Una discusión sobre la postura de la FSSPX

por Fernando Romero Moreno

Introducción

          Con ocasión de las ordenaciones episcopales sin mandato pontificio que la FSSPX realizadas ayer 1.º de julio, han reaparecido voces de supuestos católicos formados que afirman conocer los verdaderos motivos de los seguidores de Mons. Lefebvre. Sólo por poner algunos ejemplos, dicen que los fieles vinculados a la FSSPX serían retrógrados que quieren la Misa de espaldas al pueblo por mera nostalgia del pasado; que convierten las puntillas y el velo en dogmas intocables; que se oponen al Concilio Vaticano II por antisemitismo y defensa de una monarquía católica absolutista, etc. Quienes piensen así, no esperen que ofrezca una respuesta en este artículo: no voy a detenerme en refutar semejantes falsedades o simplificaciones, menos aún en medio de la gravísima situación por la que atraviesa la Iglesia Católica. No apoyo las próximas ordenaciones episcopales; acepto el Concilio Vaticano II interpretado a la luz de la Tradición y discrepo de algunas posiciones de la FSSPX. Sin embargo, no por eso los considero “enemigos” —hoy parece que todos son hermanos separados, salvo ellos—, máxime cuando, desde hace más de sesenta años, en la Iglesia abundan cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos (algunos con cargos eclesiásticos, doctorados y cátedras en universidades pontificias) que fomentan herejías, desobediencias graves y pecados de público conocimiento sin recibir sanciones; antes bien, en muchos casos reciben felicitaciones, premios y ascensos. Basta observar lo que viene sucediendo con el Camino Sinodal Alemán.

          Dicho esto, el objeto de este breve artículo es mostrar al fiel corriente de la FSSPX o afín a la misma, que lo pedido por Roma (al menos durante los Pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI) no fue una aceptación acrítica de Vaticano II ni de la reforma litúrgica sino un mínimo razonable, que dejaba un margen amplio de interpretación acorde con la Tradición. La postura de la FSSPX contraria a este tipo de propuestas no fue constante en el tiempo. Sólo por citar un hito importante, Mons. Lefebvre había aceptado el Acuerdo de 1988 y si bien luego se retractó, no fue por motivos doctrinales sino por el aplazamiento y posible retraso de las Ordenaciones episcopales. Pero en general hay que reconocer que lo que ha impedido llegar a una solución, es el rechazo, sino constante sí relativamente habitual de la FSSPX al Concilio Vaticano II, en especial a las doctrinas sobre la naturaleza de la Iglesia Católica, la colegialidad episcopal, la libertad religiosa, el ecumenismo y la Reforma Litúrgica expresada en el Novus Ordo Missae.

La postura de la FSSPX

          Esa actitud de rechazo absoluto se dio con claridad y por primera vez en la famosa declaración de Mons. Lefebvre de 1974. Veamos:

“Nos adherimos de todo corazón y con toda nuestra alma a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa fe; a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad. Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y, después del Concilio, en todas las reformas que de él surgieron. Todas estas reformas, en efecto, han contribuido y siguen contribuyendo a la demolición de la Iglesia, a la ruina del Sacerdocio, a la destrucción del Sacrificio y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa y a la implantación de una enseñanza naturalista y teilhardiana en las universidades, seminarios y catequesis, enseñanza surgida del liberalismo y del protestantismo condenado tantas veces por el Magisterio solemne de la Iglesia (…). A la Misa nueva le corresponde catecismo nuevo, sacerdocio nuevo, seminarios nuevos, universidades nuevas e Iglesia carismática o pentecostal, todo lo cual se opone a la ortodoxia y al magisterio de siempre. Esta Reforma, por haber surgido del liberalismo y modernismo, está enteramente envenenada. Sale de la herejía y acaba en la herejía, aunque todos sus actos no sean formalmente heréticos. Es, pues, imposible para todo católico consciente y fiel adoptar esta Reforma y someterse a ella de cualquier manera que sea. La única actitud de fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica, en bien de nuestra salvación, es una negativa categórica a aceptar la Reforma (…) Por eso, nos atenemos con firmeza a todo lo que la Iglesia de siempre ha creído y practicado en la fe, en las costumbres, en el culto, en la enseñanza del catecismo, en la formación del sacerdote y en la institución de la Iglesia, y que ha codificado en los libros publicados antes de la influencia modernista del Concilio, a la espera de que la verdadera luz de la Tradición disipe las tinieblas que oscurecen el cielo de la Roma eterna” . 

