Era renuente a ir a ver La Odisea. En primer lugar, porque desconfío de lo popular; en segundo lugar, porque desconfío de las adaptaciones de obras clásicas, y en tercer lugar porque desconfío de mi capacidad de atención y temía aburrirme con casi tres horas de película. Sin embargo, unos muy buenos amigos -ella es particularmente insistente-, me invitaron a ver la película y a terminar con comida japonesa. Creo que me tentó más esto último que el film, y fui.
Hay películas que decepcionan por incompetencia y películas que decepcionan por cálculo. La Odisea de Christopher Nolan pertenece a la segunda categoría, y eso es lo que la hace, más que mala, mediocre: tiene los medios, el prestigio y hasta el talento técnico para haber sido otra cosa, y ha preferido no serlo.
El problema empieza por el guion mismo. Quien ha leído a Homero reconoce el hilo —Troya, Polifemo, Circe, Calipso, la matanza de los pretendientes— pero lo encuentra reducido a una sucesión de estampas visuales, episodios yuxtapuestos sin la respiración narrativa que en el poema los hace significar y no solo suceder. Quien no lo ha leído, que es la inmensa mayoría de la sala, recibe fragmentos sueltos: un cíclope aquí y una hechicera allá, sin el tejido de sentido que convierte la aventura en itinerario del alma. Nolan filma la superficie del mito y renuncia a su profundidad, que es exactamente lo que Homero nunca hizo: cada episodio de la Odisea original es a la vez peripecia y lección.
A esa pobreza estructural se suma un sometimiento estético a las modas del momento que roza lo bochornoso. Vidal Arranz lo ha resumido bien en El Debate: pocas revisiones de un clásico están tan atravesadas por «todas las ideologías (y las más perniciosas) de su tiempo» como esta —una Helena interpretada por una actriz negra, el discurso de la masculinidad tóxica, el revisionismo histórico como método—. El propio Nolan lo confesó sin pudor en una entrevista: transformó a Odiseo en un hombre atormentado por la culpa porque el público contemporáneo, dice, «exige» que los comportamientos moralmente ambiguos generen remordimiento. Es la ultramoralización woke convertida en principio de guion: no se puede dejar a un héroe clásico ser simplemente un héroe clásico, hay que tutelarlo moralmente para que el espectador no se sienta expuesto a nada que no haya sido antes digerido y validado.
El resultado, como bien señala Arranz, es una inconsistencia radical: nadie con la carga de culpa que Nolan atribuye a su Odiseo podría sostener la determinación necesaria para sobrevivir veinte años de guerra y naufragios. El complejo de culpabilidad es, en el fondo, un maquillaje moral —una manera de exhibir censura sobre el personaje homérico y, a la vez, salvarlo lo suficiente para que la conciencia contemporánea no arruine el espectáculo—. Es culpa de atrezzo, no culpa real.
Lo más grave, sin embargo, no es lo que Nolan añade, sino lo que sustrae: el ingenio. El rasgo que define a Odiseo en Homero —el polymetis, el de los mil recursos— desaparece casi por completo, sustituido por un hombre sombrío que atraviesa el relato como alma en pena. La prueba más elocuente es lo que ocurre, o mejor, lo que no ocurre, con Polifemo.
En el poema, tras cegar al cíclope, Odiseo le ha dicho previamente que su nombre es Nadie (Outis). Cuando los demás cíclopes acuden alertados por los gritos y preguntan quién le ha hecho daño, Polifemo solo puede responder «Nadie me hace daño», con lo que sus vecinos, pensando que se trata de una queja sin sentido o de un mal enviado por los dioses, se marchan sin intervenir. Es el triunfo más puro de la astucia humana sobre la fuerza bruta: un juego de palabras que salva la vida del héroe y de sus hombres. Nolan suprime ese episodio. Y al suprimirlo, no solo empobrece una escena: amputa la columna vertebral del personaje. Un Odiseo sin el ardid de Nadie es, sencillamente, otro personaje con su nombre puesto.
La consecuencia se extiende al resto del reparto mítico. Circe pierde su condición de hechicera peligrosa y queda reducida a una «Charo», como dice García-Máiquez (nosotros diríamos una «Mabel»); Calipso, con quien convive siete años, se convierte en una suerte de terapeuta sin la tensión de la ninfa que quiere retenerlo para siempre; y el reencuentro con Penélope, que en Homero culmina en el tálamo nupcial —símbolo de una historia compartida, literalmente enraizada en el palacio—, queda apenas insinuado. Nolan no ha adaptado la vuelta a casa: ha filmado una despedida prolongada.
