
Por Raniero da Fiore
Non est senescendum in Artibus. “No se debe envejecer en Artes”.
Durante buena parte de la Edad Media, esta vieja máxima universitaria expresaba mucho más que un simple consejo académico o una exhortación a no reprobar exámenes; contenía, en rigor, toda una jerarquía arquitectónica del saber. El currículo tradicional estaba estructurado sobre las artes liberales, trivium y quadrivium, y se estudiaba en la llamada Facultad de Artes. Pero estas disciplinas constituían, esencialmente, una etapa propiamente propedéutica. Eran el vestíbulo a la sabiduría, el pedestal firme y elemental sobre el cual debía erigirse la catedral del conocimiento. El estudiante debía atravesar las Artes sin afincarse en ellas, para dirigirse luego hacia las facultades superiores y, en el horizonte cristiano del medioevo, hacia aquella ciencia que ordenaba finalmente a todas las demás: la teología. Envejecer en Artes significaba demorarse en los preliminares; era confundir el instrumento con el fin.
En El motín de los filósofos I propusimos una hipótesis deliberadamente incómoda: una parte de nuestra dificultad contemporánea para pensar cristianamente la historia podría remontarse al momento en que la filosofía comenzó a emanciparse de la sapientia christiana y a organizar la realidad según causas, objetos y métodos propios. Ahora toca volver al escenario concreto de aquella transformación, a las aulas parisinas del siglo XIII, cuando la recepción del nuevo Aristóteles dejó de ser una simple incorporación de textos y comenzó a alterar la jerarquía misma de los saberes.
Pero… ¿realmente el hecho fue tan revolucionario como para hablar de un “motín”? ¿Acaso Aristóteles no era un autor ampliamente conocido y frecuentado en la Edad Media? Pues no, y el motivo es muy sencillo: hasta bien entrado el siglo XII, el Occidente latino conocía apenas unas pocas obras lógicas de Aristóteles, la llamada logica vetus, transmitida principalmente por Boecio. El Estagirita era, ante todo, una autoridad en dialéctica, pero estaba todavía muy lejos de ocupar el lugar de “el Filósofo” por excelencia que alcanzaría después. La situación cambió cuando comenzaron a circular nuevas traducciones desde el griego y el árabe, al mismo tiempo que crecían las escuelas urbanas y se consolidaban las universidades. Primero se incorporó la logica nova; luego fueron llegando paulatinamente los tratados naturales, metafísicos y éticos. Aristóteles ofrecía así mucho más que una técnica de argumentación: proporcionaba un método de demostración, definición y análisis causal capaz de organizar sistemáticamente regiones enteras del saber. Un amigo comparó la irrupción del corpus aristotelicum en los siglos XII y XIII con la que está produciendo la inteligencia artificial en nuestra época. No sé si la analogía sea del todo feliz, pero acaso permita imaginar el desconcierto y la fascinación provocados por una herramienta intelectual que, de pronto, parecía ampliar de manera radical aquello que era posible conocer y enseñar.
Étienne Gilson, en La filosofía de la Edad Media, captócon agudeza las implicancias profundas de este momento de transición al señalar que “se va definiendo cada vez más claramente la tendencia que muy pronto pondrá la autoridad de Aristóteles en competencia con la de San Agustín”. Mas lo que era presentimiento en el siglo XII se convierte rápidamente en fascinación durante el siglo siguiente. En línea con Gilson, el jesuita García Villoslada señala en su monumental Historia de la Iglesia que “en el siglo XIII se traba reñida batalla entre el agustinismo tradicional y el renacido aristotelismo”. Rubén Calderón Bouchet, por su parte, al retratar estas tensiones en El apogeo de la ciudad cristiana, no duda en señalar que alteraban la arquitectura de los estudios y aún atentaban, a veces, contra la integridad de la doctrina:
“La introducción en los estudios de la lógica aristotélica no siempre favoreció el incremento de la teología. Habrá que esperar el advenimiento de Alberto Magno y Tomás de Aquino para la total incorporación de la ciencia aristotélica a la sabiduría cristiana. Hasta ese momento la frecuentación del Estagirita inspiraba un cierto gusto herético por las disputaciones sofísticas”.
