El 1 de julio, en el seminario de Écône, Mons. Alfonso de Galarreta consagró cuatro obispos —Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier—, con Mons. Bernard Fellay como co-consagrante, sin mandato pontificio y contra la voluntad expresa del Papa. Menos de veinticuatro horas después, el 2 de julio, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe respondió con dos documentos firmados por el cardenal Víctor Manuel Fernández y los secretarios Armando Matteo y John J. Kennedy: un Decreto declaratorio y una Nota Explicativa (Prot. N. 99/2009). La respuesta es la más severa desde 1988: donde entonces se declararon seis excomuniones, hoy se pretende alcanzar a todo el clero de la Fraternidad —más de setecientos sacerdotes— y, por primera vez de manera expresa, a los fieles laicos que «adhieran formalmente».
Conviene decirlo desde el principio, porque en estos asuntos la claridad se paga cara: se puede —se debe— sostener a la vez que la Fraternidad ha obrado mal y que Roma ha legislado mal. La fidelidad al Romano Pontífice no consiste en aplaudir cada acto de sus dicasterios, sino en amar el oficio de Pedro lo bastante como para señalar cuándo un documento de la curia no está a la altura del derecho que dice aplicar. Esa es la posición desde la que escribo: dureza con la desobediencia de la FSSPX, y dudas fundadas sobre la extensión de la censura a los laicos.
Empecemos por lo que no admite matices. Las consagraciones de Écône fueron un acto de desobediencia grave, deliberada y anunciada. No hubo sorpresa ni malentendido: el cardenal Fernández había advertido en mayo cuáles eran los límites; el 12 de febrero recibió personalmente a don Davide Pagliarani y le ofreció un cauce de diálogo doctrinal a cambio de aplazar las ordenaciones; y a fines de junio el propio León XIV, en su carta del 29 —solemnidad de los Santos Pedro y Pablo—, suplicó a la Fraternidad que reconsiderara su decisión. La respuesta fue seguir adelante.
El invocado «estado de necesidad» no resiste el peso que se le hace cargar. Un estado de necesidad puede justificar, en rigor, la administración de sacramentos o el mantenimiento de una obra en circunstancias extremas; lo que no puede es fundar la constitución autónoma y permanente de un episcopado paralelo, elegido, consagrado y proyectado hacia el futuro al margen del único que tiene autoridad para conferir la misión canónica. Ahí está el nudo, y no en la liturgia: quien se identifica con la Fraternidad casi siempre lo hace por la Misa, pero el diferendo real con Roma nunca fue litúrgico, sino eclesiológico. Consagrar obispos para asegurar la continuación de una estructura que se juzga a sí misma capaz de discernir por encima de la comunión jerárquica es, objetivamente, el gesto que configura la ruptura. Y lo es aunque los interesados repitan —con sinceridad que no dudo— su amor al Papa y su voluntad de permanecer católicos. La historia de la Iglesia conoce ese tipo de desobediencia afectuosa; no por afectuosa deja de ser desobediencia.
Hay además un daño colateral que la Fraternidad parece no medir: cada gesto de este tipo entrega a Roma el pretexto para tratar a todo el mundo tradicional como sospechoso. La FSSPX no consagra sólo cuatro obispos; consagra también, por vía de contagio, la desconfianza sobre quienes no tienen nada que ver con la Fraternidad y sostienen la Tradición dentro de la más estricta regularidad canónica. Volveré sobre esto.
Con todo, mientras los canonistas discuten si la censura alcanza a los fieles, buena parte de la propia Fraternidad se encarga de despejar la duda. Basta asomarse a las redes sociales en estas horas para advertirlo: en no pocos no hay aflicción por saberse separados de la comunión, sino un manifiesto alborozo. La excomunión de la «Roma modernista» se exhibe como un blasón, se lleva con orgullo. Y en ese regocijo se transparenta lo que ningún decreto podría probar por sí solo: la voluntad de apartarse de Roma y de vivir en el cisma. Es, por lo demás, el elemento interno que el propio derecho reclama para hablar de adhesión formal: aquí no hace falta presumirlo, porque los interesados lo proclaman.