Idéntica postura es la que tienen hoy los seguidores de Mons. Lefebvre, como puede advertirse en el siguiente texto de 2026:

Por desgracia, hay que constatar que el Concilio Vaticano II sigue siendo hoy en Roma una referencia ineludible (…) Así, incluso hoy, pese a los frutos amargos del Concilio, Roma continúa considerándolo la brújula que orienta sus pasos (…). De este modo, dado que las autoridades oficiales de la Iglesia siguen impregnadas de errores modernos, la Fraternidad San Pío X resulta más necesaria que nunca para permitir que el mayor número posible de almas se beneficie de los tesoros de la Tradición” .

          La grave crisis de la Iglesia es un diagnóstico de la FSSPX que, en líneas generales, han compartido también Papas como Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, además de católicos ortodoxos en plena comunión con la Santa Sede, aunque no afirmando que la causa principal de dicha crisis sea el Concilio Vaticano II.  A mero título ejemplificativo, recordemos unas palabras del entonces Cardenal Ratzinger pronunciadas en Chile en 1988:

Defender el Concilio Vaticano II (…) como válido y vinculante en la Iglesia, es y va a seguir siendo una necesidad. Sin embargo, exis­te una actitud de miras estrechas que aísla el Vaticano II y que ha provocado la oposición. Muchas exposiciones dan la impresión de que, después del Vaticano II, todo haya cambiado y lo anterior ya no puede tener validez, o, en el mejor de los casos, sólo la tendrá a la luz del Vaticano II. El Concilio Vaticano II no se trata como parte de la totalidad de la Tradición viva de la Iglesia, sino directamente como el fin de la Tradición y como un recomenzar enteramente de cero. La verdad es que el mismo Concilio no ha definido ningún dogma y ha querido de modo consciente expresarse en un rango más modesto, meramente como Concilio pastoral; sin embargo, mu­chos lo interpretan como si fuera casi el superdogma que quita importancia a todo lo demás. Esta impresión se refuerza especialmente por hechos que ocurren en la vida corriente. Lo que antes era considerado lo más santo –la forma transmitida por la liturgia–, de repente aparece como lo más prohibido y lo único que con seguridad debe rechazarse. No se tolera la crítica a las medidas del tiempo postconciliar; pero donde están en juego las antiguas reglas, o las grandes verdades de la fe –por ejemplo, la virginidad corporal de María, la resurrección corporal de Jesús, la inmortalidad del alma, etc.–, o bien no se reacciona en absoluto, o bien se hace sólo de forma extremadamente atenuada. Yo mismo he podido ver, cuando era profesor, cómo el mismo obispo que antes del Concilio había rechazado a un profesor irreprochable por su modo de hablar un poco tosco, no se veía capaz, después del Concilio, de rechazar a otro profesor que negaba abiertamente algunas verdades fundamentales de la fe. Todo esto lleva a muchas personas a preguntarse si la Iglesia de hoy es realmente todavía la misma de ayer, o si no será que se la han cambiado por otra sin avisarles. La única manera para hacer creíble el Vaticano II es presentarlo claramente como lo que es: una parte de la entera y única Tradición de la Iglesia y de su fe” .

¿Qué pidió Roma a la FSSPX respecto del Concilio Vaticano II y de la Reforma Litúrgica?

