La semana pasada el Papa León XIV visitó Francia. Fue su segundo viaje relevante a países europeos y, tal como ocurrió en España, creo que fue un gran éxito. Lo dije en ese momento y lo repito ahora con más convicción: creo que estamos frente a un retorno del juanpablismo, con los pro y los contra que eso supone. Y, consecuentemente, la superación definitiva del francisquismo. Sé que esto último es un tema muy discutido en el ámbito conservador y tradicionalista, y lo profundizaré en dos artículos que publicaré la semana próxima. No me interesa tratarlo aquí ni tampoco en los comentarios: lo haremos en su momento. Pero sí me interesa analizar con honestidad el viaje papal a tierras galas. Y destaco que mis opiniones son sobre lo dicho en este viaje, y no sobre sus decisiones o discursos pronunciados en Roma, o en otras ocasiones. Es decir, no estoy emitiendo un juicio en bloque sobre el incipiente pontificado de León XIV sino sobre una porción muy reducida de él: su viaje apostólico a Francia.
Lo primero que me ha llamado mucho la atención ha sido la reacción de la prensa laica y anticristiana. Se ha movido entre la estupefacción al silencio. El blog Messa in Latino publicó hace pocos días una breve reseña de esos artículos que es interesante revisar. El periodismo progresista, que es la casi totalidad, no ha podido negar el entusiasmo provocado aunque ha sido claro en su apreciación. Signo inequívoco de que los ha tomado por sorpresa. Mientras la locuaz Elisabetta Piqué se llamó a un absoluto silencio, María Laura Avignolo, corresponsal de Clarín en Francia, afirmo que “Pocas veces un pontífice ha sido tan radical en su llamado al imperativo espiritual de la conversión”. Y luego agregó que en las palabras de León XIV aparecía: “Una espiritualidad que la Iglesia Católica siempre ha profesado. Pero de la que ha hablado mucho menos desde el Concilio Vaticano II”.
En Francia, Bernadette Sauvaget, periodista de Libération —el diario que fundó Sartre, insignia histórica de la izquierda francesa— especializada en religión, fue invitada a la television francesa para comentar la vigilia de León XIV ante 80.000 jóvenes en el Stade de France. Y allí dijo, visiblemente incómoda, que le causaba pavor ver el resurgimiento católico de los jóvenes franceses. No solamente no esperaban la afluencia masiva de fieles a las celebraciones pontificias, y sobre todo jóvenes y no ancianos nostálgicos, sino que no esperaban la claridad y contundencia del mensaje pontificio. Creían que, con Francisco, la reivindicación de la fe católica había quedado ya definitivamente sepultada. Y no ha sido así.
Decidí leer todas las alocuciones del Papa en Francia, tarea que me llevó una mañana entera pero fue edificante. Desde que leí hace mucho más de una década Spe salvi, del Papa Benedicto XVI, no había sido edificado de ese modo por los textos papales. Puedo decir que, durante su viaje a Francia, el Papa León nos confirmó en la fe, que es su tarea específica. ¿De qué otro modo pueden calificarse, por ejemplo, estas palabras?
Sí, Dios es el Señor de la historia y, pase lo que pase, la conduce hacia la salvación: en Cristo todo mal tiene un término, precisamente porque el final se convierte en el comienzo de una vida nueva y eterna.
O estas otras:
Sí, la vida eterna es una promesa firme y segura que el Señor nos hace. Ya nos la ha alcanzado con su muerte en la cruz y su resurrección, y ya la hace realidad cada día en nosotros por la gracia del bautismo.
Uno de los aspectos que saltan rápidamente a la vista, es la centralidad de Jesucristo que aparecen en todas su palabras. El Señor aparece siempre como el núcleo de sus sermones y discursos pronunciados en ámbito religioso. Recordemos que venimos de épocas en los cuales el pontífice argentino vivía revolviendo el fango de un sociologismo barato y prefería, por ejemplo, no dar la bendición apostólica para no ofender a los no cristianos. La diferencia es abismal.
