Por Raniero da Fiore
No caben dudas de que uno de los temas recurrentes en los artículos de este blog y en las discusiones de sus comentarios es la interpretación de los signos del final de los tiempos. Las reacciones respecto de este tipo de teorías, reflexiones o elucubraciones son muy variadas, pero podrían sintetizarse rápidamente en dos tipos: aquellos que tienden a hacer una especie de “sobre-exégesis”, dando una importancia apocalíptica excesiva a determinados sucesos que probablemente no la merezcan, y aquellos otros que, por el contrario, tienden a rechazar las lecturas escatológicas y a racionalizar los puntos álgidos de la discusión. Umberto Eco no hubiese dudado en denominar a ambas facciones con los nombres de “apocalípticos” e “integrados”, tal como tituló uno de sus ensayos filosóficos. Fuere cual fuere el rótulo que decidamos adjudicarles, ambas posturas tienen ciertas buenas razones de su parte. Sin embargo, me atrevería a afirmar que, a pesar de toda su perseverante tendencia al delirio escriturístico, los “apocalípticos” obtienen, al menos, alguna ventaja espiritual y, por el contrario, me produce mayor temor quedar incluido entre los “integrados” del ateo italiano.
Para justificar esta prevención, con los cuidados del caso, diría que la postura de los “integrados” tiene una larga y penosa historia en nuestra cultura. En efecto, deriva del “motín de los filósofos”, al que dedicaremos esta y otras dos entregas homónimas. Desde aquella vieja revuelta intelectual nuestra cultura quedó traspasada de manera definitiva por cierto racionalismo ahistórico, o “deshistorizante”, si se me permite el rústico neologismo.
El problema radica en que el racionalismo no es, solamente, la corriente filosófica que exalta la razón humana o la actitud intelectual que se cierra al misterio y al símbolo. También es racionalista, evidentemente, la tendencia a enfatizar la entidad de los conceptos de razón por sobre los entes reales, contextualizados éstos en un tiempo y un espacio concretos. Eso es, más específicamente, la doctrina que recibió el nombre de conceptualismo, de tan nefastas consecuencias para la religiosidad y la ciencia modernas. En efecto, existe cierto conceptualismo en materia de moral que resta densidad a la virtud de la prudencia en aras de ciertos principios hipertrofiados y que termina convirtiendo la ética en moralina. Existe también cierto conceptualismo en materia educativa que atribuye efectos mágicos a ciertos “contenidos transversales” y universales por sobre las aptitudes y características particulares e individualísimas de los niños y los jóvenes. Existe, en fin, cierto conceptualismo en materia de eclesiología en aquellos que ceden demasiado rápido a la tentación de separar la cizaña del trigo, tal como hemos intentado explicar en una de nuestras entradas anteriores. En todos los casos parece predominar un elemento: la consideración excesiva de los entes de razón por sobre los entes reales contingentes.
Pues bien, esta tendencia tiene una antigua trayectoria. No es un fruto de la modernidad, aunque en ella se haya manifestado con toda su amplitud. Fueron conceptualistas los filósofos ilustrados, pero también los científicos positivistas, a pesar de su anti-filosofismo. También hay algo de este conceptualismo en la devotio moderna, tantas veces mentada en las páginas de este blog. Sin embargo, tal como hemos dicho, los orígenes del conceptualismo se remontan mucho más atrás: es un producto específicamente medieval, originado en el viejo “motín de los filósofos”.
Ahora bien, querido lector, acaso te preguntarás en qué radica la indiferencia de los conceptualistas hacia los apocalípticos: he ahí el quid de la cuestión. Si el peligro de aquellos es absolutizar principios y conceptos, desconociendo los contextos específicos, el problema, en definitiva, parte de un cierto menosprecio por esa “no-ciencia de lo contingente” que es la historia. Y esto nos lleva necesariamente a Aristóteles. Más precisamente, al aristotelismo cristiano.
Antes de continuar, es necesario advertirle al muy aristotélico tomista lector que está ya amenazando fulminarme con sus rayos, que el problema no lo he visto solamente yo. Veamos, por ejemplo, lo que decía desde el ambón un teólogo del siglo XIII:
«Está escrito que Adán se alimentó del árbol del conocimiento del bien y del mal y que fue expulsado del Paraíso. Esto se cumple hoy en nuestros maestros. La comprensión espiritual se llama “árbol de la vida”, la comprensión literal se denomina “árbol del conocimiento del bien y del mal” […] El que ama la Sagrada Escritura, ama también la filosofía para reforzar la fe por medio de ella, pero la filosofía es el árbol del conocimiento del bien y del mal, pues en ella están mezclados lo verdadero y lo falso. Si tú eres un partidario ferviente de la filosofía y dices: “¿Cómo pudo engañarse Aristóteles?”, tú no amas la Sagrada Escritura y te alejas necesariamente de la fe».
A primera vista, el pasaje podría atribuirse a un oscuro monje de principios del siglo XIII, reaccionando atávicamente contra las nuevas corrientes intelectuales de su tiempo. Con un ligero retoque en ciertas expresiones duras, incluso podría asemejarse al runrún antifilosófico de la progresía hodierna.
El autor, sin embargo, es San Buenaventura y eso vuelve el texto bastante más incómodo. El Doctor Seráfico no pertenecía a la generación que recibió al Estagirita con rechazo y desconfianza. Todo lo contrario: había estudiado Artes en París, conocía bien el corpus aristotelicum y durante su juventud lo utilizó con amplitud. Su crítica es tardía: nace después de la apropiación, cuando el nuevo saber había dejado de ser una novedad sospechosa y comenzaba a mostrar las primeras consecuencias de su autonomía. Buenaventura no reaccionó ante Aristóteles por incomprensión; llegó a desconfiar de ciertas posibilidades del aristotelismo precisamente porque lo había comprendido y asimilado. Sólo entonces comenzó a preguntarse qué podía perderse junto con todo lo que se había ganado.
Hace algunas semanas tuvimos ocasión de repasar el estudio de Ratzinger, titulado La teología de la historia de San Buenaventura, con motivo de la referencia incluida por Peter Thiel en su comentario sobre el Anticristo, traducido y publicado por Wanderer. La relectura resulta pertinente por razones evidentes: Ratzinger estudia allí la relación de Buenaventura con Joaquín de Fiore y el lugar de la escatología en su pensamiento teológico. Pero las últimas páginas del estudio esconden otra cuestión que quizá sea todavía más sugestiva: el conflicto final entre el Doctor Seráfico y el aristotelismo constituye una lucha por la comprensión cristiana del tiempo.
El franciscano habla sin tapujos de tres errores aristotélicos que atentarían directamente contra la integridad de la doctrina cristiana y que no duda en asimilar a la marca de la Bestia, el 666 del Anticristo. La tríada nefasta estaría compuesta, a saber: por la eternidad del mundo, que corrompe la causa essendi; por la unidad del intelecto, que corrompe la ratio intelligendi; y por la necesidad fatal, que corrompe el ordo vivendi. No son cuestiones marginales: el primer error compromete la comprensión del ser creado; el segundo, la realidad del conocimiento personal; el tercero, la libertad y el orden moral. En conjunto, afectan las tres dimensiones fundamentales del saber filosófico: el ser, el conocer y el obrar. Los dos últimos son, en rigor, menos atribuibles al Estagirita que a algunos de sus transmisores y comentaristas. La unidad del intelecto remite a la conocida interpretación averroísta del De anima, según la cual el intelecto sería único y común a todos los hombres. La necesidad fatal es, en todo caso, la consecuencia de llevar hasta el extremo ciertas enseñanzas del filósofo griego, tarea ejecutada por algunos escritores medievales. Es por eso que Ratzinger nos advierte que, más que a Aristóteles, Buenaventura se enfrenta a los aristotélicos de su tiempo. Sin embargo, el primero de los errores sí puede ser identificado en los textos del Filósofo. Y es precisamente ese el error del cual surgen los otros dos, el error específicamente “deshistorizante”.
El llamado error aristotélico de la eternidad del mundo consiste en afirmar que el cosmos, el tiempo y el movimiento no han tenido un comienzo temporal, que no son efecto de un acto creador primigenio. En Física VIII Aristóteles sostiene que “puesto que el tiempo existe siempre, entonces es necesario que el movimiento sea eterno”.
Allí se encuentra también el célebre desarrollo en torno al Primer Motor Inmóvil. Sin embargo, el Primer Motor solo es “primero” en el orden de las causas y no como preexistente al tiempo y al movimiento, puesto que no hay nada preexistente a ellos.
En De caelo II, 1, afirma categóricamente que, después de lo demostrado en el libro I,
“puede uno tener la certeza de que el cielo en su conjunto ni ha sido engendrado ni puede ser destruido, como algunos dicen, sino que es uno y eterno, sin que su duración total tenga principio ni fin, y tiene y contiene en sí mismo la infinitud del tiempo”.
