
Por Raniero da Fiore
Non est senescendum in Artibus. “No se debe envejecer en Artes”.
Durante buena parte de la Edad Media, esta vieja máxima universitaria expresaba mucho más que un simple consejo académico o una exhortación a no reprobar exámenes; contenía, en rigor, toda una jerarquía arquitectónica del saber. El currículo tradicional estaba estructurado sobre las artes liberales, trivium y quadrivium, y se estudiaba en la llamada Facultad de Artes. Pero estas disciplinas constituían, esencialmente, una etapa propiamente propedéutica. Eran el vestíbulo a la sabiduría, el pedestal firme y elemental sobre el cual debía erigirse la catedral del conocimiento. El estudiante debía atravesar las Artes sin afincarse en ellas, para dirigirse luego hacia las facultades superiores y, en el horizonte cristiano del medioevo, hacia aquella ciencia que ordenaba finalmente a todas las demás: la teología. Envejecer en Artes significaba demorarse en los preliminares; era confundir el instrumento con el fin.
En El motín de los filósofos I propusimos una hipótesis deliberadamente incómoda: una parte de nuestra dificultad contemporánea para pensar cristianamente la historia podría remontarse al momento en que la filosofía comenzó a emanciparse de la sapientia christiana y a organizar la realidad según causas, objetos y métodos propios. Ahora toca volver al escenario concreto de aquella transformación, a las aulas parisinas del siglo XIII, cuando la recepción del nuevo Aristóteles dejó de ser una simple incorporación de textos y comenzó a alterar la jerarquía misma de los saberes.
Pero… ¿realmente el hecho fue tan revolucionario como para hablar de un “motín”? ¿Acaso Aristóteles no era un autor ampliamente conocido y frecuentado en la Edad Media? Pues no, y el motivo es muy sencillo: hasta bien entrado el siglo XII, el Occidente latino conocía apenas unas pocas obras lógicas de Aristóteles, la llamada logica vetus, transmitida principalmente por Boecio. El Estagirita era, ante todo, una autoridad en dialéctica, pero estaba todavía muy lejos de ocupar el lugar de “el Filósofo” por excelencia que alcanzaría después. La situación cambió cuando comenzaron a circular nuevas traducciones desde el griego y el árabe, al mismo tiempo que crecían las escuelas urbanas y se consolidaban las universidades. Primero se incorporó la logica nova; luego fueron llegando paulatinamente los tratados naturales, metafísicos y éticos. Aristóteles ofrecía así mucho más que una técnica de argumentación: proporcionaba un método de demostración, definición y análisis causal capaz de organizar sistemáticamente regiones enteras del saber. Un amigo comparó la irrupción del corpus aristotelicum en los siglos XII y XIII con la que está produciendo la inteligencia artificial en nuestra época. No sé si la analogía sea del todo feliz, pero acaso permita imaginar el desconcierto y la fascinación provocados por una herramienta intelectual que, de pronto, parecía ampliar de manera radical aquello que era posible conocer y enseñar.
Étienne Gilson, en La filosofía de la Edad Media, captócon agudeza las implicancias profundas de este momento de transición al señalar que “se va definiendo cada vez más claramente la tendencia que muy pronto pondrá la autoridad de Aristóteles en competencia con la de San Agustín”. Mas lo que era presentimiento en el siglo XII se convierte rápidamente en fascinación durante el siglo siguiente. En línea con Gilson, el jesuita García Villoslada señala en su monumental Historia de la Iglesia que “en el siglo XIII se traba reñida batalla entre el agustinismo tradicional y el renacido aristotelismo”. Rubén Calderón Bouchet, por su parte, al retratar estas tensiones en El apogeo de la ciudad cristiana, no duda en señalar que alteraban la arquitectura de los estudios y aún atentaban, a veces, contra la integridad de la doctrina:
“La introducción en los estudios de la lógica aristotélica no siempre favoreció el incremento de la teología. Habrá que esperar el advenimiento de Alberto Magno y Tomás de Aquino para la total incorporación de la ciencia aristotélica a la sabiduría cristiana. Hasta ese momento la frecuentación del Estagirita inspiraba un cierto gusto herético por las disputaciones sofísticas”.
Así pues, la Universidad de París fue el epicentro institucional de esta revolución. Algunos estudiosos contemporáneos han demostrado que la recepción de Aristóteles no consistió simplemente en añadir nuevos libros a la biblioteca, sino en una transformación profunda del régimen de inteligibilidad. Charles Lohr, por ejemplo, propuso periodizar la Edad Media a partir de las sucesivas recepciones del corpus aristotelicum. Por su parte, Francisco Bertelloni ha explicado con rigurosidad cómo el nuevo corpus obligó a reorganizar todo el mapa del saber, especialmente en lo relativo a la teoría política. La Facultad de Artes dejó de ser un simple taller de dialéctica para convertirse, como bien señala Claude Lafleur, en una verdadera Facultad de Filosofía autónoma.
Pero entonces, ¿no se percataron los grandes pensadores cristianos contemporáneos de esta revolución de las ideas? Todo lo contrario: muchos fueron los que tomaron una postura de rechazo marcado. Otros, en cambio, decidieron aceptar la autoridad del Filósofo e intentaron conciliarlo con la sabiduría cristiana. Este fue el esfuerzo, precisamente, de San Alberto Magno y de Santo Tomás de Aquino. Por eso resulta paradójico que se los mencione, como hizo algún comentarista en la nota anterior, para impedir cualquier discusión respecto a la vinculación entre historia, filosofía y teología. Ellos hicieron lo diametralmente opuesto.
Las primeras reacciones de la Iglesia contra el Estagirita muestran hasta qué punto se percibió el peligro de esta novedad desestabilizadora. En 1210 se prohibieron en París los libros aristotélicos de la philosophia naturalis; en 1215, el estatuto del cardenal Roberto de Courçon admitió la Logica pero mantuvo la veda sobre la Metaphysica. La carta del papa Gregorio IX de 1231, al pedir que los libros naturales fueran examinados y purgados de errores, muestra que el conflicto no podía resolverse mediante una simple prohibición, pues la presencia de Aristóteles se había vuelto demasiado poderosa para ser contenida por un cierre disciplinar absoluto. Pero el dique terminó cediendo: hacia 1255, el corpus aristotelicum completo no solo fue permitido, sino que se volvió lectura obligatoria y vertebral en el currículo parisino.
San Buenaventura, que había cursado estudios en la Facultad de Artes precisamente durante estos años turbulentos, supo advertir con claridad el drástico cambio de lectura de la realidad. En sus Collationes in Hexaemeron, que venimos citando de la mano de Ratzinger desde nuestro artículo anterior, el Doctor Seráfico advierte sobre el modo de razonar de los nuevos filósofos por medio de un peculiar paralelismo entre la revelación de la Escritura y la revelación de la creación: en ambos casos la verdad se esconde detrás de una “letra” que vela su contenido auténtico. Su desvelamiento exige, por tanto, un salto vital que supere el mero pensamiento literal. Dice Ratzinger, comentando el pensamiento de Buenaventura:
“En ambos casos existe el peligro de aferrarse a la letra, de donde se derivan los dos errores religiosos fundamentales: lo que en el ámbito de la interpretación de la Escritura es el judío, eso es el filósofo en el ámbito de la comprensión de la creación, que se olvida de reconducir las cosas a su sentido o incluso lo niega abiertamente”.
Mientras los primeros (iudei) leen el texto sagrado quedándose en la pura literalidad sin descubrir el sentido espiritual oculto en ella, los filósofos aristotélicos (philosophi) se acercan al inmenso libro de la naturaleza con una ceguera análoga. Interpretan el mundo ad litteram; es decir, logran comprender sus mecanismos y causas inmanentes, pero se olvidan de reconducir las cosas a su sentido o incluso lo niegan abiertamente. Entender la creación y, por extensión, el acontecer de la historia humana exige ineludiblemente trascender la estricta literalidad de los hechos para alcanzar el núcleo analógico que los dota de verdadero significado. Ésa era, precisamente, la lógica del simbolismo medieval: per visibilia ad invisibilia, ascender desde las cosas visibles hacia las invisibles, sin negar por ello la consistencia propia de las primeras. En ese sentido, la invectiva de Buenaventura puede leerse también como un reclamo por recuperar esa mirada simbólica, pues conocer las causas de las cosas no basta si el intelecto deja de reconocer en ellas una significación que las trasciende.
Huelga decir que la decadencia del simbolismo medieval no puede atribuirse únicamente al avance del racionalismo ni a la nueva organización escolástica del saber. Huizinga dedicó precisamente dos extensos capítulos de su célebre El otoño de la Edad Media a mostrar cómo se corrompió desde dentro, por hipertrofia degenerativa, cuando su fuerza contemplativa cedió ante la alegoría mecánica, fácil y excesivamente prolífica. No cuesta reconocer algo de esa misma enfermedad en ciertas elucubraciones apocalípticas contemporáneas, donde cada guerra, número, personaje o innovación técnica exige inmediatamente su Bestia, su sello o su trompeta: allí también el símbolo, sobrecargado de explicaciones, acaba por dejar de significar.