Y otro elemento en ese mismo sentido: solamente en una ocasión en todas sus alocuciones, y de un modo muy secundario, habló de la famosa sinodalidad. Lo hizo cuando se dirigió en Lourdes a los obispos franceses. ¡Sólo una vez! Ni siquiera cuando se reunió en París con la “asamblea sinodal” de esa diócesis hizo referencia al tema. Recordemos que hasta hace algunos meses, “sinodalidad” era la palabrita mágica que debía aparecer necesariamente en cualquier discurso de monjas, curas y obispos. Mi impresión, y la tengo desde los primeros meses de su pontificado, es que León enfriará lentamente la cuestión y el sínodo de la sinodalidad terminarán muriendo de inanición. Veremos.
Pero no vale detenernos a comparar las diferencias con el pontificado anterior. Son evidentes, y lo evidente no necesita ser demostrado. Concentrémonos en otras cuestiones positivas y llamativas. Una de ellas es la recurrencia en casi todas las intervenciones del Papa León al recuerdo de los santos de Francia, que son legión. Y no hace referencia a santos contemporáneos y ecuménicos de dudosa calidad, sino a los santos más rancios de la Hija Primogénita de la Iglesia, aquellos que “adoran al Dios verdadero”. Dijo en su homilía en la Place de la Concorde:
El agua viva del Espíritu Santo se ha derramado en abundancia y sigue dando fruto en la Iglesia a través de los misioneros y los testigos presentes en todas las culturas y entre todos los pueblos. Esta agua fecunda cuanto se deja tocar y transformar por ella para producir su fruto, es decir, la santidad de quienes adoran al Dios verdadero y sirven a sus hermanos y hermanas con caridad y generosidad. En este hermoso país que es Francia, muchos se han saciado de esta agua viva a lo largo de los siglos y han consagrado totalmente su vida al bien: los primeros mártires como Blandina, Potino e Ireneo; los santos fundadores y fundadoras de órdenes religiosas, los santos obispos como Martín de Tours y Francisco de Sales; los hombres y mujeres con un corazón sensible a las necesidades de sus semejantes, como Vicente de Paúl, Federico Ozanam, Juana Jugan y muchos otros.
A los jóvenes les recordó:
Miren el ejemplo de los santos: incluso en la persecución, estos hermanos y hermanas nuestros abrieron caminos de paz. Miren a aquellos sacerdotes apasionados por Cristo, como san Eugenio de Mazenod y san Juan María Vianney; contemplen la belleza mística de santa Teresa de Lisieux; a la beata Pauline Jaricot, ferviente en la caridad y la misión; el valor de los cincuenta mártires del apostolado, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, que sirvieron a sus hermanos y hermanas hasta el punto de sacrificar sus vidas. Los santos cambiaron el curso de la historia, haciendo que muchos pasaran del sufrimiento a la esperanza, porque primero cambiaron sus propios corazones, transformándolos a la luz de la fe.
Y más adelante, en el mismo discurso a los jóvenes:
Además, contamos con los santos como aliados: son amigos que nos sostienen en las pruebas. Queridos amigos, cuando las decisiones de la vida exijan valentía, recurran a su intercesión e imiten su ejemplo: como hemos cantado en las letanías, el aliento de los santos nos asegura que nunca estamos solos en la oración, nunca estamos solos en la Iglesia.
No sólo eso, sino que les propuso como ejemplo de mujer luchadora a Santa Juana de Arco (no sé si Benedicto XVI se habría animado a tanto):
A este respecto, el apóstol nos entrega un tercer verbo: luchar. De hecho, huir del mal y tender al bien implica luchar. Sí, luchar como lo hizo san Pablo, representado a menudo con una espada en las manos, signo de la Palabra de Dios, «la espada del Espíritu» (Ef 6,17). Este verbo resuena con fuerza aquí en Francia, tierra de santa Juana de Arco, una joven que supo luchar con audacia.
