El siguiente artículo de Ignacio Gallardo Tampe se publicará en tres partes. Este estudio tiene por objeto esclarecer las diferencias entre la Segunda Plegaria Eucarística y la denominada «Anafora de Hipólito», de las que a menudo se habla erróneamente como si fueran idénticas. Además, este artículo pretende ofrecer un análisis crítico de la praxis litúrgica actual y del uso casi exclusivo de la Segunda Plegaria Eucarística en detrimento de otras plegarias relacionadas.
Introducción
La reforma litúrgica que tuvo lugar a raíz del Concilio Vaticano II y el espíritu de cambio que se vivió tanto dentro como fuera de la Iglesia en aquella época marcaron uno de los cambios de paradigma más profundos en la historia de la Iglesia católica. Entre sus innovaciones litúrgicas más significativas se encuentra la ruptura con la exclusividad del Canon Romano mediante la creación de múltiples oraciones eucarísticas para el nuevo Missale Romanum introducido por Pablo VI.
La más utilizada y debatida de estas incorporaciones es, sin duda, la Plegaria Eucarística II. Fue presentada por el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia («Comité para la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia») como una recuperación orgánica de una anáfora celebrada en aquella época y contenida en la Tradición Apostólica (c. 215), un texto tradicionalmente atribuido a Hipólito de Roma; a través de esta recuperación orgánica, la intención era reconciliar a la Iglesia del mundo moderno con la sobriedad de la liturgia paleocristiana.
Sin embargo, contrariamente a la creencia popular, el proceso de composición distó mucho de ser una mera transcripción arqueológica. Por el contrario, supuso una amplia intervención editorial que alteró fundamentalmente la estructura del texto original, dando lugar a una plegaria que solo guarda un vago parecido con la anáfora real de Hipólito.
Además, la investigación académica de las últimas décadas ha puesto en duda no solo la autoría de Hipólito de la Tradición Apostólica, sino también los orígenes romanos del texto e incluso su antigüedad. Esto sugiere que la reforma del siglo XX, en este ámbito crítico, se basó en una interpretación errónea del material original. De hecho, algunos estudiosos llegan incluso a sostener que la anáfora de la Tradición Apostólica nunca existió como tradición viva, sino que fue meramente una construcción literaria sin aplicación concreta en la vida de la Iglesia primitiva.
El objetivo de este estudio es llevar a cabo un análisis crítico y comparativo de la Plegaria Eucarística II y la anáfora de Hipólito. Mediante el examen de sus variaciones filológicas y estructurales, evaluaré en qué medida la oración moderna constituye un auténtico «ressourcement» [1] o, por el contrario, si representa una creación artificial. Por último, este artículo propondrá posibles soluciones respecto al uso de facto casi exclusivo de la Oración Eucarística II; una práctica que, debido a la extrema brevedad de la oración, representa innegablemente un empobrecimiento litúrgico y teológico en comparación con las demás alternativas disponibles.
La Anáfora de Hipólito y la Tradición Apostólica
La Tradición Apostólica [2] es un breve tratado perteneciente al género de los ordines, antiguos manuales sistemáticos que contienen normas tanto disciplinarias como litúrgicas y que, con el tiempo, evolucionarían hasta constituir la base más temprana del derecho canónico.
Descubierta durante el siglo XIX y titulada originalmente «Orden de la Iglesia Egipcia», se asoció rápidamente con Hipólito, una figura peculiar y enigmática. Los relatos históricos sobre él son contradictorios y a menudo confusos: no solo acusó al papa San Calixto [3] de laxitud en lo relativo a la reconciliación de los pecadores [4], sino que, en su indignación, llegó incluso a incitar a un cisma, siendo elegido por sus seguidores como «obispo de Roma» en oposición al pontífice legítimo o, en términos más sencillos, el primer antipapa. Curiosamente, esta misteriosa figura acabó reconciliándose con el pontífice legítimo, Ponciano [5], y murió como mártir en el año 235 d. C.
¿Por qué, entonces, se le dio el nombre de «Tradición Apostólica»? La respuesta se basa enteramente en conjeturas. Resulta que en 1551, el arquitecto y anticuario Pirro Ligorio (c. 1512 – 1583) descubrió una estatua en el cementerio Tiburtino, cerca del Castro Pretorio en Roma, que describió como «rota y maltratada» [6]. Hoy en día, esta figura se presenta como un hombre que sostiene un libro, sentado en una postura que transmite tanto autoridad como el estatus de un filósofo:
Sin embargo, esto plantea una pregunta: ¿la estatua siempre ha tenido este aspecto? Dada la antigüedad que se le atribuye, parece estar notablemente bien conservada. La respuesta es no. Cuando Ligorio descubrió la estatua, le faltaba la parte superior del torso, y fue él quien la «reconstruyó». Antes de abordar por qué Ligorio decidió añadir el busto de un hombre y atribuir la estatua a Hipólito, debemos examinar primero cómo llegó a tal conclusión.
La estatua se encuentra sentada en un trono muy ornamentado que presenta inscripciones griegas; son estas las que dan respuesta a la decisión de Ligorio. Se pueden identificar tres grupos de inscripciones. En primer lugar, en el lado derecho del trono, hay un calendario lunar dividido en siete períodos de dieciséis años cada uno. [7] En segundo lugar, en el lado izquierdo, está grabada una tabla pascual de 112 años. [8] En tercer lugar, y lo más importante para nuestra investigación, hay un amplio grupo de inscripciones griegas cerca de la esquina superior derecha del respaldo del trono, en una posición bastante descentrada. Esta sección contiene una extensa lista de obras escritas, aunque resulta difícil determinar con exactitud cuántas son o a quién pertenecen; por ejemplo, no está claro si cada línea representa una obra concreta o simplemente partes de un título más largo.
Lo que sí se puede identificar, sin embargo, es que varias de estas inscripciones coinciden con las que Eusebio de Cesarea (260 – 339/340) atribuye a un tal «Hipólito, líder de otra iglesia en algún lugar». [9] Por ejemplo, ambos catálogos mencionan un calendario pascual dividido en períodos de dieciséis años durante el reinado del César Alejandro. [10]Además, la estatua incluye una mención explícita a la Tradición Apostólica (ἀποστολικὴ παράδοσις).
