«Yo he venido para quedarme». En el centenario de Monseñor León Kruk (II)

por Pedro Dabin*

Postura frente al aborto, el divorcio y la usura

Entre 1976 y 1981, los boletines de la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA) registran varios pronunciamientos suyos en defensa de la vida desde la concepción y de la moral familiar. En enero de 1979 no se anduvo con eufemismos:

La inicua, salvaje y cobarde ley de aborto que legisladores inmorales se esfuerzan por imponer en algunas partes es un grito que clama venganza del cielo… Boletín AICA, 18 de enero de 1979.

Con el regreso de la democracia en 1983 y, sobre todo, con el debate por la Ley de Divorcio Vincular (n.° 23.515, sancionada en 1987), Kruk se ubicó entre las voces episcopales más firmes en defensa de la indisolubilidad matrimonial, en sintonía con prelados como Emilio Ogñenovich u Octavio Derisi (Mallimaci, 2015). No es casual que su figura trascendiera lo estrictamente eclesial. El ensayista Oscar Valdovinos, en un artículo de agosto de 1987 (el mismo mes, curiosamente, en que se consolidaba el Seminario diocesano), lo tomó de manera casi metonímica como emblema del sesgo conservador que, a su juicio, dominaba la cultura política de la postdictadura argentina.

Menos conocida, y quizás más reveladora de su sensibilidad social, es su prédica contra la usura. En un texto de 1982 publicado en Comunidad, denunció con dureza el despojo que sufrían los pequeños productores del sur mendocino, calificando la usura como «un pecado abominable a los ojos de Dios» y extendiendo la acusación a los esquemas comerciales que diferían el pago de la producción agrícola con precios devaluados, a los que llamó sin rodeos «flagrante usura». Con el rigor de la teología moral clásica, recordó que la restitución del daño era condición indispensable para la absolución sacramental de quien se hubiera beneficiado de ese despojo. Ortodoxia doctrinal y denuncia social, en su prédica, no eran caminos opuestos sino la misma cosa vista desde dos ángulos.

El Seminario «Santa María Madre de Dios»

Si hay un hecho que define el episcopado de Kruk, es la fundación, el 25 de marzo de 1984, del Seminario Diocesano «Santa María Madre de Dios». La urgencia era real, porque la diócesis contaba con apenas doce sacerdotes para trescientos mil habitantes y sus pocas comunidades religiosas se retiraban paulatinamente.

Asentado en un predio donado por la familia Campi, el Seminario reunió desde sus inicios a sacerdotes del «éxodo paranaense» y del naciente Instituto del Verbo Encarnado. Entre ellos se encontraban Alberto Ezcurra, Alfredo Sáenz, Carlos Nadal y Carlos Biestro, quienes le imprimieron una fuerte impronta académica y doctrinal.

Mientras buena parte de las casas de formación del país adoptaba los acentos de la «Teología del Pueblo» y las orientaciones de Medellín (1968) y Puebla (1979), el proyecto de Kruk optó por un camino explícitamente identitario basado en el ascetismo, la vida comunitaria, el hábito talar, la piedad eucarística y mariana, la obediencia episcopal y un restauracionismo escolástico centrado en la Escritura, los Padres y Santo Tomás, concebido como antídoto frente a las lecturas de corte sociológico o racionalista.

El resultado fue lo que la historiografía bautizó como el «efecto San Rafael» (Fabris, 2011), es decir, una diócesis que, lejos de padecer la escasez vocacional de su entorno, se convirtió en un polo de atracción nacional e internacional. De sus aulas no solo egresaron sacerdotes, sino también laicos que luego alcanzarían títulos de grado y posgrado en universidades del país y del exterior.

Ese crecimiento, sin embargo, no estuvo libre de fricciones. Dentro de la Conferencia Episcopal Argentina, un sector de prelados miraba con recelo el fenómeno sanrafaelino y no dudaba en calificarlo de «integrista» o «reaccionario». (El análisis pormenorizado de esas tensiones y del papel del Instituto del Verbo Encarnado excede el marco de este artículo, por lo que se abordará en un trabajo posterior dedicado íntegramente a esa materia.)

