Dentro de pocos meses el Papa León visitará Argentina. Yo no estaré en el país y no podría acudir a verlo. Y si estuviera, debo decir que tampoco iría. Y no por menosprecio o desaprensión por el Romano Pontífice, sino porque no me siento cómodo en eventos multitudinarios. Para mi pesar, no me dicen ni mi aportan nada; sospecho que es un defecto de nacimiento, o una patologia no tratada, o una ostensible falta de virtud. Y no lo digo como boutade sino con sinceridad. Hace algunas semanas publiqué un post en ocasión de la visita del Papa a España en el que consideraba que las “liturgias multitudinarias”, como las ocurridas en Madrid o en Êcone hace pocos meses, o el 1 de noviembre de 1950 en la plaza de San Pedro en ocasión de la proclamación del dogma de la Asunción de María, o en Buenos Aires en el Congreso Eucarístico de 1934, tiene un claro efecto evangelizador para muchas personas. Que no lo tengan para mí no significa que sean malas; más bien significan que el problema lo tengo yo.
Sin embargo, este tipo de acontecimientos que congregan amultitudes en torno al sucesor de Pedro traen aparejado un peligro próximo y grave: suponer que la Iglesia es el Papa y que ser un buen católico significa seguir al Papa. Es decir, que en vez cristianos nos convertimos en paulianos, juanpablianos, benedictanos, franciscanos o leonianos según las épocas. En pocas palabras, que en vez de ser teólatras seamos papólatras. Y reconozco que me da cierta alergia las muestas de latría que recibe el pontífice a su paso.
Se trata de un problema reciente y por una sencilla razón: los papas, hasta mediados de los ’60, no viajaban, y no viajaban porque no habían medios adecuados para hacerlo (aunque no sabemos si, en caso de tenerlos, lo habrían hecho). Un Papa no podía dejar el Vaticano, o lo Estados Pontificios, durante varios meses para visitar América, por ejemplo. Con la llegada de los viajes seguros en avión, las cosas cambiaron, sobre todo cuando, además, son una multitud de periodistas acreditados ante la Santa Sede los pagan los charters. Este cambio no me parece baladí; por el contrario, creo que es más serio y profundo de lo que pensamos y tiene consecuencias no sólo sociológicas sino también teológicas que creo que merecerían ser estudiadas en profundidad.
Quien comenzó con los viajes fue Pablo VI, y fueron pocos y de carácter más institucional — su visita a Nueva York — o devocional —su visita a Tierra Santa— que pastoral. El último Papa que había salido de la península itálica antes que él había sido Pío VII en 1809, y lo había hecho porque fue secuestrado por Napoleón. Las crónicas narran que, durante ese viaje, los fieles salían a saludarlo a su paso en la carroza, el proto papamóvil. Pero las mismas crónicas indican el motivo de la devoción popular no era tanto la devoción al Papa sino una muestra de apoyo ante la prepotencia del Corso que lo había hecho prisionero.
Por otro lado, en la segunda mitad del siglo XIX, con la llegada del ferrocarril, aunque los Papas no salían pues estaban “prisioneros” en el Vaticano, eran los fieles quienes acudían a Roma. El ejemplo del viaje que Santa Teresita hace con su padre y su hermana Celina y la audiencia que tienen con León XIII, y que ella tan detalladamente relata en su Historia de un alma, son una muestra incipiente de una aún inconsciente muestras de latría al pontífice romano. Y no creo exagerar. Pocas décadas antes, testigos narran que Pío IX, cuando aún era soberano de Roma y de los Estados Pontificios, salía por la tarde a dar un paseo caminando por la ciudad. Esto implica que los pobladores autóctonos y los ocasionales turistas o peregrinos, lo verían pasar, lo saludarían de lejos, y todos muy campantes. Es decir, lo reconocería como Sumo Pontífice y como soberano de Roma, pero no le tributaban ningún tipo de culto.
Según algunos historiadores, uno de los factores más relevantes que influyó en este culto tan particular y novedoso, fue la difusión que los salesianos hicieron con sus imprentas de estampitas con la figura de Pío IX alrededor de todo el mundo. La intención era pedir a los fieles que rezaran por el Papa que había sido hecho prisionero en el Vaticano y despojado de sus dominios por Garibaldi y su tropa de bandidos, pero los católicos no estaban para tales sutilezas: una estampita era una estampita, y daba lo mismo que lo representado fuera el Niño Jesús, María Auxiliadora o el Papa de Roma. Las tres imágenes se ponían en línea en los altares familiares, se les encendía un par de velas y se rezaba el rosario frente a ellos. El Papa, en el imaginario popular, comenzó a integrar el Olimpo católico.
