En los último meses se ha mencionado con frecuencia una hipótesis: León XIV es, o sería, el Bonaparte de Francisco. En otras palabras, su misión sería bonapartizar las reformas introducidas por el pontífice argentino. Es probable que sea así; podrá serlo en su totalidad, o sólo parcialmente. Como sea, creo que es aún muy pronto para determinarlo. Pero la mera posibilidad amerita detenerse a considerar la cuestión.
En primer lugar, precisemos el término. No me refiero aquí al bonapartismo tal como lo entiende Karl Marx, sino como lo han entendido los historiadores liberales. Ellos ven a Napoleón como el hombre que consolidó y difundió las conquistas de la Revolución neutralizando su violencia. Sostienen que el golpe de Brumario no fue una traición a la Revolución sino su estabilización: Napoleón habría tomado los principios e ideales revolucionarios de 1789 y los habría institucionalizado de forma duradera, mientras clausuraba el ciclo de violencia (el Terror, la guerra civil interna, la inestabilidad del Directorio). Es decir, con Bonaparte “la Revolución termina” precisamente porque se institucionaliza y se exporta sin necesidad de guillotina.
Apliquemos esta hermenéutica al caso que nos ocupa: luego de la brutalidad del pontificado de Francisco, con sus arbitrariedades, groserías y herejías varias, León haría el papel de Napoleón: estabilizaría todas esas medidas con muceta colorada y buenos modales. Se trata, como dije, de una hipótesis que quizás terminemos de comprobar, para nuestro espanto, en algunos años. No podemos saberlo por ahora. Pero siguiendo al maestro Marco Tulio Cicerón, que asegura que la “historia es maestra de vida”, veamos cómo se comportó la historia en caso similares.
Napoleón y el bonapartismo
Napoleón Bonaparte exportó con buenos modales —más allá de las guerras— los ideales revolucionarios. Toda Europa y las nuevas naciones americanas surgidas en esos años, adoptaron los ideales que se habían proclamado en la Revolución Francesa, que se habían impuesto en el país con el Terror y que se habían diseminado por todo Europa con el áurea civilizatoria de Napoleon.
Es verdad que el Congreso de Viena (septiembre 1814–junio 1815) fue un frenazo deliberado y en buena medida exitoso a esta expansión, pero estructuralmente fue transitorio. Y lo fue porque no pudo desmontar la obra jurídico-administrativa napoleónica. Ademas, aunque fue capaz de reprimir síntomas no pudo reprimir causas, ya que el liberalismo constitucional y el nacionalismo, que eran las fuerzas de fondo, siguieron operando en logias, prensa clandestina, universidades y sociedades secretas durante toda la Restauración. Total que, en 1848, la “Primavera de los Pueblos” certificó que el orden reaccionario de 1815 ya no podía contener las fuerzas liberales y nacionales que pretendía sofocar. Si la “bonapartización” fue la difusión administrativa de los principios revolucionarios sin el Terror, la Restauración vienesa fue el intento —parcialmente logrado, pero no definitivo— de neutralizar políticamente esa difusión sin poder deshacer sus efectos jurídicos ya asentados. Si esquematizamos lo ocurrido en esos poco más de cincuenta años (de 1789 a 1848), tenemos una explosión revolucionaria impuesta por el terror; una expansión y estabilización con buenos modales; una reacción que logra volver parcialmente al Antiguo Régimen y un triunfo final de los ideales revolucionarios.
