Por Raniero da Fiore
Hubo un tiempo en que la Iglesia todavía sabía combatir con solemnidades litúrgicas. No con declaraciones episcopales redactadas por comisiones, ni con documentos de tono gaseoso, ni con esa jerga pastoral que parece pedir perdón por la mera existencia del dogma, sino con solemnidades litúrgicas: con altares, procesiones, himnos, incienso, campanas, rodillas dobladas y definiciones cantadas. Cuando una verdad era negada, oscurecida o simplemente debilitada por la costumbre, la Iglesia no la escondía en un apéndice doctrinal para especialistas, sino que la elevaba al calendario, la rodeaba de esplendor y obligaba a la ciudad cristiana a mirarla nuevamente.
Algo de eso hay en la solemnidad de Corpus Christi. Su origen no puede reducirse a una piadosa devoción medieval, como si la Edad Media hubiese sido una fábrica de ceremonias encantadoras para uso de turistas litúrgicos. La fiesta nace en el corazón del siglo XIII, en el clima eucarístico de Lieja, bajo el impulso de santa Juliana de Cornillon, y se extiende luego a toda la Iglesia latina por decisión de Urbano IV, mediante la bula Transiturus de hoc mundo, del año 1264. Pero esa historia, ya de suyo significativa, quedó providencialmente asociada al milagro de Bolsena y a la ciudad de Orvieto, donde el Papa residía entonces y donde aún se conserva el corporal manchado por la sangre que, según la tradición, brotó de la Hostia consagrada durante la Misa que oficiaba un sacerdote con profundas dudas de fe.
El milagro, desde luego, no agregó nada al dogma. La Iglesia no necesitaba que la Hostia sangrara para saber que allí estaba el Cuerpo de Cristo. Pero Dios suele hablar también por condescendencia con nuestra torpeza, y a veces permite que lo invisible golpee los sentidos para reprender, más que para convencer, a quienes ya deberían creer. En Bolsena la sangre no hizo verdadero lo que antes era dudoso; más bien acusó la duda de los hombres frente a lo que era ya verdaderísimo. Podría decirse que el corporal de Orvieto no funda la fiesta, pero la ilumina con una crudeza particular: allí donde la fe comenzaba a enfriarse, la Presencia Real dejó una mancha.
Conviene detenerse en la bula de Urbano IV de 1264, porque allí el asunto aparece con una claridad hoy casi inadmisible. El Papa no habla de una celebración comunitaria en torno al símbolo del pan compartido, ni de una experiencia fraterna capaz de expresar vagamente la unidad del pueblo creyente. Habla del Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, de la presencia corporal del Salvador bajo otra forma, pero en su verdadera sustancia. Y, al justificar la institución de una solemnidad anual, escribe esta frase magnífica, que acaso bastaría para incomodar a media eclesiología contemporánea:
Licet igitur hoc memoriale Sacramentum in quotidianis Missarum sollemniis frequentetur, conveniens tamen arbitramur et dignum, ut de ipso semel saltem in anno, ad confundendum specialiter haereticorum perfidiam et insaniam, memoria celebrior et sollemnior habeatur.
“Aunque este Sacramento memorial sea frecuentado en las solemnidades cotidianas de las Misas, juzgamos sin embargo conveniente y digno que de él se tenga, al menos una vez al año, una memoria más célebre y solemne, especialmente para confundir la perfidia y la locura de los herejes.”
La frase no es decorativa. Tampoco debe ser limada para hacerla aceptable al oído contemporáneo. Urbano IV afirma que Corpus Christi tiene, entre otros fines, el de confundir la perfidia y la locura de los herejes. Uno se imagina el escándalo que semejante expresión produciría hoy en ciertos ambientes eclesiásticos, tan dispuestos a dialogar con cualquier negación del dogma y tan severos, en cambio, con quienes se empeñan en arrodillarse ante el Santísimo. La palabra “hereje” les parece intolerable, no porque hayan aumentado en caridad, sino porque han disminuido en fe. El dogma les resulta siempre más incómodo que el error.