Boecio de Dacia y Siger de Brabante son buenos ejemplos de la recepción medieval de esta tesis. Ambos sostienen, al menos desde el punto de vista de la razón filosófica, que el movimiento y el mundo deben considerarse eternos, siguiendo la línea de Física VIII y De caelo. Boecio lo formula expresamente en De aeternitate mundi; Siger adopta una posición semejante en el marco del aristotelismo parisino. Ambos intentan, sin embargo, preservar la verdad cristiana del comienzo temporal distinguiendo artificiosamente entre lo que concluye la filosofía y lo que enseña la fe.
Por su parte, Santo Tomás de Aquino adopta aquí una posición particularmente audaz para su tiempo, hasta el punto de apartarse de una intuición que muchos teólogos consideraban casi inseparable de la doctrina cristiana de la creación. Sostiene que la razón no puede demostrar que el mundo haya comenzado temporalmente y que, en sí misma, una creación eterna no encierra contradicción: un mundo sin comienzo podría depender eternamente de Dios en el ser. La tesis, formulada con especial claridad en De aeternitate mundi, introduce así una distinción novedosa y bastante problemática entre creación y comienzo temporal.
Precisamente en este punto observa Ratzinger que San Buenaventura “en Tomás observa el riesgo de una confianza excesiva en Aristóteles”, cosa que considera objetable. En efecto,
“cualquier condescendencia es peligrosa a sus ojos, pues desconoce la gravedad del peligro y favorece al adversario al que Buenaventura se opone justamente con tan intransigente severidad, por su conciencia escatológica. Por esta razón le debe haber parecido a nuestro Santo bastante sospechosa, sobre todo, la complacencia de Tomás con Aristóteles en una cuestión tan decisiva como la relativa a la eternidad del mundo”.
El problema clave reside en que, si el movimiento es eternamente circular, aquello que sucede queda absorbido dentro de una estructura cósmica que se reproduce indefinidamente. Puede haber acontecimientos, pero la historia, en el sentido fuerte que le había concedido el cristianismo hasta entonces, comienza a perder consistencia.
El efecto de esto es que la historia pertenece al ámbito de lo accidental: los acontecimientos humanos se suceden, desde luego, pero su conexión no forma parte de aquel orden causal estable que puede ser objeto de ciencia. La historia queda así relegada al reino de la contingencia, incapaz de recibir una estructura propia comparable a la de la naturaleza. Esta relegación de la historia, presente en una parte de la escolástica, sobrevivió también en ciertas formas del neotomismo moderno. Ratzinger la caracteriza del siguiente modo:
“Esta concepción coincide exactamente con el antiguo, conocido, y en parte escolástico, concepto de historia. La historia es el reino de la casualidad y no es capaz de una elaboración propiamente científica y esto no sólo porque el misterio de la libertad humana actúa en ella, sino, más bien, por el hecho de que pertenece al cosmos de las causas ordenadas de modo sólo accidental, propio de las cosas del mundo”.
Buenaventura, sin embargo, comprendió que esta concepción resultaba incompatible con la visión cristiana. Para el cristianismo, los acontecimientos no se yuxtaponen simplemente en una línea temporal azarosa: también en su sucesión existe un orden. La historia entera posee una forma, un movimiento de egressus y regressus, de salida y retorno, de Alpha y Omega, cuyo centro es Cristo.
Allí donde Aristóteles podía admitir un cosmos rigurosamente ordenado y, al mismo tiempo, una historia librada en buena medida a la accidentalidad, Buenaventura exige que también la sucesión temporal participe de una inteligibilidad providencial. La historia no es el residuo desordenado que queda fuera de la ciencia: pertenece al orden mismo querido por Dios.
Posiblemente esto explique también el abandono de la vieja hermenéutica de la chronica universal medieval, que pensaba la historia desde la Creación hasta la Parusía y leía los acontecimientos particulares dentro de esa totalidad providencial. La historiografía cristiana moderna, en cambio, terminó aceptando en buena medida los supuestos del historicismo positivista y restringió su campo al “tiempo de la Iglesia”: pontificados, concilios, instituciones, herejías, órdenes religiosas, misiones. Ganó precisión documental, crítica de fuentes y especialización; perdió, al mismo tiempo, la sapiencialidad de interpretar el conjunto. La historia de la salvación dejó así de ofrecer la estructura de la historia universal y la labor del historiador cristiano quedó restringida al estudio de un objeto particular dentro de una historia general narrada según categorías ajenas a la fe.
Así pues, Buenaventura entrevió con lucidez que la separación entre filosofía y teología no podía quedar reducida a una simple cuestión de método. Una filosofía que aprende a explicar el mundo desde sus causas propias termina fácilmente por concebirlo como un orden autosuficiente; una vez roto el vínculo con la sapientia christiana, la naturaleza, el hombre y la historia comienzan a pensarse al margen de la Creación, de la Providencia y del sentido escatológico del tiempo. El franciscano advirtió que allí se estaba alterando algo más profundo que el currículo universitario: cambiaba la forma misma en que Occidente entendía la realidad y la relación entre los saberes. Había comenzado el motín de los filósofos.

Hace años ando queriendo saber en que habían objetado la tesis de Ratzinger sobre san Buenaventura, que supongo que el texto mencionado es una reforma de esa tesis o una producción posterior, aunque con alguna relación. Según la búsqueda rápida en internet se modificaron los dos primeros capítulos. Existe alguna versión de esos capítulos. Gracias
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« Está claro, pues, que cuando se dice que algo ha sido hecho por Dios y que nunca estuvo sin existir no hay ninguna repugnancia conceptual.
Si la hubiera, es sorprendente que Agustín no la viera, pues sería una vía eficacísima para refutar la eternidad del mundo; sin embargo omite también esta vía por completo, a pesar de que él mismo impugna la eternidad del mundo con muchos argumentos en el libro XI y XII de La ciudad de Dios. Más aún, parece insinuar que no hay aquí repugnancia de conceptos, por lo que dice en el libro X de La ciudad de Dios, en el capítulo 31, hablando de los platónicos: «Pero hallaron modo de resolver el problema diciendo que no se trata del comienzo del tiempo, sino del comienzo de la sustitución de un ser; dicen ellos: “Como si un pie desde la eternidad siempre hubiera estado en el polvo, siempre estaría debajo la huella; y, sin embargo, nadie dudaría de que la huella había sido hecha por el que pisaba, el uno no es anterior al otro, aunque haya sido hecho por el otro; así, dicen, el mundo y los dioses creados en él existieron siempre por existir el que los creó, y, sin embargo, han sido hechos”». Y nunca dice que esto no pueda entenderse sino que procede de otro modo contra ellos. Asimismo, en el libro XI, capítulo 4, dice: «Hay otros que confiesan haber sido hecho (el mundo) por Dios, pero no admiten que tenga principio de tiempo, sino de su creación, de suerte que ha sido hecho de continuo en un modo apenas inteligible. Parece con ello», etc. La causa de que apenas sea inteligible la había tocado en la primera argumentación.
Es sorprendente también que los filósofos más nobles no hayan visto esta repugnancia. Dice Agustín en el mismo libro, capítulo 5, al hablar contra los mencionados en la cita anterior: «Al presente discutimos con los que admiten con nosotros un Dios incorpóreo y creador de todas las naturalezas distintas de El», de quienes añade luego: «Estos han superado a los restantes filósofos por su nobleza y autoridad». Y esto también es claro para quien considere atentamente lo dicho por los que pusieron que el mundo ha existido siempre, pues lo ponen, no obstante, hecho por Dios, sin percibir para nada esta repugnancia de conceptos; luego los que la perciben tan sutilmente son los únicos que son hombres y con ellos comienza la sabiduría.
Pero puesto que algunas autoridades parecen obrar a su favor, hay que mostrar que les prestan un débil apoyo. Dice Damasceno en el Libro I capítulo 8: «Lo que es trasladado del no ser al ser no puede por naturaleza ser coeterno con lo que no tiene principio y existe siempre». Igualmente Hugo de San Víctor al principio de su libro Los Sacramentos: «La inefable virtud de la omnipotencia no pudo tener nada coeterno, fuera de ella misma, que le ayudara a obrar».
Pero el sentido de estas autoridades y otras parecidas está claro por lo que dice Boecio en el libro último de La consolación: «Algunos, cuando oyen que a Platón le pareció que este mundo no tuvo principio en el tiempo ní tendrá final, deducen que este mundo creado es coeterno con el Creador, lo que no es correcto. Una cosa es, en efecto, discurrir por una vida interminable, lo que Platón atribuyó al mundo, otra ser la presencia total y simultánea de una vida interminable, lo que manifiestamente es propio de la mente divina». De aquí es claro que tampoco se sigue lo que algunos objetan, a saber, que la creatura se igualaría a Dios en la duración.