Así pues, la Universidad de París fue el epicentro institucional de esta revolución. Algunos estudiosos contemporáneos han demostrado que la recepción de Aristóteles no consistió simplemente en añadir nuevos libros a la biblioteca, sino en una transformación profunda del régimen de inteligibilidad. Charles Lohr, por ejemplo, propuso periodizar la Edad Media a partir de las sucesivas recepciones del corpus aristotelicum. Por su parte, Francisco Bertelloni ha explicado con rigurosidad cómo el nuevo corpus obligó a reorganizar todo el mapa del saber, especialmente en lo relativo a la teoría política. La Facultad de Artes dejó de ser un simple taller de dialéctica para convertirse, como bien señala Claude Lafleur, en una verdadera Facultad de Filosofía autónoma.
Pero entonces, ¿no se percataron los grandes pensadores cristianos contemporáneos de esta revolución de las ideas? Todo lo contrario: muchos fueron los que tomaron una postura de rechazo marcado. Otros, en cambio, decidieron aceptar la autoridad del Filósofo e intentaron conciliarlo con la sabiduría cristiana. Este fue el esfuerzo, precisamente, de San Alberto Magno y de Santo Tomás de Aquino. Por eso resulta paradójico que se los mencione, como hizo algún comentarista en la nota anterior, para impedir cualquier discusión respecto a la vinculación entre historia, filosofía y teología. Ellos hicieron lo diametralmente opuesto.
Las primeras reacciones de la Iglesia contra el Estagirita muestran hasta qué punto se percibió el peligro de esta novedad desestabilizadora. En 1210 se prohibieron en París los libros aristotélicos de la philosophia naturalis; en 1215, el estatuto del cardenal Roberto de Courçon admitió la Logica pero mantuvo la veda sobre la Metaphysica. La carta del papa Gregorio IX de 1231, al pedir que los libros naturales fueran examinados y purgados de errores, muestra que el conflicto no podía resolverse mediante una simple prohibición, pues la presencia de Aristóteles se había vuelto demasiado poderosa para ser contenida por un cierre disciplinar absoluto. Pero el dique terminó cediendo: hacia 1255, el corpus aristotelicum completo no solo fue permitido, sino que se volvió lectura obligatoria y vertebral en el currículo parisino.
San Buenaventura, que había cursado estudios en la Facultad de Artes precisamente durante estos años turbulentos, supo advertir con claridad el drástico cambio de lectura de la realidad. En sus Collationes in Hexaemeron, que venimos citando de la mano de Ratzinger desde nuestro artículo anterior, el Doctor Seráfico advierte sobre el modo de razonar de los nuevos filósofos por medio de un peculiar paralelismo entre la revelación de la Escritura y la revelación de la creación: en ambos casos la verdad se esconde detrás de una “letra” que vela su contenido auténtico. Su desvelamiento exige, por tanto, un salto vital que supere el mero pensamiento literal. Dice Ratzinger, comentando el pensamiento de Buenaventura:
“En ambos casos existe el peligro de aferrarse a la letra, de donde se derivan los dos errores religiosos fundamentales: lo que en el ámbito de la interpretación de la Escritura es el judío, eso es el filósofo en el ámbito de la comprensión de la creación, que se olvida de reconducir las cosas a su sentido o incluso lo niega abiertamente”.
Mientras los primeros (iudei) leen el texto sagrado quedándose en la pura literalidad sin descubrir el sentido espiritual oculto en ella, los filósofos aristotélicos (philosophi) se acercan al inmenso libro de la naturaleza con una ceguera análoga. Interpretan el mundo ad litteram; es decir, logran comprender sus mecanismos y causas inmanentes, pero se olvidan de reconducir las cosas a su sentido o incluso lo niegan abiertamente. Entender la creación y, por extensión, el acontecer de la historia humana exige ineludiblemente trascender la estricta literalidad de los hechos para alcanzar el núcleo analógico que los dota de verdadero significado. Ésa era, precisamente, la lógica del simbolismo medieval: per visibilia ad invisibilia, ascender desde las cosas visibles hacia las invisibles, sin negar por ello la consistencia propia de las primeras. En ese sentido, la invectiva de Buenaventura puede leerse también como un reclamo por recuperar esa mirada simbólica, pues conocer las causas de las cosas no basta si el intelecto deja de reconocer en ellas una significación que las trasciende.
