Por Raniero da Fiore
Las consagraciones episcopales de la FSSPX y toda la argumentación a favor o en contra de ellas a puesto nuevamente sobre el tapete una vieja convicción eclesiológica de los seguidores de Lefebvre: la oposición entre una supuesta “Roma Eterna”, tradicional y ortodoxa, contra una “Roma Conciliar”, modernista y herética. La expresión es difícilmente compatible con la doctrina católica sobre la unidad e indefectibilidad de la Iglesia. Por muy grande y profunda que sea la crisis presente, hacen falta verdaderos malabarismos teológicos para justificarla. Sin embargo, no carece completamente de fundamento. Su fuerza proviene de una intuición verdadera que, por desgracia, suele quedar atrapada dentro de una construcción doctrinal insuficiente.
Esa intuición consiste en advertir que la crisis final de la Iglesia no vendrá exclusivamente desde fuera de ella. El misterio de iniquidad no se manifestará únicamente bajo la forma de una persecución externa, de un emperador pagano o de una potencia hostil al cristianismo. La tradición bíblica y patrística siempre contempló la posibilidad de una corrupción interna, de una prueba que alcanzara a la propia Iglesia en su existencia histórica.
Muchos católicos contemporáneos parecen incómodos frente a esta perspectiva. Acostumbrados ―desde Trento― a una apologética defensiva que identifica cualquier referencia a una apostasía eclesial con una concesión al protestantismo, prefieren negar el problema antes que enfrentarlo. Pero la cuestión no desaparece por ignorarla. Por una parte, Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra su Iglesia. Por otra, san Pablo anunció una gran apostasía y la manifestación del Hombre de Iniquidad antes de la consumación de los tiempos. Ambas afirmaciones pertenecen a la Revelación y ninguna puede ser sacrificada en beneficio de la otra.
El p. Julio Meinvielle formuló esta tensión mediante la conocida imagen de una Iglesia de las Promesas y de una Iglesia de la Propaganda. La primera permanece fundada sobre la palabra indefectible de Cristo; la segunda designa aquella dimensión histórica de la Iglesia donde se hacen visibles las miserias humanas, los compromisos, las ambiciones y las infidelidades. La importancia de esta intuición reside en que no intenta resolver el problema mediante una separación artificial entre una Iglesia verdadera y otra falsa. El misterio permanece abierto, precisamente porque ambas dimensiones coexisten dentro de una misma realidad visible.
Es aquí donde adquiere particular relevancia una de las figuras más extraordinarias de la Cristiandad. Santa Hildegarda de Bingen no fue una visionaria marginal ni una profetisa popular de reputación incierta. Abadesa benedictina, consejera de emperadores y pontífices, autora de tratados teológicos, científicos y musicales, ocupó un lugar excepcional en la vida intelectual y religiosa del siglo XII. A pesar de su inmensa autoridad en toda la Cristiandad, durante la Reforma Protestante los luteranos utilizaron su figura para arremeter contra el papado: en efecto, algunas visiones exegéticas de la santa sugerían una vinculación profunda entre la Iglesia y el Anticristo. Esto le valió un ostracismo de siglos, en los que su obra quedó relegada por sospechosa. No obstante, en el año 2012 el papa Benedicto XVI la rescató de su secuestro luterano, canonizándola y proclamándola Doctora de la Iglesia.
Conviene detenerse un instante en este hecho, pues no se trata de una simple distinción honorífica. Mediante él, la Iglesia reconoce en un autor una eminencia doctrinal particularmente digna de ser propuesta a los fieles. Resulta difícil imaginar que Joseph Ratzinger, uno de los mayores conocedores modernos de la tradición patrística y medieval, desconociera una de las visiones más célebres y perturbadoras del Scivias: aquella en la que el Anticristo es parido por la Iglesia.
Conviene tenerlo presente, sobre todo para quienes diagnostican “antipapismo” con la misma seguridad con que los médicos medievales diagnosticaban desequilibrios de los humores. La idea de que la Iglesia atravesará una profunda crisis escatológica nacida en su propio interior no procede de algún blog tradicionalista, de una teoría conspirativa o de una extravagancia apocalíptica contemporánea. Forma parte de la obra de una Doctora de la Iglesia cuya enseñanza fue explícitamente propuesta por Benedicto XVI al conjunto de los cristianos. Lástima que el mundo lefebvrista no pueda apoyarse demasiado en Hildegarda precisamente aquí, donde más le convendría, pues la autoridad de la santa depende de unas canonizaciones cuya validez acostumbra poner entre paréntesis.