          La Santa Sede nunca pidió a la FSSPX una aceptación acrítica ni una obediencia ciega al Concilio Vaticano II y a la Reforma Litúrgica. Pongamos tres ejemplos:

1982 : Carta del Cardenal Ratzinger a Mons. Lefebvre:

El Santo Padre nombrará (…) un Visitador Apostólico para la Fraternidad San Pío X si usted acepta firmar una declaración con la forma siguiente (…) : 1. Yo, Marcel Lefebvre, declaro que me adhiero con religioso respeto a la totalidad de la doctrina del Concilio Vaticano II, es decir, de la doctrina «en la medida en que la misma se entiende a la luz de la santa Tradición y sobre la base del constante Magisterio de la Iglesia misma» (…).
Esta sumisión religiosa tiene en cuenta la calificación teológica de cada uno de los documentos, establecida por el propio Concilio (…). 2. Yo, Marcel Lefebvre, reconozco que el Misal Romano establecido por el Soberano Pontífice Pablo VI para la Iglesia universal ha sido promulgado por la legítima autoridad de la Santa Sede, a la que corresponde el derecho de legislar en materia litúrgica en la Iglesia y, en virtud de ese mismo hecho, es legítimo y católico. Por esta razón, no he negado ni negaré que las misas celebradas fielmente según el nuevo Ordo son válidas y no querría insinuar de ningún modo que sean heréticas o blasfemas, ni tengo la intención de afirmar que deban ser evitadas por los católicos. 

Estos dos párrafos han sido cuidadosamente estudiados por la Sede Apostólica y no son susceptibles de modificación. En cambio, usted podría añadir, a título personal, un suplemento, cuyo contenido podría ser el siguiente (…):
Me siento obligado en conciencia a añadir que la aplicación concreta de la reforma litúrgica plantea graves cuestiones, las cuales deben provocar una diligente solicitud por parte de la autoridad suprema. Por ello, deseo que dicha autoridad realice en el futuro una nueva revisión de los libros litúrgicos. Si lo desea, puede modificar este último párrafo, sujeto naturalmente a que su formulación sea aceptada por el Santo Padre” .

          La referencia a la calificación teológica de los documentos se refiere a su distinta naturaleza (no pueden equipararse, por ej. las Constituciones Dogmáticas, las Declaraciones y los Decretos) y por lo tanto al grado de  obligatoriedad de sus enseñanzas. Así lo explicó Mons. Fernando Ocáriz Braña, uno de los teólogos elegidos por Benedicto XVI para dialogar con la FSSPX:

“No todas las afirmaciones contenidas en los documentos conciliares tienen el mismo valor doctrinal y, por tanto, no todas requieren el mismo grado de asentimiento (…). Las afirmaciones del Concilio Vaticano II que recuerdan verdades de fe exigen naturalmente el asentimiento de la fe teologal, no porque hayan sido enseñadas por este Concilio, sino porque ya han sido enseñadas infaliblemente por la Iglesia, ya sea mediante un juicio solemne o por el Magisterio ordinario y universal. Del mismo modo, se requiere un asentimiento pleno y definitivo para aquellas otras doctrinas propuestas por el Concilio que ya habían sido enseñadas anteriormente mediante actos definitivos del Magisterio. Las demás enseñanzas doctrinales del Concilio requieren de los fieles un grado de adhesión denominado «obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento». Precisamente por ser un asentimiento «religioso», no se fundamenta únicamente en motivos racionales. Esta adhesión no constituye un acto de fe, sino un acto de obediencia que no es meramente disciplinar, sino que se apoya en la confianza en la asistencia divina concedida al Magisterio y, por tanto, se sitúa «dentro de la lógica de la fe y bajo el impulso de la obediencia a la fe» (…). Esta obediencia al Magisterio de la Iglesia no limita la libertad; al contrario, es fuente de libertad. Las palabras de Cristo: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16), se dirigen también a los sucesores de los Apóstoles; y escuchar a Cristo significa recibir la verdad que hace libres (cf. Jn 8,32). Los documentos del Magisterio pueden contener elementos que no son estrictamente doctrinales —como sucede en los documentos del Concilio Vaticano II—, elementos de carácter más o menos circunstancial (descripciones de situaciones sociales, sugerencias, exhortaciones, etc.). Estos aspectos deben recibirse con respeto y gratitud, pero no requieren asentimiento intelectual en sentido estricto (cf. Donum Veritatis, nn. 24-31)” .