Conviene añadir, sin embargo, que en las últimas décadas se advierte una recuperación bastante visible del interés por el símbolo. Ciertos desarrollos de la teología bíblica, la renovación de los estudios litúrgicos y aun algunas corrientes contemporáneas de filosofía y antropología han vuelto a tomarse en serio aquello que la modernidad racionalista tendió a reducir a mero ornamento o residuo preconceptual. Es posible que el renovado interés por la liturgia —y, de modo particular, por su densidad ritual, gestual y sacramental— participe también de este movimiento. La vieja sensibilidad simbólica no ha regresado, desde luego, bajo sus formas medievales; pero vuelve a resultar menos extraño admitir que una realidad pueda significar algo más de lo que explica su funcionamiento inmediato.
Fuere como fuere, la precisión conceptual ganada por el aristotelismo fue inmensa, eso es innegable. El beneficio que produjo en el concierto general de las ciencias, y aun en el robustecimiento doctrinal de la teología, está fuera de discusión. Pero el precio fue altísimo. Al aprender a comprender mejor cada realidad temporal según su consistencia propia, Occidente comenzó a perder la sapiencialidad de interpretarla desde el drama total de la Creación y la Parusía.
La autonomía de los saberes terminó naturalizándose hasta convertirse en el presupuesto mismo de nuestra inteligencia: la política puede pensarse sin teología, la historia sin Providencia, la filosofía sin Revelación. Cada disciplina conserva su rigor, su método y su competencia; lo que se ha vuelto cada vez más difícil es reconstruir la unidad de aquello que todas estudian fragmentariamente.
Por eso el viejo consejo, non est senescendum in artibus, adquiere ahora una resonancia inesperada. Aprendimos a conocer con extraordinaria precisión las causas próximas, las estructuras y los mecanismos, pero a costa de volver cada vez más tenue la pregunta por el sentido del conjunto.
Y allí aparece el punto decisivo. Una historia que ha perdido su término deja también de comprender plenamente su presente. Cuando el eschaton desaparece del horizonte, el tiempo se convierte en mera sucesión y la crisis en accidente sin figura. Tal vez por eso tantas discusiones contemporáneas dentro de la Iglesia oscilan entre el alarmismo y la anestesia: hemos conservado categorías para analizar los hechos, pero hemos debilitado la gramática con la que el cristianismo los insertaba entre un principio y un fin. De esa pérdida —y de sus consecuencias para nuestra manera de leer la crisis actual de la Iglesia— tratará el tercer y último artículo de esta serie.
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…»La introducción en los estudios de la lógica aristotélica no siempre favoreció el incremento de la teología«…
Totalmente cierto.
Lo que pasa es que los estudios de lógica aristotélica + el aprendizaje humanista del latín + la metafísica, entre otras cosas, hacen que el futuro sacerdote tenga una educación exquisita, en cierto modo parecida a la antigua paideia de los griegos, que no tenía ni tienen más personas.
De alguna manera el sacerdote católico reunía así 3 características que le daban prestigio y facilitaban su misión sagrada:
Era un filósofo (precisamente por la lógica aristotélica), era un sabio (por su educación humanista en general y por la práctica de la meditación) y era un mago (convertir pan ácimo y vino en el cuerpo y la sangre de Cristo; perdonar pecados…)
Entiendo que para muchas personas esta educación no les interesa o simplemente no tienen la inteligencia para poder seguirla (y funciona entonces también como un filtro natural de personas que no valen)
Sin embargo siempre ha habido vías por las que alguien que tiene fuerte vocación pero que no se le dan bien los estudios (el Santo Cura de Ars, el beato Stanley Rother… ) pueda finalmente ser ordenado y servir con santidad al Pueblo de Dios.
Hay también un plus añadido:
Esos largos estudios sirven para probar el carácter moral del individuo y permiten que sea observado; lo cual es esencial para autorizar que sea ordenado y permitir que tenga cura de almas.
Un sacerdote católico NO es un animador de culto, como son los pastores protestantes. Consagra, predica y administra sacramentos, esenciales para poder dar al católico servicios necesarios para su salvación.
«La vieja sensibilidad simbólica no ha regresado, desde luego, bajo sus formas medievales; pero vuelve a resultar menos extraño admitir que una realidad pueda significar algo más de lo que explica su funcionamiento inmediato.»
Tomando como la «realidad» en cuestión el texto bíblico, aprovecho para llamar la atención sobre un posible significado simbólico en las duraciones de vida de:
Abraham: 175 años = 5 x 5 x 7
Isaac: 180 años = 6 x 6 x 5
Jacob: 147 años = 7 x 7 x 3
Estas tres duraciones de vida forman una secuencia clarísima cuya instancia siguiente es 64 años = 8 x 8 x 1, duración de vida que no corresponde ni a un hijo de Jacob (de las cuales la Biblia menciona dos: 110 años José y 137 Leví) ni a cualquier otro personaje del Antiguo Testamento.
Este tema sería una mera curiosidad matemática si la beata Ana Catalina Emmerich no hubiera visto que 64 años fue precisamente la duración de la vida de María, lo cual tiene perfecto sentido teológico porque el item que sigue a Jacob en la secuencia no es un hijo particular sino su conjunto, el pueblo de Israel, y en María el designio divino sobre Israel (Ex 19,3-6) se realizó perfectamente. Pero que yo sepa, absolutamente nadie ha relacionado la secuencia matemática con la visión.
» Interpretan el mundo ad litteram; es decir, logran comprender sus mecanismos y causas inmanentes, pero se olvidan de reconducir las cosas a su sentido o incluso lo niegan abiertamente.»
Esto que Raniero dice de los filósofos aristotélicos medievales se aplica también a los cientificistas contemporáneos (categoría que no incluye a todos los científicos) en un punto que tiene relación directa con la Parusía. Porque el conocimiento científico contemporáneo del universo, si por un lado lleva a inferir que su pasado es finito, como expliqué en <A HREF=«https://elwanderer.com/2026/08/17/el-motin-de-los-filosofos-i/#comment-15722«>mi comentario al primer artículo de esta serie</A>, por otro lado lleva a inferir que su futuro, en tanto y en cuanto siga evolucionando de acuerdo a sus leyes inmanentes, no tiene sentido. Esto es así a dos niveles: el del sistema solar y el del universo en su totalidad.
A nivel del sistema solar sabemos que el sol aumentará su luminosidad y su tamaño tal que en unos 1000 millones de años cesará la vida multicelular sobre la tierra y en otros 1000 millones de años toda forma de vida.
A nivel del universo sabemos que tras un tiempo largo pero finito cesarán de formarse nuevas estrellas y que todas las estrellas, tanto las ya existentes como las que se formen en el futuro, terminarán como agujeros negros, estrellas neutrónicas o enanas blancas (el caso del sol), siendo en todos los casos imposible la vida en los planetas que las circunden.
Por lo tanto una historia del universo que no finalizase por una intervención sobrenatural divina sino que se desarrollase indefinidamente según las leyes propias de la materia no tendría sentido alguno, sería un absurdo teleológico.
Concuerdo con otro comentarista anónimo en que, más allá del tema de la recepción de Aristóteles, esta segunda entrega toca un problema mucho más complejo: el de hasta qué punto puede pensarse legítimamente una realidad creada haciendo abstracción de su ordenación última a Dios.
Esa tesis según la cual Occidente ganó una enorme precisión al estudiar cada realidad “según su consistencia propia”, pero perdió al mismo tiempo la capacidad sapiencial de insertarla en el drama total de Creación y Parusía, remite a la discusión sobre la natura pura.
Ciertamente, historia y naturaleza no se identifican, ni la cuestión de la natura pura puede trasladarse sin más al terreno historiográfico. Pero en el fondo la estructura conceptual es muy similar. Una distinción de planos, inicialmente legítima, corre el riesgo de convertirse primero en separación y finalmente en autonomía absoluta. Del mismo modo que puede terminar concibiéndose una naturaleza humana completa y autosuficiente al margen de su vocación sobrenatural, podría acabar concibiéndose una historia igualmente autosuficiente, inteligible por completo desde sus causas inmanentes y metodológicamente cerrada a Creación, Providencia y eschaton.
Por supuesto, esta crítica recuerda bastante a Henri de Lubac. No sólo al de Surnaturel, sino también al de Catholicisme, con su firme resistencia a fragmentar lo cristiano en una serie de órdenes yuxtapuestos y con su insistencia en recuperar la unidad histórica, social y cósmica del designio divino. De esta forma, el autor del post emparenta también con la Radical Orthodoxy del matrimonio Milbank: la sospecha ante la supuesta “neutralidad” de un ámbito puramente secular, plenamente inteligible al margen de la teología, junto con el intento de recuperar una visión participativa, simbólica y, si se permite el anglicismo, “reencantada” de lo real frente al disenchantment moderno (el cual, según el autor, es en último término culpa del aristotelismo).
En este sentido, cuando el post afirma que hemos llegado a aceptar como algo natural que “la política puede pensarse sin teología, la historia sin Providencia, la filosofía sin Revelación”, me parece que la afinidad con ese diagnóstico es bastante clara. Lo mismo ocurre con la reivindicación de una mirada capaz de pasar per visibilia ad invisibilia, sin agotar la realidad en la descripción de sus mecanismos y causas inmediatas.
