Hace cincuenta días, poco más o menos, que tuvieron lugar las consagraciones episcopales de Êcone. En su momento, yo expresé mi desacuerdo con la medida tomada por los superiores de la FSSPX, y mantengo mi opinion. Y aclaro que no es más que una opinión, y no un ataque a la FSSPX como muchos lo interpretaron.
Y aunque también tratamos en el blog la cuestión de los laicos asistente a sus misas misas, creo que vale la pena insistir en lo inoportuno del galimatias canónico-doctrinal redactado por el cardenal Víctor Fernández donde establece, como en un gráfico de flujo, quiénes están excomulgados y quienes no, produciendo un esperpento jurídico librado a la interpretación de cada quien y desembocando todo en un hazmerreír de propios y extraños.
La única certeza que hay es que los están excomulgados son los cuatro obispos consagrados y los dos obispos consagrantes. Y digo certeza porque así lo establece el CIC. Tucho, meterete consumado, complicó todo hasta el ridículo. Y el resultado es el esperado: como nada es claro y todo es confuso y absurdo, nadie hace caso -con alguna excepción que enseguida veremos- a sus anatemas.
La primera cuestión que cualquier estudiante de derecho señalaría es que una sanción penal no puede imponerse sin individualizar y especificar al sujeto sancionado, y no cabe sancionar penalmente a un grupo o colectivo como tal. Lo hace así el cardenal en el decreto nombrando con sus nombres y apellidos a los seis obispos, y eso es clarísimo. Sea quien sea Fernández, ostenta el cargo que ostenta: hay excomunión. Pero no lo hace, porque no puede, a todo el resto de los excomulgados. Y entonces, en la «Nota explicativa«, excomulga al voleo.
Señalamos que las hermanas de la Fraternidad, así como el resto de comunidades religiosas vinculadas a ella, están de parabienes pues, de acuerdo al cardenal, ellas no son cismáticas ni están alcanzadas con excomunión, puesto que la nota solo lanza estas penas a los ministros sagrados y a los fieles laicos, y ellas no son ni lo uno ni lo otro.
Los «fieles laicos» también caen en excomunión en tanto adhieran formalmente a la Fraternidad, dice Tucho. Qué significa «adherir formalmente», se preguntan muchos ante el temor al infierno. El cardenal responde que esa categoría está explicitada en una nota de 1996 del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, la que dice en su nº 7:
En el caso, por el contrario, de los demás fieles, es obvio que no basta, para que se pueda hablar de adhesión formal al movimiento, con una participación ocasional en actos litúrgicos o actividades del movimiento lefebvriano, realizada sin hacer propia la actitud de desunión doctrinal y disciplinaria de dicho movimiento. En la práctica pastoral puede resultar más difícil juzgar su situación. Hay que tener en cuenta, sobre todo, la intención de la persona y la traducción en actos de dicha disposición interior. Por lo tanto, las diversas situaciones deben juzgarse caso por caso, en las instancias competentes del foro externo y del foro interno.
Como puede apreciarse, este documento no dice nada, o dice poco. Y lo poco que dice es «las diversas situaciones deben juzgarse caso por caso», con lo cual, la excomuniones colectivas de Tucho no tienen validez a tenor de la referencia jurídica que él mismo menciona. En todo caso, deberá analizarse caso por caso a cada uno de los 600.000 fieles que asisten a las misas «lefebvristas» en el mundo entero y redactar para cada uno de ellos un decreto de excomunión.
Y, luego, surgen varias dudas. A saber,
- ¿Alguien sabe si los nuncios apostólicos, como pide Su Eminencia, han dispuesto los procedimientos para «reconciliar» a los lefebvristas arrepentidos? Me temo que ni siquiera ellos le hacen caso a Tucho.
- ¿Alguien sabe si algún obispo o algún párroco ha aplicado ya el ritual de reconciliación que también exige Tucho para volver a admitir en la Iglesia a los excomulgados de Êcone? Me temo que tampoco ellos se lo han tomado muy en serio.
- Y abordemos la compleja cuestión de las empanadas. En un priorato, hace algunas semanas, se organizó una venta de empanadas a fin de contribuir a las obras pastorales que allí se realizan. Lo que muchos laicos se preguntaban era si, de acuerdo a las instrucciones emanadas por Su Eminencia, caían en excomunión al comprar ese típico alimento iberoamericano. Algunos sostenían que de ninguna manera debían hacerlo; otros que se podía comprar una sola empanada (o dos, si el índice de masa corporal era igual o superior a 30) porque era ad vitam sustentandam; otros, que podía comprarse hasta una docena por familia tipo. En fin, que la cuestión no quedó resulta y han enviado ya un dubium al Santo Oficio.