Pero creo que hay que remontarse mucho más atrás y reconocer que los latinos tenemos una particular tendencia a este tipo de liderazgos religiosos, y no solamente como una deriva devocional. Y sobre este punto, me parece oportuno retomar algunas ideas que escribí en el blog hace casi veinte años. Y una aclaración previa: no pretendo hacer una defensa del cristianismo oriental ni afirmar que es superior al occidental. Simplemente constato hechos históricos.
La fe se propagó más lentamente en Occidente que en Oriente, y el paganismo perduró allí mucho más tiempo, especialmente en los círculos cultos. La Iglesia se vio obligada para su propia defensa a insistir en la necesidad de unidad y uniformidad de fe. Al mismo tiempo hubo menos interés general en la filosofía especulativa y menos deseos, en consecuencia, de realizar debates teológicos. Las lenguas jugaron también su papel en la diferencia. Mientras que el griego es una lengua sutil y flexible, admirablemente dotada para expresar el más pequeño matiz del pensamiento abstracto, el latín es bastante más rígido e inelástico; es claro, concreto e intransigente, en consecuencia un medio perfecto para los abogados. Las circunstancias políticas pronto pusieron las cualidades legalistas de la civilización latina al servicio de la Iglesia. Cuando la autoridad imperial se quebró en Occidente, bajo la presión de las invasiones bárbaras, la única institución que sobrevivió fue la Iglesia. Los virreyes imperiales y los gobernadores desaparecieron, pero el Papa y los obispos permanecieron. Ellos fueron los líderes que negociaron con los conquistadores bárbaros y los que continuaron administrando las ciudades. Cuando los nuevos estados seculares se establecieron con una base territorial permanente, sus leyes eran en su mayor parte consuetudinarias y tribales. La ley escrita, con el prestigio del Imperio Romano tras de sí, fue preservada por la Iglesia. Cuando la ley tribal era insuficiente, la Iglesia llenaba los huecos y en consecuencia aumentaba su esfera de influencia legal. Los eclesiásticos prominentes debían ser ellos mismos hombres de ley. En consecuencia, mientras que en el supérstite Imperio Oriental el emperador siguió siendo el autócrata y la fuente de la ley, en Occidente, aunque su autoridad no fue durante siglos oficialmente rechazada, de hecho era ineficaz, y su lugar fue naturalmente ocupado por la cabeza de la Iglesia, el Obispo de Roma, quien gradualmente heredó su posición como autócrata y fuente de la ley.
Y así, poco a poco, la figura del Papa se fue agigantando y ocupando lugares de dominio político y teológico que en Oriente eran impensables. Véase si no la querella con Hincmaro, arzobispo de Reims, que, a mediados del siglo IX, crítica al Papa de Roma por nombrar directamente al obispo de Soissons, sede sufragánea de Reims, en contra de los usos y costumbres que hasta ese momento existían. La constitución autocrática de la Iglesia occidental bajo el Papa fue el producto inevitable de fuerzas históricas.
En Occidente todo era claro y distinto. Ciertas doctrinas eran correctas y legítimas; otras erróneas e ilegítimas. La especulación religiosa no debía ser alentada: era centrífuga y peligrosa. Más aún, desde su posición el Papa se identificaba con su Iglesia. Un insulto al Papa era un insulto a toda la Iglesia. Ningún patriarca oriental personificaba a su Iglesia hasta ese extremo. Si era insultado, el insulto se suponía se aplicaba sólo a su persona. Un patriarca oriental seguía siendo siempre un hombre falible y aún herético. Sólo la Iglesia de los Concilios era infalible. En Occidente la infalibilidad era una prerrogativa implícita del Papa.
La Iglesia occidental tendió a convertirse, en consecuencia, en un cuerpo centralizado bajo una cabeza autocrática y divinamente inspirada, un cuerpo dirigido por administradores experimentados y abogados, cuya teología reflejaba su cosmovisión. Muchos siglos pasaron hasta que esta tendencia se concretó plenamente en los papados de Gregorio VII e Inocencio III; pero estuvo siempre allí, y si no hubiese estado allí la Iglesia de Roma difícilmente hubiese sobrevivido a las tribulaciones de la Edad Oscura.
En definitiva, una circunstancia histórica que desembocó en una cuasi papolatría. Muchos dirán con razón: “Circunstancia histórica inspirada por el Espíritu Santo”. Y es posible que así haya sido. Y hoy, tal como están las cosas, es mejor tener una Iglesia centralizada como la occidental, y no federada como la oriental. Si así no fuera, sería probable que en Alemania hubiera diaconisas como en la iglesia ortodoxa de Alejandría, y también sería que en Argentina los obispos hubiesen reemplazado el Tamtum ergo por la Marcha Peronista.
En definitiva, me alegro que el Papa León visite Argentina; espero fervientemente que su el hecho promueva la conversión y el acercamiento a Dios de todos sus habitantes y, espero también, que las muestras de fervor que éstos le dispensen sean no más que eso: fervor, y no adoración.

Al respecto, conviene leer Summa Theologiae, II-II, q. 103.