Otra cuestión muy positiva es que mencionó en varias ocasiones la importancia de la liturgia en la vida cristiana y en la conversión de los catecúmeno , que han aumentado exponencialmente en los últimos años. Dijo a los sacerdotes y consagrados:
A ustedes, que celebran diariamente la Eucaristía, les pido que velen para que las celebraciones litúrgicas se vivan siempre con dignidad y decoro, también allí donde se reúnen comunidades más pequeñas. Sean herederos conscientes de los Padres y de los Santos de la Iglesia que, a lo largo de los siglos, nos han transmitido el significado profundo y la belleza de la liturgia, dando siempre testimonio de una gran humildad ante el Misterio celebrado. El Concilio Vaticano II, cuya riqueza debe mucho a Francia, recogió y profundizó de manera eminente esta herencia, reconociendo su lugar central en la vida eclesial (cf. Sacrosanctum Concilium, 10). Les exhorto, por tanto, a todos ustedes, obispos, sacerdotes, diáconos y consagrados, a cultivar un amor auténtico por la liturgia y a ser testigos y servidores de la vocación profética, sacerdotal y real de todo el pueblo de Dios.
Y en otra ocasión:
La liturgia, en efecto, no puede considerarse una realidad “posterior” a la catequesis, como si en ella se pusiera simplemente en práctica lo aprendido durante el itinerario. La liturgia manifiesta y actualiza el misterio de la Pascua de Cristo y, por ello, es el acontecimiento capaz de revelar el sentido de la Buena Nueva y de comunicar la vida misma de Dios. Con sus ritmos, sus lenguajes y sus ritos, forma parte integrante del propio camino de conversión y de preparación a los sacramentos.
No fueron estos temas, que a los católicos sabemos que son los más importantes, los que han producido la estupefacción del progresismo, sino los que tienen que ver con el orden temporal o, mejor dicho, con la claridad meridiana con la que se expresó sobre ellos, en una Francia que hace gala de su laicismo. El jesuita Spadaro habrá quedado patitieso cuando escuchaba los discursos pontificios porque en su cuenta de X había pronosticado que León XIV sólo haría referencia a esas cuestiones en Lourdes, frente a un público reducido y focalizado. Y se refería a cuestiones como las del aborto, eutanasia o educación religiosa. Y no fue así. Lo dijo en Lourdes, pero lo dijo también a Macron en el Eliseo y a los líderes europeos en Metz.
Afirmó al respecto:
Pero ninguna ley humana debe hacernos perder la certeza de su dignidad. Por el contrario, precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión. Es imposible considerar normal el hecho de poner fin a la vida. Lo que es legal no es necesariamente moral. ¡Ninguno tiene el derecho, nunca, basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad determinada! ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!»
Y en términos similares se expresó en otra ocasión. Con respecto a la educación religiosa dijo a los obispos:
Los invito a mantenerse vigilantes para defender la libertad y los derechos de la Iglesia a evangelizar, a educar en la verdadera libertad y a practicar públicamente el culto, para que, de manera visible, se pueda ejercer la caridad en nombre de Jesucristo. Sin embargo, la enseñanza católica no puede, en modo alguno, renunciar a su proyecto educativo, un proyecto centrado en Cristo que tiene como objetivo el desarrollo integral de la persona humana en todas sus dimensiones: espiritual, cultural, intelectual, moral y social. Por lo tanto, a nadie debe sorprenderle que en cualquier centro católico se ofrezcan oportunidades para encontrarse con Jesucristo y escuchar su Palabra. Y mucho menos, ningún alumno debería verse marginado en su clase, por el hecho de creer en Jesús.
Sobre estas cuestiones espinosas que no evitó sino que afrontó con claridad, respondió en la conferencia de prensa que brindó a los periodistas en su viaje de regreso quienes le objetaron que se habría metido en política:
Puede que haya políticos, digamos, de izquierdas o de derechas, que sostengan que la religión debería limitarse únicamente a la esfera privada; dejemos que las personas hagan lo que quieran por su cuenta, pero como Estado debemos mantenernos al margen. En realidad, cuando fui a Francia, lo hice principalmente para predicar el Evangelio, para anunciar la Buena Nueva, para reafirmar lo que el propio Jesucristo dice cuando afirma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», es decir, para proclamar la verdad que Jesús nos ofrece. La defensa de la vida es un tema que, como todos sabéis, la Iglesia enseña y en el que cree profundamente. Y así, por un lado, sabía, obviamente, que en Francia se ha aprobado recientemente una ley [de eutanasia], mientras que en otros países europeos y en otras partes del mundo se están debatiendo cuestiones relacionadas con el final de la vida. […] Por lo tanto, diría que, si esto es política, la he hecho, pero no para entrometerme en la política francesa. Lo he hecho para enseñar aquello en lo que la Iglesia cree verdaderamente.