Ahora bien, la herejía eucarística no consiste solamente en negar explícitamente la transubstanciación. Esa es su forma más honesta, aunque sea la más brutal. Hay otra modalidad, más sinuosa, más clerical, más propia de la progresía hodierna: conservar las palabras de la fe y vaciarlas mediante los gestos; recitar la doctrina y organizar el culto como si fuese falsa; hablar de Presencia Real mientras se distribuye la Comunión con la ligereza con que se reparte un volante; predicar la Eucaristía como banquete y omitir cuidadosamente que es sacrificio, adoración, propiciación y juicio. Como sabemos, lamentablemente se puede ser materialmente ortodoxo en el catecismo impreso y prácticamente arriano, nestoriano o luterano en el modo de celebrar.
Por eso Corpus Christi sigue siendo una fiesta imperiosamente actual. No solo combate la herejía de quien dice que el pan sigue siendo pan, sino también la herejía práctica de quien, afirmando que es Cristo, lo trata como si siguiera siendo pan. De ahí su necesidad. La solemnidad no añade una verdad nueva, sino que devuelve proporción visible a una verdad olvidada por exceso de costumbre. Si Cristo está realmente presente, la liturgia no puede ser leve, la comunión no puede ser banal, el templo no puede organizarse como salón de usos múltiples, y el sacerdote no puede comportarse como animador de una asamblea que se celebra a sí misma.
La fiesta, además, no se contenta con proclamar el dogma. Lo exhibe por las calles de la ciudad terrena. Este paso es decisivo y no debe entenderse en clave meramente sociológica. La procesión de Corpus no es una manifestación identitaria, ni una toma simbólica del espacio público, ni una supervivencia pintoresca de la ciudad medieval. Es la consecuencia litúrgica de una afirmación metafísica: si bajo las especies sacramentales está Cristo verdadero, entonces debe ser llevado, adorado y mostrado.
De allí el carácter insoportable de Corpus para la mentalidad moderna, sobre todo cuando esa mentalidad se ha instalado dentro de la Iglesia. Una religión privada puede ser tolerada; una emoción religiosa, celebrada; una espiritualidad socialmente útil, financiada; una liturgia convertida en espectáculo comunitario, aplaudida. Pero una Hostia consagrada que avanza bajo el palio por las calles de la ciudad, reclamando silencio, genuflexión y adoración, dice algo que ninguna de las ideologías modernas puede aceptar sin estremecerse: Cristo no es una opinión interior de los creyentes, sino el Rey de la Historia.
Santo Tomás de Aquino, a quien se atribuye el oficio de la fiesta, condensó esta verdad con una precisión que vuelve innecesarias muchas glosas. En la secuencia Lauda Sion, después de desplegar la doctrina eucarística con esa admirable unión de exactitud escolástica y fervor litúrgico que ya casi nadie parece capaz de soportar, escribe:
Ecce Panis Angelorum,
factus cibus viatorum: v
ere panis filiorum,
non mittendus canibus.
“He aquí el Pan de los Ángeles, hecho alimento de los viadores; verdadero pan de los hijos, que no debe ser arrojado a los perros.”
La palabra decisiva es viatorum. El Pan de los Ángeles se ha hecho alimento de los viadores, de los peregrinos, de los que todavía no han llegado a la patria. El cristiano, mientras vive en la historia, es viator: no posee aún la visión, no descansa todavía en la ciudad definitiva, no ha sido liberado del combate. La Iglesia militante no es una asociación instalada cómodamente en el mundo para administrar valores religiosos, sino un pueblo que atraviesa la historia alimentado por Aquel mismo hacia quien camina.
Aquí se entiende la profundidad de la procesión. En Corpus Christi, Cristo no espera solamente al final del camino, como término remoto de la peregrinación. Camina sacramentalmente en medio de los suyos y, al mismo tiempo, sigue siendo la meta. La Iglesia avanza hacia Aquel que ya lleva consigo. Esta paradoja es de una densidad formidable: el fin está velado en el camino; la patria se anticipa bajo especies humildes; el Rey del cielo atraviesa las calles de la ciudad terrena como alimento de quienes todavía combaten.