El decreto tuchesco también trata la validez de los sacramentos y determina taxativamente que los sacramentos de la confesión y del matrimonio administrados por clérigos de la FSSPX son inválidos. La cuestión de las confesiones es asunto delicado, y mejor no me meto en él. El caso del matrimonio, sin dejar de ser complejo, parece que es más claro. En este sacramento se requiere, para su validez, de un testigo cualificado que es el obispo o párroco del lugar donde se realiza la boda, o el sacerdote por él delegado. Esto lo determina así el canon 1094 del CIC de 1917, aquél que la Fraternidad considera válido. Si bien el Papa Francisco concedió en 2017 permiso a los «Reverendísimos Ordinarios que concedan las licencias para asistir a los matrimonios de fieles que siguen la actividad pastoral de la Fraternidad», esos ordinarios pueden concederlas o no, y si las concedieron, pueden retirarlas como ha ocurrido en varios lugares. Según esto entonces, los matrimonios celebrados en la Fraternidad no son válidos, y así lo declarará cualquier tribunal canónico y la Sacra Rota Romana. Si los contrayentes, en cambio, recurren a la Sacra Rota de Êcone, tendrán otra respuesta.
Una prelatura personal, de las muchas que hay en la Iglesia, alarmada ante la posibilidad de pérdida de fieles, y de ingresos económicos, ha desplegado un sistema de sacerdotes itinerantes que dictan conferencias de adoctrinamiento a sus miembros para alertarlos de los peligros de acercarse siquiera a las vecindades de la FSSPX. Súbitamente, han adquirido una profusa devoción al cardenal Fernández (¿habrá sido a cambio de un beso?) y defienden a capa y espada su nota explicativa. Y van más allá todavía. Todo fiel que asista incluso a una misa en la Fraternidad, lo haga por devoción, por curiosidad o por cercanía, cae irremediablemente en la pena de excomunión, aseguran. Ni qué decir tiene aquellos que asisten regularmente todos los domingos. Estoy horrorizado porque, en la ciudad donde vivo, varios centenares de conocidos son ahora réprobos, e irán dentro de algún tiempo a poblar las ya pobladas oscuridades del averno. Según explica este sacerdote de la prelatura de marras, el único motivo por el cual un católico podría asistir a una celebración lefebvrista sería por un compromiso social imposible de sortear. Por ejemplo, una boda o un funeral. Pero ¡atención! Sólo pueden asistir; no pueden comulgar, porque estarían recibiendo la eucaristía de un ministro excomulgado.
- ¿En qué pena incurren?, le preguntaron al sacerdote.
- Ehh, ohh, bueno, no incurren en ninguna pena, pero obviamente eso no se puede.
- Y si lo hacen, ¿reciben las gracias propias del sacramento de la eucaristía?.
- No, no las reciben, dijo el cura.
- Pero si el Señor está verdadera y realmente presente en la hostia consagrada, ¿cómo no va a recibir la gracia? ¿La excomunión del ministro producen una especie inmunidad operativa de la eucaristía? ¿La impermeabiliza? ¿La blinda a fin de que no produzca la gracia?.
- Efectivamente, así es, dijo el cura aliviado.
- Pero ¿no es que el sacramento actúa ex opere operato? Según lo que usted dice, obraría según la calidad del ministro. ¿En qué se diferencia esa postura de la sostenida por los donatistas?
- Se hizo tarde. Ya es hora de irnos, dijo el numerario del fondo. Y se fueron.
Tucho, como no podía ser de otro modo, complica todo y convierte a la Iglesia en un hazmerreír para cualquiera que tenga dos dedos de frente. Se hubiese limitado a firmar el decreto de excomunión a los obispos, que nadie se lo iba a discutir, como hizo el cardinal Ratzinger en 1988; pero no, se quiso hacer el cocorito, y embrolló todo. Pero recurriendo a un dicho del sur de la América española, «la culpa no es del chancho sino de quien le da de comer». Y el que le da de comer, y quien debiera controlarlo, es el Papa León, que a más inri es canonista. Es compresible que no quiera humillarlo despidiéndolo antes de que termine su periodo; eso no lo hizo ni siquiera Francisco. Pero el problema es que, con Tucho, la granja se le lía cada vez más.