En Metz, reunidos con personalidades de la cultura y líderes europeos, el Papa León afirmó:
Para entender esta larga historia, sin embargo, no se puede omitir a otro padre de Europa: san Benito, que san Pablo VI proclamó patrono de Europa en 1964, llamándolo «mensajero de paz, realizador de unión, maestro de civilización». La ayuda a los pobres, a los enfermos y a los ancianos; la educación de los niños y las universidades; los hospitales y la medicina; la arquitectura y la ingeniería; el desarrollo de las ciencias; el derecho y la organización de las ciudades y de los propios estados: ¡tantos ámbitos, en Europa, han sido profundamente influenciados por san Benito y sus monjes! Sin este acervo monástico, la civilización europea, tal como la conocemos, no existiría. Aquí, en Metz, gracias a la obra, entre otras, de san Crodegango, se respiraba un espíritu benedictino de fraternidad, comunión y vida compartida. Desde aquí, el canto gregoriano se difundió en los territorios carolingios, trayendo armonía y belleza a todo el continente. No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo.
Y en ese mismo ámbito, dijo también:
A los jóvenes les digo: tengan el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz, en su corazón, en sus relaciones, en su familia, en las escuelas y universidades, en la vida de sus ciudades, de sus pueblos y de toda Europa. No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento.
Finalmente, era previsible que el pontífice romano se refiriera a la dolorosa herida que las consagraciones episcopales de Êcone causaron a la Iglesia, pues es en Francia donde ese movimiento es más fuerte. Y lo hizo, como exhortación, en dos oportunidades. En una homilía
Antepongan, por tanto, la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios.
Y en el discurso a los obispos:
Esta unidad no es una simple uniformidad, sino que permite que toda sensibilidad auténticamente católica converja de forma natural en una profesión de fe común, mediante la obediencia a los pastores legítimos y, en particular, al Sucesor de Pedro, «principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión» (LG, 18). Se trata de una unidad dinámica que se nutre de la Tradición de la Iglesia —desde los Padres hasta el Concilio Vaticano II— y del Magisterio posconciliar.
Como dije, leí todas las alocuciones pronunciadas por el Santo Padre en su viaje a Francia. En ellas, como es lógico, aparecen también cosas intrascendentes y algunas otras—pocas— que no me gustaron mucho. Pero eso es lo normal y lo previsible. Lo que no me parece normal ni justo, aunque sí predecible, es que algunos maximalistas o insaciables, hayan comenzado a alertar, con tono condescendiente y admonitorio: «¡No se dejen engañar por los latines y las solemnidades!». Y señalaron como razón de esa alerta un único pasaje dicho en su primer día de viaje, en el que habla de los “ideales” de la Revolución Francesa. Allí no hay rectitud de intención ni honestidad: obliteran todos los discursos del Papa para atacarlo por un sólo párrafo, texto que, por lo demás, buscan interpretar del modo más torcido posible.
Dijo el Santo Padre:
Francia aportó al mundo auténticos logros; entre ellos, el reconocimiento de los “Derechos Humanos” inscritos en la naturaleza de la persona humana, en particular el de la libertad religiosa. Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud.