Aquí conviene la precisión del canonista, a quienes he consultado porque yo no lo soy. El Dicasterio no publicó un texto, sino dos, y su distinta naturaleza jurídica lo cambia todo.
El Decreto declara «a todos los efectos jurídicos» que los cinco consagrantes y consagrados han incurrido ipso facto en la excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica (cann. 1387 y 1364 § 1), y que Mons. Fellay, como co-consagrante, incurrió en la del can. 1364 § 1. Es un decreto declaratorio de censuras ya contraídas: la forma que el derecho prevé, junto con la sentencia, para declarar penas latae sententiae (cann. 1341 y 1720). Su alcance subjetivo es taxativo: seis obispos, con nombre y apellido.
La Nota Explicativa, en cambio, añade tres afirmaciones de otro orden: que los ministros de la Fraternidad «están en el cisma» y quedan sujetos a la excomunión del derecho; que los laicos que «adhieran formalmente» a ella son «cismáticos y excomulgados»; y que las confesiones y matrimonios asistidos por sus sacerdotes son inválidos. Pero una nota explicativa no es ninguno de los instrumentos con eficacia penal que el Código reconoce: no es ley, no es decreto general ejecutorio, no es precepto penal, no es sentencia ni decreto declaratorio dictado conforme al procedimiento debido. Es un acto de naturaleza expositiva. Lo que afirma sobre categorías indeterminadas de personas tiene el valor de una advertencia doctrinal, no el de una constitución o declaración de pena.
De modo que en un mismo día, con la misma firma, el Dicasterio dice dos cosas que no coinciden: el Decreto amonesta a clérigos y fieles con que incurrirían en la censura si adhieren —tiempo condicional, delito futuro y eventual—; la Nota afirma en presente que ya «están en el cisma». Cuando el instrumento con forma penal y el que no la tiene se contradicen, prevalece el primero; y, por si hiciera falta, el can. 18 ordena interpretar estrictamente toda ley que establece penas, lo que impide extender por vía de nota lo que el decreto formula como mera admonición. El propio acto jurídicamente eficaz del Dicasterio reconoce, pues, que sacerdotes y fieles todavía no han incurrido en nada.
Concentrémonos en los fieles, que es donde la novedad quiere ser más grave y donde el edificio es más frágil.
La Nota de 2026 no inventa un régimen nuevo para los laicos: se remite a la Nota explicativa del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos del 24 de agosto de 1996, la declara «todavía vigente» y la «hace propia». Ahora bien, esa remisión produce el efecto contrario al buscado, porque el documento de 1996 es restrictivo. Exige, para hablar de «adhesión formal al cisma», un doble elemento: uno interno —la voluntad propiamente cismática de anteponer la opción personal a la obediencia al Romano Pontífice— y otro externo, su traducción en actos. Y establece con todas las letras que respecto de los fieles no basta una participación ocasional en actos litúrgicos o actividades del movimiento realizada sin hacer propia la actitud de desunión; que debe atenderse ante todo a la intención de cada persona; y que las situaciones han de juzgarse caso por caso, en las sedes competentes de fuero externo e interno.
El argumento se cierra sobre sí mismo: al incorporar las condiciones de 1996, la Nota de 2026 excluye ella misma toda excomunión automática de laicos por el mero hecho de frecuentar las capillas de la Fraternidad. No hay censura latae sententiae que se contraiga en bloque: cada una supone imputabilidad plena, apreciada individualmente (cann. 1321-1325), de la que quedan eximidos la ignorancia inculpable, el error, el miedo grave o el estado de necesidad, aun putativo. Ese juicio no se ha hecho —ni puede hacerse mediante un documento general— respecto de ninguno de los cientos de miles de fieles que, de buena fe, asisten a esas capillas persuadidos de que hacen lo correcto. Añádase que la propia Nota de 1996 no es interpretación auténtica en sentido técnico —le falta la aprobación pontificia en forma específica—, sino un parecer publicado en su día en Communicationes. Se apoya, en suma, una consecuencia gravísima sobre un cimiento que el mismo texto reconoce condicionado y caso por caso.