Ahora bien, creo que precisamente ahí aparece también el problema inverso. La legítima crítica a una historia “cerrada” sobre sus causas inmanentes no debería llevarnos a negar la verdadera consistencia de esas mismas causas. En lenguaje tomista, que Dios sea causa primera y gobierne providencialmente la Historia no convierte las causas segundas en apariencias, ni elimina la contingencia, ni priva a la ciencia histórica de un objeto y un método propios.
Dicho de otro modo: tan problemática sería una “historia pura”, completamente emancipada de Creación y Providencia, como una teología de la Historia obsesionada por encontrar el modo de convertir cada acontecimiento histórico concreto en una clave inmediatamente legible de un significado escatológico, haciéndolo encajar a martillazos en una periodización predefinida.
Quizá por eso me parece especialmente acertada la cautela que introduce el propio artículo al reconocer la degeneración del simbolismo cuando “cada guerra, número, personaje o innovación técnica exige inmediatamente su Bestia, su sello o su trompeta”. Tal es, a mi juicio, el necesario límite epistemológico. Que una realidad histórica pueda poseer una inteligibilidad más allá de la explicación de sus causas inmediatas no implica que nosotros podamos determinar siempre qué significado reviste en términos escatológicos, ni mucho menos situarla con precisión en una “cartografía” del fin del mundo.
Tal vez el verdadero desafío consista, entonces, en evitar ambos reduccionismos: ni una historia desencantada, clausurada en sus causas próximas y ciega a su término; ni una historia hiperteologizada en la que la contingencia y la libertad queden absorbidas por una lectura simbólica excesivamente segura de sí misma.
Personalmente, pienso que la pregunta que queda pendiente para la tercera entrega sería precisamente ésta: ¿cómo recuperar una auténtica inteligencia cristiana de la Historia sin recaer ni en el positivismo que sólo ve hechos ni en la sobre-exégesis que ve profecías por todas partes?
Por último, leyendo algunos comentarios, me parece importante añadir que la crítica de ciertos límites del aristotelismo es perfectamente legítima, pero convertirla en una diatriba contra la razón conceptual o contra la gran síntesis escolástica equivale a tirar al niño con el agua sucia, como dicen los anglosajones. Precisamente la escolástica mostró que recibir a Aristóteles no significaba someter la Revelación a Aristóteles, sino discernir, corregir y trascender al Filósofo allí donde la fe lo exigía.
La gran síntesis de Santo Tomás consistió justamente en servirse del formidable instrumental metafísico del Estagirita, corrigiéndolo y ampliándolo allí donde la Revelación obligaba a ir más allá de él. Algo semejante sucede con la creación, la Providencia, la libertad o el conocimiento divino de los singulares. Basta pensar en la distancia que separa al Primer Motor aristotélico, nóesis noéseos, del Dios bíblico que crea libremente, conoce y ama a sus criaturas y del que San Juan llega a afirmar que «es Amor» (y que, por lo tanto, ¡tiene voluntad!). La síntesis cristiana no resolvió esa distancia renunciando a Aristóteles, pero tampoco acomodando la Revelación a Aristóteles. Transformó profundamente el instrumental recibido para hacerlo capaz de expresar verdades que el Estagirita no había alcanzado.
Es por eso que me resulta profundamente injusto, y profundamente errado, ese «relato» ideológico falsario según el cual la recepción aristotélica constituye una especie de pecado original intelectual de Occidente. La gran empresa escolástica fue precisamente un gigantesco ejercicio de discernimiento: asumir lo verdadero, corregir lo insuficiente y rechazar lo incompatible con la fe. La Summa difícilmente puede considerarse el producto de una inteligencia que haya perdido la capacidad sapiencial de contemplar el conjunto.
Un saludo,
J. A. desde Madrid
J. A., estoy de acuerdo con su lectura.
Permítame una precisión con respecto a lo de la diatriba. Quiero insistir en que mi crítica no está dirigida contra Santo Tomás ni lo que usted llama síntesis escolástica. Creo haberlo señalado, pero aprovecho para remarcarlo una vez más. En ese punto se juega por entero lo que he querido decir. Tengo la impresión de que no estamos en partidos opuestos.
Mi diatriba es, como he dicho, en contra del tomismo y las fórmulas escolásticas como modo de tratar la fe católica exclusivo y excluyente. No estoy en contra la razón conceptual sino contra quien no admite otro acceso al conocimiento de la realidad que no sean los conceptos. Verá que, primero, estos blancos coinciden en particular con la figura de un comentarista en la primera parte de la serie de Raniero, quien opuso gratuitamente filosofía y pensamiento histórico, en contra de lo que usted ha dicho arriba y con lo que yo estoy de acuerdo. No debe tomarme como enemigo de la filosofía porque no lo soy. Y, segundo, esa mentalidad sí es un vicio occidental, uno del que un Santo Tomás, lector del Ps. Dionisio y poeta, no fue culpable.
Por otro lado, la escolástica está llena de luces y sombras. No solo son los santos Tomás y Buenaventura. También es averroísmo, Abelardo, casuística y exacerbación de auctoritates sobre la experiencia de la realidad. Podríamos incluso advertir que la tarea de discernimiento fue de cristianos filosofantes mucho más que escolásticos, quienes ocasionalmente se dio que procedían con ese método. Pero la empresa de contemplar el mundo a la luz de la fe para ordenarlo según Dios no está completa ni clausurada, ni se dice unívocamente en latín o según la forma literaria de una quaestio. De hecho eso es lo que, con nuestros límites, estamos tratando de hacer aquí.
Muchas gracias.
G. Marivs
Por eso se decía lo de la nouvelle théologie en otro comentario… y el autor se sintió tocado. Ladran, Sancho.
Estimado, le agradezco mucho el comentario.
No tengo nada que agregar. Usted ha reformulado, repensado y profundizado la cuestión central que quiero plantear. La pregunta que deja pendiente es, precisamente, la que lleva a la tercera entrega.
En cuanto a su explicación respecto de ambos «reduccionismos», estoy de acuerdo con usted.
Por lo pronto, en Motín III me limitaré a presentar brevemente, hasta donde me alcanzan las luces, cuál era el modo de inteligibilidad habitual en la tradición de la sabiduría cristiana hasta, aproximadamente, el siglo XII, cómo se relacionaban teología, filosofía e historia en dicha matriz y por qué juzgo importante volver a llamar la atención sobre estos puntos. Cómo se recupere esa visión -o si es recuperable- quedará a cuenta del lector. Podemos discutirlo en los comentarios, tal como estamos haciendo ahora.
Saludos.
Raniero.
Lo importante de Dios no es conocerle ni entenderle, sino adorarle y obedecerle.
Intentar conocerlo es entonces un medio para un fin, no un fin en si mismo (salvo para un profesor de teología ). Y nunca podremos entenderle bien con nuestra inteligencia y nuestra experiencia, siempre humanas y siempre limitadas.
Lo contrario es intelectualismo, que suele freír los sesos del incauto, como le pasó al infortunado de Don Quijote.
Podría instruirnos el docto Raniero con su concepción (perdón por la palabra, je), que sospecho non sancta, sobre el orden natural y el orden sobrenatural, y sus relaciones. A no ser que también le parezcan estas nociones herencias de un cripto racionalismo escolástico trasnochado, y tomista, para más inri.
Le sugiero comenzar por Física II y Metafísica XII de un muchacho llamado Aristóteles. Cuando encuentre allí el tratado sobre el orden sobrenatural, vuelva y nos instruye usted.
Raniero.
¿Y qué pinta aquí Aristóteles? Absurda manera de escurrir el bulto. ¿O sea que no admite la noción de orden sobrenatural?
Una delicia la respuesta.
WANDERER, se enteró de la última catequesis del Papa sobre la reforma litírgica?
Le sigue gustando este Papa o luego de tanto tiempo de asumido y habiendo hecho lo que viene haciendo, ya tuvo demasiado?
T.
No solo me enteré sino que hice dos posteos al respecto en mi cuenta de X.
Todavía falta para que pase la generación del 68, incluido el Papa León. Así que paciencia.
«El cardenal Robert Sarah dice que la aversión al latín y el canto gregoriano entre algunos en la Iglesia desaparecerá con la generación que lo creó.
En una nueva entrevista… el ex prefecto del Dicastery para la Adoración Divina y la Disciplina de los Sacramentos argumenta que la oposición a la liturgia tradicional está confinada en «círculos culturales autoreferenciales» que tienen más raíces en la psicología que en la sustancia. Una vez que la generación de 1968 pase de la influencia, él predice que también lo harán las «posiciones inútiles y unilaterales» que han disminuido la estatura cultural del catolicismo latino, una mudanza que ve venir para la Misa Tradicional en el latín y para la tradición en general.
El cardenal también emite un veredicto claro sobre las restricciones de 2021 del Papa Francisco sobre el antiguo rito…. El acceso a las formas rituales «reconocidas y en uso durante siglos», dice la cardenal Sarah, nunca puede ser legítimamente limitado por decreto. Y condena la hostilidad hacia los católicos de mentalidad tradicional de manera directa, llamándola «corto de vista», «pura ideológica» y, en última instancia, «dañina y destructiva para la Iglesia».