Es a partir de este punto donde se construyó una narración sobre Hipólito, basada en los relatos contradictorios e incompletos sobre él que se encuentran en los escritos de Eusebio de Cesarea, San Jerónimo, Eustracio de Constantinopla, el Catálogo Liberiano y Teófano, entre otras fuentes.
El relato reconstruido por Ligorio sería el siguiente: Hipólito era un presbítero romano que, debido a diferencias doctrinales irreconciliables y rencillas personales, se opuso al papa Zeferino y, posteriormente, a su sucesor, Calixto I. Cuando este último fue elevado a la Sede de Pedro, Hipólito, indignado, lideró un cisma, convirtiéndose en el primer antipapa. Finalmente, fue exiliado a Cerdeña, donde murió junto al papa Pontiano, con quien se había reconciliado antes de que ambos perecieran en el exilio. Más tarde, el papa Fabián [11] hizo traer los restos de Hipólito a Roma el 13 de agosto. Partiendo de esta hipótesis [12], Ligorio atribuye la estatua a Hipólito, a quien describe como el obispo de Roma, y «restaura» el torso de la estatua.
Esta reconstrucción hipotética ha sido objeto de numerosas críticas en los estudios académicos modernos. [13]
El papa Pío IV [14] añadió la siguiente inscripción al pedestal de la estatua: «Estatua de Hipólito, obispo de Portus, que vivió bajo el emperador Alejandro el Pío; extraída de las ruinas de la ciudad y restaurada por el sumo pontífice Pío IV de Médici». [15]
Como se puede observar, Pío IV se refiere a él como «obispo de Porto» (Portuensis episcopi) en lugar de obispo de Roma, tal y como había afirmado Ligorio. Esto se debe a que no fue hasta el descubrimiento de extractos inéditos de la obra Refutación de todas las herejías (mencionada anteriormente) cuando se le consideró definitivamente obispo de Roma; antes de ello, había existido un debate sobre si era obispo de Roma o de Porto. Así, «una vez considerado obispo de Porto, Hipólito pasó a ser considerado el primer y único antipapa canonizado de la historia». [16]
Lamentablemente, sin embargo, no es solo la historia de Hipólito la que se basa en suposiciones, sino la propia identidad de la estatua. En una ponencia de 1973 en la Pontificia Accademia Romana di Archeologia, Margherita Guarducci (1902-99) expuso los estudios que había estado llevando a cabo sobre la estatua. De todas sus observaciones, la más pertinente para nuestra investigación es la siguiente:
La parte superior de la estatua está cubierta por una toga —o, para ser más precisos, un ἱμάτιον—, mientras que una túnica (χιτών) finamente tallada cubre los tobillos. Sin embargo, la túnica hasta los tobillos forma parte, clásicamente, del atuendo femenino, y representarla de esta manera es un rasgo típico de las representaciones femeninas en la escultura griega. [17]
Esto llevó a Guarducci a afirmar que «¡el “santo doctor” es en realidad una doctora!» [18] En la misma línea, John Baldovin sostiene que «Las investigaciones recientes han demostrado, sin embargo, que la figura original no es la de un obispo, sino, muy probablemente, la de una mujer». [19]
Guarducci cuestionó no solo el sexo de la estatua, sino también la antigüedad de sus inscripciones, argumentando (y cito a Ginette Vagenheim): «En cuanto a la fecha de las inscripciones, no existe ningún elemento paleográfico concluyente que permita situarlas en el siglo III d. C.». [20] Las opiniones de Guarducci acabarían siendo aceptadas (al menos en lo que respecta al género de la estatua) por otros estudiosos, como Allen Brent en su libro Hippolytus and the Roman Church in the Third Century.
Ahora bien, sin pretender profundizar más en las complejidades de la cuestión, [21] habiendo demostrado ya que la estatua no representa realmente a Hipólito, y que no podemos fiar de la inscripción que figura en ella, volvamos una vez más a la figura del propio Hipólito. ¿Era realmente romano? Y, lo que es más importante, ¿cuál es la procedencia de la Tradición Apostólica?
Como se ha mencionado anteriormente, si seguimos la teoría tradicional, Hipólito era un rigorista, un conservador acérrimo con tendencias arcaizantes ya superadas para su época, que compuso un ordo para regular las comunidades bajo su cuidado pastoral durante su cisma.
La teoría de la autoría hipolita de la Tradición Apostólica ha sido ampliamente criticada en los últimos tiempos, en parte porque una mayoría cada vez mayor de estudiosos coincide, por ejemplo, en que los órdenes eclesiásticos son literatura viva, compuesta por varias capas de redacción en lugar de ser la obra coherente de un único autor. Por lo tanto, es muy probable que la Tradición Apostólica no sea obra de alguien llamado Hipólito, aunque tradiciones posteriores vincularan ese nombre a este escrito en concreto. [22]
El documento en cuestión ya no existe en su griego original; solo tenemos acceso a él a través de traducciones posteriores al copto (tanto en los dialectos sahídico como bohairico), al ge’ez (etíope) y al árabe, así como de una traducción latina del siglo IV (contenida en el Fragmentum Veronese); cada traducción presenta considerables lagunas, pero, en conjunto, permiten una reconstrucción aproximada del contenido del original.
Es por esta razón por la que John Baldovin ha concluido:
El título del documento en cuestión no es la Tradición Apostólica. No puede atribuirse a Hipólito, un autor cuyo corpus de comentarios bíblicos y tratados antieréticos es bastante conocido. De hecho, incluso es dudoso que el corpus de ese escritor pueda atribuirse realmente a un único autor. Por último, el documento no nos proporciona información certera sobre la práctica litúrgica de la Iglesia romana de principios del siglo III. [23]
Todo esto es importante porque, como sabemos (y examinaremos con mayor detalle más adelante), la Plegaria Eucarística II, la más utilizada del Missale Romanum de 1969, se inspira en la Anáfora de Hipólito contenida en la Tradición Apostólica, partiendo de la suposición de que representa un «retorno» a las prácticas de la Iglesia romana primitiva. Por lo tanto, si la anáfora no es de Hipólito, no es romana y no data del siglo III, nos encontramos claramente ante un problema: la reforma, al menos en este aspecto, se habría basado en una falsedad.