Ocáriz Braña no comparte lo que voy a decir ahora y el Magisterio de la Iglesia también se ha negado, por el momento, a reconocerlo, pero entiendo que es de puro sentido común: si por su propia naturaleza las enseñanzas del llamado Magisterio Auténtico (diferente del Magisterio Ordinario y Universal) no son definitivas y en ciertos casos puede resultar evidente que son claramente opuestas a doctrinas ya definidas con anterioridad de modo infalible (como ha sucedido con documentos heterodoxos al estilo de Amoris Laetitia  o Fiduccia Supplicans), no sólo se puede sino que deben ser rechazadas. Es lo que hicieron católicos de recta doctrina ante documentos como los mencionados. Me refiero a referentes importantes como Ettori Gotti Tedeschi, Antonio Livi, Roberto de Mattei, José María Iraburu, Mario Caponneto, Mons. Schneider, el Cardenal Sarah o el Cardenal Zen, entre muchos otros. Claro que hay que tener cuidado en este asunto, porque en muchos casos lo que parece erróneo no lo es realidad o es una expresión ambigua, en cuyo caso lo que corresponde no es el rechazo sino la interpretación a la luz de la Tradición. Además, una interpretación laxa de esto es lo que hacen los “teólogos del disenso”, para justificar sus interpretaciones modernistas y heterodoxas del Magisterio conciliar o post-conciliar. Por lo mismo hay que dejar claro que, salvo la extrema prudencia que hay que tener al oponerse a un error del Magisterio no definitivo, tal supuesto no se da con el Magisterio que goza del carisma de la infalibilidad como las enseñanzas “ex cathedra” del Romano Pontífice, las doctrinas de los Concilios que definen dogmas o condenan herejías o las expresadas mediante el Magisterio Ordinario y Universal. 

1983, Carta del Cardenal Ratzinger a Mons. Lefebvre:

«Excelencia, el Santo Padre ha meditado cuidadosamente ante Dios su carta del día 5 del pasado mes de abril, a la luz de su responsabilidad como Pastor Supremo de la Iglesia. Después de hacerlo, me ha encargado que responda en su nombre, deber que cumplo con la presente carta (…) Con el consentimiento del Santo Padre, le puedo decir de nuevo que no se excluye a priori cualquier crítica de los libros litúrgicos y que incluso es posible manifestar el deseo de una nueva revisión, de la misma forma que el movimiento litúrgico anterior al concilio pudo desear y preparar la reforma. Pero todo eso a condición de que la crítica no impida ni destruya la obediencia y no ponga en discusión la legitimidad de la liturgia de la Iglesia (…). El Santo Padre está sorprendido de que su aceptación del Concilio interpretado según la Tradición siga siendo ambigua (…). En esto, al igual que con respecto a las cuestiones litúrgicas, hay que señalar que –en función de los diversos grados de autoridad de los textos conciliares– no se excluye la crítica de algunas de sus expresiones, realizada según las reglas generales de adhesión al Magisterio. Puede incluso expresar el deseo de que se produzca una declaración o un desarrollo explicativo sobre un punto u otro (…) Resulta también válido un comentario realizado anteriormente (…): los autores privados, incluso si fueron peritos del concilio (como el P. Congar o el P. Murray, que usted cita) no son la autoridad encargada de la interpretación. Sólo es auténtica y autoritativa la interpretación dada por el Magisterio, el cual es de esa forma el intérprete de sus propios textos, ya que los textos conciliares no son los escritos de un experto u otro ni de quienes hayan contribuido a su desarrollo, sino documentos del Magisterio (…). No se exige que renuncie usted a la totalidad de sus críticas al concilio y a la reforma litúrgica (…). Si alguna expresión le causa dificultades insuperables, puede plantear esas dificultades: las palabras en sí mismas no son un absoluto, pero su contenido es indispensable” .