Fuente: Peter Kwasniewski
formas rituales «reconocidas y en uso durante siglos» legítimamente limitadas por decreto: ritos galicano, céltico, Sarum, York, Hereford, Bangor, Braga, Lyon, París, Rouen, Nidaros, Utrecht, Benevento, Aquileia, etc.
«Todavía falta para que pase la generación del 68, incluido el Papa León. «
Con todo respeto y sin querer sonar rudo, creo que la esperanza es nuestro peor enemigo.
Yo era los que esperaban que eligieran un nuevo Papa, pues el pontificado de Francisco se me hizo una antesala del infierno, con todos los escándalos. Nunca se acababa. En los foros católicos se decía «Dios nos enviará un Papa santo». Bueno, tenemos a Prevost y es un Francisco más diplomático y, por lo tanto, más efectivo.
Pero esperando, se nos pasaron 13 años. Durante estos 13 años, los progresistas avanzaron mucho en la Iglesia, los tradicionales fueron perseguidos (no hablo del tema polémico, sino de la gente tradicional en plena comunión con Roma), se nombraron obispos y cardenales progresistas (de forma que ya el colegio cardenalicio tiene mayoría), se avanzó en Amoris Laetitia y Fiducia Suplicans. Se empezó el Sínodo.
Muy bien, ahora esperemos a que acabe la generación de Prevost, los boomers. ¿Qué podemos esperar? ¿20 años más? ¿Cuánto habrán avanzado los progresistas en 20 años más? No se olviden del Sínodo, que es una bomba. ¿Alguien ha visto cuál es la doctrina de los obispos recientemente nombrados sobre la moral sexual desordenada? Y de las declaraciones de Prevost ni hablo.
Ellos hacen cosas, avanzan, progresan. Nosotros esperamos que se mueran. Es un partido de futbol donde un equipo sale a jugar y el otro se queda en los márgenes, orando. Aunque las generaciones más jóvenes son más conservadoras, siempre hay suficientes progresistas para llenar los puestos de obispos. ¿Vamos a esperar que muera el último progresista?
¿Esto es lo que pide de nosotros, Nuestro Señor, que no hagamos nada, que solo esperemos? Porque este pasivismo a mí me parece más propio del budismo que del cristianismo. El cristiano es alguien activo: un misionero, un luchador, un soldado de Cristo. San Pablo no se quedó en su casa esperando que Dios le hiciera su trabajo, sino que viajó por medio mundo. Cuando Pedro, el primer Papa, hizo algo reprobable, San Pablo «se lo dijo a la cara».
No es mi intención criticar, sino despertar. Si mi expresión no es diplomática, pido disculpas: yo no soy capaz de tanta diplomacia. Pero simplemente digo que la casa se quema y no podemos esperar hasta que solo queden cenizas.
Todas las personas somos hijas de nuestro tiempo, como es natural.
Los que vivieron el Concilio, para bien y para mal, tienen una visión de la Iglesia que no tenemos todos.
Es cierto que el largo reinado de Montini y la defeccion de los que estaban en contra favoreció que los obispos nombrados por Montini de todo el mundo cambiasen desde arriba la Iglesia (del mismo modo que el Rey de Inglaterra o el Elector de Sajonia cambiaron la de sus Estados)
Pero también es cierto que la reforma montiniana no ha funcionado ni traído los frutos prometidos (es decir, que se ha desprestigiado y deslegitimado sola), mientras que el Pueblo de Dios exige otra relación con lo sagrado.
¡Y encima ahora están apareciendo los papeles del Concilio y nos estamos dando cuenta de cómo estos malditos nos han engañado como a chinos !
Todo esto significa que tarde o temprano se relajará la prohibición de la antigua y venerable liturgia…y luego Dios dirá (qué liturgia favorecen los fieles con su presencia y su dinero )
Hay sin embargo una solución intermedia:
que la misa privada que haga el sacerdote sea la tradicional y la pública sea la de Bugnini.
Respecto a las órdenes, congregaciones e institutos religiosos creados antes del Concilio, se debería permitir que haya casas de antigua obediencia (cumpliendo la regla) y casas montinistas (incumpliendo la regla). Lo cual me parece justo.
Disandro trataba de algunas de estas cuestiones -en el caso la del «conocimiento simbólico»- en «Las fuentes de la cultura». Unos párrafos de los comienzos del libro, por si vienen a cuento:
«Mientras el conocimiento filosófico. sería un conocimiento conceptual-estático, el conocimiento simbólico sería un conocimiento dinámico-operativo-creativo, que está; como completando y suponiendo el otro. Esta aclaración es muy importante, ya que por lo común, cuando se habla de este tema, se supone que se destaca el valor del conocimiento simbólico negando el otro. No lo negamos; lo ubicamos, lo explicamos; y utilizamos esta gama, esta escala, con el propósito de tener un panorama más completo de las posibilidades del espíritu, en general, y concretamente, del espíritu encarnado que es el hombre.»
«Fuera pues de la significación cronológica de los términos “antiguedad” y “modernidad”, destácase esta otra de carácter absoluto, que es la que consideramos aquí: existe una mente “antigua”, cuando están en ejercicio todas las virtualidades del conocimiento simbólico-dialéctico; existe una mente “moderna”, cuando, eliminado el sentido “arcaico” del “asombro” (cf. Platón, Theeteto, 155d) (Aristóteles, Metaph. 982b. 10-15), el espíritu restringe su actividad contemplativa, operativa y creativa al dominio de la razón dialéctica, y por allí al nivel tecnológico del “dominio”. Los “símbolos” esclarecedores, que unen los “visibilia” y los “invisibilia”, son sustituidos por las “fórmulas”, inclinadas a procurar, desde un compartimento de lo abstracto, el señorío sobre las cosas. En este sentido, hay en la antigiiedad mentes modernas (como podría ser, por ejemplo, un Protágoras); y hay en la modernidad, mentes antiguas (como podrían ser, por ejemplo, Schelling o Rilke).»
(Recuerdo que por obras como esta Disandro fue duramente criticado por el P. Jean Dominique, de la FSSPX , en el opúsculo «El Dr. Carlos Alberto Disandro: ¿un tradicionalista?»; que a su vez fue ferozmente ridiculizado en el «Pampero Americano», la revista de los discípulos del filólogo).
Armando Elkat Echon
Por ahí van los tiros, sí señor. Disandro, con sus más y sus menos, fue uno de los pocos que pensaron «fuera de la caja». Hay que añadir que ese libro, intenta mostrar que el culto es fuente de cultura, ámbito viviente de lo simbólico.
En cuanto a Aristóteles y el aristotelismo hay que decir que sus magníficas obras son plantas que crecieron en la cultura griega. Sus semillas, luego, fueron plantadas en diversos suelos. Y hay suelos fértiles y suelos infértiles, depende del cultivo, la cultura y el culto. Una cosa es la letra y otra el espíritu.
En esa misma línea es asombroso el itinerario de C.S Lewis y su amigo Tolkien, ambos buscando en el «mito» la trascendencia del logos humano. En el Logos divino hecho carne, la realización y consumación de todos los anhelos míticos. Chesterton iba por el mismo sendero. Poesía, profecía y símbolo ( Escrituras Sagradas) La ratio opera como un arte que despeja el camino hacia esas regiones del espíritu (o lo impide): «no hay que envejecer en Artes».
Tampoco hay que olvidar el prólogo de Santo Tomás a la Suma teológica, en el que aclara citando a San Pablo Apóstol: les dí leche como niños porque no estaban aptos para el alimento sólido. Una «propedéutica» (atended a su etimología) de los misterios.
En este sentido también, toma relevancia la «batalla cultural» de la liturgia (como refiere el señor Raniero) porque es fuente de cultura. Batalla definitiva.
No hay mito sin rito, ni rito sin mito. Y en Cristo el mito se hace realidad.
Kant, en el prólogo a la Crítica de la Razon Pura, pone la metáfora de la paloma que volara sin la resistencia del aire. Le podría robar la metáfora y decir que la paloma de la razón no puede volar sin el aire de los mitos, sin el espíritu de las narraciones sagradas. Saludos.
Y bien criticado. Que los lefebvrianos sean cismáticos no implica que no acierten en algunas cosas.
¿En «algunas cosas»?
¿Hay tanta diferencia entre el catolicismo de la FSSPX y el de los jerarcas vaticanos y jesuitas porteños?
A parte naturalmente de la Pachamama, la justicia social-ista (¿kamporista?) y la justificación por la fe («sola fide») criptoprotestante…
Recuerde que, para bien y para mal, ambos tienen en común el catolicismo de antes del Concilio e incluso de ciertas declaraciones del Concilio.
Don Armando.
Excelente su aporte a la discusión recordándonos al gran Disandro con una cita tan oportuna. Viene muy a cuento del artículo, precisamente porque «esta aclaración es muy importante, ya que por lo común, cuando se habla de este tema, se supone que se destaca el valor del conocimiento simbólico negando el otro.»
Gracias de nuevo, como siempre.
Saludos.
Raniero.