Sabemos que la Tradición Apostólica tuvo una gran influencia en Oriente, especialmente en las Constituciones Apostólicas, los Cánones de Hipólito y el Testamento de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, citando a Michael Uwe Lang, «su influencia en el desarrollo de la liturgia occidental fue mínima hasta las reformas litúrgicas del siglo XX».[24] Es por esta razón por la que el mismo autor concluye: «Debido a las incertidumbres sobre su fecha y lugar de origen, la versión latina de la Tradición Apostólica difícilmente puede considerarse una fuente de la liturgia romana de principios del siglo III». [25]
Algunos autores consideran que la obra es el producto colectivo de una escuela teológica que operaba bajo el seudónimo de Hipólito, más que el de un individuo concreto (trátese de la escuela hipolitana romana). [26] Por otra parte, Kenneth Stevenson atribuye sus orígenes a un presbítero de Siria más que de Roma, y señala: «Todo experto en liturgia de la Antigüedad sabe que Hipólito podría, en teoría, haber sido un falso arcaicista sirio, que actuaba por su cuenta y había caído en desgracia ante el Papa». [27] Además, con el paso del tiempo, la integridad del documento se pone cada vez más en duda; por ejemplo, Bradshaw lo describe como
una recopilación de material procedente de diferentes fuentes, muy posiblemente de distintas regiones geográficas y probablemente de diferentes períodos históricos, que podrían abarcar desde mediados del siglo II hasta mediados del siglo IV. [28]
Ya hemos abordado de forma breve y sucinta la Hippolytfrage (cuestión de Hipólito) en sus tres dimensiones: 1) la identidad de Hipólito, 2) la identidad de la estatua que se le atribuye, y 3) la autenticidad y la autoría de la Tradición Apostólica.
En cuanto a la primera cuestión, se ha establecido que, a día de hoy, se están poniendo en duda las hipótesis del siglo XX; no sabemos si Hipólito existió realmente tal y como se entiende tradicionalmente, ni sabemos si era romano o no.
En cuanto a la segunda cuestión, se ha establecido que la estatua no corresponde a Hipólito, ni siquiera a un hombre, sino a una mujer.
En cuanto a la tercera cuestión, se ha establecido que la Tradición Apostólica no puede atribuirse a una persona o lugar concretos y que, en cualquier caso, su autoría se sitúa en Oriente y no en Roma, sin haber tenido influencia alguna en el desarrollo litúrgico occidental. Algunos autores sugieren Alejandría como su lugar de origen (Jean Michel Hanssens).
Habiendo mencionado lo anterior, y antes de pasar al análisis del texto en sí y de la Plegaria Eucarística II, recordemos lo que ha afirmado Baldovin:
Existe una posibilidad muy real de que la Tradición Apostólica describa liturgias que nunca existieron. A fortiori, hay que actuar con gran cautela a la hora de recurrir a este documento para justificar los ritos contemporáneos. [29]
NOTAS
[1] Término francés que significa «vuelta a las fuentes»; concepto ampliamente utilizado durante los períodos conciliar y posconciliar, especialmente por los defensores de la Nouvelle théologie.
[2] Del griego ἀποστολικὴ παράδοσις.
[3] Pontificado entre los años 218 y 222 d. C.
[4] En Refutación de todas las herejías (título original: Φιλοσοφούμενα ἢ κατὰ πασῶν αἱρέσεων ἔλεγχος), libro IX, capítulo 7.
[5] Pontificado del 230 al 235 d. C.
[6] Biblioteca Nacional de Nápoles «Vittorio Emanuele III», ms. XIII.B.7, fol. 424: «questa imagine che siede rotta et mal trattata» («esta imagen que yace rota y maltratada»).
[7] Inscriptiones Christianæ Urbis Romæ septimo sæculo antiquiores, nova series, ed. Antonio Ferrua (Ciudad del Vaticano: Pontificium Institutum Archæologiæ Christianæ, 1980), vol. VII, n.º 19934:
ἔτους α´ βασιλείας Ἀλεξάνδρου αὐτοκράτορος ἐγέ / se produjo el sábado correspondiente a las fiestas de Pascua, en el mes de abril, que se celebrará en los años siguientes según / tal y como se establece en la tabla; y ocurrió en los doscientos / anteriores, tal y como se ha señalado; y deberá observarse / el ayuno el domingo en que caiga. «En el primer año del emperador romano Alejandro Severo, el día 14 de la luna pascual cayó en sábado, los idus de abril, durante un mes embolísmico. Para los años siguientes será como se indica en la tabla siguiente. Los acontecimientos del pasado fueron tal y como se han señalado. Hay que romper el ayuno cuando llegue el domingo». La traducción es de Alden A. Mosshammer, The Easter Computus and the Origins of the Christian Era, Oxford Early Christian Studies (Oxford: Oxford University Press, 2008), 117.
[8] Inscriptiones Christianæ Urbis Romæ septimo sæculo antiquiores, nova series, ed. Antonio Ferrua (Ciudad del Vaticano: Pontificium Institutum Archæologiæ Christianæ, 1980), vol. VII, n.º 19935:
ἔτει Ἀλεξάνδρου καίσαρος / τῷ α´ ἀρχὴ / αἱ κυριακαὶ τοῦ πάσχα κατὰ ἔτος / αἱ δὲ παρακεντήσεις δηλοῦσι τὴν δὶς πρὸ ἕξ. «Primer año de Alejandro César: los domingos de la Pascua año tras año: los puntos indican el año bisiesto». Traducción de Mosshammer, The Easter Computus, 117.
[9] En Historia eclesiástica (título original: Ἐκκλησιαστικὴ Ἱστορία), libro VI, capítulo 20, punto 2. Cabe destacar que Eusebio se refiere a Hipólito simplemente como un «líder» (προεστὼς) y no con un título eclesiástico como obispo o presbítero. (El texto griego original dice: ὡσαύτως δὲ καὶ Ἱππόλυτος, ἑτέρας που καὶ αὐτὸς προεστὼς ἐκκλησίας.)