Queda el punto que más directamente toca a los fieles: la declaración de que las confesiones y los matrimonios asistidos por sacerdotes de la Fraternidad son inválidos. Esa invalidez no derivaría de la excomunión, sino de la falta de facultad para absolver (can. 966 § 1) y del defecto de forma canónica en el matrimonio (can. 1108). Pero ambas carencias fueron suplidas en su momento por actos del Romano Pontífice: la carta apostólica Misericordia et misera (n. 12), de 2016, que concedió de modo estable la facultad de absolver válidamente, y la disposición de 2017, aprobada por Francisco, que habilitó la delegación para asistir válidamente los matrimonios.
La Nota de 2026 no menciona ninguno de esos dos actos ni contiene cláusula revocatoria alguna. Y un dicasterio no puede derogar actos del Romano Pontífice sino con aprobación pontificia en forma específica, que aquí no consta. Rige entonces el can. 21: en la duda, no se presume la revocación. Mientras el Papa no revoque expresamente aquellas concesiones, las facultades siguen vigentes y la declaración de invalidez carece de fundamento jurídico. Se ha borrado de un plumazo, y sin nombrarla, una década de praxis pontificia y a los cientos de miles de fieles que se confesaron y se casaron amparados en ella. Eso no es rigor: es descuido, y de la peor especie, porque juega con la paz de las conciencias.
Cabe una observación que muchos harán hoy en voz baja: no se recuerda que Roma haya aplicado semejante vara a otros. El Camino Sinodal alemán aprobó resoluciones abiertamente contrarias al magisterio sin que ningún obispo fuese declarado cismático ni ningún fiel excomulgado. La máxima longitud de la vara, una vez más, se reserva para cuando apunta a la Tradición. Señalarlo no es cinismo: es pedir que la justicia de la Iglesia sea una sola.
Termino donde más me importa, porque es donde se jugará la suerte de muchos que nada tienen que ver con la FSSPX.
Primero, el contagio. El clima que sigue a Traditionis custodes hará que este golpe se sienta mucho más allá de la Fraternidad. Los institutos Ecclesia Dei —la Fraternidad San Pedro, el Instituto de Cristo Rey, el del Buen Pastor—, los sacerdotes diocesanos vinculados al vetus ordo y los simples fieles apegados a la Misa tradicional corren el riesgo de que se los mire con la misma sospecha, aunque su situación canónica sea impecable. Probablemente, en las próximas semanas, escucharemos deslindes públicos y firmes de esas comunidades respecto de la Fraternidad: no por deslealtad, sino por estricta supervivencia. Y harán bien en hacerlo.
Segundo, la tentación del precedente. Que se haya escrito, aunque sea con técnica defectuosa, que un laico puede quedar excomulgado por «adhesión» a una realidad eclesial instala una categoría peligrosa. Hoy se aplica a la Fraternidad; el temor legítimo es que el molde quede disponible para otros usos. Conviene que los canonistas fieles a Roma —precisamente ellos— dejen sentado desde ahora que la excomunión de fieles exige imputabilidad individual y juicio caso por caso, no etiquetas colectivas.
Tercero, los movimientos internos. Es previsible cierto reacomodo. Algunos fieles de la Fraternidad, alarmados por la cuestión de la validez de sus sacramentos, buscarán refugio en comunidades Ecclesia Dei o en la Misa tradicional aún disponible en algunas diócesis; otros, al contrario, se endurecerán, leyendo la dureza romana como confirmación de sus tesis. La propuesta que ya circula en el entorno curial —acoger con benignidad a quienes quieran dejar la Fraternidad— apunta en esa dirección.
Cuarto, y con más esperanza que certeza, el largo plazo. La historia reciente enseña que estos actos no son irreversibles: la misma excomunión de 1988 fue remitida en 2009 por Benedicto XVI, y el expediente que hoy se usa para condenar lleva, con ironía amarga, el número de aquel gesto de misericordia (Prot. N. 99/2009). Una condena que nace jurídicamente frágil rara vez es la última palabra. Lo peor sería que la aspereza de Roma y la testarudez de Écône se alimentaran mutuamente hasta cerrar toda puerta. Ojalá que quienes amamos la Tradición dentro de la comunión —sin consagraciones ilícitas y sin excomuniones mal fundadas— seamos capaces de sostener, en medio de las dos durezas, el lugar de la fidelidad crítica: el único, me parece, en el que hoy vale la pena permanecer.