Aquí está, a mi juicio, la clave de lectura más certera de cuantas he visto: la de Enrique García-Máiquez, que titula su reseña «El caballo de Troya». Su tesis es que la verdadera astucia oculta no está en la pantalla, sino detrás de ella. Nolan ha convertido a Homero en vehículo de su propio pesimismo civilizacional, su pacifismo contemporáneo y su progresismo cultural, y los ha introducido en la sala como quien introduce soldados en el vientre de un caballo de madera. El público —dócil, entrenado a aplaudir cualquier cosa que lleve el sello Nolan— se lo traga, exactamente como los troyanos se tragaron el caballo: por soberbia y por descuido. La angustia del Odiseo atormentado no sería entonces un hallazgo psicológico, sino el síntoma, «artística y freudianamente valioso», de la mala conciencia de su autor.
Conviene no perder de vista, además, un matiz teológicamente relevante que también apunta García-Máiquez: ni siquiera Dante, que sin embargo condenó a Odiseo al Infierno precisamente por el engaño del caballo —una afrenta grave a las leyes de la hospitalidad tal como las entendía la antigüedad y la cristiandad medieval—, le atribuyó jamás juicios morales propios ni arrepentimiento. Dante juzga a Odiseo desde fuera, como corresponde a la ortodoxia cristiana; Nolan, en cambio, lo trastorna desde dentro, imponiéndole una conciencia moderna que el propio poema jamás insinúa. Es, en cierto modo, una operación más invasiva que la del Dante medieval y cristiano.
La Odisea de Nolan no es una película arruinada por falta de medios ni de oficio: es una película que ha decidido, con plena conciencia según el propio director, traicionar el espíritu del original para encajarlo en la sensibilidad terapéutica y ultramoralizada de nuestro tiempo. Pierde la astucia, pierde el humor, pierde el vínculo familiar como fundamento antropológico, y a cambio gana un Odiseo genérico, intercambiable con cualquier otro héroe de Nolan atormentado por su pasado. Para el lector de Homero es un ejercicio de reconocimiento melancólico; para quien no lo ha leído, una oportunidad perdida de descubrir por qué, tras casi tres mil años, seguimos necesitando este relato. El verdadero triunfo del Caballo, esta vez, no ha sido franquear las murallas de Troya, sino las de nuestro juicio crítico.

https://www.thepublicdiscourse.com/2026/08/101619/
Una reseña muy útil de la *Odisea* de Nolan. Está en inglés, pero si usas Google Translate, es fácil de seguir incluso para quienes no hablan el idioma 😉.
Pero bueno ¿a quién se le ocurre ir a ver una película de Hollywood de tema mitológico si no hay un segundo motivo, como en este caso la cena con los amigos? De este tipo de producto no se puede esperar nada y menos todavía que sus autores sean capaces de entender algo de lo que significa un poema homérico. Y cuanto mayores sean los recursos económicos y técnicos disponibles, peor será el resultado, eso está garantizado. La verdad es que a mí personalmente tanto Ulises como Aquiles me han parecido siempre dos sujetos muy antipáticos. Si algo caracteriza a Ulises es su falta de escrúpulos y si una virtud tiene, es un latente sentido del humor picaresco, propio de cierta clase de aventurero sin consciencia. Todo lo que hace son atroces picardías. Muchos lo han romantizado haciéndolo pasar por el hombre fiel que busca regresar a sí mi mismo, a sus orígenes, a los suyos, etc. Hacer de él un personaje sombrío y atormentado por la culpa es un disparate aún mayor, es simplemente no haber entendido nada.
Entiendo su comentario, pero cinematograficamente la critica no tiene sustento, el arte cinematografico tiene muchas aristas a evaluar. no solo su contenido narrativo que si bien es importante no es todo. la pelicula es muy buena , tiene una fotografia excelente un sonido y banda sonora muy buena. algunas escenas son extraordinarias la forma de realizacion es una ayuda al arte cinematografico (que esta en decadencia como la mayoria de las expresiones artitiscas aunque ese es otro tema y muy extenso) en el cual vuelve a la fuente de este arte que es el presencial con minimas interveciones de los efectos virtuales hechos con inteligencia artificial, la reconstruccion de los navios es de admirar, el cuidado de las escenas prescindiendo totalmente de lo brutal y obsceno es llamativo (no hay desnudos ni relaciones explicita y la pantalla no chorrea sangre) los personajes estan bastante acordes a la historia. (recordemos que las peliculas no tienen que hacerse tal cual un libro dice, siempre, y es hasta recomendable las adaptaciones) la interpretacion de Matt Damon es muy buena transmite lo que el director queria, el tema woke queda relagado ante la muy buena presentacion filmica ( de hecho ese tema es dificil ya que tendrian que ser todos actores griegos y hasta ahi,ya que no sabemos a ciencia cierta si los griegos actuales representan en si a esos legendarios heroes). el tema de la cristianizacion del argumento (ya que hay culpa en Odiseo que no hay en el libro) es un toque particular del director no puedo criticarlo, recomiendo https://www.youtube.com/watch?v=XQWrIqMy6vU
En definitiva la pelicula es larga pero pasa rapido es un indice en el arte cinematografico que nos dice que la pelicula es buena, ¿es un 10? no la calificaria con un 8.