[10] Eusebio de Cesarea señala lo siguiente en la obra antes mencionada: «Él (Hipólito) presenta una tabla cronológica y establece un canon pascual de 16 años, definiendo el período hasta el primer año del emperador Alejandro». En Historia eclesiástica, libro VI, capítulo 22, punto 1. (El texto griego original dice: τὸ Περὶ τοῦ πάσχα πεποίηται σύγγραμμα, ἐν ᾧ τῶν χρόνων ἀναγραφὴν ἐκθέμενος καί τινα κανόνα ἑκκαιδεκαετηρίδος περὶ τοῦ πάσχα προθείς, en el que describe los años a partir del primer año del reinado del emperador Alejandro.)
[11] Pontificado entre los años 236 y 250 d. C.
[12] El propio Ligorio lo expresa de la siguiente manera: «Entre la Vía Nomentana y el camino a Tívoli, fuera de las murallas de Roma y no lejos del Castro […], se halló esta imagen sentada, rota y maltratada; a ambos lados del asiento figuran estas inscripciones en griego; de este obispo, […]; y se considera que se trata de San Hipólito, de quien Eusebio habla con tanto honor; pero no dice de qué diócesis era. Solo Teófano escribe que era romano y que era obispo». (Del original italiano: «Entre la vía Nomentana y la de Tívoli, fuera de las murallas de Roma, y poco lejos del Castro […], en ciertas ruinas, se encontró esta imagen sentada, rota y maltratada; a ambos lados del asiento se encuentran estos inscripciones en griego; de este obispo, […]; y se cree que se trata de aquel santo Hipólito al que Eusebio menciona con honor; pero no dice de qué diócesis era. Solo escribe Teófano que era romano y que fue obispo.»)
[13] Véase Pierre Nautin, Hippolyte et Josipe: contribution à l’histoire de la littérature chrétienne du troisième siècle(París: Éditions du Cerf, 1947).
[14] Pontificado de 1559 a 1565 d. C.
[15] Paweł Nowakowski, Cult of Saints, E05385 –
Disponible en: http://csla.history.ox.ac.uk/record.php?recid=E05385
[16] András Handl, «Un filósofo con barba espesa en ropa interior femenina: deconstrucción y reconstrucción de la identidad de la llamada estatua de Hipólito», Louvain Studies 44 (2021): 350, https://doi.org/10.2143/LS.44.4.3290040.
[17] Handl, «Un filósofo de barba espesa», 351-352.
[18] «¡El “santo doctor” es, en realidad, una doctora!». Margherita Guarducci, «La estatua de “San Hipólito” en el Vaticano», Rendiconti della Pontificia Accademia Romana di Archeologia 47 (1974-1975): 163-190, citado en Handl, «A Heavily Bearded Philosopher», 353.
[19] John F. Baldovin, «Hippolytus and the Apostolic Tradition: Recent Research and Commentary», Theological Studies64, n.º 3 (2003): 522.
[20] Ginette Vagenheim. Pirro Ligorio y la restauración de la estatua de San Hipólito en la Biblioteca Vaticana. 2025. ⟨hal-05401992⟩. Pág. 19. Disponible en https://hal.science/hal-05401992v1/document
[21] «Cuestión hipolita» en alemán.
[22] Handl, «Un filósofo de barba tupida», 360.
[23] Baldovin, «Hipólito y la Tradición Apostólica», 521.
[24] Michael Uwe Lang, La misa romana: desde los orígenes del cristianismo hasta la reforma tridentina. (Cambridge University Press, 29 de septiembre de 2022), capítulo 3, Kindle.
[25] Ibíd.
[26] En este sentido, Brent, citado por Baldovin en «Hipólito y la Tradición Apostólica», 525.
[27] Kenneth Stevenson, Eucaristía y ofrenda (Nueva York: Pueblo, 1986), 9.
[28] Johnson Bradshaw, citado por Lang en La misa romana, capítulo 3, Kindle.
[29] Baldovin, «Hipólito y la Tradición Apostólica», 542, el énfasis es mío.
Fuente: New Liturgical Movement


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En su obra magna de 1966 sobre la eucaristía, el propio Louis Bouyer ya dice que la atribución de la tradición apostólica a san Hipólito tiene poca base, y que incluso puede que se confundan dos Hipólitos diferentes al confeccionar muy posteriormente su biografía. Asimismo, rastrea que la liturgia más antigua era realmente la romana inspirada en la alejandrina de san Marcos (que luego los propios coptos modificaron con la de san Cirilo). Él especulaba con que los fragmentos atribuidos a Hipólito eran obra en realidad de un rigorista antioqueno que pensaba que el canon romano se estaba desviando de la plegaria original. es decir, que en realidad sería un intento POSTERIOR de modificar el canon romano original, a partir del cual se fue creando la liturgia romana que conocemos hasta la reforma bugniniana, con modificaciones y adiciones a través de los siglos, por supuesto.
nachet
En el blog New Liturgical Movement (17- sept- 2014) Gregory Dipippo recuerda al liturgista Bouvier, un extracto de cuyas memorias acababa de publicar el diario italiano L’Espresso en su edición digital, con firma de Sandro Magister . Muy iluminador sobre cómo se hicieron las cosas:
(El padre Bouyer, amigo personal de Pablo VI, fue uno de los primeros en denunciar abierta y honestamente lo que él (y muchos otros, por supuesto) consideraban el fracaso de estas reformas, en su libro «La descomposición del catolicismo«)
Corto y pego:
…»Fue Bouyer quien tuvo que fijar in extremis la horrible fórmula
de la nueva SEGUNDA PLEGARIA EUCARÍSTICA, de la que Bugnini quería eliminar incluso el “Sanctus”. Y una noche, en la mesa de una trattoria en Trastevere, tuvo que reescribir el texto del nuevo canon que se lee hoy en la Misa, junto con el liturgista benedictino Bernard Botte, con la preocupación añadida de tener que entregarlo todo a la mañana siguiente.
Pero lo peor es cuando Bouyer recuerda el perentorio “El Papa lo quiere así” con el que Bugnini silenciaba a los miembros de la comisión cada vez que se oponían a él; por ejemplo, en el desmantelamiento de la liturgia para los muertos, o en la purga del Oficio Divino de los Salmos con versículos “imprecatorios” ( es decir, maldiciones ).