Tombino… mi pseudónimo lo dice todo, no estoy ni en Francia o Estados Unidos, pertenezco a una arquidiócesis donde la autoridad y representante de todos los obispos del país no acepta ninguna congregación o instituto ex Ecclesia Dei, por lo que o es la FSSPX o es el progresismo. Yo sin ser muy docto lo que veo es que pierdo no solo la misa tradicional con la solemnidad que le es propia, sino también una confesión como Dios manda.
De paso, aprovechando el post, agrego cómo en los tiempos de la Summorum Pontificum con la misa tradicional, en el lugar que habilitó un obispo anterior se notaban tanto las carencias del celebrante, como las doctrinales.
Ahora, queda «ajo y agua» y «a llorar al campito».
Wanderer, al leer los dos documentos, sin ser canonista pero sí bastante adentrado en estas cosas, pensé lo mismo que usted y que los canonistas que consultó para redactar este artículo.
Fuerza tiene el documento DECRETO.
La NOTA EXPLICATIVA, no tiene mayor valor, ya que tiene por único fin explicar el decreto (el problema es que ni siquiera hace eso, pues dice cosas que el decreto no). Y aquí no creo que haya simple mala técnica. Hay, sospecho, una deliberada estrategia tendiente a espantar a los fieles que sin manejar estos temas, se asustarán con la sola NOTA EXPLICATIVA. Como canónicamente es inviable excomulgar a todo feligrés que reciba sacramentos de la FSSPX, a los sumo se puede apelar a esta NOTA EXPLICATIVA para asustar. A más de una asustará.
También coincido con usted en algo obvio: el Papa debería derogar los permisos de cofesiones y matrimonios de la FSSPX, que aún no han sido derogados por nadie, por lo que siguen vigentes, para que esos sacramentos puedan llegar a ser inválidos.
Por último, nunca perdamos esto de vista: lo que se ve en las redes sobre los laicos lefes, no creo que sea ni el 1 % del mundo lefe. ¿Se imagina a mi espesa, hijos, padres, primos, enterados de lo que se publica acá o en otros sitios y entrando para discutir? Ni remotamente. Yo, por ejemplo, entro aquí y a ningún otro lugar. Recién hoy entré a dos o tres lugares para enterarme mejor de las noticias del día… El que se quede con la idea de una FSSPX parecida a la web, no la conoce, sencillamente. El que haya ido a una capilla y allí escuchó algo de celo amargo y con ello cree que es una inclinación de al menos el 10 % de los fieles, tampoco la conoce. Sé delo que hablo.
Muy atte.
Lefe on Line
De acuerdo. Tucho ha excomulgado a lo far west. Si yo fuera un fiel que asiste regularmente a las misas de la Fraternidad iniciaría un proceso canónico en Roma, pidiendo ejercer el derecho a la legítima defensa, y solicitando clarificar mi hipotético estado de excomunión.
Tombino… mi pseudónimo lo dice todo, no estoy ni en Francia o Estados Unidos, pertenezco a una arquidiócesis donde la autoridad y representante de todos los obispos del país no acepta ninguna congregación o instituto ex Ecclesia Dei, por lo que o es la FSSPX o es el progresismo. Yo sin ser muy docto lo que veo es que pierdo no solo la misa tradicional con la solemnidad que le es propia, sino tambié la confesión como Dios manda. De paso, aprovechando el post, agrego que en tiempos de la Summorum Pontificum con las misa tradicional y en el lugar que habilitó un obispo anterior se notaban tanto las carencias del celebrante, como las doctrinales.
Ahora, solo queda «ajo y agua» y «a llorar al campito»…
el lugar donde vale la pena permanecer es el Corazón de Cristo, herido por las discordias de sus discípulos. «Busqué quien me consuele, y no lo hallé» (Sal. 69). ¿Seremos capaces de consolarle nosotros?
Imaginate el grado de instrusión de los lefes tal que Galarreta pontificó solemnemente en el granero desde un trono episcopal (con dosel!) cuyo privilegio le arrebata al Obispo diocesano de Sion. El nivel de disociación con la vida diocesana es monumental. Y después no me vengan con que las Misas multitudinarias celebradas bajo una lona fuera de los templos y con altares sin consagrar son un escándalo.
