Por Pedro Dabin*
Trascurría enero de 1973 cuando el sur mendocino, acostumbrado a ver pasar obispos casi en puntas de pie, recibió la noticia del nombramiento de un nuevo pastor. Nadie apostaba demasiado por su permanencia. San Rafael era, en la lógica de las carreras eclesiásticas, una sede menor y una escala breve antes de destinos más «promisorios». Cuando alguien se animó a preguntarle cuánto duraría esta vez, el recién llegado zanjó la cuestión con una frase que terminaría siendo su epitafio pastoral: «Yo he venido para quedarme».
Se quedó dieciocho años. Y en ese tiempo, León Kruk Manulac -hijo de inmigrantes eslavos, formado en el Litoral, consagrado por su propio mentor- transformó una diócesis periférica en uno de los fenómenos vocacionales más comentados -y más discutidos- del catolicismo argentino del siglo XX. Al cumplirse el centenario de su nacimiento (1926-2026), vale la pena recorrer su figura con calma.
Una aclaración metodológica necesaria
Antes de entrar en materia, una aclaración que hace a la honestidad intelectual de este trabajo. Para reconstruir el episcopado de Kruk he recurrido, deliberadamente, a historiadores y sociólogos -Fortunato Mallimaci, Loris Zanatta, Roberto Di Stéfano, Juan Cruz Esquivel, Mariano Fabris, Verónica Giménez Béliveau- cuya mirada sobre el catolicismo tradicional argentino difiere mucho de ser simpatizante, y en no pocos casos es abiertamente crítica. No lo hago por adherir a sus premisas ideológicas, sino porque el rigor exige contrastar fuentes y no encerrarse en el propio espejo. Solo así es posible calibrar con objetividad el verdadero peso del episcopado sanrafaelino.
Esa confrontación de fuentes revela, de entrada, una tensión de fondo. Mientras la historiografía sociológica tiende a leer el célebre «efecto San Rafael» como un simple episodio de neoconservadurismo eclesial, la narrativa confesional lo venera sin matices como un bastión de integridad sacerdotal. Este texto no pretende resolver ese debate binario, sino trascenderlo. La intención es devolverle a Kruk el espesor real de su figura, la de un pastor con visión de gobierno pastoral, sentido de urgencia ante la crisis vocacional de su tiempo, compromiso social concreto y una entrega casi obsesiva a la formación del clero.
De Misiones a Corrientes y los años de formación
León Kruk nació el 30 de noviembre de 1926 en Concepción de la Sierra, Misiones -aunque, por la ausencia de registro civil en su pueblo natal, fue inscripto en la vecina Apóstoles-. Era hijo de Juan Kruk y Angélica Manulac, inmigrantes de Galitzia (hoy repartida entre Polonia y Ucrania), frecuentemente registrados como «polacos» en la documentación de entreguerras por los vaivenes geopolíticos de la época.
Algunas tradiciones locales sostienen que fue bautizado e iniciado en la fe dentro del rito bizantino greco-católico ucraniano, aunque la escasez de clero oriental en aquellos años impide una certeza documental concluyente al respecto. Sea como fuere, esa raíz litúrgica y cultural -sumada a la fe austera y laboriosa de las colonias del noreste- parece haber moldeado desde muy joven su temperamento espiritual.
Sin Seminario Mayor en la región durante las décadas de 1940 y 1950, debió trasladarse a Buenos Aires, al Seminario Metropolitano de Villa Devoto, donde cursó filosofía y teología. Fue ordenado sacerdote en 1954, incardinado en Corrientes. Allí resultaría decisiva la figura de Monseñor Francisco Vicentín, obispo y luego arzobispo local durante treinta y siete años, de quien recibió un sentido riguroso del deber y una disciplina eclesiástica sin concesiones. Posteriormente, como Vicario General y párroco de Mercedes, Kruk desplegó un ministerio centrado en la catequesis, las misiones populares y la atención de la religiosidad campesina con estricta fidelidad al Magisterio romano.
Ese mismo magisterio recibido en el Litoral marcaría, años después, su propia manera de gobernar una diócesis.
La firma que cambió de bando
Hay un episodio de la biografía de Kruk que la historiografía suele destacar, y que merece contarse sin idealizar, porque ilustra mejor que cualquier discurso la fractura que atravesó al clero argentino postconciliar.
En abril de 1968, el incipiente Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) hizo circular el Documento n.° 34, «Hacia una sociedad más justa», redactado en la antesala de Medellín y bajo el influjo de Populorum Progressio y Gaudium et Spes. El texto denunciaba el orden socioeconómico vigente como una forma de violencia institucionalizada y reclamaba reformas estructurales de fondo. El presbítero León Kruk lo firmó en Corrientes, movido -cabe suponerlo- por la atención pastoral al campesinado empobrecido que conocía de primera mano.
Dos años después, el clima había cambiado radicalmente. El secuestro y asesinato del general Aramburu en mayo de 1970 aceleró la radicalización de los sectores tercermundistas y, con ella, la reacción del sector tradicionalista del clero. En julio de ese año, la agrupación «Sacerdotes Argentinos» publicó un manifiesto contra la penetración de la teología marxista, difundido por La Nación y La Prensa el 2 de agosto. Este hecho es considerado por la historiografía (Catoggio, 2008; Martín, 1992; Bresci, 1994; Zanatta, 1996 y 2000) como el acta fundacional de la contraofensiva integrista. Kruk, siendo Vicario General de Corrientes, también estampó allí su firma.