Caía de maduro que mezclar una religión semítica, llena de simbolismo y poesía, con un Dios antropomórfico al punto de encarnarse, con la lógica y la filosofa racional de Aristóteles iba a resultar en algo que ni sirve al científico, ni alimenta al creyente.
Jorge
Bueno, una religión con más de 1.200 millones de fieles en el mundo yo no diría «ni caía de maduro», ni «sirve al científico» ni «alimenta al creyente». Una religión que, por otra parte, ha creado la civilización más exitosa de la historia y que ha influido (yo diría que para bien) el resto de las civilizaciones y culturas del mundo.
El cristianismo nace como una religión de los judíos en una parte del mundo profundamente helenizado; y recuerde que la Biblia griega, que traducirá al latín San Jerónimo (la Vulgata), es una traducción hecha por los judíos de Alejandría para ellos, porque su lengua es el griego.
Si hay una característica propia de la cultura griega, a parte de sentirse superiores a los que no hablan griego («bárbaros»), es el cultivo de la filosofía.
Por tanto los primeros cristianos tienen que entender la revelación desde el punto de vista de la filosofía; tanto para comprenderla, como para predicarla y para extenderla. Ese es su mundo y ese es su prestigio, por lo que es inevitable.
De hecho los Padres de la Iglesia no son unos cualquiera, sino personas con una muy buena educación clásica en griego, que utilizan para reflexionar sobre el cristianismo. (Agustín, en el mundo latino, es un profesor de retórica latina, de ahí su prosa)
Entonces desde el principio se intenta fundamentar con la razón la revelación en lo que se pueda, porque, recuerde, las cosas divinas son de otro mundo y nosotros estamos limitados por nuestra condición humana (de la misma manera que una persona que habla castellano en Moscú está limitado por su lengua materna, porque los rusos hablan otro idioma )
Respecto al mito de la «ciencia», ésta no tiene nada que ver con la filosofía ni con la religión; y la ciencia moderna tampoco tiene nada que ver con sociedades pre-industriales,
Respecto a «alimentar al creyente», la razón es una de las maneras (no la única ni la más importante ) de convertir y de dar seguridad en la fe (aunque es cierto que la conversión es un hecho involuntario y automático )
A mi modo de ver es que una cosa es el profesionalismo de los profesores de las facultades de teología (pasa en todas disciplinas universitarias), que necesariamente tienen que fijarse en minucias, y otra cosa muy distinta es el uso de la religión del día a día, que no lo necesita.
Esto ha creado conflictos, por ejemplo, en aquellas personas que por devoción tienen vocación sacerdotal, pero que no les interesa la filosofía o la teología; y menos a esos niveles. Pero que tienen que estudiar y aprobar para poder ser ordenados sacerdotes.
Lo que es extraño es que la(s) Iglesia(s) Ortodoxa(s), aunque vienen directamente de ese mundo griego, son de cultura griega (y evidentemente la Iglesia Griega sigue utilizando el griego)…está llena de simbolismo y poesía, cosas que la Iglesia Latina ha perdido.
Finalmente olvidamos que, hasta el año 70 dC, la religión hebrea NO tiene nada que ver con las sinagogas (edificios comunales de reunión y de estudio ), sino con el Templo de Jerusalén; y es una religión sacrificional, como tantas en el mundo antiguo; el simbolismo y la poesía no tienen nada que ver en el culto.
Gracias por su respuesta
» la Biblia griega, que traducirá al latín San Jerónimo (la Vulgata), es una traducción hecha por los judíos de Alejandría para ellos, porque su lengua es el griego.»
Error básico. El texto del Antiguo Testamento que San Jerónimo tradujo al latín es uno hebreo proto-masorético, no el griego de la Septuaginta.
«(aunque es cierto que la conversión es un hecho involuntario y automático )»
Primero pensé, en una interpretación caritativa, que había querido decir «no es un hecho involuntario y automático» y había omitido por error el «no». Pero el comentario del 27 de agosto de 2026 a las 13:10, que dice «La creencia, además, es involuntaria y automática.», me lleva a concluir que el error en ambas afirmaciones no es de tipeo sino conceptual. Para mostrar este error podría simplemente citar ST II-II Q.2 a.9 «el de la fe es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina bajo el imperio de la voluntad movida por la gracia de Dios; se trata, pues, de un acto sometido al libre albedrío y es referido a Dios.» pero recurriré a lo que un Maestro infinitamente superior a Santo Tomás dijo al principio y al fin de su predicación:
«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.» (Mc 1,15)
«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.» (Mc 16,15-16)
Si convertirse y creer fuesen «actos involuntarios y automáticos», la exhortación inicial no tendría sentido y la condena final sería radicalmente injusta.
Efectivamente San Jerónimo tradujo el Antiguo Testamento del hebreo, el Nuevo Testamento, de manuscritos en griego, y los libros deuterocanónicos del griego, excepto los libros de Tobías y Judit, que lo hizo del arameo.
La Septuaginta se utiliza como la versión griega, especialmente para las Iglesias orientales.
¿Qué cree que significa (voluntad) «movida por la gracia de Dios» (ST II-II Q. 2 a. 9)?
El catecismo de la Santa Madre Iglesia enseñaba a la pregunta «¿Eres cristiano?», la respuesta «Sí; soy cristiano por la gracia de Dios».
(San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Corintios 15:10)
La voluntad es necesaria para que esa gracia se concrete en algo formal, por ejemplo bautizarse, vivir como un cristiano, etc.
En cualquier caso esto no tiene nada que ver con teología, sino con psicología (conflicto religión-ciencia )
Respecto a las declaraciones de Cristo, Él está hablando a personas que conocen muy bien la Ley, lo que es bueno y lo que es malo; simplemente les está ordenando que se reformen. Cosa en la que ya insistieron los profetas.
Respecto a la salvación de los que creen y son bautizados y a la condena de los que no, la condición para disfrutar del cielo la abre Jesús venciendo a la muerte para aquellos que cumplen la voluntad de Dios y se bautizan; para los que no, seguirán como siempre.
La conversión hay que entenderla también como «conversión de costumbres»; y esto no tiene nada de intuitivo, sino de voluntad, obediencia y humildad.
La realidad es que pesan más en la conversión el ejemplo personal del misionero, el interés de la persona, el prestigio de la religión (que demuestra con hechos que es «verdadera»)… La lógica o la razón tiene más bien poco que ver; siendo más una introducción a la fe, un complemento, el prestigio que damos a la razón.
Pero si el corazón no se convierte, la razón tiene poco que hacer.
Naturalmente en todo esto planean dos realidades diferentes:
El de la persona que, normalmente bautizada, vive en un contexto cristiano, por lo que ha interiorizado y vive buena parte de la doctrina cristiana.
El de la persona que vive en una cultura pagana, herética o atea.
A dos realidades diferentes, las respuestas por necesidad serán diferentes. Los resultados suelen ser también diferentes.
Interesante separación de religión y razón. Lamentable. Usted es un ejemplo de no haber entendido a Santo Tomás y quedarse, como quien dice, en la cáscara. Y usted celebra estos artículos… Si piensa que pensamos con el cerebro, por muy mal camino va.
Eso de criticar la razón y la lógica sirviéndose de la razón y la lógica es una muestra de que no han de ser criticadas. El que quiera coherentemente criticarlas debe, como decía el sabio Estagirita, convertirse en una planta.
Estimado, le agradecería que critique argumentando algo. De lo contrario no aporta nada a la discusión.
Saludos cordiales.
Raniero.
La religión (se entiende la verdadera religión, esto es, la CATÓLICA) y la razón NO están separadas.
Por lo menos no menos que la filosofía y la física.
La «religión» (entendida como teología) es como con la razón humana interpretamos la revelación.
Naturalmente no puede ser de otra manera, porque el hombre es una «caña pensante» y esa es la manera, junto con la observación, de relacionarse con el mundo exterior.
Esto naturalmente tiene el limite de la razón que, por ser humana, es imperfecta; de hecho, aunque parezca lo contrario, hay tantas «razones», filosofías, teorías, ideologías…muchas de ellas contrarias entre si o enfrentadas, que parece mentira que salgan todas de la razón. Muchas de ellas el tiempo las acaba descartando. A veces incluso son muy mortíferas, como ha sucedido con el comunismo, epítome de la razón donde los haya,
Cuando nace la filosofía con los presocráticos, la filosofía y la física estaban unidas («filosofía» = amor a la sabiduría) ; de hecho Aristóteles también se ocupa de la física.
El desarrollo de la física y su expresión algebraica han hecho de esta actividad una ciencia independiente, señalando las debilidades de la filosofía, cuya importancia sigue siendo pensar sobre algo en espiral y amar la sabiduría.
Por cierto, que también hay una teología creativa que funciona como juego de salón, porque la razón da para mucho y más todavía.
Una serie excelente, de la que aprendemos mucho. Gracias por compartir. Solamente unas notas, de alguien que no es experto en la materia. Quizás alguien que sabe más que yo me corregirá, lo que agradecería.