Pablo VI, conversando después con Bouyer sobre una de estas reformas «que el Papa se había encontrado aprobando sin estar en absoluto más satisfecho con ella que yo», le preguntó: «¿Pero por qué se enredaron todos ustedes en esta reforma (en particular)?». Y Bouyer respondió: «Porque Bugnini nos aseguró que usted la deseaba absolutamente». A lo que Pablo VI replicó: «¿Pero es posible? Me dijo que la aprobaron por unanimidad…».
…Pablo VI exilió al «despreciable» Bugnini en Teherán como nuncio, recuerda Bouyer en sus «Memorias», pero cuando el daño ya estaba hecho»…
Parafraseando a Marie-Jeanne Roland de la Platiere:
O Sancte Hippolyte, quanta scelera in nomine tuo commissa sunt!
-Lobo de Cryn
Hola y muchas gracias. Quedo pendiente de la segunda parte.
Muy interesante.
El canon II tiene un efecto habitual en la celebración: hipertrofia la liturgia de la Palabra e hipotrofia la de la Eucaristía.
Coincido pero hago una precisión, en mi opinión no es tanto que la Plegaria Eucarística II hipertrofie la liturgia de la Palabra sino que muchos sacerdotes se extienden en sus homilías, generalmente para no decir nada valioso, o muy poco, y a veces incluso decir tonterías. El resultado es que luego aprietan la liturgia Eucarística para compensar sus desvaríos, la Plegaria II se vuelve imprescindible por su brevedad. Se suma a esto, además, que consideran que la liturgia eucarística es una parte «aburrida» de la Santa Misa, que el pueblo no presta atención al contenido de la Plegaria (es lógico, la gente ya se cansó de escuchar al cura predicar liviandades) y entonces es un trámite que, cuanto más rápido, mejor.
En el fondo hay desdén por el pueblo fiel, al cual se lo considera incapaz de apreciar la riqueza de la liturgia y al que hay que hablarle muy «sencillo» porque si no, no entiende. La sencillez, las más de las veces, es simplemente mediocridad.
No quiero generalizar indebidamente. Hay pastores y pastores, pero lo que describo lo he visto en reiteradas oportunidades.
Marcellus
Parece que deban muchos sacerdotes hacer caso de Francis, de homilías de 10 minutos, quien me iba a decir que, repetiría favorablemente al «amado predecesor» y hace poco, hubo en el sitio otra recomendación del mismísimo Wanderer a los obispos argentinos.
Excelente artículo y espero con ansias leer la segunda entrega.
En cuanto a ese tal Hipólito: Poco sabemos, y por algo debe ser así. El Espíritu Santo se encarga de inmortalizar aquellos nombres importantes para la historia de nuestra fe. Por ejemplo, la Biblia cuando quiere inmortalizar un nombre lo menciona, aún hasta cuando se trata de un asunto pequeño, para bien o para ejemplo de lo malo lo menciona y lo inmortaliza. Lo mismo ocurre con nuestra extensa historia de Doctores de la Ley y grandes Santos que han dejado ricos legados y son muy bien recordados. En cambio, este tal «Hipólito» casi ni aparece en ninguna parte, y muy poco se sabe sobre quién fue, primera señal de que el Espíritu Santo no ha querido que trascienda su legado ni ha hecho justicia por su historia, y por algo será. Por lo tanto, todo lo supuestamente procedente de este tal «Hipólito» debería ser tomado con pinzas y cuidado.
En segundo lugar, más allá de quien haya sido o no este supuesto Obispo o anti Papa, nos queda el tema de la Plegaria Eucarística II. Entiendo que una Plegaria tan importante no deberia ser justificada por su supuesta procedencia histórica, sino por su contenido. Así como está ¿Es correcta? ¿Es doctrinal? ¿Es la que más conviene? Esperemos leer este debate en la segunda entrega. Saludos Cordiales.
Lo importante de «Hipólito» no es si la escribió o recogió él, sino si se tiene seguridad de que se utilizase en la liturgia por los primeros cristianos; porque el arqueologismo teológico va de eso.
De entrada es raro que algo tan importante no haya dejado trazas. Precisamente siendo una plegaria eucarística tendría que haberse conservado de alguna manera.
Por otra parte, ¿por qué tiene que haber varias plegarias eucarísticas?
(I, II, III, IV, + 2 para la reconciliación, + 4 para diversas necesidades o circunstancias, + 3 para misas de niños)
¿Para quitarle el carácter sagrado ?
La misa es un sacrificio incruento; no es una agrupación de protestantes cantando salmos e himnos.
Totalmente de acuerdo, va en línea con lo que comenté: es sospechoso cuando algo «importante» no deja traza en el tiempo. Sabemos que la Palabra del Verbo es palabra eterna (El Cielo y la tierra pasarán, más mi Palabra no pasará), por lo tanto todo lo que es anatema y contrario al Verbo, indefectiblemente está destinado a ser apartado, «olvidado», borrado del tiempo y de la historia.
Justamente esta «plegaria» no está muy bien recordada ni registrada entre los antíguos, por lo tanto, eso ya la hace bastante sospechosa. Si en cambio tuviera el respaldo del Verbo Eterno, sería Cánon e indudable (como lo es por ejemplo, el rezo del Padre Nuestro). Ahora, más allá de todo esto, creo que su contenido es lo más interesante de estudiar, tema que probablemente quede para la parte II de esta entrega.
Me recuerda a lo que Umberto Eco hace decir a Jorge de Burgos en el Nombre de la Rosa, cuando se debate la sobre un libro perdido de Aristóteles ¿Por qué esta perdido?:
«Porque la Divina Providencia no quiere que las cosas vanas se glorifiquen».
Sea como fuere, el Canon que la Iglesia romana tomo como suyo propio por mas de un milenio no se parece en nada a la supuesta anáfora de san Hipólito, es decir, los Papas, los sacerdotes y los fieles de rito latino desde tiempos antiguos (hasta los locos 1960) prefirieron usar como mas apropiado para el sacrificio de la Misa y para la adoración a Dios el Canon romano, a la que supuestamente era la plegaria mas antigua y apostolica disponible, si es que lo fue. ¿Y porque?
