
por Carlos Daniel Lasa*
- Introducción
El 12 de mayo de 2026, en la Pontificia Universidad Urbaniana, el actual Prefecto del Dicasterio de Doctrina de la Fe ofreció una conferencia de apertura titulada “Piedras miliares de la teología contextual hoy”.
En dicha ocasión, el cardenal Fernández se ocupó, entre otras cosas, de criticar la posición que su antecesor Joseph Ratzinger expresó en su “Notificación sobre las obras de Jon Sobrino S.J.”. A su entender, es equivocada la afirmación del cardenal Ratzinger cuando afirma que la fe de la Iglesia es el único lugar teológico. Recuerda Fernández que, apenas publicado ese documento, él mismo se ocupó de criticarlo señalando dicho error, el cual estaría excluyendo otros puntos de partida en la reflexión teológica. Sin embargo, expresa el mismo Fernández, dichos puntos de partida no serían alternativos a la revelación divina sino solo complementarios, si bien no dejan de interpelar “desde el inicio” toda reflexión.
No obstante, a medida que avanza la disertación en la Urbaniana, su posición cambia radicalmente. En efecto, de lugar complementario, la vida del pueblo de Dios pasa a ser un lugar teológico alternativo a la revelación divina contenida en la Tradición y en la Sagrada Escritura. El mismo cardenal Fernández lo expresa sin ambages:
A veces hace falta un loco, perdidamente enamorado de su tierra y de su gente, capaz de separar el Evangelio de algunas cáscaras culturales que se le han ido pegando y que no son parte esencial de su mensaje, y de releerlo a la luz de lo que vive hoy su pueblo. Entonces llega a provocar lo que llamaríamos no solo un ‘acontecimiento espiritual’, sino también un ‘acontecimiento cultural y lingüístico’ que permita al pueblo sentirse plenamente expresado en la propuesta del Evangelio.
Pero da el paso decisivo cuando, citando al Papa Francisco, afirma que, en realidad, la vida del pueblo de Dios es el único lugar teológico.
Ahora bien, hacer teología de este modo, ¿sería lo específico de la teología latinoamericana y no de otras teologías a las que hace referencia el Prelado, como son, por ejemplo, la romana o la nordeuropea? ¿O, más bien, sería lo propio de toda teología en tanto la teología debiera ser la expresión de la vida del Pueblo de Dios?
La respuesta no puede ser más que esta: el punto de partida asumido por la teología latinoamericana es el camino propio de toda teología en tanto teología: toda teología debe ser la expresión de la vivencia que el Pueblo de Dios tiene de la divinidad, de la muerte, del sentido de la vida, etc.
En realidad, desde esta perspectiva, toda teología debe ser expresión de un contexto, de la situación cambiante y dinámica de un pueblo, cuya vivencia primaria de lo real se expresa de una manera diversa a la de otros pueblos. Así, entonces, el contenido de la teología es esencialmente variable. Expresa el mismo prefecto:
Es en definitiva el Evangelio que, escrito en una cultura de la antigüedad, ahora adquiere otra ‘carne’ en ritos populares, imágenes veneradas, aforismos y costumbres, reflexiones, formas de vivir la fe, en músicas.
Nos preguntamos, pues, ¿cómo llegó el cardenal prefecto a afirmar tamaña tesis?, ¿qué filosofía se esconde detrás de esta nueva forma de hacer “teología?
2. La filosofía que anima la nueva “teología” contextual
Esta “teología” que propone el cardenal Fernández, evidentemente, está rechazando una forma de hacer teología que, aparentemente, resulta abstracta, universal, que desconoce la peculiaridad de la vida de los pueblos. Tanto para el cardenal como para el modernismo católico, resulta imprescindible abandonar de modo definitivo una filosofía del ser, que piensa que hay constantes en la trama intrínseca de lo real. Su propuesta es abrazar una filosofía de carácter esencialmente dinámico. Solo de esta manera, la “fe católica” será capaz de enarbolar, sostener y defender un pensamiento que le tiene alergia a toda permanencia, a toda universalidad, a toda realidad que posea núcleos invariables.
Para alcanzar este objetivo nada mejor que asumir una filosofía hermenéutica que navega por las inestables aguas del devenir histórico. Para esta filosofía, el acto primero del alma humana no es ver (teoría), no es conocer la esencia del ente corpóreo (lo universal). En el principio de todo se encuentra una vivencia, una situación en la que el hombre está inmerso. De allí que una auténtica “teología contextual” deba ser capaz de interpretar (no de conocer) las multifacéticas maneras en la que se expresa toda vivencia originaria.
