque pretende fabricarla.

    La esperanza cristiana comienza allí donde esa construcción se interrumpe: en la fidelidad de quienes saben que ninguna torre, ninguna red, ningún imperio de datos y ninguna ingeniería del futuro podrán sustituir a la Ciudad que desciende. Sólo la reconocerán quienes hayan conservado, en medio del vértigo, la humildad de esperar de rodillas.»

    Estos dos último párrafos me han recordado a un escolio de Gómez Dávila: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. El reaccionario anhela su muerte.»

  8. Avatar de Desconocido Anónimo

    Muy buen artículo. Confieso que este Thiel y sus artículos me han incomodado y dejado perplejo.
    Coincido con la tesis principal de Rainiero, pero acotaría lo siguiente:

    Más allá de si recibe el título de “katejon” o no, el movimiento de esta “derecha tecnológica” parece ser un aliado instrumental en la lucha contra el titán burocrático y ateo que nos gobierna; la sabiduría del pequeño resto estará en saber usar esa alianza sin confundirse y pensar que son un nuevo salvador; no olvidemos de ejercitar la astucia que el Señor nos mandata (sicut serpentes).

  9. Avatar de Desconocido Rochus

    Es una ingenuidad creer que el Anticristo se encarna en una persona, en una ideología, en un grupo, etc. El Anticristo se infiltra, se dispersa, lleva adelante una guerra de guerrillas que dura siglos, milenios, es posible que esté un poco en todos nosotros luchando en nuestras almas como en un campo de batalla. La interpretación literal y simplista de conceptos como katejon, Anticristo, Apocalipsis, etc. sólo sirve para confundir. ¿Cuánto dura el “fin de los tiempos”? ¿Unos segundos, unos años, unos milenios? ¿Quién puede pretender saberlo?, ¿No será que todo tiempo histórico es el fin de los tiempos? El deseo de identificar al Anticristo, al katejon y al Apocalipsis es curiosidad insana, como la de Adán y Eva, y la pretensión de reconocerlos es pura blasfemia y un horrible pecado de soberbia:

    En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre. (Mateo 24,36)

    En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre. (Marcos 13,32)

    Para Dios, que vive un instante eterno, puro presente sin pasado ni futuro, el tiempo no existe: el tiempo sólo existe para nosotros.

    Thiel es un pillo ensoberbecido y medio loco que se sirve de una gnosis alambicada y de la ingenuidad incluso de los teólogos para engatusarnos y hacer propaganda para el liberalismo extremo, que a su vez le sirve para lo que es su verdadero fin: satisfacer su codicia y su ego sin límites vendiéndonos sus productos empresariales. Seguramente es uno de los muchos títeres del Anticristo. Si le hacemos caso, nos convertiremos en lo mismo.

  10. Avatar de Desconocido Anónimo

    Secondo Thiel la democrazia è diventata ormai incapace di garantire la stessa sopravvivenza dell’umanità. Da una lato infatti è ormai sempre più evidente la caduta dell’illusione illuministica di un progresso che avrebbe portato pace e sicurezza. Dall’altro lato è sempre più evidente che nel cuore degli uomini e delle società alberga un male “costitutivo” (Renè Girard) molto simile al nostro peccato originale. Tutto questo unito ai gravissimi e diffusi rischi che la tecnologia sta portando con sé (armi distruttive, intelligenza artificiale, vita e microrganismi creati in laboratorio, ecc.) conducono Thiel a formulare questa convinzione: l’apocalisse è alle porte e non c’è più possibilità per la democrazia di fermarla. Secondo lui l’unica possibilità rimastaci è quella di affidare le nostre vite e le nostre società alla potenza di calcolo dei nuovi sistemi di Intelligenza Artificiale ed ai pochi illuminati suoi gestori: solo così si può sperare di fermare l’apocalisse incipiente. Questo sarebbe il katechon (colui che trattiene l’avvento dell’Anticristo). Orbene questo genere di scenario fin troppo realistico e inquietante non ha nulla a che vedere con l’Apocalisse cristiana che si pone al di là della storia e non nella storia. Che dire? Umanamente non ho risposte. Penso tuttavia sia già un passo avanti comprendere cosa stia succedendo. Dio ci benedica.Un caro saluto

  11. Avatar de Desconocido Anónimo

     “Con el siglo XXI entraremos en una nueva era de los titanes que se caracterizará por la liberación de una inmensa cantidad de energía. […] El planeta se verá sometido a una aceleración a la que la humanidad tendrá que adaptarse transformándose a sí misma. Lo viejo habrá de ceder su sitio a lo nuevo. […] Sin embargo, yo estoy convencido de que la poesía no es un lastre inútil, sino que forma parte de la naturaleza del hombre”.