1988, Protocolo de Acuerdo propuesto por la Santa Sede (parte doctrinal):

Yo, Marcel Lefebvre, Arzobispo-Obispo Emérito de Tulle, así como los miembros de la Sociedad de San Pío X fundada por mí: 1. Prometo ser siempre fiel a la Iglesia Católica y al Romano Pontífice, su Sumo Pastor, Vicario de Cristo, Sucesor del Beato Pedro en su primacía como cabeza del cuerpo episcopal.; 2. Declaramos nuestra aceptación de la doctrina contenida en el §25 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio eclesiástico y la adhesión que le corresponde; 3. Respecto a ciertos puntos enseñados por el Concilio Vaticano II o a reformas posteriores de la liturgia y la ley, que no nos parecen fácilmente conciliables con la Tradición, nos comprometemos a mantener una actitud positiva de estudio y comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica; 4. Además, declaramos que reconocemos la validez del Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y de acuerdo con los ritos indicados en las ediciones típicas del Misal Romano y los Rituales de los Sacramentos promulgados por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II; 5. Finalmente, prometemos respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, especialmente las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II, sin perjuicio de la disciplina especial otorgada a la Sociedad por ley particular” .

          Destaco de estos documentos, el modo de aceptación del Concilio Vaticano II y de la Reforma Litúrgica que Roma exigió a Mons. Lefebvre:

  1. La sumisión religiosa al Concilio Vaticano II tiene en cuenta la calificación teológica de cada uno de los documentos, establecida por el propio Concilio (es decir, no todos los documentos tienen el mismo valor ni el mismo grado de obligatoriedad, aunque aun los del Magisterio ordinario no definitivo o Auténtico requieran de todos los fieles un obsequio religioso de la inteligencia y de la voluntad, interno y externo).
  2. Se podrá añadir, a título personal, un suplemento (modificable, siempre que el Papa lo apruebe), que diga:
    Me siento obligado en conciencia a añadir que la aplicación concreta de la reforma litúrgica plantea graves cuestiones, las cuales deben provocar una diligente solicitud por parte de la autoridad suprema. Por ello, deseo que dicha autoridad realice en el futuro una nueva revisión de los libros litúrgicos. 
  3. No se excluye a priori cualquier crítica de los libros litúrgicos y es posible manifestar el deseo de una nueva revisión, de la misma forma que el movimiento litúrgico anterior al concilio pudo desear y preparar la reforma. Pero todo eso a condición de que la crítica no impida ni destruya la obediencia y no ponga en discusión la legitimidad de la liturgia de la Iglesia.
  4. Respecto del Concilio Vaticano II no se excluye la crítica de algunas de sus expresiones, realizada según las reglas generales de adhesión al Magisterio. Puede incluso expresarse el deseo de que se produzca una declaración o un desarrollo explicativo sobre un punto u otro (…) No se exige una renuncia a la totalidad de las críticas al Concilio y a la Reforma litúrgica (…). Si alguna expresión  causa dificultades insuperables, se pueden plantear esas dificultades, ya que las palabras en sí mismas no son un absoluto, pero su contenido es indispensable”.