La gravedad de estas expresiones vendría dada, según ellos, en que se estaría fundamentando el lema revolucionario en el Evangelio. Pero no leen toda la frase. El Papa no dice que la libertad, la igualdad y la fraternidad se funden en el Evangelio, como si el Sermón de la Montaña hubiese sido un borrador de la Declaración de 1789. Dice más bien, que esos principios éticos encuentran también en el mensaje evangélico “una fuente inagotable de inspiración y plenitud”, y ancla los derechos en la naturaleza de la persona humana, no en la voluntad general ni en el contrato de Rousseau. La dirección del argumento es exactamente la inversa de la que le reprochan los maximalistas, puesto que no va de la Revolución al Evangelio, sino del Evangelio hacia unas palabras que, arrancadas de su suelo, andan huérfanas por los frontispicios de Francia. Es la vieja lógica de la gracia que no destruye la naturaleza sino que la perfecciona, y que perfecciona también, cuando puede, el lenguaje de los hombres.
Nada de esto es nuevo. San Pablo, en el Areópago, no empezó su predicación denunciando la idolatría de los atenienses y rompiendo altares, aunque le hervía el espíritu al ver la ciudad llena de ídolos; tomó en cambio la inscripción de uno de esos altares paganos, Agnṓstōi theṓi, «al dios desconocido», y les dijo: “Lo que veneráis sin conocer, eso os anuncio”. Y para mayor escándalo de los insaciables de entonces, citó a un poeta gentil, Arato de Solos: “Porque somos también de su linaje”. San Justino vio en la sabiduría de los griegos semillas dispersas del Logos; san Agustín mandó despojar a los egipcios de su oro para ponerlo al servicio de Cristo; y san Gregorio Magno escribió al abad Melito que no derribara los templos de los anglos, sino que los purificara con agua bendita y los consagrara al verdadero Dios, de modo que el pueblo, acudiendo a los lugares acostumbrados, aprendiera a adorar a quien no conocía. La Iglesia nunca creyó que para evangelizar hubiera que empezar por quemar el vocabulario del interlocutor, sino que prefirió siempre bautizarlo.
Y con más razón cuando el vocabulario es, en rigor, robado. Porque la tríada revolucionaria no salió de la nada: no hay fraternidad sin un Padre común, la igualdad de los hombres la proclamó san Pablo a los gálatas mucho antes que la Asamblea Nacional, y la libertad es aquella para la cual Cristo nos liberó. Chesterton lo vio con su agudeza habitual: el mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas, porque fueron separadas unas de otras y andan vagando solas. Devolverles el juicio no es claudicar ante la Revolución, sino que es reclamar lo que siempre fue nuestro. Y quien piense que un Papa no puede pronunciar esas palabras sin bendecir la guillotina debería explicar por qué San Pablo pudo citar a Arato sin incensar a Zeus.
Y termino con un interrogante y una profecía. ¿Cómo será la visita de León XIV a la Argentina? Los franceses -fuerza es decirlo-, superaron con creces a los españoles. Todo fue en la Galia de mejor calidad, desde las liturgias hasta la famosa vigilia con los jóvenes. Pero creo que nuestros hermanos españoles se deben tranquilizar: los argentinos, esta vez y a diferencia del fútbol, les ganaremos ampliamente en cutrerismo, vulgaridad y mal gusto. Es lo que me temo por algunos datos que van llegando. En la vigilia con los jóvenes, por ejemplo, cantará ¡Abel Pinto! Por suerte no se siguió la sugerencia de uno de los sacerdotes encargados de la organización, el P. Fabrizio Maranzana (busquen y sabrán quién es), que propuso que la conductora del encuentro fuera la modelo y mujer de enésimos maridos y amantes, Pampita Ardohain. ¿La reemplazará Flor de la V. o Lizi Tagliani?
Y mi profecía. El Santo Padre dirá unas cuantas verdades que no gustarán nada al gobierno, y es lo que corresponde. Pero dirá también unas cuantas verdades que no gustarán nada a los obispos viudos de Francisco que, como zombies, siguen vagando dañando y aterrorizando el suelo argentino.

La mención de la tríada revolucionaria es una captatio benevolentiae, que en su tiempo también hizo Juan Pablo II. A la cual se agrega un intento de resignificar los tres términos en clave cristiana.
No me parece que se justifique la sobrerreacción de algunos. Tampoco tengo claro que sea un recurso oportuno en un país regado por la sangre de los mártires vandeanos.