    “No tengo una idea demasiado feliz y positiva. Por decirlo con una imagen, quisiera citar a Hölderlin, que en Pan y vino escribió que vendrá la edad de los titanes. En esta edad venidera el poeta deberá aletargarse. Los actos serán más importantes que la poesía que los canta y que el pensamiento que los refleja. Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la cultura”.

    “Para mí lo importante sigue siendo el Individuo, el gran Solitario, capaz de resistir en las situaciones difíciles para el espíritu, como la que está llegando y que será una nueva edad del hierro”.

    (Ernst Junger en «Los titanes venideros»).

    Armando Elkat Echon

    1. Avatar de Desconocido Anónimo

      Estimado Elkat Echon: gracias por la cita de Junger. Muy apropiada.

      Su curioso nombre me hizo acordar a un célebre escritor: Eldel Van Deryn. Habría que ver las proezas que haría Tenembaum pronunciándolos.

      Saludos.

      Raniero

  12. Avatar de Andrés Battistella Andrés Battistella

    He leído un par de cosas de este Thiel, y concuerdo fundamentalmente con el análisis de Raniero.

    Thiel parece saber mucho de la esjatología, ciertamente, y no me sorprendería que haya leído a Castellani, por ejemplo.

    Pero llega un punto donde uno tiene la sospecha de que, al hablar del Anticristo, está hablando de sí mismo.

    No estoy afirmando que Thiel sea efectivamente el Ánomos… a lo mejor es un candidato.

    Lo que era prudencia política empieza entonces a sonar como misión histórica; lo que era resistencia al desorden adquiere los tonos de una auto-investidura providencial.

    Thiel representa ese punto crítico con una nitidez casi pedagógica. En él, la denuncia del gobierno mundial, de la pacificación tecnocrática y del falso humanitarismo universal convive con una confianza contranatura en la potencia técnica del hombre.

  13. Avatar de Desconocido Anónimo

    No estoy en contra de la ciencia y la tecnología, pero lo de estos muchachos se parece bastante a la torre de Babel.

    Pueden ser aliados contra la izquierda, pero si están a favor de dejar de necesitar de las mujeres para la reproducción de la especie vía incubadoras artificiales, de la eugenesia vía elegir el «mejor» feto en un laboratorio tras análisis de adn, de convertir al hombre en una especie interplanetaria, de la fusión del hombre con la máquina, de la búsqueda de la inmortalidad por métodos científicos, y tantas cosas más que suenan de ciencia ficción pero no son imposibles, la verdad es que no son de nuestro bando, y probablemente terminen persiguiéndonos, o recluyéndonos como una curiosidad antropológica.

    Especialmente escandaloso es el caso de los trabajadores de empresas de inteligencia artificial que creen que están construyendo un dios por las capacidades sobrehumanas de ésta, incluso si el hombre fuera capaz de crear un ser vivo con capacidades sobrehumanas, éste nunca sería un dios sino un hijo de la humanidad.

  14. Avatar de Desconocido Anónimo

    Quién habría dicho que algún día veríamos en la bitácora de Wanderer una defensa (accidental y puntual) de Spadaro. Y frente a nada menos que un magnate de Silicon Valley jugando a ser teólogo. Ciertamente que tiene razón en varias de las cosas que denuncia, pero también está claro lo extraviado de sus soluciones. En cualquier caso, a mí tampoco me vendrían mal las ventajas materiales de las que goza este señor y de las que los comentadores del mundillo tradicional carecemos.

    Loretar

    1. Avatar de Desconocido Anónimo

      Loretar: el primer sorprendido soy yo. No solo terminamos coincidiendo, en algo, con Spadaro, sino que del otro lado aparece un billonario norteamericano, oscuramente tecnologicista, defendiendo la misa tradicional. El caso tiene ya todos los visos de una reducción al absurdo.

      Raniero

      1. Avatar de Desconocido Anónimo

        Lo de reducción al absurdo puede ordenarse. A condición de entender de qué se trata la transición que estamos viviendo ya mismo entre dos eras, del antropoceno al tecnoceno. Estos términos hablan más de hipótesis que de tesis –no podría suceder de otra manera-su función, además, puede despertar atolondrados acerca del horizonte de sucesos al que se dirige nuestra especie (Resistance is futile) y que en el Valle suelen llamar Singularidad.

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