La peregrinación cristiana, entonces, no es un simple desplazamiento devoto, sino una figura visible de la historia entendida desde la fe. El hombre no camina porque ignore su destino, sino porque todavía no lo posee; no avanza hacia una patria inventada por su deseo, sino hacia la Ciudad prometida cuya prenda ya ha recibido. Por eso toda peregrinación verdaderamente cristiana contiene una teología de la historia: afirma que el tiempo no es mera sucesión, progreso indefinido o decadencia fatal, sino tránsito providencial entre la caída y la consumación, entre el exilio y la patria, entre el alimento sacramental recibido bajo velo y el banquete definitivo de la visión. La Iglesia militante camina porque vive de esa tensión: lleva consigo a Cristo realmente presente y, al mismo tiempo, marcha hacia Él como término último de todas las cosas.
Por eso la Eucaristía no puede ser reducida al lenguaje dulzón de la “mesa compartida”, tan caro a cierta catequesis posconciliar. Es mesa, desde luego, pero mesa sacrificial; es banquete, pero banquete del Cordero inmolado; es comunión, pero comunión que presupone conversión, confesión, gracia y adoración. El Lauda Sion lo dice con severidad: es pan de los hijos y no debe ser arrojado a los perros. Otra frase que hoy produciría síncopes pastorales. Sin embargo, allí habla la caridad verdadera, no esa caricatura de misericordia que consiste en distribuir sacramentos sin discernimiento para no afrontar el escándalo de la conversión.
Desde esta perspectiva, las grandes peregrinaciones de la Cristiandad que han renacido o crecido en las últimas décadas en distintos lugares del mundo no son un fenómeno lateral. Chartres, Covadonga, Luján y tantas otras marchas semejantes revelan que la fe en el misterio eucarístico conserva, a pesar de todo, una vitalidad verdaderamente abrumadora. Hay en esas peregrinaciones una refutación práctica de la religión burguesa y sedentaria que se nos ofrece como madurez cristiana. Frente al católico espectador, aparece el católico caminante; frente al consumidor de servicios parroquiales, el penitente; frente al caprichoso defensor de su autonomía personal, el que se levanta antes del alba para oír Misa, cargar una bandera, cantar el Credo y gastar las suelas. Y cuando ese movimiento está ordenado por la liturgia tradicional y por la adoración eucarística, deja de ser mero entusiasmo juvenil para convertirse en un signo histórico de la Iglesia militante.
El vínculo con Corpus Christi no es accidental. En ambos casos se trata del mismo instinto católico: sacar la fe del encierro subjetivo, devolverle cuerpo, forma, jerarquía, sacrificio y dirección. La Iglesia no camina detrás de una utopía, ni de una mera identidad cultural, ni de una reconstrucción arqueológica de la Edad Media. Camina porque ha recibido el Pan de los Ángeles como alimento de los viadores, y porque sabe que la historia, mientras dure, será siempre camino, combate y espera.
Quizá por eso Corpus Christi resulte hoy tan necesario. Porque obliga a decidir si creemos de veras lo que decimos creer. Si la Hostia consagrada es Cristo, entonces todo en nuestra vida eclesial debería cambiar de peso, de tono y de postura. Si lo es —y lo es—, entonces Urbano IV sigue teniendo razón contra los herejes, santo Tomás contra los negligentes, y la procesión contra una ciudad que pretende vivir como si Dios no pasara nunca por sus calles.

Estimado Wanderer,
No poseo ni la sapiencia ni el rigor académico de cuantos comentan aquí, pero su artículo me parece formidable. Y a propósito de éste, no puedo dejar de mencionar el impresionante acto de Adoración Eucarística realizado por el Papa con los jóvenes en Madrid y la celebración de Corpus Christi con procesión incluida, donde el propio Papa llevó el Santísimo Sacramento por las calles madrileñas.
Fui una simple espectadora por televisión, por estar a muchos kilómetros de ahí, pero no fue obstáculo para percibir la emoción y el estremecimiento ante todo ese despliegue que removió sin duda alguna los sentimientos católicos de las almas, incluso los más recónditos u olvidados, sea por desidia, por desencanto o acostumbramiento.