          Es sabido que Mons. Lefebvre hasta 1991 y la FSSPX hasta 2026 se negaron a firmar un acuerdo con condiciones de esta naturaleza. De lo que se desprende que, aún en el caso de que existiera un Romano Pontífice de absoluta ortodoxia doctrinal, la FSSPX no cambiaría su postura ni admitiría un nuevo diálogo, mientras Roma no decida anular el Concilio Vaticano II y la Reforma litúrgica. Podrían aceptarlo si se hicieran aclaraciones pertinentes, pero al menos las que hasta ahora ha hecho la Santa Sede, no han sido aceptadas como suficientes por la FSSPX.  Por lo demás, se advierte una deriva peligrosa en esta institución, que ni siquiera admite como lícita la participación en la Liturgia celebrada en instituciones tradicionalistas que se encuentran en una situación canónica y doctrinal regular. Para que no se nos acuse de exagerar, leamos lo publicado al respecto en una página oficial de la FSSPX:

Al tener que recurrir los sacerdotes de la Fraternidad San Pedro [por analogía se aplica lo dicho aquí al resto de instituciones tradicionalistas en plena comunión con Roma] a la voluntad de un obispo del Novus Ordo para oficiar con los ritos tradicionales, están forzados a abandonar la lucha contra la nueva religión que se está instalando en la Iglesia” y aceptar “el Catecismo de la Iglesia Católica del año 1992 (…). Así pues, son católicos conciliares, y no católicos tradicionalistas. Y siendo esto así, asistir a su misa supone aceptar el compromiso en que se basan, aceptar la dirección emprendida por la Iglesia Conciliar y la consiguiente destrucción de la Fe y la Moral católicas, y aceptar, en particular, la legitimidad y ortodoxia doctrinal de la Nueva Misa y del Vaticano II. Y por esto un católico no debe asistir a sus misas” .

No hace falta aclarar que lo mismo y en mayor grado aplica a las celebraciones litúrgicas de lo que ellos despectivamente denominan sacerdotes bi-ritualistas, así como siempre han considerado pecaminoso el asistir de modo activo (no de modo “pasivo” por motivos sociales serios) a las celebraciones realizadas según la Reforma Litúrgica, aun cuando puedan considerarse válidas, lícitas y dignamente celebradas, ya que necesariamente inducen a la herejía. De lo cual parece concluirse, aunque ellos lo nieguen, que “Extra FSSPX nulla salus”.

Las aclaraciones de Roma a las doctrinas más cuestionadas por la FSSPX

          Aunque no sea tan conocido, los católicos tradicionalistas en plena comunión con Roma consideran que los problemas doctrinales originados en algunos textos complejos y/o ambiguos del Concilio Vaticano II ya fueron solucionados (total o parcialmente) durante el mismo Concilio Vaticano II o con aclaraciones posteriores. Algunos ejemplos importantes son los siguientes:

  1. La doctrina sobre la Iglesia y el ecumenismo: con la Declaración Dominus Iesus del 6 de agosto del año 2000, que reafirmó la unicidad y universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, así como la necesidad de la Iglesia Católica para la salvación, condenando el relativismo e indiferentismo religioso, el falso ecumenismo y otros errores semejantes.
  2. La colegialidad episcopal: con la nota explicativa previa de la misma Constitución Dogmática Lumen Gentium, del 21 de noviembre de 1965, jurídicamente blindada según algunos con los cánones 330-341 del Código de Derecho Canónico de 1983. Está claro que no se puede interpretar la colegialidad episcopal contra la Tradición de la Iglesia ni contra la definición dogmática del Concilio Vaticano I sobre la suprema potestad del Romano Pontífice. De allí la primacía de jurisdicción del Papa, sea que la ejerza de modo individual o colegiado, y la advertencia contra errores como la colegialidad jurídica, la concepción democrática e igualitarista del Colegio Episcopal, etc.
  3. La libertad religiosa y las relaciones Iglesia- Estado: por la contestación de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1987) a las dubia presentadas por Mons. Lefebvre en 1985, cuyas ideas principales adquirieron carácter magisterial al ser recogidas en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 (n.2104-2109), en las cuales se reafirmaron las doctrinas tradicionales sobre la Realeza Social de Jesucristo, el ideal del Estado católico, la importancia de la confesionalidad substancial para que exista una formal, la misión propia de los laicos que es ordenar según Dios los asuntos temporales en función de la instauración cristiana del orden temporal, la libertad religiosa no como un derecho al error sino como una inmunidad de coacción y por lo tanto con fundamento, objeto y límites diferentes a los de la errónea libertad de cultos del liberalismo.
  4. Sobre el Novus Ordo Missae: por el Motu Proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI de 2007, que defendió la importancia de la Liturgia Tradicional, la libertad para celebrarla y asistir a ella, la crítica a una concepción del Novus Ordo fundada en una hermenéutica de la ruptura y el rechazo de los abusos que habitualmente se cometen en las celebraciones litúrgicas, entre otras consideraciones semejantes.
  5. Sobre la Fe católica incorporando las novedades conciliares a la luz de la Tradición: con el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992  y el Discurso de Benedicto XVI del 22 de diciembre de 2005, conocido como el de la hermenéutica de la continuidad en la reforma, en los cuales se reafirma la continuidad en los principios universales y permanentes de la Fe católica, así como la reforma en cuestiones contingentes o fruto de un desarrollo homogéneo del dogma.

      Estas y otras aclaraciones es lo que explica la existencia de numerosas instituciones tradicionalistas sin problemas de irregularidad canónica o doctrinal como: Abadía Sainte-Madeleine de Le Barroux,  Abadía Notre Dame de Fontgombault y sus casas filiales; Administración Apostólica San Juan María Vianney,  Fraternidad Sacerdotal de San PedroFraternidad San Vicente FerrerInstituto Cristo Rey Sumo SacerdoteInstituto del Buen Pastor, entre otras. Además, Roma no ha sancionado a quienes han hecho críticas respetuosas y preguntas sensatas acerca del Concilio Vaticano II sin adherir a las ordenaciones episcopales de la FSSPX en 1988 como Klaus Gamber, Michael Davies, Romano Amerio, Louis Salleron, Jean Ousset, Bruno Gherardini, Roberto de Mattei, entre otros.

         Por todo lo expuesto y reconociendo que la ya gravísima situación que la Iglesia tenía en los años 70 se incrementó notablemente en los últimos años, no podemos sino coincidir con lo que en su momento sostuvo el gran tradicionalista católico Michael Davies cuando afirmó:

« Cuando recordamos que estamos lidiando con un enemigo sobrenatural de una astucia e inteligencia enormes, debemos estar seguros de que está dispuesto a hacer todo lo posible para dividir y destruir los grupos que han sido más eficaces en oponerse a su destrucción de la Iglesia. ¿Qué medios más eficaces podría emplear que intentar llevarlos a caer en el cisma? Fuera de la Iglesia, su defensa de la Tradición se volvería ineficaz. Una vez que estas personas han abandonado la Iglesia, aunque al igual que todos los herejes y cismáticos proclamen que ellos son la verdadera Iglesia, es evidente que solo un milagro podría hacer que comprendieran su verdadera situación».

De lo que se desprende que frente a la hermenéutica de la ruptura que hoy abunda en gran parte de la Jerarquía eclesiástica y frente a lo que Dietrich von Hildebrand denominó “el caballo de Troya en la Ciudad de Dios” , la solución no es anclarse en 1958 como si todo lo que vino después careciera de valor o evadirse en la espera de una probable pero no segura ni inmediata Parusía, sino profundizar en la hermenéutica de la continuidad en la reforma, primero para conocerla bien (en esto el apoyo intelectual de personas e instituciones tradicionalistas en plena comunión con Roma es de vital importancia) y luego para aplicarla como mejor corresponda a las distintas circunstancias de tiempo y de lugar.  

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