Yo veo la adopción de Aristóteles como un proceso de racionalismo creciente de la civilización occidental. Siguiendo a Iain McGilchrist, distingo dos formas de contemplar la realidad. La del hemisferio izquierdo del cerebro analiza la realidad, dividiéndola en partes mientras que la del hemisferio derecho concibe la realidad como un todo. La primera es la de la razón, la lógica, el lenguaje. La segunda es la del arte, la religión y la contemplación natural. La historia de la civilización occidental es el golpe de estado que el hemisferio izquierdo le hace al derecho (que es el que tenía que ser el dominante), tomando el control de la persona y de la cultura, lo que acaba creando mundos virtuales coherentes en sí mismos pero alejados de la realidad.
Cuando lees San Agustín y Santo Tomás de Aquino, ves el progreso que la introducción de Aristótles produjo a esta victoria del hemisferio izquierdo. En San Agustín, los dos hemisferios están más integrados. San Agustín usa argumentos lógicos pero puedes leer la sed de Dios en ellos: todo está conjunto. Uno lee a Santo Tomás de Aquino y parece que esté leyendo un libro de teoremas filosóficos: es todo hemisferio izquierdo: la lógica de la teología. Sabemos que Santo Tomás era devoto y tuvo experiencias místicas, pero nada de esto se refleja en sus escritos, que son escritos completamente racionales
Aristóteles era, por supuesto, del hemisferio izquierdo, porque correspondía a la decadencia de la civilización griega y, en tiempos de decadencia, el racionalismo abunda. Introducirlo en el cristianismo hace que una filosofía fundamentalmente atea se le dé un barniz cristiano, creando un compuesto inestable, en contradicción con él mismo. Uno puede comparar esto con la iglesia ortodoxa, que no adoptó el aristotelismo y ha sido siempre más mística y ritual (hemisferio derecho) y menos filosófica y legalista (hemisferio izquierdo).
Al final, el agua y el aceite no se pueden mezclar y se producen dos corrientes: el racionalismo (donde la parte lógica domina) y el fideísmo (donde lo importante es la fe y la razón se desprecia). Dos ríos desintegrados en que los dos hemisferios navegan separados, sin la integración que vemos en San Agustín.
En la cultura general, el racionalismo gana, con lo cual se tiende hacia el ateísmo. En el cristianismo, quizás por reacción, se tiende hacia el fideísmo. Yo he sido testigo de cómo se desprecia cualquier iniciativa de equipar a los fieles con argumentos con los que contrarrestrar la cultura atea de nuestros tiempo. Parece que lo único importante es la experiencia personal y el testimonio. (Yo podría contar muchas anécdotas personales de esto, pero se alargaría demasiado).
Más concretamente, en la iglesia católica, se supone que el razonamiento debe subcontratarse a la jerarquía y el católico solo debe obedecer, no importa lo contradictorias que sean las posiciones de la jerarquía. Después vienen los protestantes, sueltan dos versículos de la Escritura sin su contexto y hacen conversiones en masa: el católico no tiene armas para defenderse, habiendo sido reducido por la jerarquía a un ignorante de su fe y de la lógica que hay tras de ella (También tengo anécdotas). Hoy en día, la mayoría de gente que va a misa todos los domingos desconoce su fe.
En todo caso, nuestra civilización occidental se desmorona, al no poder integrar los dos aspectos de la persona en uno solo. Aristóteles fue el primer paso, pero no el último.
Gracias por sus aportes, estimados.
Es un tanto peculiar su filosofía de la historia de base neurológica. Pero sin dudas muy original.
Saludos cordiales.
Raniero.
Gracias, Raniero. En realidad, no me interesa que sea original, sino que sea cierta. Siéntase con libertad de hacerla trizas.
Imnobody00
…»Aristóteles era, por supuesto, del hemisferio izquierdo, porque correspondía a la decadencia de la civilización griega»…
Aristóteles vivió durante la edad de oro de la Grecia clásica, un periodo de gran esplendor cultural y filosófico; y ha influido enormemente la civilización occidental.
¿Eso significa que pensase con el lado derecho del cerebro?
Una idea popular, pero falsa (salvo que quiera aprender a dibujar con el método de Betty Edwards), porque (entiendo ), cualquier actividad activa varias áreas del cerebro; no es cosa propiamente de un hemisferio o del contrario.
Yo diría que esa enorme labor de sistematización y exposición que hace sobre todo, implica estudio, vocación, inteligencia y creatividad; aunque buena parte de lo que expone no sea propiamente suyo.
Mire, evidentemente Aristóteles vivió en la decadencia de la Grecia clásica. De hecho, la polis griegas ya no existían, habían sido conquistadas por Filipo de Macedonia, cuyo hijo (Alejandro Magno) fue el discípulo de Aristóteles. ¿Qué más decadencia que esto? Es como cuando el Imperio Romano fue conquistado por los bárbaros.
Esto no demerita a Aristóteles, porque la historia del pensamiento tiene sus propias reglas. Normalmente, los periodos de nacimiento de una civilización se llevan al discurso mítico (como Homero) y los periodos de decadencia se llevan al discurso racional (como Aristóteles).
Sobre su objeción de los dos hemisferios del cerebro, tiene más sustancia y la puedo sustentar, pero para mí es irrelevante, así que puedo aceptar su tesis. Quizás no había debido citar a McGilchrist porque llevé a una tangente.
Pero es cierto que hay dos modos de comprender la realidad: el racional y el experiencial. En la religión tenemos el intelecto y el ritual o la mística. Llámelo X, no lo llame hemisferios, pero la tesis se mantiene. O se mantiene frente a su objeción, aunque quizás no se mantiene ante otras.
Imnobody00
Usted confunde la decadencia política con la decadencia cultural.
Las polis griegas debían desaparecer porque eran pequeñas estaban divididas por la democracia y enfrentadas unas con otras (y no podían hacer frente a entidades mayores, como el reino de Macedonia, que se limitaba a conquistarlas una a una)
Y es cierto que esa multitud de ciudades independientes fue esencial para tener el dinamismo y la originalidad de la cultura griega.
Pero precisamente a partir de las conquistas de Alejandro se crea en el Mediterráneo oriental la civilización helenística, heredera directa de esas polis griegas:
Euclides, Arquímedes, Eratóstenes, Aristarco, Hiparco, Herón, Polibio, Ptolomeo, Epicuro, Zenón, Menandro, Luciano, Calímaco, Teócrito, la medicina en general. El faro de Alejandría, el Colodo de Rodas, Pérgamo… En cuanto a escultura, -Venus de Milo, Lacoonte, Fauno Barberini, el Niño de la oca, el Galo moribundo, el Espinario, la Victoria de Samotracia, el altar de Pérgamo, Polieucto…son ejemplos de esa decadencia de la que usted habla.
Por eso Horacio tuvo que escribir con razón:
«Graecia capta ferum victorem cepit et artis intulit in agresti Latio».
(Epístolas 2, 1, 156-157)
…»nuestra civilización occidental se desmorona, al no poder integrar los dos aspectos de la persona en uno solo»…
Nuestra civilización occidental se desmorona por varias causas, que no son precisamente las que usted menciona.
Hay desde luego un ataque continuo contra ella (y nosotros) de personas con el suficiente poder de influir en los políticos.
Por ejemplo cambiando los planes de estudio de los niños y jóvenes y relajar las condiciones de aprobado.
Así se lee historia de la literatura, sí; pero no se estudia la poesía; mucho menos se aprende de memoria. La poesía es mucho más importante de lo que se piensa, porque utiliza lo más intimo y personal que tiene el individuo, la lengua, y transmite arte, ingenio y belleza. Todos los pueblos tienen 2 cosas en común sin excepción: la religión y la poesía…
Históricamente la masonería ha estafo en contra del aprendizaje del latín en los colegios (porque el latín en nuestra cultura es una lengua sagrada y favorece que haya ceremonias sagradas, fortaleciendo al catolicismo)
La radio, la televisión y el tocadiscos, a pesar de acercar enormemente la cultura a las masas, totalmente impensable en tiempos anteriores, crean pasivos. Antes la gente, para divertirse tenía que salir, tocar un instrumento o juntarse con otras personas para escuchar música. Hoy ya no, con lo que cambia también las pautas de socialización (esta es una de las razones por la que los fieles dejaron de ir a los servicios religiosos. La misma tendencia se ha agravado con los videojuegos y el internet.
El Estado del bienestar crea pasivos dependientes directamente de los políticos (a cambio del voto)
La cultura popular ha adquirido tanta fuerza y prestigio que ha acabado expulsando sin esfuerzo la cultura más refinada.
También se fomenta lo que en cualquier sociedad aparta, como el feísmo en las artes, lo marginal, lo extranjero, creando además grupos que favorecen estas manifestaciones y funcionan como quinta columna. Incluso la novedad por la novedad y la creatividad por la creatividad, tan propias de occidente, son antagónicas por definición de lo que ya hay.
Nuestras élites, en parte gracias a la movilidad social, no promueven lo mejor que hay, sino que sigue las tendencias populares. (así, por cierto, y no por el cristianismo, desapareció la cultura clásica en el siglo IV)
La democracia, como ya advirtieron Gustave Le Bon y Tocqueville, es enemiga de lo que sobresale, por lo que aplicado a las artes, impide las obras maestras (pero la industrialización y las clases medias favorecen una calidad media)
Etc, etc, etc.