Y que el sentido en que se dice que nada en modo alguno puede ser coeterno con Dios es éste, a saber, porque nada puede ser inmutable sino sólo Dios, está claro por lo que dice Agustín en el libro XII de La ciudad de Dios, capítulo 15: «Y puesto que el tiempo se sucede gracias a la mutabilidad, no puede ser coeterno con la eternidad inmutable. Por eso, aunque la inmortalidad de los ángeles no transcurre en el tiempo, y no es pasada, como si ya no existiera, ni futura, como si todavía no existiese, sin embargo, su movimiento, por el que se origina el tiempo, va pasando del futuro al pasado. Luego no pueden ser coeternos al Creador, de quien no se puede afirmar que haya movimientos en El como si tuviera algo que fue, pero que ya no es, o algo que será, pero que todavía no es». E, igualmente, en el libro VIII Sobre el Génesis dice también: «Puesto que la naturaleza de la Trinidad es enteramente inconmutable, por eso es eterna de tal suerte que nada puede serle coeterno». Palabras parecidas dice en el libro XI de Las confesiones.
También añaden razones a su favor, que también tocaron y solucionaron los filósofos, entre las que está una más difícil que es sobre la infinidad de las almas: si el mundo ha existido siempre, es necesario que ahora las almas sean infinitas. Pero esta razón no viene a propósito, pues Dios pudo hacer al mundo sin hombres y sin almas, o pudo hacer a los hombres cuando los hizo, aun cuando al mundo lo hizo entero desde la eternidad, y así no quedarían infinitas almas después de los cuerpos. Además, no está todavía demostrado que Dios no pueda hacer que existan infinitas cosas en acto. «
Un dominico
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Pusieronse a un lado, donde se estaban mirando los sayones judios y los filosofos. Decian juntos, viendo a los sumos pontifices en sillas de gloria: -Diferentemente se aprovecharon de las narices los Papas que nosotros, pues con diez varas dellas no olimos lo que traiamos entre manos. […]
Fueron juzgados los filosofos, y era de ver como ocupaban sus ciencias y entendimiento en hacer silogismos contra su salvacion. […] Y en fin, llegando Orfeo (como mas antiguo) a hablar por todos, le mandaron que volviese otra vez a hacer el experimento de entrar en el infierno para salir; y a los demas, por hacerles camino, que le acompañasen.
Sueño del Juicio Final, de Quevedo.
Es tradición que el judío tanto como el filósofo en tanto no dan el salto de la Fe, tropiezan con Cristo; siendo éste para el primero, escándalo; y para el segundo, locura. L. Marechal los pone a los dos dentro de un mismo personaje en su Novela Adán Buenosayres. Saludos.
He aquí la expresión, que pretende ser conservadora, de la nouvelle Théologie. Conceptos y neotomismo afuera, «pensamiento histórico» y Padres (entendidos a su manera) adentro.
Pero estos ingenuos no se dan cuenta de que siguen poniendo un trono a la causa del descalabro… Harían bien en releer Humani generis y Pascendi. Y en dejar de demonizar al tomismo. Y en leer más a los escolásticos.
Estimado, no le agradezco el comentario porque, sinceramente, no tiene demasiado provecho.
Nadie aquí está demonizando al tomismo ni nada por el estilo. He traído a colación un texto de San Buenaventura que critica el error de Aristóteles de la eternidad del mundo. ¿Ud también cree que el mundo es eterno? Si no cree en esto, ¿qué opina sobre esa afirmación aristotélica? Responda al tema en cuestión y no desvíe la conversación con tamaña deslealtad.
Por otra parte, me hace gracia la paradoja de traer a colación a Santo Tomás para reafirmarse en una postura recalcitrante, cuando el santo de Aquino hizo más bien lo contrario: en su tiempo, los «recalcitrantes», en todo caso, eran los agustinianos. El tomismo constituyó toda una novedad en su afán de conciliar a Aristóteles con la sabiduría cristiana. Pero claro… aquellos hombres usaban la cabeza, no la deponían con tanta facilidad.
Saludos.
Raniero.
El santo de Aquino fue «recalcitrante» en salir por los fueros de la razón, participación de la luz divina, de la verdad y de los injustamente denostados «conceptos», estimado. Por eso no tuvo problema en leer y rescatar de Aristóteles todo lo rescatable del mismo, sin temer que la Filosofía pudiera atentar en lo más mínimo contra la fe. Asumir la posibilidad de la perpetuidad del mundo no significa que de hecho lo sea. No acuse de deslealtad gratuitamente.
Lo que usted saca del texto de San Buenaventura (respecto del cual haría bien dando la referencia no dada), eso lo dice usted, no San Buenaventura.
Al neotomismo se refirió usted, no en un sentido halagüeño (por más que lo haya circunscrito a «ciertas formas…»).
Ciertamente, aquellos hombres usaban la cabeza, bien poblada de conceptos. Si se reniega de los conceptos, ahí hay que ver qué se puede hacer con la cabeza…
Sobre Aristóteles, dice Santo Tomás en la Suma de Teología, Ia., q. 46, a. 1, co.:
Non est igitur necessarium mundum semper esse. Unde nec demonstrative probari potest. Nec rationes quas ad hoc Aristoteles inducit, sunt demonstrativae simpliciter, sed secundum quid, scilicet ad contradicendum rationibus antiquorum, ponentium mundum incipere secundum quosdam modos in veritate impossibiles. Et hoc apparet ex tribus. Primo quidem, quia tam in VIII Physic. quam in I de caelo, praemittit quasdam opiniones, ut Anaxagorae et Empedoclis et Platonis, contra quos rationes contradictorias inducit. Secundo, quia, ubicumque de hac materia loquitur, inducit testimonia antiquorum, quod non est demonstratoris, sed probabiliter persuadentis. Tertio, quia expresse dicit in I Lib. Topic., quod quaedam sunt problemata dialectica, de quibus rationes non habemus, ut utrum mundus sit aeternus.
Su respuesta se la agradezco, estimado, a diferencia de usted, ingrato, porque:
Est autem iustum ut his, quibus adiuti sumus in tanto bono, scilicet cognitione veritatis, gratias agamus. Et ideo dicit, quod iustum est gratiam habere, non solum his, quos quis existimat veritatem invenisse, quorum opinionibus aliquis communicat sequendo eas; sed etiam illis, qui superficialiter locuti sunt ad veritatem investigandam, licet eorum opiniones non sequamur; quia isti etiam aliquid conferunt nobis. Praestiterunt enim nobis quoddam exercitium circa inquisitionem veritatis.
Adivina, adivinador: ¿a que no sabe de quién es y a quién comenta?
Pasajes hermosos escribió sobre la procesión de Corpus. Aquí, en cambio, cosa bien distinta ha hecho que brillar…
Dios lo bendiga, Raniero.
Estimado, ahora sí empezamos a entendernos.
Le agradezco el comentario que, en este caso, sí resulta provechoso. Principalmente por el texto del Aquinate que usted trae a colación y que complementa aquel otro que yo mencioné expresamente en el texto, De aeternitate mundi. El texto suyo de la Summa, empero, es cronológicamente anterior al que yo menciono. Y en éste último, más tardío, es en el que aparece la audaz conclusión que se mencionaba en el artículo. Se lo cito:
«Voluntas volentis nihil diminuit de virtute eius, et praecipue in Deo. Sed omnes solventes ad rationes Aristotelis, quibus probatur res semper fuisse a Deo per hoc quod idem semper facit idem, dicunt quod hoc sequeretur si non esset agens per voluntatem. Ergo et si ponatur agens per voluntatem, nihilominus sequitur quod potest facere ut causatum ab eo nunquam non sit. Et ita patet quod non repugnat intellectui, quod dicitur agens non praecedere effectum suum duratione; quia in illis quae repugnant intellectui, Deus non potest facere ut illud sit.»
En cuanto a aquello de que «el santo de Aquino fue «recalcitrante» en salir por los fueros de la razón, participación de la luz divina, de la verdad y de los injustamente denostados «conceptos»», está usted equivocado. Y el error es el típico vicio del filósofo que no atiende a la historia: el anacronismo. Usted atribuye al Aquinate unas circunstancias históricas que no son las de entonces, sino las actuales.
Lo acusé de deslealtad porque usted me endilgó hacerle el caldo gordo al modernismo, cuando a todas luces el objeto principal del artículo es volver a leer el Apocalipsis. Noto cierta animosidad gratuita de su parte, quasi superficialiter opinionibus preiudicatis lucutus esses, aun cuando usted no haya recibido de mi parte ningún ataque específico. Salvo, claro, que esté malenquistado por algún escrito anterior.