La visión que nos interesa aparece en el libro III del Scivias, dedicado a la historia de la salvación y a la consumación de los tiempos. Hildegarda contempla una inmensa figura femenina que representa a la Iglesia. La mujer aparece coronada y gloriosa, revestida de dignidad celestial. Sin embargo, cuando la mirada desciende desde el ombligo hacia abajo, la imagen comienza a transformarse. Allí aparecen heridas, escamas, manchas y deformidades que simbolizan los pecados acumulados de los hijos de la Iglesia a lo largo de la historia. Y entonces ocurre algo inaudito. Justamente en el lugar “donde se distingue la mujer”, emerge una monstruosa cabeza negra, con ojos de fuego, orejas de asno y fauces leoninas: el Hombre de Iniquidad.
La miniatura que acompaña la visión —realizada bajo la supervisión de la propia Hildegarda y que encabeza este post— posee una fuerza visual aún mayor. La Ecclesia permanece coronada, continúa sentada en su trono, sigue siendo la Esposa de Cristo. Pero de sus propias entrañas surge la cabeza monstruosa del Anticristo.
El Anticristo no aparece como una realidad completamente exterior a la Iglesia. La observación resulta decisiva porque permite comprender simultáneamente el acierto y el error de ciertos análisis tradicionalistas contemporáneos. Su acierto consiste en advertir que la crisis puede incubarse en el interior mismo de la Iglesia visible. Su error aparece cuando intentan resolver esa intuición mediante una división demasiado simplista entre dos Iglesias distintas: la Roma Eterna contra la Roma Conciliar.
La solución posee una apariencia de claridad irresistible, pero termina reproduciendo una lógica profundamente ajena a la tradición católica. El protestantismo clásico procedió exactamente de la misma manera, identificando al Anticristo con el Papado. Allí donde observó corrupción concluyó que la verdadera Iglesia debía encontrarse en otra parte. La visión de Hildegarda resulta mucho más incómoda porque impide semejante simplificación. La mujer coronada sigue siendo la Iglesia, las heridas no la convierten en otra cosa. La corrupción no produce una segunda Iglesia, el Anticristo emerge de sus llagas sin destruir su identidad.
También el p. Leonardo Castellani comprendió la importancia de este problema. En ¿Cristo vuelve o no vuelve? insistió en la necesidad de recuperar ciertas intuiciones tradicionales que la exégesis moderna había abandonado por sospechosas de protestantismo. Particularmente aquella que permite comprender la relación dramática entre la Iglesia histórica y la figura de la Gran Ramera:
“Esta sería la verdad que el Protestantismo se llevó cautiva y que nosotros debemos liberar como a Lucía Miranda” (2004, 30).
No porque ambas realidades puedan identificarse sin más, sino porque la historia de la Iglesia puede verse misteriosamente envuelta en una proximidad estremecedora con aquello mismo que se opone a Cristo.
La imagen castellaniana de Dulcinea ayuda a comprender este misterio. Si bien el sacerdote argentino la utiliza como símbolo de la patria, bien puede entenderse en relación con la Iglesia del final de los tiempos, al mismo tiempo putrefacta y prostituida, al mismo tiempo inocente y santa. La tentación de una mala teología consiste siempre en elegir uno de los dos aspectos y negar el otro. Cierto prurito anti-intelectualista que caracteriza a la FSSPX puede, quizás, estar en el fondo de esto. Empero, la tradición exegética católica obliga a contemplar ambas realidades simultáneamente.
En el fondo, toda la historia de la salvación parece desarrollarse según este mismo movimiento pendular, cíclico, una suerte de sucesión de purificaciones y catástrofes que va in crescendo, como nos enseña Tolkien en sus Cartas. Adán recibe el paraíso y cae, junto con su descendencia, que deberá ser purificada en el Diluvio Universal. Los hijos de Noé, preservados en el arca, terminan repitiendo aquellas acciones y acaban dispersos en Babel. Finalmente, y de modo paradigmático, Dios funda a Israel, heredera de la Alianza y que termina crucificando al Mesías. Aquellos a quienes Dios concede los mayores privilegios se convierten en los protagonistas de las más grandes traiciones.