«Porque la Divina Voluntad así quiso ser glorificada».
-Lobo de Cryn
Brillante. Creo que estamos todos de acuerdo en este tema. El origen dudoso, olvidado y nunca observado por el Canon romano a lo largo de la historia de esta Plegaria la hace increiblemente sospechosa. Será entonces la Divina Voluntad quien se encargará de enmendar las cosas, le guste a quien le guste, y será implacable.
Por cierto, hermosa la cita de Umberto Eco en el Nombre de la Rosa, una de sus obras literarias (con cinematografia incluida) que más admiro y disfruto.
Lobo de Cryn, a veces las cosas se pierden simplemente porque hay negligencia de parte de quienes debieran conservarlas u otros motivos ajenos a éstos. No todo es tan providencial.
Estimado Anónimo 1 de septiembre de 2026 a las 08:20
Todo es providencial, porque nada pasa en la Historia si el Señor de la Historia así no lo permitía. Y más en cuestiones de liturgia.
Lobo de Cryn
¿Por qué esta perdido?:
«Porque la Divina Providencia no quiere que las cosas vanas se glorifiquen».
Humberto Eco era agnóstico y mucho de lo que dice está equivocado o discutido.
La cultura clásica casi desaparece simplemente porque desaparecen las condiciones para ser transmitida, porque cuesta tiempo y dinero (hay que copiar a mano, palabra por palabra, y hay que guardarlo en algún sitio seguro). Respecto a las Bellas Artes, necesitas una economía que requiera esos productos para que se formen profesionales y vivan de ello; y si no, no)
El problema es que en la sociedad del Bajo Imperio/invasiones bárbaras, se da un fenómeno de reversión de la ciudad al campo, perdiéndose la economía (y la necesidad ) que fomentaron otro mundo y volviendo hacia lo que había antes de la romanización (no de una manera integral, naturalmente: la gente hablaba un latín vulgar simplificado y existían las iglesias, monasterios y obispos cristianos).
En concreto los libros se escribían en general en papiros (tallos de plantas palustres aplastados, trenzados y pulidos) y esto tenía una duración media de 40 años; lo que significa que había que recopiar la obra entera antes de que se disgregase el papiro.
Como era un material frágil, no se podía plegar y se utilizaba en rollos que se desplegaban para poder leerlos; pero esto también daña al papiro.
Si no había un interés especial en la obra, no se copiaba y se perdía.
A partir del siglo I existían ya los códices (similares a nuestros libros ) hechos de pieles de animales curtidas y alisadas (pergamino ), pero esto era muy caro y estaba reservado a obras muy especiales (ej evangelarios).
De alguna manera Eco, como otros ilustrados y la masonería echan la culpa a la Iglesia (y no a ninguna otra institución pública o privada) de no haber querido salvar la cultura clásica; o aun peor, de haberla destruido a propósito (por ser anticristiana).
Sin embargo los monasterios, por la función a que se dedican, no tenían ninguna obligación de salvar nada, porque esa no era su tarea. Su función era el culto divino y facilitar a los monjes la vida en común para poder centrarse en su relación personal con Dios y salvarse.
¿O usted tiene alguna obligación de salvar la cultura clásica, aunque sea en español ?
Ya ve cómo Humberto Eco responde:
¿Por qué esta perdido?:
«Porque la Divina Providencia» (es decir el Dios cristiano)
«no quiere» (¿cómo lo sabe?)
que «las cosas vanas» efectivamente para un cristiano (pero también para un filósofo; hoy, también, para alguien que reciba terapia conductual) son cosas vanas; en el sentido de que hay otras cosas mucho más importantes. Y en efecto, hay muchas cosas mucho más importantes.
«se glorifiquen». ¡Claro!. porque sólo hay que glorificar a Dios.
Sin embargo lo importante de la vida religiosa es vivir con las virtudes; y no es virtuosa persona que se glorifica, aunque sea a través del estudio o la creación.
Si Dios no quiere (para que el hombre no sea como él -Génesis 3), el culpable entonces es Su religión (y no otras) y en concreto los miembros de esa religión (los medievales, atrasados e intolerantes «frailes»). Ésta es la prueba.
Humberto Eco, por su profesión (profesor de semiótica) estaba en posición de poder saber qué pasó; y sin embargo vive los mismos prejuicios que la masonería transmite. Para engañar.
«La Verdad os hará libres»
Anónimo 29/8/26 16:42: Este «tal Hipólito«, del que tan irrespetuosamente habla, es un santo mártir venerado por la Iglesia desde hace siglos. Tan santo como cualquiera de los otros a los que usted alude. Entiendo que la cuestión de la plegaria eucarística que se asocia a él es polémica, pero eso no quita mérito alguno a la persona real, que existió verdaderamente y dio su vida por Cristo. El hecho de que no se conozca tanto sobre su vida no lo convierte en un «santo de segunda». El martirologio y el misal romano tridentino están llenos de santos sobre cuya vida poco o nada se sabe. Ni hablar de Santa Filomena o San Expedito, que ni siquiera se sabe si han existido.
Entiendo que las críticas no son a que se conozca poco de la vida del santo sino de la obra escrita del santo. Y eso sí es relevante, porque indica que esa obra no fue recibida como parte de la Tradición, cosa que ocurre con el resto de los textos patrísticos.
También es conocido por liderar un cisma en la Iglesia y es designado como el primer anti-Papa de nuestra historia. Son dos «red flags» bastante importantes a tener muy en cuenta, no son cosas menores. Además de que es imposible atribuirle la invención de la Plegaria II, usada en su nombre.
Estimado Wanderer
Me alegra que se discuta la cuestión de Hipólito en español. Es un corpus grande, heterogéneo, y no parece que nadie domine todos los idiomas necesarios: eslavónico, georgiano, armenio, siríaco, griego, latín, árabe, copto y etíope. Nueve idiomas. Yo dos los leo de corrido y otros dos con diccionario: a este ritmo nunca voy a llegar a ser un erudito de «Hipólito» 🙂
Mi especulación es que primero hubo un auténtico antipapa Romano que se arrepintió, y tenía escritas algunas obras como El Anticristo y algunos comentarios bíblicos y quizá lo que conocemos hoy como libro I de los philosophoumena.