Sin embargo, en medio de todo, había puntos negros, que no dejaban de incomodar y usted los apunta con precisión milimétrica: es la escasez, por no decir ausencia, de ese sentido de reverencia que nos inculcaban de niños. Arrodíllese, guarde silencio, tome conciencia del don sublime que está recibiendo en la Hostia Sacratísima… No son volantes lo que están distribuyendo, como usted acertadamente lo dice, no son trozos de pan de la panadería; a través de la pantalla contemplé la forma atropellada en que entregaban la Sagrada Comunión empezando por las filas de los propios sacerdotes comulgantes, donde muchos ni siquiera inclinaban su cabeza, donde pocos, después de tomar la Sagrada Hostia sumergida en la Sangre Divina, se preocupaban por limpiar su mano con el purificador. Y luego el desenfreno por repartir la Sagrada comunión entre los fieles, casi como pegando sellos postales o en una línea de producción. Está claro que el manejo de esas multitudes es agobiante, pero ¿los ministros extraordinarios habrán sido preparados eficientemente? Muchísimos apresurados, muchos demasiado jóvenes, apurados como en un concurso… Casi nadie haciendo una mínima reverencia, casi nadie con mantilla, muchos sin quitarse el sombrero o la gorra…y esa sensación de que estaban repartiendo comida, pero que se dejaba de lado el sacrificio, el altar que, ante la algarabía, había cedido su lugar a la mesa del banquete.
Tenemos que retomar la contemplación, el asombro, el sentimiento de la propia poquedad ante la grandeza infinita de Dios. Es necesario.
Mi humilde opinión.
Patricia, Costa Rica.
EXCELENTE: Magna cum laude.
Desde México. Nos faltan Wanderers por acá.
Hay buenos pastores, como en todos lados, pero blogs como éste, no muchos
«Hubo un tiempo en que la Iglesia todavía sabía combatir con solemnidades litúrgicas»…
Aunque la Iglesia tradicional era enormemente racional (de ahí el estudio en latín de lógica, filosofía y teología escolástica), enseñaba al pueblo intuitivamente con signos y arte. (naturalmente no niego la eficacia del ejemplo personal, sino que lo presupongo). Por eso era tan efectiva.
Desgraciadamente llegaron los ilustrados y lo arruinaron todo. Este morbo acabó por infectar a los ministros de Dios desde la cuna.
Y es que no todo en este mundo es la «razón»:
También están los oficios, las ciencias, el amor, la música, la amistad y el compañerismo, los deportes, admirar la naturaleza, el arte…etc; casualmente lo que da sabor a la vida.
Y si quieren una prueba:
Los occidentales, ilustrados, al contrario que las personas del tercer mundo, ya no pueden aprender idiomas, no importan que empleen en ello años y años, porque los aprenden con la gramática (i.e.: con la lógica y la razón ).
¡Ojo!, que no estoy diciendo que la gramática esté mal o que no sea importante…¡Ni mucho menos !; pero todas las cosas tienen su tiempo y empleo según los resultados que se quieran obtener.
Y esto sólo indica que la soberbia y el orgullo sobre las capacidades racionales de uno (por cierto, biológicamente muy limitadas, como corresponde a animales sociales, porque por definición han de ajustarse al grupo, del que siempre dependen para sobrevivir ) nos ciega tanto que no vemos la evidencia que no queremos ver.