Esta vez voy a disentir con Wanderer. A mí la película me gustó. Primero, por motivos bastante elementales: la música, la fotografía, el ritmo, la capacidad de sostener durante casi tres horas un espectáculo de esa magnitud. Pero también me gustó el guión y, sobre todo, el trasfondo que creo advertir detrás de algunas de las decisiones que aquí se critican.
Por supuesto, el Odiseo de Nolan no es el Odiseo de Homero. Coincido, además, en el punto principal: está despojado de buena parte de aquello que hace del polymetis homérico un personaje fascinante, su astucia, su desenvoltura ante el engaño, cierta alegría casi insolente con la que se mueve por el mundo. Pero no estoy seguro de que Nolan lo haya hecho simplemente para someterlo a una sesión de terapia woke. Creo que hay otra tradición clásica operando allí, y bastante explícitamente: la de Virgilio.
La pista, a mi juicio, es Sinón. Sinón no aparece en la Ilíada ni en la Odisea y, sin embargo, ocupa un lugar decisivo en el libro II de la Eneida, cuando Eneas cuenta a Dido la caída de Troya. Allí el caballo deja de ser simplemente la obra maestra de la astucia aquea y aparece visto desde el otro lado de las murallas: como engaño, perjurio y profanación de los vínculos humanos más elementales. Timeo Danaos et dona ferentes. Allí está Sinón convenciendo a los troyanos mediante la mentira, el reverso oscuro de la astucia de Odiseo.
Creo que Nolan ha elegido deliberadamente esa perspectiva. La xenía, la ley de hospitalidad, atraviesa toda la película y funciona casi como su tesis moral. En ese mundo hay ciertos límites que hacen posible seguir siendo hombres aun en medio de la guerra; atravesarlos tiene consecuencias. El caballo representa justamente la ruptura extrema de esos límites: se vence porque se engaña al enemigo mediante aquello que éste recibe como un don. Eso podrá gustarnos más o menos como interpretación de Homero, pero difícilmente pueda considerarse una ocurrencia enteramente ajena a la tradición clásica.
De hecho, esa es también la tradición que llega hasta Dante. Ulises termina en el Infierno y comparte con Diomedes una llama donde se purga, entre otras cosas, «l’agguato del caval». Si eso no entraña algún tipo de condena moral de la astucia homérica, cuesta imaginar qué podría entrañarla. Dante no convierte a Ulises en un personaje mediocre: lo hace incluso extraordinariamente grande. Pero precisamente por eso puede condenarlo. Hay una línea Virgilio-Dante en la cual el ingenio del griego deja de ser una virtud autosuficiente y comienza a aparecer también como una potencia capaz de quebrar el orden moral.
Alguien dijo que Nolan hizo un «Odiseo cristiano». Creo que la expresión tiene bastante de verdad. Naturalmente, por eso mismo es menos homérico. El Odiseo de Homero, trasladado sin mediaciones a nuestra sensibilidad, probablemente nos resultaría insoportablemente soberbio, violento y lejano. Nolan lo hace pasar por dos mil años de recepción occidental, y entre Homero y nosotros están Virgilio, Dante y el cristianismo. También está Hollywood, claro, y por eso el resultado es bastante más vendible.
La lectura woke, desde luego, está disponible y salta rápidamente a la vista. Yo mismo, al salir del cine, pensé que había allí un mensaje geopolítico bastante transparente en torno a la inmigración. Después alguien me hizo notar que esos mismos extranjeros podían ser leídos como unos nuevos «pueblos del mar» que llegan a destruir una civilización agotada. Quizás la ambigüedad sea parte del interés de la película. Occidente atraviesa actualmente una verdadera crisis de conciencia y, en ese sentido, se parece bastante al Odiseo de Nolan. Hubo culpas reales, excesos reales y motivos reales para el remordimiento. Otra cuestión es qué hacemos con ellos. Despachar toda esa crisis como simple moralina woke me parece, en este caso, quedarse con la primera capa de una película que permite una lectura bastante más interesante.