Dice Castellani en su Apokalypsis de San Juan:
“Cuando vino Cristo eran tiempos confusos y tristes. La religión estaba pervertida en sus jefes y consecuentemente en parte del pueblo. “Haced todo lo que os dijeren pero no hagáis conforme a sus obras.” Cristo no abandonó la Sinagoga por eso, sino que se hizo matar por purificarla. De su corazón abierto nació la Iglesia, que primordialmente fue judía.Cuando Cristo vuelva la situación será parecida. Solamente el fariseísmo, el pecado contra el Espíritu Santo, es capaz de producir esa magna apostasía que Él predijo: “la mayor tribulación desde el Diluvio acá”, será producida por la peor corrupción, la corrupción de lo óptimo” (2005, 209).
Desde esta perspectiva, una crisis final nacida en el interior de la Iglesia no constituye una anomalía, sino todo lo contrario: aparece más bien como la culminación usque ad summum de una dinámica que atraviesa toda la historia sagrada.
Sin embargo, aquí encontramos también el límite infranqueable de esta tradición exegética. Ni Hildegarda, ni Castellani, ni Meinvielle enseñan jamás que las puertas del infierno prevalecerán contra la Iglesia. Tampoco sostienen que la Iglesia desaparecerá para refugiarse en una comunidad de puros (“Cristo no abandonó la Sinagoga por eso”). Mucho menos imaginan una suerte de Iglesia verdadera subsistiendo exclusivamente en pequeños grupos de resistentes que llegan a la enormidad de proclarse a sí mismos “arca de salvación”, como ha escrito el p. Benoît de Jorna, FSSPX.
Es precisamente aquí donde la intuición de Meinvielle adquiere toda su profundidad. La Iglesia de las Promesas y la Iglesia de la Propaganda no constituyen dos sociedades distintas. No poseen dos jerarquías, no tienen dos pontífices, no existen como realidades separadas. Ambas permanecen misteriosamente unidas bajo una misma cabeza visible. Esto es lo que recortan culposamente de Meinvielle el Dr. César Félix Sánchez y José Plasencia.
El mismo Papa que preside la Iglesia indefectible puede encontrarse simultáneamente al frente de una estructura eclesiástica atravesada por errores, compromisos y confusiones que favorezcan el avance del misterio de iniquidad. La tragedia consiste precisamente en que ambas dimensiones coexisten.
Si la Iglesia fiel pudiera simplemente separarse de la Iglesia corrompida, el problema sería relativamente sencillo. Bastaría con abandonar la estructura decadente y reunirse en torno al pequeño resto de los elegidos. Eso fue, en esencia, la solución de Lutero. Y constituye también la tentación permanente de toda forma de tradicionalismo que termina imaginándose a sí misma como sustituto de la Iglesia.
La exégesis católica es mucho más exigente. La Iglesia fiel permanece dentro de la Iglesia visible. Permanece bajo el mismo Papa. Permanece dentro de la misma estructura institucional que, simultáneamente, puede estar siendo utilizada por hombres cuya acción contribuye a preparar las condiciones históricas para la manifestación del Anticristo. Claro que esto resulta paradójico, pero las paradojas son la forma de lenguaje habitual de las Sagradas Escrituras. Para entenderlas, evidentemente, es necesaria la inteligencia y la flexibilidad clarificadora del símbolo. Si pretendemos obtener del texto sagrado la misma univocidad taxativa de la Summa acabaremos distorsionándolo sin remedio.
Aquí aparece el verdadero escándalo. La prueba final no consistirá en elegir entre dos Iglesias. Consistirá en permanecer fiel a la única Iglesia precisamente cuando sus heridas resulten visibles para todos. Incluso cuando quienes ocupan los más altos cargos eclesiásticos colaboren, consciente o inconscientemente, con el avance de procesos contrarios al Reino de Dios, la Iglesia de las Promesas seguirá existiendo únicamente bajo Pedro.
La visión de Hildegarda no anuncia una falsa Iglesia destinada a reemplazar a la verdadera. Anuncia algo mucho más inquietante y mucho más difícil de aceptar: la Pasión de la propia Iglesia. Una Pasión en la que la Esposa permanece siendo Esposa aun cuando muchos de sus hijos se conviertan en instrumentos del misterio de iniquidad. La cabeza monstruosa surge de sus entrañas, pero jamás ocupa su lugar. Porque el Anticristo podrá nacer junto a Pedro, podrá servirse de Pedro e incluso beneficiarse de los errores de Pedro; pero nunca será Pedro. Y mientras Pedro permanezca, aun entre las sombras de la última tentación, permanecerá también la Iglesia de las Promesas.