Curiosamente ese gran pensador de Pascal recomendaba:
«Si quieres creer en Dios, arrodíllate y reza»
Estimado Wanderer,
me pareció oportuno compartir este articulo de «Stilum Curiali», muy a propósito de vuestro texto:
El modernismo nos ha robado el silencio. Orsola Nemi en los albores del Novus Ordo. Aliados de la Eucaristía. General Aliados, Misa, Novus Ordo, silencio Marco Tosatti Estimados StilumCuriali: Les presentamos este artículo publicado por los Aliados de la Eucaristía y el Evangelio, a quienes agradecemos su amabilidad. Disfruten de la lectura y la meditación. El modernismo nos ha robado el silencio. Orsola Nemi en los albores del Novus Ordo. En el contexto del ataque al silencio derivado de la reforma litúrgica, ya comentado aquí y aquí, el siguiente artículo merece especial atención. Fue escrito en 1969 por la periodista católica y amante de la Antigua Misa, Orsola Nemi. Escritora y traductora, amiga intelectual de los más célebres Calvino, Longanesi y Montale, escribió el artículo tras el lanzamiento de la Misa del Novus Ordo. El pasaje en cuestión, casi un cuaderno de lamentos, intuye y registra el drama que se desarrolla ante el plan anticristiano de abolir lo sagrado de la Santa Misa, reduciéndola a una simple reunión de amigos. Un drama que, poco a poco, se ha ido revelando casi por completo. Disfruten, disfruten, lectura profética… La Iglesia nos ha arrebatado el silencio durante la Misa, nos ha arrebatado la posibilidad de la conversación secreta e íntima de cada persona con Dios, durante la media hora que para los cristianos es la más importante, la más sagrada, la más misteriosa del día. ¿Qué es esta supuesta participación en la Misa sino un acto de profunda desconfianza en la obra secreta de Dios en las almas, una intervención del hombre entre el creyente y Dios? Los resultados son claros y tristes. Durante la Misa, ya no debemos unirnos a Dios, nos dicen, sino a los demás. Pero la fe, la esperanza y la caridad son actos individuales; no podemos practicarlas sin la gracia; no amaremos a nuestro prójimo si antes no hemos conocido a Dios. Y Dios se manifiesta en el silencio. Ahora, durante la Misa, ya no hay un momento de recogimiento. Nos levantamos y nos sentamos a la orden, repetimos las oraciones en voz alta, no sé con qué intensidad, luego escuchamos el sermón, y finalmente llegan los cantos; y este es el peor momento. Honestamente, no se les puede llamar cantos. Los grandes himnos que habían perdurado a lo largo de los siglos, que nos conmovían, que nos poseían con sus poderosas palabras, que nos sacudían como el viento sacude los árboles, liberándolos de su madera muerta, han enmudecido, han desaparecido. En su lugar, escuchamos consignas coreadas en mítines o periodismo de mala calidad que, por su escasa calidad, pasan desapercibidos. A esto se ha reducido nuestra Iglesia, rica en un tesoro litúrgico y poético que en sí mismo era una fortaleza, su fuerza de ataque, la primera en vencer a los incrédulos. Pueden estar seguros de que nadie se convertirá escuchando nuestros cantos dominicales. Ni siquiera durante la Comunión hay silencio. Los que están de pie, esperando para recibir la Hostia, cantan; los más fervientes, inmediatamente después de recibirla, reanudan el canto. Suplicamos humildemente a las altas jerarquías, a todos los sacerdotes, obispos y cardenales que se reúnen para debatir, que restablezcan el silencio durante la Misa. Se buscan innovaciones litúrgicas, debidamente comentadas con referencias eruditas, pero de nada servirán si no se nos devuelve el silencio durante la Misa, si en esa media hora en que el pan se convierte en carne y el vino en sangre, y nosotros, con profunda humildad, para ser llamados bienaventurados, creemos lo que no vemos, no seremos capaces de escuchar en silencio a nuestro Dios y Redentor, de reconocer en silencio su Presencia Real, aunque sea por un instante. Si no volvemos a esto, podemos apagar la luz roja, cerrar las puertas de la iglesia y seguir con nuestros asuntos. Y que nadie hable entonces de unión entre nosotros si esa luz se apaga.
Muy bien dicho, querido Wanderer.
No hay signo más claro de la pérdida de fe de los pastores, especialmente en la iglesia argentina, que la manera en que tratan el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor.
El lema episcopal del santo Patriarca Ribera es muy útil para entender el misterio eucarístico:
Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam? . Gen. (27,37)
Aplicada al misterio de la Eucaristía para expresar el amor inmenso de Dios: una vez que se ha entregado a sí mismo, ¿qué más puede hacer por el ser humano?.
Alabado sea el Santísimo Sacramento
Sea por siempre bendito y alabado
Cisneros
Excelente. Contundente la primera afirmación del artículo.
De antología. ¡Muchísimas gracias y bendecida fiesta para ustedes!
Magistral. Excelente meditación.
El arzobispo de Milán Delpini decidió que este año la Procesión del Corpus Domini no se hiciera por las calles de la ciudad sino adentro de la catedral, por motivos francamente discutibles, como l congestión del trafico, el sobreturismo, el contexto que mal se adapta a tal procesión.
Sublime
foto:
Procesión del Corpus Christi en la ciudad de Valencia, España.