Esta filosofía propone, contrariamente a la visión metafísica, no la existencia de un orden absolutamente objetivo (al que libertad humana debería adecuarse), sino un nuevo criterio de universalidad cuyo punto de partida se sitúa en la experiencia de los distintos pueblos. Este nuevo locus theologicus debe abandonar la universalidad del saber (considerada demasiado “impersonal”) y debe desechar los principios necesarios. En su lugar, podrá abrazar una universalidad auténtica como resultado de una coincidencia histórica que proviene del encuentro entre los pueblos y de un lenguaje común a las naciones. Se trata de un proceso originado en la facticidad histórica y que converge, de modo simultáneo, tanto hacia la identidad de cada pueblo como a la universalidad consensuada.
Esta universalidad, como podemos advertir, es una universalidad que se hace, en construcción, dinámica, cuyos contenidos nunca pueden ser inamovibles. El vivir tiene una marcada prioridad sobre el pensar y es la fuente de la que debe nutrirse éste: el pensar tiene como tarea fundamental interpretar lo vivido. Se debe evitar partir de un orden eterno de las cosas, o de los datos revelados por Dios.
3. La “teología contextual”
El cardenal Fernández aboga por hacer teología desde los presupuestos referidos precedentemente, pues exige poner la “oreja” en la vivencia de un pueblo. Desde allí, se podrá leer e interpretar el contenido “sapiencial” a partir del cual significar a Dios, al hombre y al mundo. Precisamente, desde este contenido debe ser leído el Evangelio. En realidad, el contenido del Evangelio es también el producto de un contenido sapiencial más, formulado por la interpretación de la vivencia del Pueblo de Dios en los tiempos de Jesús.
Siguiendo las expresiones del mismo cardenal que custodia la recta doctrina católica, el contenido del Evangelio estaría en consonancia con la “carne” que asumió ese momento. Pero es una carne que en nuestro tiempo exige una profunda interpretación que la ponga en sintonía con la vivencia del actual Pueblo de Dios.
Una teología que pretenda formular un intellectus fidei desde una metafísica del ser es una teología descarnada, abstracta, situada al margen de la historia. Como diría el Papa Francisco, no se trata de importar “desde fuera una racionalidad ajena a la gente” (Evangelii gaudium, 232). El pueblo solo entiende aquello que vive, no un contenido revelado que le es completamente ajeno en tanto expresión de la vivencia de otro pueblo (el pueblo judío, por ejemplo). Un contenido que es distante en el tiempo y en el modo de comportarse con la divinidad, con los demás hombres y con el mundo. Si queremos una verdadera inculturación, la Iglesia debe presentar un mensaje que sea la expresión misma de la experiencia de cada pueblo. Solo así el pueblo se identificará con la fe católica cuyo contenido llegará a ser totalmente uno con el contenido de su propia práctica.
Uno de los más destacados cultores de esta pseudoteología del pueblo, el P. Juan Carlos Scannone, se hace una pregunta (a nuestro juicio, retórica), la cual pone de manifiesto su honestidad intelectual. Scannone señala que el pensamiento latinoamericano no ha dado respuesta a un interrogante capital, el que consiste en preguntarse acerca de la posibilidad de poder conciliar el decir (que tiene como horizonte el estar), por un lado, con la comprensión cristiana de la trascendencia de Dios, la creación, la historia de la salvación y la universalidad del pueblo de Dios en medio de los pueblos, por el otro. [Nuevo punto de partida en la filosofía latinoamericana, Guadalupe, Buenos Aires 1990, 36. Ver, además, Carlos Daniel Lasa. “Teología del pueblo”: ¿teología o ideología? En Anales de Teología, revista de Teología de la Universidad Católica de la Santísima Trinidad, Concepción Chile, 19.2, 2017, pp. 221-249].
Obviamente que la respuesta es absolutamente negativa.
4. Una nueva Iglesia
Nuestra tesis es que el intento del Papa Francisco fue el de refundar la Iglesia católica. Y refundarla exigía quitar aquel elemento que era el verdadero katejon: la metafísica del ser. A nuestro juicio, esta posición es la esencia del denominado “modernismo católico” y que tiene, a lo largo del tiempo, diversos cultores.
Quitada la filosofía del ser puede operarse la fluidificación del contenido de la revelación y, de esta manera, hacerla accesible a cualquier mentalidad de cualquier época. De acuerdo con la perspectiva del cardenal Fernández, ya no se trata de determinar cuál filosofía es la más apta para comprender la fe sin llegar a corromperla. El propósito es dar un nuevo contenido a la fe “católica”, que sea esencialmente variable, para poder adaptarse a los distintos modos de pensar y actuar de cada pueblo.