A lo que usted se refiere es que un excesivo desarrollo intelectual se hace normalmente a cambio de no desarrollar otras cualidades (empezando por el sentido común y el emprendimiento ). Pero es que así es occidente.
(por cierto, que el desarrollo intelectual individualiza a la persona y hace que no se integre bien en el grupo, lo que aliena, ñero también favorece su originalidad y su creatividad)
Sin embargo, dado el carácter de este blog católico (y de que no podemos escapar de nuestra civilización), lo importante es la vivencia religiosa en primer lugar y la cultura religiosa en segundo; teniendo siempre presente que el catolicismo es una religión mundial, no es sólo occidental, y que los no occidentales tienen también derecho a su cultura (cultura que necesariamente estará impregnada de religión pagana)
Algo de lo que el autor señala hacia el final impregnó las más ardientes súplicas de un Aldous Huxley en sus ya lejanos días: que se erigiesen más cátedras de síntesis en desmedro de las numerosísimas de análisis. Resulta perentorio salir de esta vía muerta de la especialización microcientífica, del auge de los «saberes» (que les dicen) en beneficio del saber, de la sapientia. Será la Providencia quien nos lo obtenga, como cada vez que les ofreció a los hombres una encrucijada donde éstos encontraban un aparente atolladero.
Zenón Contreras, marqués del Carcaragnà.
Estimado, muchas gracias por la referencia a Huxley y sus cátedras de síntesis. Estamos de acuerdo. De alguna manera, parece que urge volver a considerar a la filosofía como sapientia y no como mera ciencia.
Saludos.
Raniero.
En mi experiencia de profesor universitario la mayor parte en occidente y una parte en Oriente puedo compartir lo siguiente. La forma mentis simbólica de la filosofía-literatura oriental y también de su teología, encuentra una gran barrera para abordar los debates sociopolíticos contemporáneos y alguna posible integración con la ciencia contemporánea. Eso lo viví y lo viví. Si a algún contertulio no le gusta, pues: que salga el sol por Antequera!
Cuando decimos, con razón, que occidente es Roma (derecho), Atenas (filosofía ) y Jerusalén (la Biblia/revelación ), ese «Atenas» viene precisamente del aristotelismo de las escuelas medievales de filosofía que, aplicando su rigor filosófico, influyeron en la forma de pensar de la población, que no existe en otras culturas del mundo ni mucho menos.
Sin embargo una cosa es tener rigor de pensamiento y otra cosa muy distinta es reducir la realidad (o incluso un pasaje bíblico, porque no ha sido escrito para eso) a un silogismo.
La superación de la ciencia antigua transmitida por textos (interpretados así ) por la observación directa sistemática de la naturaleza (y su transcripción matemática, que le da otro rigor ) más las necesidades reales de la predicación, que no necesitan tales largos estudios filosóficos, acaban debilitando su fuerza. La puntilla será utilizar la técnica de razonamiento que utiliza Euclides en su geometría para pensar (Descartes, Spinoza)
En el siglo XIX el neotomismo (que presenta la filosofía de St. Tomás como cualquier otra exposición filosófica moderna) es la puntilla.
Y sin embargo estudiar directamente a St. Tomás (la forma de la escolástica más completa e integrada) sigue teniendo su valor como escuela de inteligencia y arte de pensar; siempre que se tengan presente sus límites.
Es curioso que el movimiento norteamericano de «Great Books of the Western World » de la Universidad de Chicago (Hutchins y Mortiner) tenía como uno de los libros a leer y discutir extractos de la Summa Theologica (principalmente prima secundae, la teoría del derecho)
Respecto al símbolo, es una manera más de transmisión de conocimientos, que no pasa por la razón, porque es intuitivo.
También los griegos lo conocieron (platonismo) y tuvo su cultivo durante el renacimiento y el barroco; la alquimia por ejemplo participa de esta manera de ver el mundo que se basa en el asombro y la necesidad de dar sentido a las cosas.
¿La misa tradicional está dentro de esta manera de conocimiento ?
Pues es posible; pero no hay que olvidar que la misa tradicional (al contrario de la montinista, que es participativa y comunitaria) es una manera sagrada de dar culto a Dios. En la manera en que necesitemos dar sentido a la vida a través de la religión (lo que es normal ), el culto divino es necesario.
Y esto es tal vez lo que explica que el Pueblo de Dios haya abandonado en masse el banquete eucarístico protestantizante.
Estimado. A su pregunta cabe un «sí» por respuesta. La misa también entra en el campo de lo simbólico. Lo cual no nos aporta demasiado, ya que la expresión es todavía demasiado amplia. Para sacar algún provecho del tema, habría que ir precisando sus formas y manifestaciones específicas. Con relación a lo litúrgico, sin embargo, no puedo ser yo quien aporte luz por la sencilla razón de que no es un tema que haya estudiado lo suficiente.
Quizás algún comentarista se atreva.
Saludos.
Raniero.
Raniero, he esperado con gran entusiasmo su publicación. Disculpe la inmodestia, pero es un gusto leerlo. Más bien, no solo leerlo, sino meditar con ocasión de lo que nos propone. Habré de volver varias veces a su publicación, porque nos presenta numerosos aspectos que merecen lectura pausada y remisión a otros textos. Seguramente algunos comentaristas nos ofrecerán más material.
Así, rápidamente, se me ocurre un punto. Cuando usted dice que «vuelve a resultar menos extraño admitir que una realidad pueda significar algo más de lo que explica su funcionamiento inmediato», está repitiendo algo que el mismo Aristóteles ya había afirmado: to on legetai pollachos.
Me considero educado por maestros lectores de Aristóteles y Santo Tomás, y sin dudas las obras del Estagirita están entre mis libros de cabecera. Gracias a esa familiaridad, puedo comprobar que una cosa es el texto aristotélico como materialidad objetiva y otra muy distinta la formalidad con la que se lo lee o, como dicen los alemanes (sepan disculpar), lo «reciben». Una vida dedicada a leer en latín o en griego una serie de comentadores no es garantía de una comprensión, digamos, «correcta» o definitiva. En otras palabras, como dijera Pieper, Santo Tomás admiraba a Aristóteles no porque fuera él, sino porque creía ver en él a un maestro que expresaba mejor que otros la realidad. Entonces, es el orden del ser lo que constituye la piedra de toque de tantos conceptos y palabras. El problema es que cuando nosotros nos enfrentamos con Aristóteles (y, por extensión, con cualquier filosofía o cualquier idea), no estamos accediendo directamente al orden del ser, sino al orden del conocer.
¡Problemón! Pues la filosofía (o los conceptos y su entrelazamiento lógico) apenas compone un medio o signo para acceder al orden de la realidad, o mejor dicho, a su entendimiento. Podemos discutir si la filosofía es el mejor modo y en qué sentido. Pienso que es una discusión inútil que no lleva a nada, incluso aunque algo pueda extraerse de allí con esfuerzo. Cuando uno discute contra estos pedantes como los que sienten aversión hacia otro modo de acceder (legein, digamos) al ser, en realidad no es tanto un enfrentamiento contra Aristóteles o Santo Tomás contra quien uno discute, sino contra esas enfermizas unilateralizaciones que se podrían llamar aristotelismo y tomismo.
Los buenos maestros no son unilaterales, pero tampoco agotan el universo de posibilidades que ese «legetai pollachos» abre y admite. Cuando el comentarista que cita todo en latín se coloca en contra de lo que despectivamente llama «los historiadores» o la «forma histórica» de pensamiento e inmediatamente quiere encontrar (introducir) en ella toda clase de deformaciones filosóficas, errores y no sé cuántas yerbas más, habría que mandarlo nuevamente a estudiar el principio de que el ser se dice de muchas maneras. Como le digo: lo enfermizo no es el filósofo, sino el filosofismo —también trabajado por Gilson. El gran problema que este tipo de gente, seguramente muy estudiosa y bien disciplinada, suscitan, es que hacen odiosa la práctica de la filosofía al mayor número de potenciales lectores. Es un pésimo servicio que le prestan al arte al que se dedican. Sin embargo, insistentemente regresan con toda clase de anatemas y epítomes, mostrando que no les interesa estar en la verdad o compartirla, sino sentir que tienen razón y que han dado final a las discusión de un golpe en la mesa. Eppur si muove!
A veces, incluso pareciera que su interés es que en las discusiones aparezcan (¡!) los conceptos que han recogido en algún tratado, sin importar cómo ellos pueden ser operacionalizados de una y otra manera. Es como un sutio culto al ídolo de la forma abstracta. O bien, que aparezca tal o cual fórmula (y si en latín, mucho mejor). Bueno, eso es una triste renuncia al orden del ser. ¿Queda algo del conocer? Yo también me ofrezco para ser devorado por las fieras, pero eso es un problema mío porque me divierto con la provocación. Regreso al artículo.