Me hizo particularmente gracia la lectura de un «mandato apostólico», potestad exclusiva del Sumo Pontífice, redactada por el padrecito Pagliarini haciendo las veces de notario de un obispo auxiliar de clerici vagantes. La eclesiología lefe en una cáscara de nuez.
Esto no puede ser. No podemos derretirnos embelesados ante el discurso ecuménico, promover la intercomunión, hacer declaraciones conjuntas con los «hermanos separados», etc. etc., y paralelamente fulminar excomuniones y declaraciones indiscriminadas de cisma contra varios miles de fieles que tienen una sensibilidad litúrgica distinta o que discrepan en algún punto de los textos (¡pastorales!) del último concilio. Esta excomunión es el acto más antiecuménico que ha ejecutado un Papa desde hace más de 100 años. Para que luego se nos llene la boca con el «ut unum sint».
Me apena profundamente que, ante la soberbia de la Fraternidad, Roma haya respondido con más soberbia todavía. La Historia enseña que, detrás de cada cisma que ha desgarrado la Iglesia, ha habido siempre personas en Roma que no supieron estar a la altura. Me parece a mí que es el caso también aquí. Econe no es inocente, pero hay más culpa en Roma que en Econe.
Hay que valorar que es la segunda desobediencia grave de este movimiento en su historia, por no hablar de los intentos de arreglo. Creo que no basta con valorar el último año para proporcionar la pena. A mí juicio (falible) es perfectamente proporcionada valorando en conjunto toda la historia de la Fraternidad y su actitud a lo largo de más de 40 años.
Yo no le pediría a Roma más benevolencia sino aplicar el mismo rasero a todos y ahí es donde hay que centrarse y no en la Fraternidad.
CISNEROS
Creo que, con independencia del alcance de la excomunión y como valoramos la adhesión de los fieles, es altamente recomendable mantenerse bien alejados de la FSSPX. No tiene ningún sentido, pienso, andar jugando a ver si bueno, si es lícito o si voy a su misa quedaré excomulgado o no etc. Veo que había que separar el trigo de la cizaña. La cizaña aún puede salvarse pero es cosa suya. Suena cruel, pero lo mejor es abandonarlos a su suerte, sin perjuicio de que puedan mantener un diálogo ecuménico con Roma algún día como con otros cismas.
Lo que pienso es que quien hasta ahora tenía simpatía por la Fraternidad y no quiere cometer la locura de tirarse con ellos por el vacío, ha de enfocarse y reivindicar de Roma no solo un espacio para la tradición, sino que se persiga con igual o mayor dureza todo aquello que pueda hacer suponer que hay un doble rasero.
CISNEROS
No se como todavía se puede ser tan soberbio para ponerse por encima de la Autoridad Apostólica. Desde cuándo un católico define su fidelidad desobedeciendo a su Obispo y más aún al Sumo Pontífice. Roma no «pretende» excomulgar a clérigos y laicos de la fraternidad, sino que los HA EXCOMULGADO. Cuando se van a enterar en la Fraternidad de que no son necesarios para la Tradición. Muchos asistimos a la Misa tradicional sin acudir a una sociedad empeñada en estar fuera de la Iglesia. Ahora se va a demostrar hasta qué punto son innecesarios porque las misas por el rito tradicional se seguirán oficiando en la diócesis que la ofrecen y en los institutos tradicionalistas. Pasará el tiempo y la fraternidad quedará como una rareza malsana sin razón de existir. En la FSSPX, especialmente los laicos, deberían dejar de pensar tanto en el derecho canónico y tanta historia que roza el snobismo, y empezar a ser sinceros consigo mismos y con Dios. Las cosas fundamentales son mucho más sencillas en la conciencia cuando se deja iluminar por el Señor.
Bien dicho Luis. Además, algo me dice que en la Fraternidad las tradiciones estilo Sant Antoni Abad y danzas del Corpus no les hacen ninguna gracia. Que les den.
CISNEROS.
Sobre el matrimonio, la concesión de Francisco implicaba que el Ordinario concediera las licencias o facultades (https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2017/04/04/ecc.html).