El bonapartismo en la Iglesia
Volvamos al ejercicio hermenéutico: ¿ocurrió en la Iglesia un proceso similar? Sería demasiado fácil pensar que todo empezó con el Vaticano II, pero no fue así; empezó muchos antes. Recordemos la figura del cardenal Ercole Consalvi (1757-1824), Secretario de Estado de Pío VII. Fue él quien, aceptando el gobierno revolucionario de Francia y traicionando a los sacerdotes y obispos que habían permanecido fieles a la Santa Sede y a los principios tradicionales, “arregló” con el Corso; es decir, pactó con los ideales revolucionarios. Con el Concordato de 1801 firmado con Napoleón, Consalvi logró arrancarle al régimen posrevolucionario francés el reconocimiento oficial del catolicismo, forzando incluso la renuncia en bloque de todo el episcopado francés anterior (constitucional y no constitucional) para poder reorganizar la Iglesia de Francia desde cero bajo autoridad pontificia, pero de acuerdo a lo que disponía el nuevo Emperador. Es aquí donde nace la realpolitik vaticana: pragmatismo puro a la hora de arreglar con los gobiernos. En el congreso conmemorativo a Consalvi celebrado en los Museos Vaticanos en enero de 2024, el propio cardenal Parolin, definió a esta política como un enfoque que “defiende y promueve las exigencias del Evangelio y sabe adaptarse inteligentemente a los tiempos”, dando respuestas “sin romanticismo” pero mediante “un trabajo continuo, discreto y laborioso”. Y lo precisó todavía más: la realpolitik eclesiástica busca “todas las soluciones posibles para la supervivencia de los catolicismos locales y, si es necesario, para su desarrollo” — es decir, respuestas contingentes a problemas contingentes, sin apriorismos doctrinarios que impidan negociar con el poder de turno, sea cual sea su signo. Se trata, en última instancia, de la aceptación en la práctica del triunfo del liberalismo, pues sin declarar una guerra contra él, se negocia y se trata de obtener la mayor cantidad de ventajas posibles, aún a costa de renunciar a ciertos principios. Es la política que se aplicó con los países del bloque comunista durante el pontificado de Pablo VI —recordemos lo sufrido por los cardenales Mindszenty en Hungría, Slipij en Ucrania y Stepinac en Croacia. Y es la política que se está implementando actualmente en China: un arreglo con el régimen comunista, aceptación práctica de sus principios a cambio de eventuales beneficios para la Iglesia y, por cierto, de la traición a los propios católicos que permanecieron fieles.
El consalvismo tuvo también su Congreso de Viena: fue frenado por dos papados reaccionarios, el de Gregorio XVI (1831-1846) y el de Pío IX (1846-1878), un papa que salió gallareta, pues siendo un convencido liberal, cambió de bando un par de años después de ser elegido. Con León XIII (1878-1903) las cosas cambiaron nuevamente, pues la política exterior fue manejada por el cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, un consalvista. Basta recordar el triste episodio del Ralliement, que respondió a la disyuntiva ¿acomodarse pragmáticamente al régimen surgido de la Revolución para salvar lo esencial, o rechazarlo en bloque por ilegítimo? Hacia 1890 Francia llevaba dos décadas de Tercera República, y la mayoría de los católicos franceses seguían siendo legitimistas u orleanistas de corazón, hostiles al régimen republicano por principio y no solo por su política anticlerical. En esta situación, León XIII encomendó al cardenal Charles Lavigerie, arzobispo de Argel y Cartago, la misión de dar una señal pública de lo que pretendía la Santa Sede. Y Lavigerie lo hizo el 12 de noviembre de 1890 en el célebre “Brindis de Argel”, declarando que, “cuando la voluntad de un pueblo se ha expresado con claridad… se hace necesario aceptar la forma de gobierno” existente. El impacto fue enorme, y León XIII confirmó la nueva orientación el 16 de febrero de 1892 con la encíclica Au milieu des sollicitudes. Los católicos franceses, decía el Papa, podían y debían aceptar la Tercera República como forma legítima de gobierno, sin que eso implicara aceptar sus leyes laicistas, que seguían siendo plenamente impugnables. El objetivo político de fondo, explícito, era formar un gran partido conservador que uniera a católicos y republicanos moderados, aislando tanto al radicalismo anticlerical como al monarquismo intransigente. Así les fue a los consalvistas y a los rallie.
Esta política liberal tuvo un nuevo frenazo con la elección de San Pío X. Rampolla fue apartado como Secretario de Estado y, en su lugar, asumió Rafael Merry del Val. Algunos dicen que también era de la escuela de Consalvi, es decir, liberal, pero no estoy tan seguro. Lo cierto es que duró poco el interregno, pues con Benedicto XV, discípulo directo de Rampolla, y su Secretario el cardenal Gasparri, el consalvismo se consolidó, pues Gasparri será también el Secretario de Estado de Pío XI. Dos clamorosos hechos históricos contundentes confirman la estabilización de las políticas consalvistas en la Iglesia. El primero de ellos, es el arreglo que alcanza Gasparri con el gobierno masón de México por el que se pone fin a la guerra cristera, condenando a todos los católicos que se habían levantado y entregado su vida en defensa y fidelidad a la doctrina católica. Y el segundo son los Pactos de Letrán, firmados también por Gasparri con Mussolini, por los cuales la Iglesia renunció a la soberanía que había sostenido durante 1300 años. En ambos casos -y seguramente hay varios más-, se trató de puro pragmatismo y renuncia parcial a muchos principios.