Segundo, alguien a mediados del III tenía una colección de Hipólito junto a otros materiales como la homilía pascual, los demás comentarios, algún cómputo pascual, las bendiciones de los patriarcas, la lista de los 72 discípulos, etc, y por error toda la colección quedó bajo nombre Hipólito.
Y en tiempos modernos, Hipólito fue un nombre suficientemente conocido para agarrarse de él y suficientemente desconocido para no levantar sospechas. De modo que cualquier texto descubierto en el siglo XIX y vagamente relacionado a los inicios del III podía imprimirse bajo «Hipólito» (exagero, pero no tanto) así tenemos el resto de las Philosophoumena, Chronicon Paschale, adversus iudaeus, y la susodicha Tradición Apostólica, (etc).
Andr B
Un artículo interesantísimo y muy erudito. Sin embargo, quisiera hacer una objeción que a algunos seguramente parecerá pedante y superflua, pero que quizá no lo sea tanto. El autor, citando a Eusebio, traduce προεστὼς como „líder“, omitiendo el contexto en que se sitúa este término. En párrafo en cuestión dice:
ὡσαύτως δὲ καὶ Ἱππόλυτος, ἑτέρας που καὶ αὐτὸς προεστὼς ἐκκλησίας.
„igual que Hipólito, que era él también cabeza de otra iglesia“
Este „igual que“ (ὡσαύτως δὲ καὶ) se refiere a un personaje mencionado inmediatamente antes, Berilo, obispo de los árabes de Bostra (ἐπίσκοπος δ’ οὗτος ἦν τῶν κατὰ Βόστραν Ἀράβων).
La traducción de προεστὼς como „líder“ es defectuosa e inapropiada. En primer lugar, se trata de un anglicismo que, aunque aceptado por la Real Academia, es innecesario, pues en buen español hay diversos términos propios mucho menos vagos que éste, que se está introduciendo de modo subrepticio en diversos idiomas, tergiversando peligrosamente el sentido de las palabras y por esta vía modificando la percepción de la realidad. El „liderazgo“ en el sentido anglosajón del vocablo „leader“ posee unas connotaciones que nada tienen que ver con el contexto eclesiástico y religioso. La confusión es peligrosa.
En el contexto que nos ocupa los términos „cabeza“ o „pastor“ reflejan mucho mejor el sentido de προεστὼς ἐκκλησίας, que al latín podría traducirse como „praeses ecclesiae“, „el que preside una iglesia“. Ahora bien, ¿quién es el que „preside“ una iglesia sino su obispo? Eusebio equipara claramente a Hipólito con Berilo:
ἑτέρας που καὶ αὐτὸς προεστὼς ἐκκλησίας
que era él también cabeza de otra iglesia
La palabra ἑτέρας (otra), referida a la iglesia que preside Hipólito, la diferencia de la de Berilo y al mismo tiempo equipara la posición de ambos personajes en sus respectivas comunidades. El autor del artículo afirma, a mi juicio erróneramente, que „cabe destacar que Eusebio se refiere a Hipólito simplemente como un «líder» (προεστὼς) y no con un título eclesiástico como obispo o presbítero“, sin reconocer que el uso de προεστὼς es simplemente un recurso estilístico para no repetir el vocablo ἐπίσκοπος, sin que ello señale diferencia jerárquica alguna. En consecuencia, el Hipólito del que habla Eusebio era un obispo, de eso no puede haber duda, al margen de todas las demás inseguridades que existan en torno a su identidad y a la autoría de los textos que se le atribuyen.
No me parece un aporte pedante o soberbio. Me parece muy apropiado, porque en estas cuestiones hay que ser particularmente cuidadoso en lo que se escribe y se afirma.
A mí también me disonó la traducción de manera, digamos, instintiva, sin conocer el contexto de la palabra. ¡Gracias por el aporte!
Anaximingo.
Fascinante investigación de cómo la Plegaria Eucarística II se basa en una narrativa sostenida con pinzas y que resulta ser falsa.
Más allá del caso concreto, creo que es una ilustración excelente del método que llevó a la reforma conciliar y postconciliar. Se rechaza la tradición en favor de teorías de los expertos, de los periti. No hay nadie más orgulloso que alguien que cree saber más que nadie sobre un tema. Descarta en un plumazo milenios de tradición para proponer teorías peregrinas que a él le parecen geniales y que demuestran su superioridad intelectual. Esto no es exclusivo de la Iglesia: el mundo intelectual secular está lleno de este tipo de gente.
El concilio se fraguó en los años 60, una época optimista en que se creía que el progreso sería infinito y que llevaría a la utopía. Económicamente, fue una etapa prospera, tecnológicamente avanzada y parecía que la humanidad podía desechar todo lo viejo y hacer algo mejor. En realidad, sólo se estaban rompiendo los fundamentos de la civilización en una orgía de destrucción, que fue muy divertida, pero cuyos efectos vemos ahora y veremos aún más en el futuro.
En este clima, parecía que la Iglesia también debía modernizarse y la tradición era una rémora que impedía entrar en este futuro luminoso. Es por ello que se desechó todo lo que se pudo y se sustituyó por fórmulas nuevas. ¿Órganos? ¿Canto en latín? Mejor guitarritas que estaban de moda en aquel tiempo y que eran modernas. ¿El Padre Nuestro con música de Simon & Garfunkel? Mejor que esas canciones viejas. Somos modernos, baby.
(Los jóvenes de aquella época, que hoy dirigen la iglesia, aún sienten que la guitarra folk es algo moderno, lo que no cree nadie con menos de 65 años. En sus ojos, ellos son eternamente jóvenes y están haciendo eternamente la revolución contra sus aburridos padres conservadores, que ya están muertos,. Esto pasa a muchos de esa generación, dentro y fuera de la Iglesia)
El problema es que la Iglesia es una institución sumamente conservadora y no se podía plantear la reforma así, al menos en aquellos años, en que los fieles aún tenían un sentido de la tradición. Entonces se usó la vieja confiable de Lutero y los protestantes. La innovación no se presenta como innovación sino como una restauración de algo primitivo que ha ido degenerado con el tiempo.