Dos documentos, dos firmas, dos años de diferencia. Ese itinerario -del compromiso con la pobreza rural al rechazo de la lucha de clases y la justificación de la violencia armada- resume, a escala biográfica, el recorrido de buena parte del clero argentino de aquel bienio crítico. Este episodio anticipa el modo en que Kruk conduciría la diócesis de San Rafael. Su trabajo pastoral se caracterizó por sostener la ortodoxia doctrinal sin abandonar la preocupación social, canalizándola hacia obras concretas antes que hacia consignas.
San Rafael y una diócesis por inventar
Para entender la magnitud del proyecto de Kruk, hace falta mirar primero el terreno que heredó. La diócesis de San Rafael fue erigida el 10 de abril de 1961 por Juan XXIII mediante la bula Ecclesia Christi. Esta medida fue autorizada por la Ley 15.804 y formalizada por el Decreto 8.328.
El territorio era el resultado tardío de una larga fragmentación jurisdiccional. Perteneció primero a la enorme diócesis de San Juan de Cuyo y más tarde a la de Mendoza y Neuquén, bajo la conducción de Monseñor José Aníbal Verdaguer. Por estos motivos, el sur mendocino arrastraba una escasez crónica de clero y dependía de misiones itinerantes.
Antes de Kruk, otros nombres habían sostenido a pulso la vida eclesial de la región. Monseñor Ernesto de Miguel, primer sacerdote ordenado en la diócesis de Mendoza tras 1935, fue el artífice de la Catedral de San Rafael. Monseñor Victorino Ortego, primera vocación nativa de la zona, fundó numerosas parroquias periféricas. Por su parte, el entrañable Padre Basilio Wynnyczuk, conocido como el «gaucho ucraniano», llegó en 1949 como refugiado de guerra. Monseñor Alfonso María Buteler le encargó la atención de la colectividad eslava del sur, convirtiéndolo con el tiempo en un referente de General Alvear y Bowen. Sobre esos cimientos, tras ser designado cuarto obispo el 20 de enero de 1973 y consagrado por su mentor, Monseñor Vicentín, el 17 de marzo de ese año, Kruk asumió una jurisdicción compuesta por San Rafael, General Alvear y Malargüe, caracterizada por su geografía desértica, largas distancias y un clero escaso.
Parroquias en el desierto y el boletín «Comunidad»
Lo primero que llama la atención al revisar su gobierno pastoral es la capacidad ejecutiva, casi de planificador urbano, con que Kruk respondió al crecimiento demográfico y económico de la región. Multiplicó parroquias y capillas en zonas de frontera agrícola y minera; en Malargüe, por ejemplo, convirtió una pastoral itinerante en presencia estable integrando congregaciones como los Misioneros Oblatos de María Inmaculada y las Carmelitas Misioneras Teresianas.
Sin embargo, su acción excedió largamente lo estrictamente diocesano. Desde el principio respaldó a la Obra «Corazón y Voluntad», fundada por los médicos Miguel Soler y María Luisa Di Chiara como hogar de acogida para niños vulnerables. De este proyecto surgiría más tarde el Colegio «Santa Teresita del Niño Jesús», donado al Obispado en 2010.
Paralelamente, impulsó la Legión de María, el Servicio Sacerdotal Nocturno y la llegada de nuevas comunidades religiosas. Al mismo tiempo, promovió la devoción a la Divina Misericordia y el culto a los patronos diocesanos, San Rafael Arcángel y la Virgen de Lourdes.
Entendió antes que muchos el valor de los medios de comunicación para la evangelización. El 22 de septiembre de 1974 creó «Comunidad», un boletín semanal que él mismo llamaba simplemente su «hojita». Esta publicación llegó a parroquias, capillas, colegios y movimientos apostólicos como un vehículo clave de orientación doctrinal y pastoral. La sostuvo sin faltar una sola semana durante trece años, sumando 662 números. Cuando finalmente tuvo que suspenderla, lo explicó con una franqueza que retrata su estilo de gobierno mejor que cualquier biografía.
Muy a pesar mío (aunque seguramente con alegría para otros) me veo en la ineludible necesidad de comunicar a los lectores de ‘COMUNIDAD‘, que a partir de este número, se suspenderá la edición semanal de esta hojita, por un tiempo prudencial. La medida obedece a que, no obstante haber fijado días y horas de atención de la Curia, los mismos no son respetados… Todos y cada uno cree que su caso es de excepción y que el Obispo debe atenderlo a la hora que fuere. — Mons. León Kruk, Comunidad, 14 de junio de 1987, n.° 662.
Un obispo desbordado por su propia disponibilidad hacia los fieles, incapaz de cerrarle la puerta a nadie, hasta el punto de tener que sacrificar su propio proyecto editorial para poder atenderlos. Pocas anécdotas retratan mejor la cercanía casi física de su gobierno pastoral.
*El autor es Doctor en Humanidades y Artes, mención en Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de Rosario.