Podemos decir entonces, que el consalvismo se estabiliza con le pontificado de Pío XI y se consolida con el de Pío XII. Es este un tema que puede discutirse pero yo creo que fue así. Eugenio Pacelli era la mano derecha de Gasparri y su pontificado, aunque despierte nostalgias en muchos, fue un ejemplo de bonapartismo, y me refiero a la permisión discreta y lenta, pero implacable de la toma de poder de los liberales. No en vano Giovanni Battista Montini estuvo siempre en puestos elevadísimos. Si Pío XII no hubiese sido el Bonaparte del consalvismo, ya no sólo en el ámbito de la política exterior de la Iglesia sino también de la teologia, la catástrofe del Vaticano II habría sido imposible. Todos los obispos que participaron fueron elegidos por alguno de los dos últimos Píos.
Dos esquemas similares
Vemos aquí un esquema más o menos similar al anterior: una explosión revolucionaria para los estándares históricos de la Iglesia; una reacción que logra volver parcialmente al antiguo régimen católico y un triunfo final de los ideales del liberalismo.
Veamos lo ocurrido en la últimas décadas, cuando el liberalismo político se trasladó definitivamente a la teología y a la política interna de la Iglesia. El Concilio Vaticano II y el espíritu posterior fue una Revolución Francesa sin guillotina, pero cruel y despiadada que logró imponer un nuevo régimen y hasta un nuevo Credo. Todo se hizo rápido, bestialmente y sin miramientos en el pontificado de Pablo VI. Juan Pablo II fue Napoleón, pues con buenos modales, un liderazgo arrollador y firmeza en ciertos aspectos morales, bonapartizó el espíritu del Concilio o, si se quiere, permitió la bonapartización. Sobre esta cuestión escribí en 2012 un post al que remito a los lectores para no repetirme. El pontificado de Benedicto XVI intentó ser un freno, con su estilo tímido y inseguro, casi como un impromptu de Schubert. Luego vino Francisco; esperaban un huracán que pusiera a la Iglesia patas arriba y terminó siendo una ventisca que lo único que hizo fue desordenar todo y cubrirlo de polvo, con ningún beneficio para nadie más que para sus propias concupiscencias.
¿Será León el Napoleón de Francisco?
Nota bene 1: No es mi intención hacer una valoración moral de la realpolitik vaticana inaugurada por el cardenal Consalvi. Esa es otra discusión; aquí he narrado simplemente los hechos históricos. Sería muy fácil decir simplemente que fue claudicar de los principios sostenidos por la Iglesia. La cuestión es mucho más compleja.
Nota benes 2: Me ha llamado la atención que algunos buenos amigos se hayan encarnizado con el Papa León XIV por mencionar en Francia el lema revolucionario de «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Pero como discutía con uno de ellos en X, tal gesto no es una novedad sino la repetición de un patrón bicentenario: así como Pío VII, tras el Terror, negoció el Concordato de 1801 con Napoleón —heredero de la Revolución— sin por ello avalar su origen ideológico, y así como León XIII, en Au milieu des sollicitudes (1892), pidió a los católicos franceses el ralliement a la Tercera República, distinguiendo la forma de gobierno de la obediencia debida al poder constituido (Rm 13,1), León XIV, en el Elíseo, no impugnó «Libertad, Igualdad, Fraternidad» como vocabulario hostil, sino que lo rebautizó, afirmando que su verdadero fundamento está en el Evangelio —la misma lógica patrística del «despojo a los egipcios» aplicada al lenguaje político.

Hay una medida moderada de bonapartismo que es necesaria en cualquier papa. Un papa no puede actuar como el líder de la oposición que lo deshace todo con alegría en cuanto llega al gobierno; el papa debe asumir la labor de los antecesores porque no es posible impugnar su legitimidad sin hacer vulnerable la propia. Eso no implica que no se puedan revertir cambios, pero sólo en la medida en la que se acepte la «legitimidad de origen» de los antecesores en el primado que introdujeron tales cambios, lo cual implica en la práctica operar con una presunción a favor de lo dispuesto a la hora de cambiar lo que haya que cambiar. «Desde San Pedro hasta Francisco, lo asumo todo»
De acuerdo. Esa era la idea de no hacer en este articulo juicios morales sobre la cuestión que es mucho más compleja de lo que se piensa, como usted lo señala.
El Cardenal Consalvi fue un héroe, y reducir su política a mero «posibilismo» se aleja mucho de la verdad. No se trató de renunciar a ningún principio, sino de dejar ir lo accidental para defender lo esencial. El mismo Consalvi que negoció el Concordato fue el que preparó la excomunión de Napoleón, sufrió años de exilio y convenció a Pío VII de anular el Concordato de Fontainebleau.
Es muy posible que así sea. Conozco muy superficialmente la vida del cardenal Consalvi.