¿Quién es el brutal obispo de Ávila?

Los argentinos estamos acostumbrados a los obispos brutales. Y no se enfaden Sus Excelencias Reverendísimas; no los estoy atacando ni insultando. Estoy simplemente constando hechos que durante veinte años hemos descrito y comentados en este blog. Ayer mismo nos enteramos de la brutal vileza cometida por el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Mons. Marcelo Colombo, y por el secretario, Mons. Raúl Pizarro, al emitir como las máximas autoridades de la Iglesia en el país las condolencias llenas de alabanzas y consideraciones por la muerte de una eterna (o casi eterna) defensora de las peores causas en todos los órdenes-como la del aborto, según vemos en la foto de abajo- la señora Taty Almeida, histórica Madre de Plaza de Mayo. Que se rece, y se rece mucho por el descanso eterno del alma de esta mujer como por la de cualquier hijo de Dios, está muy bien; pero no es eso lo que el comunicado episcopal sugiere. En el panegírico de los obispos no hay más que encomios y elegías por la «defensa de los derechos humanos» y por la «búsqueda de la verdad y la justicia». La brutalidad de la vileza es difícil de describir. ¿Creerán los obispos que con actitudes como estas se ganarán la buena voluntad del progresismo y de la izquierda? No me parecería extraño; su ingenuidad suele ser pavorosa.

Lo que resulta asombroso es que también en España haya obispos de la misma calaña, con la misma maldad y con parecida brutalidad. Todos los arrullos y zalamerías son para los moros, los LGTB+, los ateos y los periféricos. Los católicos que simplemente queremos rezar como rezaron nuestros antepasados -no más que eso-, somos víctimas de sus furias y sus odios. Eso es lo que le ocurrió ayer al P. Joao Silveira y a un grupo de peregrinos de Estados Unidos en la ciudad de Ávila. No es necesario que me extienda más. Deja la palabra al P. Silveira, traduciendo el post publicado en su cuenta de X.

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Hoy me han denegado la celebración de la misa en Ávila (España). Soy el capellán de un grupo de peregrinos procedente de Estados Unidos. Estos peregrinos suelen asistir a la misa tradicional en latín, por lo que querían ir acompañados de un sacerdote que la celebrara según el rito antiguo. Teníamos reservada la capilla, pero nos dijeron que este rito requería la autorización del obispo.

Acudí a la Curia Episcopal para solicitar la autorización, de modo que la misa pudiera celebrarse. Sin embargo, el obispo, no a mí personalmente, sino a través del vicario general, afirmó categóricamente: «Esa misa está prohibida en esta diócesis». ¿Prohibida por qué? ¿Y en virtud de qué autoridad? ¿Se ha derogado este rito?

Iba a celebrarla en una capilla con el grupo de peregrinos. ¿Qué daño podría causar al mundo? El rito es exactamente el mismo que se utilizaba en los conventos de las Carmelitas Descalzas, derivado de la reforma de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. ¿El rito era bueno para esos grandes santos, pero ahora es malo para nosotros?

El Código de Derecho Canónico —canon 932, §1— prohíbe las misas fuera de los lugares sagrados, salvo en casos de necesidad: «La celebración eucarística debe realizarse en un lugar sagrado, a menos que, en un caso particular, la necesidad exija lo contrario; en tal caso, debe celebrarse en un lugar digno».

En este caso, no había necesidad de celebrar la misa en una habitación de hotel, ya que estábamos rodeados de capillas e iglesias con hermosos altares (que casi nunca se utilizan). La necesidad la creó el propio obispo, quien, en lugar de promover lo sagrado, decidió prohibirlo.

¿A quién benefició que la misa se celebrara en un lugar profano? ¿Se alabó más a Nuestro Señor en una habitación de hotel de lo que se le habría alabado en una iglesia? ¿Se edificaron más las almas de los fieles al ver una mesa que hacía las veces de altar?

Es normal que la gente se escandalice ante estas decisiones tiránicas y antipastorales, sobre todo viniendo de quienes afirman que todo el mundo es bienvenido en la Iglesia. Pero no todo el mundo lo es. Eso está muy claro.

Ya he pasado por varios episodios similares anteriormente y he guardado silencio. Pero esto hay que denunciarlo, este no puede ser el estado normal de la Iglesia. El Papa León debe actuar rápidamente para poner fin a estos abusos de autoridad.

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