Para ir terminando, le dejo aquí algunos de los fragmentos del Doctor Seráfico en las Collationes in Hexameron que son mucho más duros con el Filósofo y con el aristotelismo de lo que puedo serlo yo o Ratzinger. Se los cito para que, a pesar de lo absurdo de la suposición, vea que no nos hemos inventado nada:
«Ex quibus sequitur triplex caecitas vel caligo, scilicet de aeternitate mundi, ut videtur dicere Aristoteles secundum omnes doctores Graecos, ut Gregorium Nyssenum, Gregorium Nazianzenum, Damascenum, Basilium, et commentatores omnium Arabum, qui dicunt, quod Aristoteles hoc sensit, et verba sua sonare videntur.»
Finalmente, en las Collationes de Donis Spiritus Sancti, dice:
«Tres sunt errores cavendi in scientiis, qui sacram Scripturam et fidem christianam et omnem sapientiam exterminant; quorum unus est contra causam essendi, alius contra rationem intelligendi, et tertius contra ordinem vivendi. Error contra causam essendi est de aeternitate mundi, ut ponere mundum aeternum. Error contra rationem intelligendi est de necessitate fatali, sicut ponere quod omnia eveniunt de necessitate. Tertius est de unitate intellectus humani, sicut ponere quod unus est intellectus in omnibus. Isti errores significantur in Apocalypsi in numero nominis bestiae.»
Supongo que no querrá corroborar la integridad de las citas. Si así fuera, tendrá que buscarlas por sí mismo.
Saludos cordiales.
Raniero.
Apreciado Raniero:
Por mi parte, dudo que estemos entendiéndonos…
Vamos por partes.
La mención de lo «cronológico»… no podía faltar. En algunos casos, es cierto, puede tener sentido. Aquí, según veo, no hace al caso. La doctrina del Angélico es substancialmente la misma en ambas obras, como lo sabe hasta un novicio en la escuela. No puse en duda ni cuestioné lo que usted refirió, en cuanto a esto, en su escrito, a saber: que Dios pueda, según el Aquinate, hacer que lo causado por Él nunca haya no-sido o que su efecto no le sea posterior en duración. De hecho, justo antes del pasaje que transcribí, se puede leer: «Ostensum est enim supra quod voluntas Dei est causa rerum. Sic ergo aliqua necesse est esse, sicut necesse est Deum velle illa, cum necessitas effectus ex necessitate causae dependeat, ut dicitur in V Metaphys. Ostensum est autem supra quod, absolute loquendo, non est necesse Deum velle aliquid nisi seipsum. Non est ergo necessarium Deum velle quod mundus fuerit semper. Sed eatenus mundus est, quatenus Deus vult illum esse, cum esse mundi ex voluntate Dei dependeat sicut ex sua causa. Non est igitur necessarium mundum semper esse». Así que no termino de ver cuál es el objeto de referir el texto que refiere en su respuesta. Pero entresaco del mismo algo: «patet quod non repugnat intellectui, quod dicitur agens non praecedere effectum suum duratione; quia in illis quae repugnant intellectui, Deus non potest facere ut illud sit». Esto tiene que ver con los fueros de la razón, estimado, como podrá entrever…
Vamos al siguiente párrafo. Aquí no puedo sino agradecer al docto Raniero da Fiore el indicar mi error. Sobre todo le agradezco la contundente demostración, inapelable, incuestionable, aplastante que el mismo ha dado para manifestar tal (supuesto) error, sobremanera superadora de las rancias y anticuadas «probationes» escolásticas, a saber: el «no atender a la historia». ¡Oh pecado! ¡Malhaya crimen! ¡Oh vicio, más capital que los siete capitales juntos y todos los demás! He aquí el pecado originalísimo, señores: «el anacronismo». Atribuyo, al parecer, unas circunstancias históricas que no son las de entonces. Curioso, no sé de dónde saca eso. No atribuí circunstancias históricas ningunas al respecto. Es usted el que me atribuye eso gratuitamente, como la anterior acusación. Únicamente dije algo que no veo cómo pueda criticarse con razón. Razón que brilla por su ausencia en lo que me ha respondido. Pues no ha dado ninguna, por cierto, como digo.
La acusación que hizo sigue siendo gratuita. Me tiene sin cuidado, en cuanto no hace al caso al respecto, cuál haya sido o sea el objeto principal de su artículo. Uno puede meter la pata bien hasta el fondo en un artículo a pesar del más santo y laudable «objeto principal» que tenga el mismo. Flaca ¿defensa? la suya, don Raniero…
La animosidad se dirige a lo incorrecto, estimado. Ahí no hay gratuidad. Y mejor ahorrarse interpretaciones conductuales disparatadas.
«Ut videtur dicere…», «verba sua sonare videntur…». Interesante. Por eso mismo referí el texto del Aquinate: «Nec rationes quas ad hoc Aristoteles inducit, sunt demonstrativae simpliciter…» (et reliqua).
En lo que cita ahora de San Buenaventura no se ataca a la Filosofía misma en cuanto tal. La referencia precisa de eso le pedí y no me la ha dado. Sin duda que sostener la eternidad del mundo es erróneo. Distinto de ello es sostener que pudo haberlo sido. Y que la razón no puede aquí llegar, por sus luces naturales, a determinar si el mundo ha tenido o no ha tenido un inicio temporal. Reconocer los límites de la razón es también salir por sus fueros, porque es salir por los fueros de la verdad, como he dicho y lo reitero. Aquí Santo Tomás sí que fue recalcitrante, en el sentido de intransigente. El mismo título de la obra que usted refirió lo manifiesta a su modo: «contra murmurantes». Lo cual, como señala Josep Saranyana, podría al parecer valer tanto para los averroístas como contra los anti-tomistas en esto. Salir por los fueros de la fe con ese título es también ser intransigente en lo que hace a la verdad: «Unde mundum incoepisse est credibile, non autem demonstrabile vel scibile. Et hoc utile est ut consideretur, ne forte aliquis, quod fidei est demonstrare praesumens, rationes non necessarias inducat, quae praebeant materiam irridendi infidelibus, existimantibus nos propter huiusmodi rationes credere quae fidei sunt». (Y luego se acusa de cripto racionalismo a los que seguimos en esto a Santo Tomás y a su escuela. Llamativo…). Reconocer el misterio, natural o sobrenatural, es, de manera eminente, salir por los fueros de la razón y de la verdad («La dernière démarche de la raison est de reconnaître qu’il y a une infinité de choses qui la surpassent…»). Y sin conceptos no hay ni lo uno ni lo otro, para nosotros. Tal cosa hizo el Sol de Aquino. Y la Iglesia se lo ha reconocido más que a ningún otro Doctor.
Dios lo bendiga, don Raniero.
¡Estimado!
Ya lo echaba de menos.
Definitivamente nos vamos entendiendo. Apostaría incluso a que en dos o tres comentarios más no ponemos de acuerdo.
Lo del anacronismo déjelo nomás… sino lo entendió haría falta media página para explicarlo. No vale la pena.
Espero sus comentarios a El motín de los filósofos II: allí hay una alusión directa de Buenaventura contra los filósofos, a los que compara, ni más ni menos, con los judíos. Está incluido en el texto del artículo, así que tendrá que sobrellevar la intriga hasta entonces.
Y por favor, no se olvide el protector solar: las insolaciones están a la orden del día.
Saludos cordiales.
Raniero.
Y hasta quizá terminemos tomando un café juntos, quién sabe. Aunque hay que tener sumo cuidado con eso de los «posibles», pues le puede caer, inflexible, el anatema de algún gran conocedor de circunstancias históricas, inmaculado del vicio de los filósofos y del malhadado anacronismo, por haber consagrado (¿vendido?) su alma a pueritia sua al dios Chronos.
Bueno, atribuirme intriga para lo que pueda llegar a decir o citar en su próximo artículo no deja de sonar bastante excesivo. Espero no haya padecido usted mismo recientemente un calentamiento heliogénico o algo por el estilo, que haya hecho subir un tanto los humos. Y descuide, que por aquí el astro anda bastante reticente y las temperaturas padecen una considerable depresión. El protector solar, por lo demás, hasta donde llega mi poco conocimiento en esas materias, no protege sustancialmente de la insolación, sino que resguarda tan sólo la superficie… (curioso el paralelo, Raniero: superficialiter locuti sunt…)
Bendiciones.
Este choque de cabezas ha dejado (por lo que viene después en la discusión) mucha materia de reflexión y aporta aspectos luminosos a la cuestión. Y, además, mantiene un alto nivel de discusión. Estas peleas sí que valen la pena, con chicanas incluídas y todo. Se agradece la citas de ambos. Excelente la postura del defensor de Tomás filósofo. Y la cita de Buenaventura es un hallazgo extraordinario. Le calza a Hegel (y al modernismo que nace de él) cabalmente. Aunque habría que hacer unas cuantas aclaraciones, pues la inteligibilidad que le otorga a la historia da para largo rato de parla y discusión. Y mucho tiene que ver con la entidad que se le da a los conceptos. Habrá que esperar las siguientes partes del motín de los filósofos, a ver a donde concluye.