Custodia de Francisco Pajarón con diseño de Vicente Traber. Se considera la más grande del mundo.
Comenzada en 1940 y terminada en 1954, mide 4,02 metros de alto y 2,26 de ancho. Se hizo por subscripción pública (de ahí que se le llame «Custodia de los Pobres»), lleva 6 toneladas de plata y 5 kilos de oro.
Esta custodia procesional sustituye otra robada cuando los frentepopulistas (la coalición de partidos de izquierda y masónicos que entonces y hoy gobiernan España ) incendiaron la catedral de Valencia durante la persecución católica y genocidio de 1936.
A su vez, esta segunda custodia sustituye otra católica que se perdió durante la invasión francesa.
Por mucho que les fastidie a Toledo y Sevilla, Valencia es el mejor Corpus de España, el más puro, el más original, el más alegre, el más medieval, el más musical, el más vistoso y sobretodo el más divertido. La processó més bonica del mon.
Visca la festa grossa!
Una joya de texto! Gracias Wanderer!
Muy bueno.
¡Viva Jesucristo, verdadera, real y substancialmente presente en el Santísimo Sacramento!
Muy agudo el artículo, y siento el contraste con la celebración de mi diocesis: sinododal, popular y “de Base”, la preparación previa la Procesión del «Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo», aquí el latín desapareció hace rato, y si dices “Corpus Christi”, nadie ha de saber que es. En los dias previos fritangas parroquiales para acumular fritos criollos de diversos tipos que serán servidos con mate cocido, a la concurrencia, al finalizar, como se dice ahora: “a la mística sigue la mastica” Recuerdo en mi infancia,en mi parroquia barrial se aderezadas algunas esquinas con altarcito con flores, era un honor enorme para la casa donde se detendría la procesión, el sacerdote bajo palio,con capa y velo humeral con una artística y hermosa custodia, cual sería mi sorpresa por estos lares al encontrarme con una custodia de madera, portando esas hostias grandes “conciliares” Ya no se inauguran templos sino sala de «usos multiples» a la celebración de la «Misa» corrieron los bancos y siguió la bailanta, y pregunto ¿y el Santísimo?; no hay una piecita al lado donde lo ponemos y puedes ir a rezar😢😢😢
Excelente artículo !!!
Muchas Gracias Wanderer!!!
Edificante !!
Solo agrego que en la Argentina de mi niñez, la fiesta del Corpus era feriado nacional y el día jueves correspondiente.
Hace unos 50 años.
Recordemos que en Chile, el gobierno del Gral. Pinochet volvió a hacer feriado el Jueves de Corpus Christi. Y los obispos, decidieron seguir celebrando procesión y misa los domingos. Esa es la clase de pastores que tenemos.
Estimado: si busca, encontrará…
El Corpus Christi ha dejado de ser feriado en muchas partes porque están «laicizando», esto es, que los siniestros secretos de siempre están descatolizando sociedades católicas (parece ser, como está pasando en Europa ahora mismo, para cubanizarlas e islamizarlas ); (en España y Portugal, «reislamizarlas después de 8 siglos de esfuerzos ímprobos para echar a los invasores musulmanes )
Entonces, en este caso concreto, hay que sustituir las celebraciones católicas como feriados conmemoraciones «laicas» (ej. «Día de la Constitución», «Orgullo LGTB», «Día de la Mujer Oprimida») o islámicas ( Eid al-Fitr o Fin del Ramadán, Eid al-Adha o Fiesta del Cordero y Hijri o Año Nuevo Islámico)
El objetivo, además de ser más libres, más iguales y más fraternos es «progresar» (aunque no dicen quién ni en qué dirección ni quien lo paga)
Mientras tanto el Pueblo, de convidado de piedra con la estafa tapabocas de «gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo».
¿Qué ha hecho el pueblo para merecer esto (a parte de dejar de rezar y de pagar el diezmo, se entiende)?
Los protestantes NO tienen «Santísimo».
Llena de profundo contenido, ¡emocionante arenga don Caminante!
Qué texto maravilloso. Debería enmarcarse para memorizarlo. Gracias.
Una reflexión, un documento, un memorial, acorde al momento de la adoración y necesario a la preparación de la procesión pública llevada al domingo.