Raniero.
Una nota al pie de mi comentario anterior. Creo que La Odisea puede leerse también, en muchos sentidos, como una respuesta tardía de Nolan a la Troya de Wolfgang Petersen. Y hay aquí un dato biográfico que hace la hipótesis menos caprichosa de lo que parece: Nolan había sido contratado originalmente para dirigir aquella película y fue apartado cuando Petersen decidió recuperar el proyecto. El propio Nolan ha contado recientemente que entonces pensó mucho en cómo filmaría el caballo de Troya y que conservó durante veinte años algunas de aquellas imágenes.
La presencia de Troya (2004) se siente, de hecho, constantemente. Para empezar, en la necesidad de reinventar el caballo. Nolan sabía que estaba trabajando después de Petersen y que ya existía una imagen cinematográfica muy poderosa de ese objeto mítico; por eso construye otro completamente distinto, extraño, brutal, casi primitivo. También me pregunto si se habría permitido sacar a Aquiles de Homero con semejante desfachatez si no tuviera detrás la sombra inevitable del Aquiles de Brad Pitt.
El contraste más interesante aparece, sin embargo, hacia el final, en la conversación entre Odiseo y Penélope y en los recuerdos del saqueo de Troya. Allí Odiseo comprende, finalmente, la magnitud de lo que hicieron. Y el momento culminante llega cuando los aqueos decapitan una estatua de Atenea mientras, mediante el montaje, la violencia se confunde con la ejercida contra la mujer troyana que tiene el rostro de Zendaya.
La semejanza visual con Troya me parece demasiado fuerte para pasarla por alto. Allí Brad Pitt decapitaba la estatua de Apolo. Aquí los aqueos hacen algo casi idéntico con Atenea. Pero el significado es exactamente inverso.
La película de Petersen insiste una y otra vez en que los dioses no existen, que sus prohibiciones pertenecen a un mundo de supersticiones y que el hombre verdaderamente grande puede atravesarlas sin preocuparse demasiado. Aquiles corta la cabeza de Apolo precisamente para demostrarlo: el dios no hace nada, la estatua cae, y el héroe sigue adelante.
Nolan recupera casi la misma imagen para decir lo contrario. Los dioses existen, existe el orden que ellos custodian, y quebrantar sus leyes acarrea consecuencias. La guerra de Troya ha llegado a un punto en que los vencedores ya no reconocen ningún límite: violan la hospitalidad, profanan los templos, masacran a los vencidos y finalmente decapitan a la propia diosa bajo cuya protección habían combatido.
He leído que la aparición de Zendaya puede entenderse psicológicamente: Odiseo habría quedado traumatizado por la muerte de aquella mujer y después proyectaría su rostro sobre Atenea, convirtiéndola en la figura de su culpa. Es posible. Yo prefiero leer la escena al revés. No es aquella mujer la que se convierte imaginariamente en Atenea; es Atenea quien se hace presente, bajo aquel rostro, en el momento de la profanación. Esta idea, además, es una cantinela en toda la película: «hay que recibir bien a los mendigos porque pueden ser un dios disfrazado». Como si el director nos hubiese estado preparando para interpretar bien la escena final: la diosa contempla el sacrilegio de los aqueos y comienza allí el juicio sobre Odiseo.
Así entendida, la decapitación de la estatua resulta casi una respuesta directa, veintidós años después, a la escena de Brad Pitt. Petersen decía: cortad la cabeza de Apolo; detrás de la piedra no hay nadie. Nolan parece responder: podéis cortar la cabeza de Atenea, pero acarreará una crisis civilizatoria.
Raniero.
Estoy de acuerdo. En mi opinión, los puritanos lo que esperan es más o menos una representación absoluta del bien aplastando decididamente, cartesianamente, al mal absoluto. De forma clara y distinta. Pero esto es cine, es decir, una expresión en movimiento de lo que acontece en el corazón humano, donde los absolutos no existen más que como aspiración. A menos que alguien quiera proclamarse santo. Los demás, somos miserables que sufrimos y causamos males, y si algo tiene de meritorio la decadencia contemporánea es su intolerancia al idealismo y la hipocresía del que se presenta como impoluto. Es bueno que los mentirosos no sean creíbles.