Dejo planteado mejor un punto.
¿Qué parece ser más cercano al racionalismo: pretender que la razón puede demostrar una determinada y elevada cuestión (a saber, que el mundo o lo creado no pudo sino tener un comienzo temporal) o confesar que una determinada y elevada cuestión (si el mundo o lo creado tuvo o no de hecho un comienzo temporal) escapa a la razón, dado que tampoco puede demostrar la razón la imposibilidad de ello? En la primera posición la razón juzga que algo es absolutamente imposible. En la segunda, en cambio, la razón confiesa no ver nada que haga que sea imposible. En la primera posición se condena, por ello, a los filósofos que sostuvieron que el mundo o lo creado no tuvo comienzo temporal o también a los que sostienen que es posible. En la segunda posición se dice que sus argumentos no son probativos, porque tal cosa sería en sí posible; y se condena a los que lo juzgan imposible.
Un tomista indietrista y anacrónico
Los conceptos son muy intratables. O se reconoce sin más su universalidad y necesidad, o se entra en el relativismo, y esta disyuntiva estricta sólo se puede tapar con retórica. Toda la actual crisis de la Iglesia se fue preparando por sucesivos ataques a la inteligencia abstracta, desde los tiempos de Bautain, Bonnetty, Blondel, Laberthonnière, Rousselot, los modernistas, el mismo De Lubac, culminando en «Espíritu en el mundo» de Rahner y su «historización» de los conceptos. En «A dónde va la Nueva Teología» Garrigou-Lagrange tenía razón una y mil veces, los hechos han venido dándole la razón, sin duda.
Excelente comentario.
Garrigou-Lagrange, por cierto, fue un gran tomista.
¡Sonamos! Se cancela la Biblia, iré a decírselo a los niños.
A usted le vale la misma respuesta que al anónimo de las 19:14
Saludos.
Raniero.
Esta es una de la ideas que permea todo el librito «El fin del tiempo» de Josef Pieper
Muy atinado aporte. Es un libro que siempre merece relectura. Saludos.
Marc Bloch dejó dicho que el cristianismo es una religión de historiadores. Desde que el Verbo se hizo carne, la fe no puede separarse de los sucesos históricos. La Iglesia misma prolonga como cuerpo místico del Señor y sacramento universal de salvación, su gracia en el tiempo. Prescindir de ello es caer en la razón pura, que es una forma de hacerse indiferente a la soberana y manifiesta economía divina. Al haber asumido la carne, Dios ofreció un «sí» a sus distintos aspectos, entre los cuales se incluye el tiempo, de cuyo estudio habría de ocuparse la historia. A no olvidar que el primer anuncio consiste en la resurrección de Jesucristo.
Y me animo a especular más. Pienso que si uno toma en serio a Aristóteles, a fuerza debe reconocer el tiempo como accidente de la sustancia. Que sea un accidente no quiere decir que sea prescindible ni irrelevante. Hay que tratar de encontrar en la recepción germano-latina del Filósofo el germen del racionalismo ahistórico, tan preocupado por un universo de esencias descarnadas que da ganas de reírse.
Interesante lo suyo, Raniero. Por favor, sea todo lo da Fiore que quiera pero no se me vuelva joaquinista, je. Espero su segunda entrega.
G. Marivs
Estimado Marius.
Excelentes sus dos comentarios, este que respondo aquí y el otro de más abajo. Le agradezco la cita de Bloch, no la conocía y me parece sumamente atinada.
Por otra parte, le confieso que siento alguna admiración por el abad de Fiore, pero quédese tranquilo que no soy «partidario». No creo que queden fraticelli vivos en nuestra época. Otra cosa será la larga posteridad intelectual del abad italiano: esa sí que sobrevive, aunque no es para nada una buena compañía. Usted me entiende: prácticamente todas las grandes ideologías modernas son milenistas y joaquinitas. Dicho esto, creo no obstante que el autor de la Concordia merece ser distinguido de sus seguidores posteriores y, a pesar de sus graves problemas teológicos, debe ser tomado en serio por aquello que tiene de valioso. La mejor depuración del joaquinismo a los límites de la ortodoxia es, precisamente, la de San Buenaventura. Pero esto es tema para otro artículo.
Saludos.
Raniero.
Me agradó mucho su comentario. El Logos encarnado le da inteligibilidad a la historia. Y nos libra de dos concepciones alternativas: la del progreso indefinido y la del tiempo cíclico inmanente de la naturaleza. Mis especulaciones siguen la huella de Christofer Dawson en Progreso y Religion. Saludos.
Excelente post, del que aprendemos cosas que no sabíamos. Esperamos las continuaciones.
Llevo décadas leyendo y preguntándome sobre el origen de la decadencia de Occidente y, en mi opinión, se puede caracterizar por una escalera descendente. Cada escalón prepara el terreno al siguiente (que está más abajo).
El origen más próximo está en la religión de la libertad e igualdad, que nace en la Ilustración y que llega a las masas después de las guerras mundiales. Pero esta religión de la ilustración no es más que protestantismo secularizado. Así, la libertad es Sola Fide secularizada. La igualdad (de personas) es el sacerdocio de todos los creyentes secularizado. Y la igualdad de ideas (o relativismo) es Sola Scriptura secularizada. Estas ideas nacen en Lutero y son novedosas en la historia de la humanidad, por lo que no tienen antecedentes, ni en Occidente ni en ninguna otra cultura.
Por otra parte, Lutero es (y el mismo lo afirma) discípulo de Occam (nominalismo) y esto se ve en su concepción de un Dios voluntarista y el desprecio de la razón. En todo este proceso, se ve un cambio hacia un individualismo (egoísmo) creciente y un rechazo de la autoridad divina y humana (y de la razón y de la ley moral), por lo que está impulsada por las pulsiones primarias del yo (y, en último término, por el Enemigo). La mayor prosperidad material hace que el egoismo quiera liberarse de las cadenas que lo someten y que permiten crear una sociedad, lo que es normal en periodos de decadencia (como el fin del Imperio Romano)
Este para mí, es el río principal, a que todos los afluyentes convergen. Es cierto que el racionalismo ayuda. Concuerdo con el artículo que la sintesis tomista de aristotelismo y cristianismo era inestable: era mezclar agua y aceite. Pero el racionalismo es, en mi opinión, un gran bluff. El racionalismo es un arma contra la religión revelada, que se usa cuando conviene y se descarta cuando no conviene: un medio y no un fin.
Desde el punto racional, la libertad se autorrefuta (no se puede basar un orden político en la libertad porque la libertad de uno es la falta de libertad de otro:). La igualdad no es contradictoria como la libertad: simplemente no ocurre en nuestro universo, como sabe quien tenga dos ojos.
Se aplica el racionalismo cuando puede herir al cristianismo y se descarta cuando no conviene, apoyándose en elaboradas falacias producidas por intelectuales y filósofos. La era de la descristianización comenzó con entronizar a una prostituta que representaba a la diosa Razón en la catedral de Notre Dame. Hoy en día tenemos hombres diciendo ser mujeres y se crean catedrales de falacias de teoría de género para justificar esa irracionalidad. Y que a la Razón le den.
En suma, en mi opinión, los argumentos de los filósofos no son la causa de la descristianización (que está motivada por el egoísmo) sino solo su excusa,
Estimado: fíjese que su comentario es exactamente lo que, en el artículo, Don Raniero llama «conceptualismo». Vd. hace girar el mundo sobre ideas y discusiones conceptuales sobre las mismas. Resulta que, primero, las ideas no existen en el éter sino que son portadas por hombres de carne y hueso con otra serie de motivaciones irreductibles al puro pensamiento. Como dijo Unamuno:
En la misma línea, el P. Salvany escribió en un archiconocido clásico del mundo tradi que «generalmente existe el error de creer que el hombre piensa con la inteligencia, cuando lo usual es que piense con el corazón, y aun muchas veces con el estómago». E incluso para los incorregibles tomistas, el amigo Gilson fue quien advirtió que «la razón nunca se rinde sino a sí misma» —lo cual, dicho sea de paso, para historizar un poco, no era particularmente un lauro.