Para disipar las objeciones, el propio Kruk promovió una Visita Apostólica a los seminarios del país en junio de 1986 y, en mayo de 1987, viajó a Roma para entrevistarse con Juan Pablo II, de quien obtuvo un respaldo explícito.

Roma responde y concede la audiencia con Juan Pablo II

Aquel encuentro de mayo de 1987 se vio favorecido, según las crónicas de la época, por una cercanía espiritual y cultural entre el obispo y el Papa polaco. Kruk le presentó en detalle la realidad pastoral de San Rafael y el funcionamiento de su Seminario, que por entonces albergaba unos ciento treinta seminaristas de distintas provincias.

De regreso, definió a la institución como «eucarística, mariana y abierta al hombre de hoy» (Benson, 1987). Asimismo, atribuyó el crecimiento vocacional a la gracia divina antes que a cualquier mérito propio. Sin embargo, no dejó de señalar la importancia de la oración comunitaria, la formación de las familias cristianas y los ejercicios espirituales mensuales para el discernimiento de vocaciones auténticas.

Insistió en que el Seminario se regía por la Ratio Fundamentalis universal, sin menoscabar la libertad de los candidatos ni la exigencia académica. Finalmente, remarcó que su horizonte no se limitaba a formar sacerdotes para la atención parroquial. Buscaba también un clero preparado con estudios superiores para la nueva evangelización, lo que incluía la colaboración con diócesis necesitadas y misiones internacionales como las del Perú.

La carta no leída al final del camino

Pero el respaldo romano no bastó para aliviar el desgaste personal. El acoso constante de sus detractores y un creciente aislamiento institucional fueron minando su salud espiritual. El 2 de julio de 1991 viajó una vez más al Vaticano, esta vez para presentar su renuncia. Juan Pablo II se la rechazó y lo exhortó a continuar al frente de la diócesis.

Dos meses después, el 7 de septiembre de 1991, Kruk moría en un accidente automovilístico en el paraje Cruz Negra, en el límite entre Tupungato y Tunuyán. Entre sus pertenencias se encontró una carta que dejaba entrever, según se ha señalado, el peso humano de aquel conflicto que lo acompañó hasta el final.

Sus restos descansan en la Catedral de San Rafael, mientras la obra que dejó habla por sí sola. Aquella institución nacida de una emergencia vocacional se convirtió, en más de tres décadas, en una de las casas de formación más prolíficas del país, sumando más de ciento cincuenta sacerdotes egresados para la Iglesia argentina y las misiones internacionales.

El lema Dominus fortitudo mea como eje pastoral

Su lema episcopal, Dominus fortitudo mea («El Señor es mi fortaleza»), no fue una fórmula de compromiso, sino la clave de toda su acción de gobierno.

Esta impronta se reflejó en una piedad eucarística y una recitación fiel del Oficio Divino como ejes de la disciplina sacerdotal. A ello se sumó un acento mariano constante, visible en el Rosario, en las devociones populares y en la propia advocación del Seminario. Mantuvo además una adhesión estricta al Magisterio romano y la subordinación jerárquica al Papa. En lo personal, cultivó una sobriedad y austeridad de vida coherentes con el modelo pastoral tradicional que profesaba.

A cien años de su nacimiento, el legado de Monseñor León Kruk Manulac perdura en la autonomía vocacional que alcanzó la diócesis de San Rafael, en su entramado parroquial y educativo, y en un estilo pastoral -centralidad del altar, rigor disciplinar, piedad comunitaria- que sigue siendo, para bien o para mal según quién lo mire, un punto de referencia obligado para entender la historia reciente de la Iglesia en Cuyo.

* El autor es Doctor en Humanidades y Artes, mención en Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de Rosario.

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