Huelga decir que la decadencia del simbolismo medieval no puede atribuirse únicamente al avance del racionalismo ni a la nueva organización escolástica del saber. Huizinga dedicó precisamente dos extensos capítulos de su célebre El otoño de la Edad Media a mostrar cómo se corrompió desde dentro, por hipertrofia degenerativa, cuando su fuerza contemplativa cedió ante la alegoría mecánica, fácil y excesivamente prolífica. No cuesta reconocer algo de esa misma enfermedad en ciertas elucubraciones apocalípticas contemporáneas, donde cada guerra, número, personaje o innovación técnica exige inmediatamente su Bestia, su sello o su trompeta: allí también el símbolo, sobrecargado de explicaciones, acaba por dejar de significar.
Conviene añadir, sin embargo, que en las últimas décadas se advierte una recuperación bastante visible del interés por el símbolo. Ciertos desarrollos de la teología bíblica, la renovación de los estudios litúrgicos y aun algunas corrientes contemporáneas de filosofía y antropología han vuelto a tomarse en serio aquello que la modernidad racionalista tendió a reducir a mero ornamento o residuo preconceptual. Es posible que el renovado interés por la liturgia —y, de modo particular, por su densidad ritual, gestual y sacramental— participe también de este movimiento. La vieja sensibilidad simbólica no ha regresado, desde luego, bajo sus formas medievales; pero vuelve a resultar menos extraño admitir que una realidad pueda significar algo más de lo que explica su funcionamiento inmediato.
Fuere como fuere, la precisión conceptual ganada por el aristotelismo fue inmensa, eso es innegable. El beneficio que produjo en el concierto general de las ciencias, y aun en el robustecimiento doctrinal de la teología, está fuera de discusión. Pero el precio fue altísimo. Al aprender a comprender mejor cada realidad temporal según su consistencia propia, Occidente comenzó a perder la sapiencialidad de interpretarla desde el drama total de la Creación y la Parusía.
La autonomía de los saberes terminó naturalizándose hasta convertirse en el presupuesto mismo de nuestra inteligencia: la política puede pensarse sin teología, la historia sin Providencia, la filosofía sin Revelación. Cada disciplina conserva su rigor, su método y su competencia; lo que se ha vuelto cada vez más difícil es reconstruir la unidad de aquello que todas estudian fragmentariamente.
Por eso el viejo consejo, non est senescendum in artibus, adquiere ahora una resonancia inesperada. Aprendimos a conocer con extraordinaria precisión las causas próximas, las estructuras y los mecanismos, pero a costa de volver cada vez más tenue la pregunta por el sentido del conjunto.
Y allí aparece el punto decisivo. Una historia que ha perdido su término deja también de comprender plenamente su presente. Cuando el eschaton desaparece del horizonte, el tiempo se convierte en mera sucesión y la crisis en accidente sin figura. Tal vez por eso tantas discusiones contemporáneas dentro de la Iglesia oscilan entre el alarmismo y la anestesia: hemos conservado categorías para analizar los hechos, pero hemos debilitado la gramática con la que el cristianismo los insertaba entre un principio y un fin. De esa pérdida —y de sus consecuencias para nuestra manera de leer la crisis actual de la Iglesia— tratará el tercer y último artículo de esta serie.
Cuando decimos, con razón, que occidente es Roma (derecho), Atenas (filosofía ) y Jerusalén (la Biblia/revelación ), ese «Atenas» viene precisamente del aristotelismo de las escuelas medievales de filosofía que, aplicando su rigor filosófico, influyeron en la forma de pensar de la población, que no existe en otras culturas del mundo ni mucho menos.
Sin embargo una cosa es tener rigor de pensamiento y otra cosa muy distinta es reducir la realidad (o incluso un pasaje bíblico, porque no ha sido escrito para eso) a un silogismo.