En segundo lugar, Vd. le atribuye excesivo peso al fastidioso de Lutero. Es verdad que en su obra (no solo ni principalmente literaria) hay un muy condensado espíritu fáustico revestido de ropaje piadoso. Pero ni sus ideas nacen con él, ni tampoco en su siglo. Existieron corrientes heterodoxas medievales que se han dado en llamar «protoprotestantes» (v. gr.: valdenses, wycliffitas, husitas). Estaríamos más cerca de la verdad, quizás, si consideráramos ese curso de decadencias (en lo que estoy de acuerdo con usted es en el señalamiento y en el nombre) más como un largo proceso occidental y medieval, en el que Lutero fue simplemente uno más, que como una irrupción absoluta y novedosa de una mente perturbada. La pregunta, creo yo, es por qué ese proceso se dio en occidente y por qué a partir de la Alta Edad Media. El lugar común del nominalismo no lo resolvería, pues habría que explicar también cómo fue este posible y exitoso, lo que nos remontaría paso a paso y retrospectivamente hasta a los Diálogos de Platón, únicamente para constatar la tesis del Prof. Whitehead. Así quizás satisfaríamos a la razón conceptual, pero no ganaríamos sabiduría, virtud humana ni creceríamos en la gracia. Posiblemente el cisma de Avignon y la peste hayan tenido algo que ver, y, para ser apocalípticos, habría que ver en la peste un signo escatológico y preguntar qué nos quiso advertir el cielo con ella. Lo demás, podemos dejárselo como entretenimiento a los profesionales del pensamiento.
G. Marivs
«Estimado: fíjese que su comentario es exactamente lo que, en el artículo, Don Raniero llama «conceptualismo». Vd. hace girar el mundo sobre ideas y discusiones conceptuales sobre las mismas. Resulta que, primero, las ideas no existen en el éter sino que son portadas por hombres de carne y hueso con otra serie de motivaciones irreductibles al puro pensamiento.»
Definitivamente, tiene razón. Solo explico una de las dos partes, porque ya mis comentarios son larguísimos. En realidad, las ideas y las personas coevolucionan. Las personas usan las ideas para sus intereses y las ideas también se imponen sobre las personas, porque una persona no puede desviarse mucho del pensamiento mayoritario y tener influencia sobre la sociedad. Lutero acabó con los Santos, la Virgen y algunos de los sacramentos. Si hubiera acabado con Jesús y la Biblia, nadie le hubiera hecho caso en su tiempo.
En ese baile entrelazado de personas e ideas, las ideas tienen una ventaja: son menos efímeras que los movimientos sociales. La libertad y la igualdad nacieron como un arma de los intelectuales y burgueses para acabar con el Antiguo Régimen, dominado por los aristócratas, que basaban su poder en su nacimiento, en su sangre. La igualdad quería decir «los burgueses y los intelectuales no somos menos que los aristócratas». Nadie pensaba que los burgueses fueran iguales al pueblo. La libertad quería decir «no estamos sujetos por las leyes del Antiguo Régimen». En la Declaración de Independencia «todos los hombres SON CREADOS iguales», lo que quiere decir, que nadie es mejor por su nacimiento (la sangre aristócrata) pero no que todos sean iguales pues pueden diferenciarse después de ser creados. Era una declaración de tabula rasa, pero no de equidad (como se dice ahora). Igualdad de oportunidades no igualdad de resultados.
Esta idea de la igualdad es usada más tarde en los movimientos comunistas, en sentido de «equidad», como una arma de los intelectuales contra los burgueses. Ahora los que tenían que mandar eran los intelectuales, los funcionarios, la clase media educada (la gente de cerebro) y no los ricos que gobernaban desde las revoluciones burguesas (la gente de dinero). Los burgueses se vieron atacados con sus propios principios usados de forma deshonesta, de la misma manera que Lutero había atacado a la Iglesia con la Biblia. Después de divinizar la igualdad en constituciones y escuelas, los intelectuales podían decir que el pueblo tenía derecho al poder, que era igual que los burgueses (y, claro, los intelectuales representaban al pueblo, qué listo el Evaristo). Los intelectuales usaron la igualdad como arma.
En nuestros tiempos, la igualdad se usa por los movimientos de inmigración y por las minorías sexuales así como el modernismo en la Iglesia. Así que ves un mismo concepto sagrado («igualdad»), usado para diferentes intereses en diferentes puntos de la historia. En un resumen de comentario, podemos hablar de la igualdad sin hablar de todos estos movimientos que la usaron y que fueron conformados por ella. Hablar así en abstracto, porque las personas y los movimientos pasan, pero las ideas quedan, siempre que se consideren ideas sagradas.
La idea de «igualdad» ha sobrevivido a los movimientos que la crearon y la usaron, porque es sagrada y nadie puede contradecirla y ser seguido por la gente.. Uno no puede salir en la tele y decir: «yo estoy en contra de la libertad o la igualdad». Es como decir en Arabia Saudita que Mahoma no es un profeta. Si no te linchan, no te hacen caso. Es así como las ideas permanecen durante muchos siglos.
El origen de la decadencia es el de haber pateado la escalera y agarrarse del pincel, caerse y ponerse a fabricar otra escalera y olvidarse de pintar. No, mentira. El Origen de la decadencia es haber probado el fruto de la ciencia del bien y del mal.
La Filosofía sirve para hacer buenas preguntas pero no da «la respuesta», mas bien da un montón de respuestas y mas preguntas. La Teología y la Física dan una respuesta cada una, pero en extremos separados.
Típica concepción contemporánea, a caballo entre el fideísmo y el cientificismo. Errónea, claro. La Filosofía es más ciencia que la Física.
La Física no da respuestas, caro amigo, da utilidades. ¿O no leyó Ud el Discurso del Método? Dejó de dar respuestas cuando se emancipó de la Filosofía y le dio la espalda a Arístóteles y se hizo otra escalera babélica al cielo, como pide Bacon: que se abandone el viejo instrumento por uno nuevecito, que dé más provecho. Y en esas nos encontramos ahora…artificialemente inteligentes, atómicamente protegidos y navegando el espacio interestelar. Vaya respuestas al sentido del ser y de la vida. Saludos.
Muy interesante. Esperamos las próximas entradas. Quizás lo explique luego, pero G. Vico y Christopher Dawson intentaron reconciliar el tomismo-aristotélico ahistórico con la idea cristiana de que el tiempo tiene un sentido y una dirección, apuntado antes por San Agustín. E.M. Jones desarolla esto extensivamente en Logos Rising.
Dark Henry
¿Cómo que tomismo aristotélico ahistórico? Nunca una filosofía estuvo más anclada a lo real concreto que la de Aristóteles y San Tomás. Los modernos alemanes fueron los voladores y bolaceros. Además esta sana filosofía rehusa ponerle a la Historia la letra mayúscula que es el origen del bolaceo mayúsculo del Progresismo. A lo contingente llamarle contingente y a lo necesario, necesario. La memoria del pasado de los hombres es un saber provechoso pero más universalidad tiene la poesía y el mito (Aristóteles dixit) y la narración mítica y simbólica de la sagrada tradición. El registro escrito es de segundo orden y esa es la base de la disciplina histórica. Ya saben uds lo que Platón refiere de la escritura, la pérdida de la memoria y el saber falso. No todo es memorable en el pasado. En fin, no sé de dónde les viene este prurito repentino por reivindicar la Historia como ciencia humana. Pero hay que esperar el motín de los filósofos, parte 2. Saludos.
Quedo a la espera de los siguientes artículos, que serán sin duda interesantes.
Quisiera plantear que la postura tomasiana apunta a algo que es, a mi criterio, esencial a esta discusión: la distinción entre la cuestión gnoseológica y la cuestión ontológica. Tanto la concepción averroísta de las dos verdades como su opuesta descansan en una cierta identificación de ambos órdenes. Pero la realidad es que la razón humana tiene sus límites de conocimiento. Que yo no pueda probar a la sola luz de la razón natural que el mundo tuvo un comienzo no significa que efectivamente el mundo sea eterno. La posibilidad de un mundo eterno creado está intrínsecamente vinculada a nociones filosóficas que han sido clave en el desarrollo de la teología católica, principalmente, el de participación; en esto Tomás no hace otra cosa que sostener la coherencia del todo. Ahora, admitir que el mundo podría ser eterno y aún haber Dios y ser el mundo distinto de Dios, en modo alguno significa sostener que tal es el caso. Sin duda y precisamente, la novedad radical del cristianismo es el acto libre creador de Dios que introduce el tiempo… y con él también la contingencia, pues crea al hombre libre, a su imagen y semejanza.
Como bien señala F, el colapso del orden de lo real sobre el orden del conocimiento es una característica justamente de la comprensión hegeliana (y luego marxista) de la historia, en la cual todo es providencia y manifestación, sin contingencia y por tanto difícilmente con libre arbitrio. Racionalismo e historicismo no son mutuamente excluyentes. La fe cristiana sin embargo, impone un cierto misterio en la relación entre la providencia y el libre arbitrio, entre lo necesario y lo contingente, porque Dios irrumpe en la historia como hombre, para que el hombre pueda participar de la vida de aquel que es eterno; nos salvamos por la gracia, pero no nos salvamos sin nuestra cooperación con ella.