Es una sorpresa bienhadada que haya incluído a Huizinga y su tratamiento del fin del simbolismo. Efectivamente, es una gramática irreductible a los conceptos y a las alegorías. Hay una inconmensurabilidad entre el modo de decir del artista liberal y los del poeta y el místico. Son formas que deben ser dejadas a su modo cada una. Lo que constatamos una y otra vez, en cambio, es que los filósofos han pasado de un simple motín a una tiranía absolutista durante la modernidad e incluso hasta el pasado y presente siglo. Por su lado, a místicos y poetas no les faltan intentos de jugar a ser filósofos. Babel se reactualiza día tras día, mientras los hombres hacemos caso omiso al milagro de Pentecostés. Aquí no podemos achacarle la culpa a la filosofía, la historia, la mística o la poesía. Sería más útil confesar que nosotros somos los culpables por nuestras propias estrecheces, formulismos e idiocia. El deseo del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal nos afecta a todos.
No quiero dejar de notar un segundo problema. No solo se dio una mutación en el modo de proceder intelectualmente respecto a la creación. Digamos: en el artículo está planteado algo así como un paso del teocentrismo al logocentrismo, del simbolismo religioso hacia un modo científico. Como si hubiéramos perdido interés en lo sobrenatural y lo hubiéramos puesto en lo meramente natural. La solución a esta sustitución sería bastante sencilla. No habría que hacer más que simplemente recuperar el modo perdido de sabiduría cristiana.
Yo lo que veo es algo un poco más difícil de resolver: el modo «filosófico», conceptual, invadió y capturó la sabiduría cristiana. Incluso en lo que hace a lo más sacro que hemos recibido los cristianos, que es la economía de la gracia. Hoy en día somos realmente incapaces de concebir la santa fe de otro modo que no sea con una formulita escolástica. La propia teología dejó de estar basada en el apofatismo y se convirtió en formulación clara y distinta de los contenidos revelados. El teólogo ya no fue cualquiera que tuviera trato con Dios, sino el profesional de las declaraciones dogmáticas, los grados de asentimiento y experto en cánones. Pero esto es una tendencia anterior incluso a la introducción de Aristóteles. Ya está presente en San Anselmo. Como lo sugerí en un comentario a la primera parte de este trabajo, creo que habría que buscar en la forma mentis de la Iglesia latina la raíz de esta clase de abordaje racionalizante de la religión.
G. Marivs
Estimado amigo, debo decirle con toda sinceridad que concuerdo completamente con lo que dice. Yo no podría haberlo expresado mejor.
Creo que tenemos algún amigo en común con el cual coincidir para continuar estas conversaciones.
Pondré énfasis en algunos fragmentos suyos que he disfrutado especialmente y que profundizan algunas de las intuiciones del artículo.
Dice usted: «Me considero educado por maestros lectores de Aristóteles y Santo Tomás, y sin dudas las obras del Estagirita están entre mis libros de cabecera.» Y luego concluye, «Cuando uno discute contra estos pedantes como los que sienten aversión hacia otro modo de acceder (legein, digamos) al ser, en realidad no es tanto un enfrentamiento contra Aristóteles o Santo Tomás contra quien uno discute, sino contra esas enfermizas unilateralizaciones que se podrían llamar aristotelismo y tomismo.» Coincido completamente. También debo yo a los grandes maestros la misma gratitud que usted les profesa. Y por eso la diana no son ellos, sino los que hacen filosofismo como bien señala usted parafraseando a Gilson. También era esa la intención de San Buenaventura, como hemos visto.
Pasando por alto algunos otros aciertos suyos, dice hacia el final: «Yo lo que veo es algo un poco más difícil de resolver: el modo «filosófico», conceptual, invadió y capturó la sabiduría cristiana. Incluso en lo que hace a lo más sacro que hemos recibido los cristianos, que es la economía de la gracia. Hoy en día somos realmente incapaces de concebir la santa fe de otro modo que no sea con una formulita escolástica.» Otra vez, no puedo estar más de acuerdo con usted. También hay algo de eso en San Anselmo, es verdad. Y configura una forma mentis racionalista y conceptualista que ha terminado por caracterizar tristemente a la Iglesia Latina. Una clave podría ser la de restaurar la palabra filosofía, íntimamente ligada a la sapientia por conexión etimológica directa: σοφία. No es un mero juego de palabras: leía hoy un texto de Alcuino de York (Disputatio de vera philosophia) en el que las palabras filosofía y sabiduría aparecen claramente utilizadas casi como sinónimos. En el sentido antiguo, la filosofía no es otra cosa que un ascenso espiritual hacia el Bien, la Verdad y la Belleza.
Saludos.
Raniero.
Estudiar con atención e intención a los grandes maestros es la manera de intentar elevarse hacia su nivel, aprendiendo con el esfuerzo.
En el caso concreto de Aristóteles y Santo Tomás, es una manera de aprender a pensar con rigor y sistema.
¿Operacionalizados? ¿Cómo puede una persona sabia destrozar el lenguaje tan brutamente? No es sabia. Es sobrepensante y eruditísimo.
Anaximingo
Anaxi: encontrará más defectos estilísticos que ese único. Gracias por aportar un postrero orden de renuncia a lo real en occidente: la pura materialidad literaria. No le puedo pedir en ese estado ni siquiera que acceda al orden del conocer.
G. Marivs
Aquí hay una valoración católica:
«Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida».
Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, numeral 36.
«Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece.»
Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, numeral 36.
Raniero.
…»Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe»,..
Es totalmente ridículo y recoge los prejuicios e intereses de los ilustrados, transmitidos hasta hoy por la masonería y «librepensadores» como fundamentos de su dogmática anticatólica.
Vamos a ver, lo que llamamos «ciencia» básicamente es la REALIDAD, lo que hay; lo que existe. Aunque realmente es el método por el cual descubrimos la realidad que no está a la vista, la exponemos racionalmente, si es posible (ej. física) se le da una estructura matemática, de modo que se pueda repetir la experiencia por cualquiera (para comprobar el descubrimiento, aceptarlo si pasa la prueba y rechazarlo si no la pasa ).
Cuando interpretamos la revelación (ie: leemos las Escrituras), la interpretamos cada uno según la experiencia personal que tenga; por ejemplo, cuando en el Evangelio de San Juan leemos la palabra «montaña» (ciencia»), entendemos que es una montaña (lo ideal es que ambos conocimientos concuerden)
(Por eso los primitivos flamencos, cuando pintaban Tierra Santa, la pintaban como Flandes, con algunos toques exóticos para ambientar, porque para ellos y sus comitentes su experiencia de un país es justamente ese, Flandes, aunque esté en Palestina del siglo I)
Es imposible que, leyendo la palabra «montaña», queramos interpretarla como otra cosa)
La creencia, además, es involuntaria y automática.
Es cierto que hay en la revelación cosas que «lógicamente» no cuadran, como las Personas de la Trinidad (no entro en esto y la escolástica lo explica «racionalmente» de cierta manera), la resurrección de los muertos…etc.
Pero es que ninguna religión es «logica», porque entonces dejaría de ser religión y pasaría a ser otra cosa, dejando de cumplir los fines que tiene que cumplir cualquier religión.
Tampoco ninguna «ciencia» es lógica, como demostró Kuhn («la estructura de las revoluciones científicas» 1962): las ciencias se basan en paradigmas (fe); y avanzan cuando esos paradigmas son sustituidos por otros (otras fes diferentes)
Es cierto que todos nos aferramos a nuestras ideas (¿porque nos dan seguridad ?), tanto más cuanto es una idea religiosa, porque eso es algo muy intimo que da sentido a la vida.
Pero para eso mismo está la autoridad legítima, que tiene que asegurar lo que en un momento determinado se sabe que es cierto, como cierto, lo dudoso, como dudoso y lo falso, como falso.
Ni en la vida ni en la ciencia estamos en el año 1600 o en el 1800, sino en 2026 y contando.
Dicho esto, ¿la ciencia tiene que tener «legítima autonomía de la fe»?
Pues depende, porque en una sociedad basada en la religión, como era la Europa del siglo XVI y siguen siendo las sociedades islámicas, atacar la religión es ataca a la sociedad y a sus miembros.
Y las sociedades existen exclusivamente para que sus miembros vivan mejor. Los golpes de Estado, las revoluciones y las guerras claramente son perjudiciales. Para el Estado, para sus miembros y para la Ciencia (excepto la ciencia que desarrolla armamento)
«Es cierto que hay en la revelación cosas que «lógicamente» no cuadran, como las Personas de la Trinidad (no entro en esto y la escolástica lo explica «racionalmente» de cierta manera), la resurrección de los muertos…etc.»
La Trinidad cuadra totalmente «lógicamente», lo que por supuesto no quiere decir que se puede llegar a conocerla por la luz natural de la razón. Pero una vez revelada es perfectamente lógica: la primera Persona enuncia plenamente su autoconocimiento y junto con la Persona Engendrada espira el amor mutuo.
La resurrección de los muertos (o la glorificación corporal en vida y subsiguiente entrada en cuerpo y alma a la visión beatífica, como ocurrirá a los que lleguen con vida a la Parusía según 1 Cor 15,51-52 y 1 Tes 4,17) es necesaria para que la existencia humana tenga sentido, porque el alma humana fue creada para informar un cuerpo viviente, no para subsistir separada de él.
Claro, Aristóteles (y los que lo siguen en esto) se ha quedado en la mera letra cuando habla de Dios en el libro XII de la Metafísica, por ejemplo. Qué hombre más superficial. Seguro que se la pasaba viendo Netflix y comiendo palomitas.