La superación de la ciencia antigua transmitida por textos (interpretados así ) por la observación directa sistemática de la naturaleza (y su transcripción matemática, que le da otro rigor ) más las necesidades reales de la predicación, que no necesitan tales largos estudios filosóficos, acaban debilitando su fuerza. La puntilla será utilizar la técnica de razonamiento que utiliza Euclides en su geometría para pensar (Descartes, Spinoza)
En el siglo XIX el neotomismo (que presenta la filosofía de St. Tomás como cualquier otra exposición filosófica moderna) es la puntilla.
Y sin embargo estudiar directamente a St. Tomás (la forma de la escolástica más completa e integrada) sigue teniendo su valor como escuela de inteligencia y arte de pensar; siempre que se tengan presente sus límites.
Es curioso que el movimiento norteamericano de «Great Books of the Western World » de la Universidad de Chicago (Hutchins y Mortiner) tenía como uno de los libros a leer y discutir extractos de la Summa Theologica (principalmente prima secundae, la teoría del derecho)
Respecto al símbolo, es una manera más de transmisión de conocimientos, que no pasa por la razón, porque es intuitivo.
También los griegos lo conocieron (platonismo) y tuvo su cultivo durante el renacimiento y el barroco; la alquimia por ejemplo participa de esta manera de ver el mundo que se basa en el asombro y la necesidad de dar sentido a las cosas.
¿La misa tradicional está dentro de esta manera de conocimiento ?
Pues es posible; pero no hay que olvidar que la misa tradicional (al contrario de la montinista, que es participativa y comunitaria) es una manera sagrada de dar culto a Dios. En la manera en que necesitemos dar sentido a la vida a través de la religión (lo que es normal ), el culto divino es necesario.
Y esto es tal vez lo que explica que el Pueblo de Dios haya abandonado en masse el banquete eucarístico protestantizante.
Raniero, he esperado con gran entusiasmo su publicación. Disculpe la inmodestia, pero es un gusto leerlo. Más bien, no solo leerlo, sino meditar con ocasión de lo que nos propone. Habré de volver varias veces a su publicación, porque nos presenta numerosos aspectos que merecen lectura pausada y remisión a otros textos. Seguramente algunos comentaristas nos ofrecerán más material.
Así, rápidamente, se me ocurre un punto. Cuando usted dice que «vuelve a resultar menos extraño admitir que una realidad pueda significar algo más de lo que explica su funcionamiento inmediato», está repitiendo algo que el mismo Aristóteles ya había afirmado: to on legetai pollachos.
Me considero educado por maestros lectores de Aristóteles y Santo Tomás, y sin dudas las obras del Estagirita están entre mis libros de cabecera. Gracias a esa familiaridad, puedo comprobar que una cosa es el texto aristotélico como materialidad objetiva y otra muy distinta la formalidad con la que se lo lee o, como dicen los alemanes (sepan disculpar), lo «reciben». Una vida dedicada a leer en latín o en griego una serie de comentadores no es garantía de una comprensión, digamos, «correcta» o definitiva. En otras palabras, como dijera Pieper, Santo Tomás admiraba a Aristóteles no porque fuera él, sino porque creía ver en él a un maestro que expresaba mejor que otros la realidad. Entonces, es el orden del ser lo que constituye la piedra de toque de tantos conceptos y palabras. El problema es que cuando nosotros nos enfrentamos con Aristóteles (y, por extensión, con cualquier filosofía o cualquier idea), no estamos accediendo directamente al orden del ser, sino al orden del conocer.
¡Problemón! Pues la filosofía (o los conceptos y su entrelazamiento lógico) apenas compone un medio o signo para acceder al orden de la realidad, o mejor dicho, a su entendimiento. Podemos discutir si la filosofía es el mejor modo y en qué sentido. Pienso que es una discusión inútil que no lleva a nada, incluso aunque algo pueda extraerse de allí con esfuerzo. Cuando uno discute contra estos pedantes como los que sienten aversión hacia otro modo de acceder (legein, digamos) al ser, en realidad no es tanto un enfrentamiento contra Aristóteles o Santo Tomás contra quien uno discute, sino contra esas enfermizas unilateralizaciones que se podrían llamar aristotelismo y tomismo.