Por eso, se agarran de un supuesto texto de Hipólito, distorsionando su texto. Porque nunca se trató de ser fiel a Hipólito o a la iglesia primitiva. Se trató de usar cualquier excusa antigua para desechar la tradición e innovar. Lo importante no es quien fuera Hipólito (a todas luces, un personaje completamente oscuro y sin importancia: hemos tenido gente mucho más importante para basar una reforma). Ni a ninguno de los «reformadores» les importaba un pito Hipólito (entre otras cosas, porque Hipólito nunca ha importado un pito a nadie: no es San Agustín o Santo Tomás de Aquino). Lo importante es que Hipólito da una excusa para hacer lo que queremos. Cuando un rígido, inidietrista, conservador nos diga que la plegaria es nueva, le diremos «No, se remonta a Hipólito» y le callaremos la boca.
Este método no solo se usó en la plegaria, sino en muchos otros aspectos de la revolución conciliar y postconciliar, pero este texto ya es muy largo. Eso era en aquel tiempo. Ahora ya no hace falta. Ahora el Tucho puede decir, por ejemplo, que la Iglesia estaba equivocada al excluir a ciertas personas a la comunión (refiriéndose a los adúlteros) y no tiene que apelar que vuelve a la iglesia primitiva. O cierto jerarca católico ha dicho que la Iglesia ha tratado a los fieles como sujetos pasivos (parafraseando) y no tiene que disimular con la maniobra de Lutero, diciendo que al principio no era así. Porque ya los fieles están muy adoctrinados con la teoría hegeliana del progreso y ya no hay que fingir un retorno a las raíces antiguas. No es que se vuelve a algo antiguo, es que lo nuevo es lo mejor. Somos modernos, baby.
Esto no tiene nada que ver con el Concilio (que votó democráticamente dejar la misa como estaba y las partes más importantes en latín).
Esto tiene que ver con la comisión litúrgica dirigida (προεστὼς en sentido anglosajón) por padre paúl Bugnini, director desde 1947 de la revista «Ephemerides liturgicae» dedicada a la reforma litúrgica.
Este señor fue nombrado por Pio XII secretario de la Comisión de Reforma Litúrgica, que modificó en 1951 la Vigilia Pascal y en 1955 el resto de las ceremonias de la Semana Santa. También rehízo el Breviario.
Juan XXIII le nombró secretario de la comisión de Liturgia para el Concilio y Pablo VI le nombró secretario del Consilium ad exequendam Constitutionem de Sacra Liturgia y en mayo de 1969 fue nombrado secretario de la Congregación para el Culto Divino.
Bugnini despachaba directamente con Pablo VI la reforma del misal romano, que aprobó personalmente todo lo que Bugnini le sometía; por lo que la responsabilidad final de sus idioteces recae directamente en Montini, un hombre que ha resultado muy por debajo de sus cargos y honores («quod natura non dat»…etc )
Muchas gracias por sus comentarios. Soy de Ecuador, tengo 73 años, de los cuales pasé 40 años con los modernistas del Camino Neocatecenal y no sabe cómo añoro poder vivir una Santa Misa Tradicional. He regresado a la Iglesia de siempre, aunque con toda la revolución litúrgica, no me queda más, que valorar lo que hay
Parece ser que la razón de hacer la misa participativa (yo sospecho de todos modos que hay una razón de unidad con los protestantes y de nacionalismo) era que los fieles estuviesen más concentrados en lo que hacen y que, al participar ellos mismos, fuesen mejor cristianos.
No ha pasado.
Antes bien, los fieles han abandonado en masa estas liturgias protestantizantes (como ya sucedió con los protestantes)
Pero ¿por qué ?
En realidad debería de haber funcionado; pero, creo yo, precisamente porque se requiere a un especialista (y no se da), los fieles dejan de darle importancia.
Me viene a la cabeza el ejemplo de los médicos, en los que llevar bata blanca o no afecta a sus poderes de curación.
Se sabe, científicamente, que las medicinas amargas y las caras tienen más fuerza curativa que las dulces y las baratas.
Es decir, que son las espectativas del enfermo lo que influye en su curación.
En cualquier caso recuerde que la liturgia es un medio para un fin: la salvación eterna.
Trae también un premio inesperado el estar en paz con Dios, con el prójimo y con uno mismo; no sólo en el mundo que ha de venir, sino aquí y ahora.
Ese también es un buen argumento aunque no parezca tan importante.
Si la plegaria eucarística II fuera tan antigua e importante para los primeros cristianos como mienten descaradamente, san Hipólito de Roma hubiera sido muy venerado desde tiempos antiguos. Y no, solo esta en el catalogo de los mártires porque se reconcilio con el verdadero Papa, sino hubiera muerto como un cismático de un cisma de barrio, ni siquiera de los grandes cismas que hasta hoy perduran.
No devocion, no relevancia.
-Lobo de Cryn
Si realmente esa plegaria eucarística era usada y tan antigua, ¿por qué se cambió y cuándo ?
Es que estamos hablando de una cosa de lo más importante, sagrada, lo que por naturaleza hace que se conserve y no se cambie.
Por ejemplo mire lo que pasa con el rezo de los salmos (en
latín ):
Resulta que cuando San Jerónimo tradujo la Biblia del hebreo al latín, los salmos siguieron siendo rezados con una tradición anterior. (hay varias tradiciones, 2 traducidas tambiénpor San Jerónimo)
¿Extraño ?
Pues resulta que cuando los divinos ingleses tradujeron la Biblia (Versión Autorizada/del Rey Jacobo), los capítulos catedralicios siguieron cantando una traducción de los salmos anterior (Coverdale)
Si «la Iglesia también debía modernizarse y la tradición era una rémora que impedía entrar en este futuro luminoso»…
¿Por qué se acude a un personaje de finales del siglo II-principios del III?
Lo lógico es acudir a un personaje mucho más «moderno».
Entiendo que en esa época todavía no había hecho sus películas Steven Spielberg; pero ¿por qué no Blake Edwards?…¿2.001, A Space Odyssey?