Consideramos que recuperar y preservar la fe auténtica deberían ser dos de los deberes principales del Obispo de Roma. Precisamente, estamos esperando esto del Papa León XIV.
Y un signo claro en esa dirección sería cambiar, lo más pronto posible, al prefecto del dicasterio de Doctrina de la Fe, al que Francisco nombró para sentar estas bases de la refundación de la Iglesia católica.
La exposición de Fernández que hemos mencionado y comentado en este artículo es suficiente prueba de un hombre cuya mentalidad, esencialmente modernista, quiere convertir a la Iglesia de Cristo en una pseudoiglesia. Una Iglesia que se hace mundo, y que permite que la historia absorba por completo al Dios eterno, Creador y Salvador.
Este nuevo cristianismo se parece bastante a las diversas caras que Benito Mussolini, refiriéndose al camaleónico fascismo, describió en estos términos:
Nosotros no creemos en los programas dogmáticos… Nosotros nos permitimos el lujo de ser aristócratas y demócratas, conservadores y progresistas, reaccionarios y revolucionarios, legalistas y no legalistas, según las circunstancias de tiempo, de lugar, de ambiente (Mussolini, B. (1934) Scritti e discorsi. Milano: Hoelpi, vol. II.).
Quiera Dios que el Papa León XIV interrumpa este intento de refundar la Iglesia de Cristo, a la vez que ponga todas sus fuerzas en recuperar la verdadera esencia de la Iglesia católica. Una Iglesia que no desdeñe la auténtica tradición ya que la misma no equivale a inmovilismo, sino a la continuidad y profundización en su despliegue.
De este modo nos eximirá de expresar aquello que dijera San Policarpo de Esmirna, según nos narra San Ireneo de Lyon, en una carta dirigida a un cristiano que había abandonado la fe y se ocupaba de difundir errores, le expresaba:
“Esto no era lo que nos enseñaba nuestro venerable maestro San Policarpo. (…) Y te puedo jurar que, si San Policarpo oyera las herejías que ahora están diciendo algunos, se taparía los oídos y repetiría aquella frase que acostumbraba a decir: ‘Dios mío, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes horrores? ´”.
* Carlos Daniel Lasa es Doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Córdoba e Investigador del Conicet. Ha sido decano de la Facultad de Ciencias Humanas en la Universidad Nacional de Villa María. Además, fue profesor de filosofía en esa misma casa de estudios y en las universidades católicas de Córdoba y Salta.
Indudablemente el cardenal Fernández abreva filosóficamente en la cloaca dialéctica del marxismo que se expande a través de la trasnochada teología de la liberación, y cuan un nuevo Gramsci se encarga de diseminarla en el ambiente pseudo cultural-teológico y pastoral en el que lamentablemente se mueve sin ni siquiera tener la mitad de la altura sociológica y política que caracterizó a este personaje nefasto del partido comunista italiano.
Fernández es la peor herencia que dejo el pontificado anterior y el heredero de esa revolución teológica y filosófica que tan bien describe el autor del artículo. Su infatigable constancia en tratar de instaurar la misma en el verdadero Pueblo de Dios (no el de Gustavo Gutierrez, Boff, Scannone y otros del mismo pelaje), sino en la auténtica grey católica, debe ser combatida a toda costa con las nobles armas de la filosofía perenne y de la teología ortodoxa y desenmascararla en cuanta ocasión se presente.
A.G
Muchisimas gracias Dr Lasa. Esta pseudoteologia es la que predomina en los seminarios argentinos, colegios «católicos», Carreras terciarias de Ciencias Sagradas, los centros de catequesis en todas las diócesis y en todos los intentos de «deformacion permanente para laicos» promovidos por la CEA. Frente a todo esto, cabe (amparados por el Código de Derecho Canonnico) denunciar (a dónde?) el envenenamiento de las almas en nuestras familias??? Qué alternativas tenemos además de formar grupos de formacion en las catacumbas…, fuera del entorno parroquial pernicioso…. GRACIAS!!
Gracias al dr Lasa por este artículo. Mis recuerdos de los profesores de la UCA seleccionados por Tucho y de estudiantes del seminario de Devoto (seminaristas y seglares) dejan un sabor a que primero imaginaban a cuál conclusión querían llegar y luego acomodaban todos los conceptos (casi nunca con definiciones precisas) para llegar allí. El mismísimo Jon Sobrino también lo hace en lo poco que lo leí.
Si llamo «rojo» al pasto y «verde» al fuego entonces bajo ciertas circunstancias podemos decir que el pasto es rojo. Y dicho así habría que reevaluar si Santo Tomás de Aquino no habrá sido un bobo.