Sea cristiano o no el Odiseo de Nolan, el trasfondo en el que se desarrolla su historia es apocalíptico. O, por lo menos, resulta educativo. No es Homero, ciertamente, pero no por ello deja de presentar una verdad arquetípica. Lo que está diciendo, más allá de los personajes trans, culposos o morochos, es que la destrucción del orden natural querido por los dioses está a la base del colapso civilizatorio. ¿Qué más cristiano y tradicional que eso? Quien se decepciona porque no aparezcan dioses por todos lados refulgiendo y haciendo portentos busca más la espectacularidad que el significado. Dios en la vida real tampoco está sirviéndonos a cada instante signos prodigiosos a la vista, y aún así gobierna el mundo y para nosotros sigue siendo una cosa terrible vivir al margen de su orden.
Por mi parte, fui sabiendo que no iba a encontrar una reproducción de Homero. Con esa renuncia hecha de antemano, pude disfrutar una obra contemporánea que en ningún momento me dio ganas de levantarme e irme. Eso es un logro. También lo es que millones de personas ahora tengan una excusa para ir a leer los poemas. Muchos, presumiblemente, por primera vez. Muchos docentes bien quisieran ser capaces de mover aunque sea a uno de sus alumnos a abrir un libro.
G. Marivs
Da la impresión de que Nolan tiene siempre el mismo protagonista culposo, haya armado una bomba atómica. o un caballo. El lector de Homero constata inmediatamente el gozo de vivir, el carácter dionisíaco que es, junto con la metys, el rasgo predominante de Odiseo. En ese sentido, la vieja película de Kirk Douglas era mejor. Nada digamos de la escena del descenso al Hades, transformada en una escena de zombies, o la aparición de los lestrigones enfundados en armaduras medievales de acero. Y el final, que transforma la ejecución de los pretendientes por el Señor de la Isla en un combate digno de Kill Bill. Por lo demás, el ateísmo de estas producciones es patético, todo lo hacen los hombres solos. Por supuesto sería peor si lo hicieran al estilo superhéroes. Se necesitaría a un Malick para representar la presencia de lo numinoso.
Odiseo era un astuto timador y asesino sin hipocresía, nuestra sociedad moderna es la de unos timadores y asesinos hipócritas, hacemos cosas diez mil veces peores que Odiseo pero con una moralina exterior que exige mostrarnos atormentados por el «mal», la «discriminación» etc., y nos golpeamos el pecho por «Toda esa pobre gente los que se mueren de repente espero que ahora estén mucho mejor». Creo que Dante tendría que esforzarse para imaginar un infierno que merezcamos. Especialmente eso ocurre en la sociedad norteamericana, que cada vez se parece mas al imperio del mal, y se difunde a través de esta cloaca de Hollywood.
Jorge
Hay un excelente infierno dantesco actualizado en el final del Adán Buenosayres, de Marechal: Cacodelphia. Muy bueno de leer, con sus altibajos.
Raniero.
El cine contemporáneo, atractivo por los medios técnicos, en cuanto a valores suele ser una porquería, porque transmite los valores del mundo. Además, no suelen faltar escenas sexuales o de violencia desmedida. Difícil, si acaso es posible, que un cristiano llegue a santo no renunciando a este peligrosos y estúpido pasatiempo. Y Dios quiera que no se pierda eternamente. Porque esa es otra, perder el tiempo no es algo bueno. Y estar unas dos horas o más sentado viendo estupideces peligrosas sí que es perder el tiempo. Alguno me tachará de puritano: en el juicio final veremos quién llevaba razón.
En este caso no hay escenas sexuales y tampoco de violencia desmedida. La película, sencillamente, es mala.
Recuerdo la emoción, el deleite, con que leí La Odisea y La Ilíada cuando estudiaba Letras, allá en mis años universitarios. La profundidad con que Homero retrata a sus personajes, los matices de personalidad, las lecciones que cada peripecia vivida por los protagonistas nos deja. Odiseo, el astuto, el de los mil recursos, como bien dice. El episodio de «mi nombre es Nadie» me quedó grabado, en efecto, como uno de los más memorables. Imaginé que la película en cuestión ni siquiera rozaría el alma de estas obras. Veo que no me equivoco. No gastaré tres horas de mi tiempo en verla. Qué gran oportunidad desperdiciada… propio de estos tiempos. Y a no olvidar la inclusión del actor «trans» Ellen Page como soldado o algo así, aunque dura unos pocos minutos. Vi alguna captura de pantalla lamentable donde aparece esta señorita que se cree varón. Ahora sí, Nolan tila todos los casilleros de la corrección política woke que estos tiempos exigen.
Por fin un artículo con el que estoy completamente de acuerdo. Muchas gracias, señor Wanderer.