La relación entre lo necesario y lo contingente, y la distinción entre el orden gnoseológico y el orden ontológico son necesarias para la discusión sobre el anticristo y el fin del mundo. Que tal y cual cosa sucederán antes del fin es cierto y lo sabemos por la revelación; la certeza que pertenece a este conocimiento es muy distinta de la certeza que podamos tener sobre nuestra habilidad de identificar esos sucesos. De lo primero no hay error, de lo segundo, sí.
Si el riesgo de los «integrados» es olvidar que el Señor vuelve, los «apocalípticos» corren el riesgo del servidor al que se le dio un único talento. De poco me servirá haber tenido razón sobre los signos, si al final cuando el Señor llega me encuentra velando, pero sin haber hecho rendir el tiempo y los otros bienes que se me dieron a administrar.
exveteranova
Un comentario excelente y muy atinado.
«Que tal y cual cosa sucederán antes del fin es cierto y lo sabemos por la revelación; la certeza que pertenece a este conocimiento es muy distinta de la certeza que podamos tener sobre nuestra habilidad de identificar esos sucesos.»
¿Es posible, o incluso probable, que cuando el anticristo (el último) llegue al poder y la Iglesia sufra su última persecución la gran mayoría de los cristianos, o por lo menos una parte importante de ellos, no nos demos cuenta de que ése es el caso?
Quizás ya pasó y no nos dimos cuenta?
Si llega ese tiempo de persecución extrema y Ud sigue siendo cristiano, es seguro que percibirá y se dará clara cuenta de ello. Mientras tanto ponga la pava y hágase unos mates. No viva en modo subjuntivo, viva en indicativo. Saludos
Estimado, le agradezco el comentario.
Efectivamente, ambos órdenes, que son distintos pero se hallan inextricablemente vinculados, son imprescindibles para comprender esta cuestión. Al respecto, en la próxima entrega mencionaré la comparación que hace San Buenaventura entre los filósofos (philosophi) y los judíos (iudei).
En cuanto a lo que dice al final, que juzgo muy importante, solo agrego que pretender un conocimiento absoluto de los signos finales es, entre otras, uno de los defectos propios de los «apocalípticos».
Saludos.
Raniero.
¿No le parece a Ud que el exceso de los «apocalípticos» viene más por exceso de historicidad que por carencia de ella? Segunda pregunta: ¿cómo entra el nivel del conocimiento profético en su concepción de la historia? ¿Es el conocimiento profético un conocimiento absoluto? Dice la Escritura que hasta los niños y las piedras profetizarán, y por otra, que habrá multitud de falsos profetas. Saludos.
Creo que aquí se está planteando una dicotomía demasiado rígida entre una historia providencialmente inteligible y una historia relegada al ámbito de lo contingente. Parece que el autor del post está diciendo: o la Historia posee inteligibilidad providencial o queda reducida al reino aristotélico de la accidentalidad. Pero no me parece para nada que sea una cuestión «aut-aut», es decir, de optar entre una cosa y otra.
Que la Historia tenga egressus y regressus, Alfa y Omega, y que Cristo sea su centro no significa que cada uno de sus acontecimientos concretos responda a una secuencia necesaria o pueda insertarse sin más en un esquema reconocible por nosotros. La concepción cristiana de la historia incluye también la libertad creada, y la libertad introduce auténtica contingencia, con la que la Providencia cuenta desde el principio.
El propio Ratzinger lo dice expresamente. Su insistencia en el carácter dialógico de la Revelación significa precisamente que Dios entra en una Historia en la que el hombre responde (o rechaza) libremente. La Historia de la Salvación no es la ejecución inexorable de un programa cerrado, sino que la acción divina adopta históricamente formas distintas según la respuesta humana (elección, llamada, respuesta, rechazo, corrección, nueva llamada, alianza, ruptura, restauración…)
Naturalmente, esto no quiere decir que Dios descubra acontecimientos que desconocía ni que el fin último de su designio quede a merced del hombre. Lo que quiere decir es que ha querido realizar ese designio mediante libertades verdaderas y, por lo tanto, mediante una historia verdaderamente contingente. Ratzinger lo relaciona con la condescensio divina: Dios entra realmente en la historia humana y se comunica dentro de ella.
De hecho, Ratzinger es especialmente interesante porque él mismo, siendo el autor de una teología de la Historia inspirada en Buenaventura, es enormemente cauteloso ante las periodizaciones escatológicas. Cuando explica a Joaquín de Fiore y a los franciscanos espirituales, insiste precisamente en el peligro de convertir una interpretación del propio presente en la identificación de una nueva edad de la Historia. Buenaventura, según su lectura, corrige esa pretensión.
Por eso la alternativa «Providencia / accidentalidad» es una falsa alternativa. Providencia no equivale a determinismo histórico, y contingencia no equivale a ausencia de Providencia.
Podemos conocer por Revelación el sentido global de la Historia sin conocer por ello la articulación providencial concreta de todos los acontecimientos intermedios. Sabemos el Alfa, el centro y el Omega. De ahí no se sigue que tengamos el mapa completo de todo el despliegue histórico.
Y esto afecta decisivamente a la contraposición inicial entre «apocalípticos» e «integrados». El «racionalizador» se equivoca si sostiene a priori que los acontecimientos históricos no pueden poseer significado providencial o escatológico (cosa que Santo Tomás, por cierto, no hizo jamás). Pero el «apocalíptico» comete el error inverso si pasa de la afirmación verdadera de que la Historia posee un sentido providencial a la pretensión de identificar ese sentido en acontecimientos particulares: este pontificado, esta guerra, esta crisis cultural, esta tecnología, etc. (error en el que, en cambio, sí incurre cierta teología franciscana).
De «la Historia tiene un sentido objetivo» no se sigue de ninguna manera: «nosotros podemos identificar con precisión el lugar exacto que ocupa cada acontecimiento dentro de ese sentido». Ahí existe un salto epistemológico considerable.
Precisamente la libertad humana debería volvernos especialmente cuidadosos ante cualquier pretensión de cartografiar el presente en el conjunto de la Historia. Una Historia providencial realizada mediante libertades contingentes puede tener un sentido último perfectamente determinado sin que sus recorridos intermedios sean necesarios ni completamente transparentes para nosotros.
Por eso no se trata ni de «deshistorizar» el cristianismo ni de convertir la escatología en una clave hermenéutica inmediatamente aplicable a la actualidad. Si me permiten el símil viajero, ahora que estamos en verano en el hemisferio Norte, el cristiano sabe hacia dónde va la Historia, pero no tiene manera de saber con certeza en qué kilómetro exacto estamos. Eso queda en manos de nuestro Señor.
Un saludo,
J. A. desde Madrid
Estimado J.A.
«Sabemos el Alfa, el centro y el Omega° Nosotros somos el centro, desde Adán hasta el fin de los tiempos. Y que queda: SOLO DIOS. Excelente, J.A.
El señor Raniero da Fiore, expone claramente su tesis y casi me convence, aunque me dejo una sensación de cierto maniqueísmo.
Pero usted con su atinada respuesta, para mi un simple seglar con cursos básicos de filosofía en la Universidad, me aclaro dudas que cargo, desde estudiante, y su comentario encaja perfectamente con la noción de historia que yo intuía, pero no acababa de enlazar con la filosofía cristiana. Claro, tenía que ser mi «tocayo» José Benedicto XVI, a quien no he leído lo suficiente, el que lo explicara de forma tan consistente. Tome en cuente que aunque no he leído lo suficiente a Santo Tomás, siempre lo he considerado firmemente cristiano, pero no tengo los elementos para defenderlo pero usted si. Nuevamente, gracias por su explicación en donde el libre arbitrio queda indemne y encaja perfectamente con la Providencia Divina.
J.R. de México.
Comparto lo escrito por J. A. con una salvedad. Yo desde hace mucho me había preguntado cómo sería posible que la bestia de la tierra, o sea el falso profeta, lograría que una imagen de la bestia del mar, o sea el anticristo, hable (Ap 13, 15). La aparición de los sistemas de inteligencia artificial fue la respuesta.
Lo cual obviamente no implica que alguno de los sistemas de IA del presente es esa imagen parlante de la bestia.
Conjetural, pero con fundamento. Vaya al libro de Pieper citado en los comentarios. Y por algo León Catorce lanzó su primera carta encíclica acerca de este tema…algo se agita en el aire. Se estarían dando las «condiciones de posibilidad» de las que habla J. Pieper. De todas formas, hay que precaverse de toda ansiosa anticipación y reemplazarla por la alegre y paciente esperanza.
Estimado, le agradezco enormemente el comentario e invito a los demás lectores a leerlo con detenimiento. En efecto, ayuda a precisar el equilibrio exacto de la tesis de la artículo. No sostengo otra cosa.
Es posible, sí, que la dicotomía aparezca un tanto rígida: se trata de una simplificación deliberadamente provocadora, cuyo objetivo es que nos replanteemos el tema a partir de la crítica a los filósofos de San Buenaventura.