Los buenos maestros no son unilaterales, pero tampoco agotan el universo de posibilidades que ese «legetai pollachos» abre y admite. Cuando el comentarista que cita todo en latín se coloca en contra de lo que despectivamente llama «los historiadores» o la «forma histórica» de pensamiento e inmediatamente quiere encontrar (introducir) en ella toda clase de deformaciones filosóficas, errores y no sé cuántas yerbas más, habría que mandarlo nuevamente a estudiar el principio de que el ser se dice de muchas maneras. Como le digo: lo enfermizo no es el filósofo, sino el filosofismo —también trabajado por Gilson. El gran problema que este tipo de gente, seguramente muy estudiosa y bien disciplinada, suscitan, es que hacen odiosa la práctica de la filosofía al mayor número de potenciales lectores. Es un pésimo servicio que le prestan al arte al que se dedican. Sin embargo, insistentemente regresan con toda clase de anatemas y epítomes, mostrando que no les interesa estar en la verdad o compartirla, sino sentir que tienen razón y que han dado final a las discusión de un golpe en la mesa. Eppur si muove!
A veces, incluso pareciera que su interés es que en las discusiones aparezcan (¡!) los conceptos que han recogido en algún tratado, sin importar cómo ellos pueden ser operacionalizados de una y otra manera. Es como un sutio culto al ídolo de la forma abstracta. O bien, que aparezca tal o cual fórmula (y si en latín, mucho mejor). Bueno, eso es una triste renuncia al orden del ser. ¿Queda algo del conocer? Yo también me ofrezco para ser devorado por las fieras, pero eso es un problema mío porque me divierto con la provocación. Regreso al artículo.
Es una sorpresa bienhadada que haya incluído a Huizinga y su tratamiento del fin del simbolismo. Efectivamente, es una gramática irreductible a los conceptos y a las alegorías. Hay una inconmensurabilidad entre el modo de decir del artista liberal y los del poeta y el místico. Son formas que deben ser dejadas a su modo cada una. Lo que constatamos una y otra vez, en cambio, es que los filósofos han pasado de un simple motín a una tiranía absolutista durante la modernidad e incluso hasta el pasado y presente siglo. Por su lado, a místicos y poetas no les faltan intentos de jugar a ser filósofos. Babel se reactualiza día tras día, mientras los hombres hacemos caso omiso al milagro de Pentecostés. Aquí no podemos achacarle la culpa a la filosofía, la historia, la mística o la poesía. Sería más útil confesar que nosotros somos los culpables por nuestras propias estrecheces, formulismos e idiocia. El deseo del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal nos afecta a todos.
No quiero dejar de notar un segundo problema. No solo se dio una mutación en el modo de proceder intelectualmente respecto a la creación. Digamos: en el artículo está planteado algo así como un paso del teocentrismo al logocentrismo, del simbolismo religioso hacia un modo científico. Como si hubiéramos perdido interés en lo sobrenatural y lo hubiéramos puesto en lo meramente natural. La solución a esta sustitución sería bastante sencilla. No habría que hacer más que simplemente recuperar el modo perdido de sabiduría cristiana.
Yo lo que veo es algo un poco más difícil de resolver: el modo «filosófico», conceptual, invadió y capturó la sabiduría cristiana. Incluso en lo que hace a lo más sacro que hemos recibido los cristianos, que es la economía de la gracia. Hoy en día somos realmente incapaces de concebir la santa fe de otro modo que no sea con una formulita escolástica. La propia teología dejó de estar basada en el apofatismo y se convirtió en formulación clara y distinta de los contenidos revelados. El teólogo ya no fue cualquiera que tuviera trato con Dios, sino el profesional de las declaraciones dogmáticas, los grados de asentimiento y experto en cánones. Pero esto es una tendencia anterior incluso a la introducción de Aristóteles. Ya está presente en San Anselmo. Como lo sugerí en un comentario a la primera parte de este trabajo, creo que habría que buscar en la forma mentis de la Iglesia latina la raíz de esta clase de abordaje racionalizante de la religión.
G. Marivs
Aquí hay una valoración católica:
«Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida».
Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, numeral 36.
Claro, Aristóteles (y los que lo siguen en esto) se ha quedado en la mera letra cuando habla de Dios en el libro XII de la Metafísica, por ejemplo. Qué hombre más superficial. Seguro que se la pasaba viendo Netflix y comiendo palomitas.