Dígame, Wanderer, ¿le parece que algún Ordinario las va a conceder a partir de ahora…? ¿Y los lefebvrianos, entonces, asistirán a uniones concubinarias?
He aquí la paradoja de pretender ser tradicionales fuera de la Iglesia…
Augustinus
«De modo que en un mismo día, con la misma firma, el Dicasterio dice dos cosas que no coinciden: el Decreto amonesta a clérigos y fieles con que incurrirían en la censura si adhieren —tiempo condicional, delito futuro y eventual—; la Nota afirma en presente que ya «están en el cisma». Cuando el instrumento con forma penal y el que no la tiene se contradicen, prevalece el primero; y, por si hiciera falta, el can. 18 ordena interpretar estrictamente toda ley que establece penas, lo que impide extender por vía de nota lo que el decreto formula como mera admonición. El propio acto jurídicamente eficaz del Dicasterio reconoce, pues, que sacerdotes y fieles todavía no han incurrido en nada».
Comento. No parece que sea como dice. El Decreto habla de clérigos y fieles laicos sin más: cualquiera que se adhiera, incurre en la censura. No dice que sean de la FSSPX. Es una consideración en abstracto. La Nota habla de los adherentes: los de la FSSPX que ya están en cisma en cuanto adhieren formalmente al cisma. No hay contradicción. Y no es sino substancialmente lo mismo que ya decía la Nota del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos.
Augustinus
El problema, a mi entender de lego, es qué se entiende por fieles de la FSSPX. No se trata de una pertenencia que imprime carácter o que pueda ser fácilmente discernible. Es todo vago y nebuloso, y no se puede aplicar una pena a esa categoría.
Igual hay casos que parecen claros. Los que se niegan a rajatabla a ir a cualquier Misa o acto de culto no lefebvristas, por ejemplo.
No hay pena sin culpa, el claro objeto de ello es amedrentar a quienes concurren a las capillas de la Fraternidad; es decir, convertir ese hecho en culposo y punible, pero no podían decir eso, lo que sí han hecho es sugerirlo, y una sugerencia no es suficiente para aplicar una pena.
Todo esto tiene la misma lógica de la altisonancia con la que se manejaron las cosas desde el anuncio de las consagraciones y el comunicado posterior a la reunión de Tucho y el P. Pagliarani; y así van a seguir mientras no cambien los actores.
El problema es que usted no ha comprendido wanderer que ahora que se excomulgó a todos los fieles, sacerdotes y obispos ahora sí podemos salvar nuestras almas el requisito es ser herejes o cismático de hecho o derecho.
El problema Federico, es que a los únicos que se excomulgó es a los obispos. Eso es lo que digo, o dicen los canonistas consultados, en el post.
Ya leí el post y mi respuesta es irónica. Usted afirma que nos regodeamos en ser sancionados que poco nos importa la Iglesia romana etc, etc. No niego que haya quienes sientan los hechos con liviandad como si no tuviera importancia. Pero usted hace absolutos de algo que no sabe con certeza. En los círculos que yo frecuento hay gran dolor e impotencia. Pero también hay certeza y tranquilidad. Nuestro orgullo y gozo no está en la insurrección y la desobediencia sino en creer que el legado del obispo francés es un faro en medio de la tempestad. Para usted las cosas son claras para mí también aunque en sentido opuesto.
En el post digo «buena parte de la propia Fraternidad se encarga de despejar la duda». Buena parte es un porcentaje incierto, y por eso mismo no absolutizo la situación. No son todos; son algunos, y lo sé con certeza no porque juzgo intenciones sino porque los vengo escuchando desde hace más de veinte años y porque hoy mismo los leo en sus redes sociales.
veo claramente la mano de Dios en todo esto. El periodo 2007 hasta ahora sirvió para que gente de buena Fé, pero con error invencible, pudiese acercarse a la Fé tradicional.
El problema nunca fue sólo la misa, sino todo el sustrato seudoteologico que sirve de base a la falsa religión cuyo rito es el novus ordo.
Ahora toca podar el árbol y que gente como la que escribe este artículo, que quería mantenerse a dos aguas, se vaya, buscando los frutos de la “plena comunión”.