Por tanto, coincido con usted en que el punto de equilibrio está, precisamente, en la correcta intelección del dinamismo de la historia, enmarcada entre Providencia y libertad humana. Cosa que no es tan sencilla, desde ya.
Respecto a los extremos de los «apocalípticos», coincido con lo que usted señala. Es lo que intentaba indicar cuando hablé de «sobre-exégesis». Desarrollaré un poco más el tema en el próximo artículo. No obstante, tenga en cuenta que la brevedad es siempre un bien necesario en este tipo de textos.
Sea como sea, es innegable que el estudio y la reflexión de la «historia de la salvación» ha sido notablemente descuidado desde finales de la Edad Media. Si antes florecieron las «crónicas universales» por doquier -todas las cuales eran claramente «hegelianas» antes de Hegel, tal como dice un comentarista más abajo-, desde el siglo XIII en adelante vemos disminuir notablemente ese impulso. Y espero que no considere a las grandes crónicas universales como obra de apocalípticos trasnochados. Supongo que no.
En fin, espero sus comentarios de las próximas entregas.
Saludos cordiales.
Raniero.
No malinterprete. El comentarista no dice eso.
Se está poniendo lindo. A la espera de la próxima entrega. Saludos.
Plaudite! El dilema de lo necesario y lo voluntario. Una mala respuesta a este dilema nos deja en una situación problemática. Gilson pone en su libro La Unidad de la Experiencia Filosófica el caso de los filósofos que por resaltar la Omnipotencia libérrima de Dios entenebrecieron la inteligibilidad del mundo. Santo Tomás hace equilibrio en la cúspide del pensamiento metafísíco honrando a Dios más que cualquier otro filósofo. Y por ello mereció la palma de la Gloria. ¡Volved a Tomás!
San Pablo da una linea directriz de la relación entre filosofía y fe en Rom 1,20:
De este pasaje y su contexto inmediato quedan claros dos puntos:
Primero, S. Pablo habla de un razonamiento filosófico a partir de la observación y comprensión de la realidad, no de un pensamiento ensimismado. En este punto yo agrego: las conclusiones que se pueden sacar de la observación y comprensión de la realidad son dependientes del grado de desarrollo del conocimiento de ésta, tal que es insensato hoy dejar de lado el conocimiento científico presente y hacer como si estuvieramos en el siglo XIII. (Volveré a este punto abajo.)
Segundo, S. Pablo no dice que el conocimiento de Dios que los gentiles deberían haber alcanzado por un razonamiento filosófico fundado en la realidad debería ser abandonado una vez que esos gentiles recibiesen el anuncio del Evangelio. Por el contrario el texto da a entender que si los gentiles hubiesen alcanzado tal conocimiento entonces el contenido de la Revelación cristiana se habría sumado a él. En otras palabras, la Revelación cristiana presupone un «teísmo filosófico» que en condiciones ideales los gentiles deberían haber alcanzado por sí mismos.
Volviendo al primer punto, en el marco teórico de la mecánica newtoniana (1687) un universo eterno estático es imposible por la atracción gravitatoria: o se está expandiendo como consecuencia de un impulso inicial (y el pasado es finito), o se está contrayendo (y el futuro es finito), o ambos estados sucesivamente.
Luego, la aplicación de la Relatividad General (1915) por Friedmann (1922) y luego Lemaitre (1927) a la cosmología llevó a concluir que un universo eterno estático es imposible en este nuevo marco, el cual unido a las observaciones de Hubble (1929) llevaba a la conclusión de un universo en expansión y por lo tanto de pasado finito.
La última ventana de posibilidad para un universo de pasado infinito es que en el futuro la expansión se frene y torne en contracción y que en el estado final máximamente compacto de esa contracción (big crunch) se produzca un «rebote» (big bounce) que dé lugar a una nueva expansión y así sucesivamente. Notablemente este universo cíclico es exactamente el postulado por la filosofía estoica, siendo el big crunch-big bounce periódico la conflagración o «ekpyrosis». Esta ventana estuvo abierta hasta 1998 porque lo que ocurriría en el «rebote» depende de la integración entre la Relatividad General y la mecánica cuántica, tema que la ciencia no ha resuelto todavía.
La ventana se cerró a partir de la observación en 1998 de que la expansión del universo no sólo no se está frenando sino que se ha estado acelerando desde aproximadamente la mitad del tiempo desde su inicio, lo cual lleva a descartar un universo cíclico.
Por lo tanto hoy un razonamiento filosófico a partir de la observación y comprensión de la realidad lleva a concluir que el universo tiene un pasado finito, por lo que la Creación es requerida en el plano metafísico Y en el plano físico.
Estimado Anónimo:
Sí no lo la leído, le recomiendo una obra, no tan conocida de Werner W. Jaeger, llamada Cristianismo primitivo y Paideia Griega, en donde, humildemente entiendo, llega a ideas semejantes, sobre el acercamiento del desarrollo del pensamiento griego y el cristianismo, afirmando con bastante autoridad que le daba su inmenso conocimiento de la tradición filosófica occidental, que los Padres de la Iglesia eran conocedoras de todas las obras de los antiguos, probablemente aún de las que no han llegado a nosotros. Desgraciadamente el autor falleció, pues afirmo que esa obra era un esbozo de otra monumental que planeaba escribir, sobre esta relación de Cristianismo y Filosofía.
J.R. de México
Muy interesante su comentario.
Caro amigo lo de San Pablo se refiere a la conciencia moral y no al caudal de conocimiento o cultura mayor o menor que alguien pudiera tener. Saludos.
«Una filosofía que aprende a explicar el mundo desde sus causas propias…».
Hay que ver si detrás de tal concepción no se esconde una separación peor, como si lo creado no hablara del Creador, como si la Filosofía no conociera a Dios, como si Dios no hubiera dado a la creación una consistencia propia…
En todo caso, abusus non tollit usum.
Estamos de acuerdo.
Mi tesis es que, ya desde entonces, incipit abusus…
Saludos.
Raniero.
Chamigo, perdone ud. Pero no está en el texto lo que ud. Le adjudica. Y el conocimiento de Dios que da la razón natural es el que dice Tomás de Aquino: no es lo mismo saber que un hombre viene por un camino a saber que viene, digamos Pedro o Juan, por el camino. Y con este sencillo ejemplo Tomás de Aquino distingue la necesidad de la Revelación. Todos los hombres supieron y saben que hay algo divino dentro y fuera del mundo, pero no saben decir QUIÉN, es ese Dios. Saludos.
Non placet.
Ningún tomista dirá que, porque la Historia queda fuera del campo de las ciencias humanas, propiamente, se sale del orden mismo querido por Dios. Por lo demás, es un hecho que la misma es un tejido de sucesos contingentes. Paradójicamente, aquí el «conceptualismo» reconocería más las implicancias de la libertad… Del otro lado, en el extremo, tenemos a Hegel.
En cuanto a la frase de S. Buenaventura, no es la Filosofía la que contiene errores, sino, en todo caso, son los filósofos los que caen en los mismos, cuando se apartan de la ciencia filosófica (si se trata de errores filosóficos).
Rebajar a la razón (o a los conceptos, que viene a ser lo mismo) es un flaco servicio a la fe. Recuérdese lo de Pascal y su Memorial. Y la comprensión espiritual se funda en la literal.
Reconocer la consistencia de lo creado no va contra el Creador, contra la línea que, por pretender exaltar al Creador, parece que viene a terminar en el non sancto ocasionalismo, como creo recordar que mostraba Gilson.
F.
Veo muchos filósofos, Rago, pero por ningún lugar encuentro a la Filosofía.
Si no ve la distinción entre Filosofía y filósofos, parece que el problema está en su misma visión.
Estimado, gracias por su comentario.
Coincidimos en su conclusión, claro está: «reconocer la consistencia de lo creado no va contra el Creador». No siempre, al menos. Aunque puede ocurrir que sí… y de eso trata el artículo.
Veo que no le convence la tesis de San Buenaventura. Lo agradezco que remarque que es de él y no mía. A mí sí me convence.
En cuanto a lo primero que me dice, no puedo evitar pensar que ratifica la tesis del artículo. Llamar a la historia un mero «tejido de sucesos contingentes» y colocar a cualquier interpretación ordenadora y total de la historia en el bando hegeliano, da cuenta de la gravedad del problema. Y de la necesidad de hablar sobre ello.
Saludos cordiales.
Raniero.
Los actos libres son contingentes, en efecto. Negarlo implica, sin duda, el necesitarismo, sea a lo Hegel, sea de otro tipo.
Precisamente, no se niega el orden de o en la Historia, al contrario. Sólo que escapa, en cuanto supera, a los ojos humanos. Por eso hay Teología de la Historia, no Filosofía de la Historia, propiamente.