No puedo comprender todavía por qué las mujeres son tan fácilmente excomulgadas en Italia. A cada momento nos advertían: «No entre aquí…, no entre allá porque será excomulgada». ¡Pobre mujeres, cómo son despreciadas! Sin embargo, aman a Dios en número mucho mayor que los hombres, y durante la Pasión de Nuestro Señor las mujeres tuvieron más coraje que los apóstoles ya que desafiaron los insultos de los soldados y se atrevieron a enjugar el Rostro adorable de Jesús… Este es el motivo por el que Él permite que las mujeres compartan los desprecios en la tierra, pues los eligió para sí mismo».
El texto pareciera escrito por alguna de las primeras feministas católicas. No revelaré por ahora la identidad de su autora, pero resulta útil para introducir el tema sobre el que quiero hablar brevemente en este post.
Varias veces a lo largo de la historia del blog hemos hecho referencia a cierto tradicionalismo de 1950, es decir, una postura que considera como parte de la tradición de la Iglesia y, por tanto, signo necesario e indispensable de ortodoxia, prácticas o costumbres que, en realidad, provienen de hace bastante poco: algunas décadas o algunos siglos, pero que no son más que adherencias culturales. Hemos tratado ya en otras ocasiones en el blog algunos ejemplos.
La semana pasada el mundillo católico –progre y tradi– se conmocionó al enterarse del nombramiento de la nueva prefecto del Dicasterio para las Comunicaciones, Montserrat Alvarado, mujer y conservadora. A los progres les dio un soponcio, los conservadores estaban de fiesta y otros consideran un horror que una mujer ocupe un puesto en la Curia Romana. Y es aquí donde creo yo que falta el discernimiento, y el entender que hay cuestiones que son culturales y que, por tanto, responden a una época.
Yo no soy teólogo ni canonista, por lo que pido a quienes sí lo son que me corrijan si lo que digo es errado. Considero que el límite de la mujer es el Santuario, porque así lo estableció Nuestro Señor. Es decir, las mujeres no pueden recibir el sacramento del orden. Y eso implican que no pueden ejercer las funciones que le son propias, a saber, las de ser sacerdote, profeta y rey. Entonces, las mujeres, como también los varones no ordenados, no pueden celebrar los sacramentos propios del orden (eucaristía, penitencia, unción, confirmación y orden); no pueden enseñar en al ámbito litúrgico y no tienen poder de jurisdicción sobre los bautizados. Este es un principio absoluto, innegociable; ese tipo de principios que tanta alergia causa a los modernistas.
Vayamos al caso de las mujeres, y de los laicos en general, en la Curia Romana, pero veamos primero un ejemplo en las curias episcopales. En ellas, un laico -sea varón o mujer- no puede ser vicario general, porque ese cargo implica el ejercicio de la jurisdicción, pero puede ser canciller, porque este cargo no lo exige. Hagamos ahora la analogía con la Curia vaticana. Los dicasterios históricos, antes llamados «Sagradas Congregaciones», existen desde hace varios siglos. El Papa Francisco, como buen peronista, multiplicó los dicasterios y dependencias burocráticas a fin de poder ubicar en ellas a sus adeptos y serviles monigotes. Por ejemplo, hoy tenemos un dicasterio «para los laicos, la vida y la familia», otro «para el diálogo interreligioso» y hasta un dicasterio «para el desarrollo humano integral». Antes eran secretarías o dependencias menores. Y también, claro, está el dicasterio para las Comunicaciones. En estos casos, como en el de otras oficinas vaticanas, lo que debe primar para designar a su responsable, es la adhesión a la fe católica y la capacidad para ejercer el cargo, y no si posee o deja de poseer el sacramento del orden.
Debo decir que no me simpatiza para nada sor Simona Bambrilla que ejerce de prefecto del dicasterio de los religiosos, y lo hace acompañada de un pro-prefecto, el cardenal Fernández Artime, que es quien tiene el poder de jurisdicción necesario, y de ese modo se salva la situación. Pero sor Raffaella Petrini, que es la «gobernadora» del Estado vaticano no necesita jurisdicción y puede ejercer ese cargo, y creo que lo hace muy bien, mucho mejor que lo que lo harían muchos obispos. Y un caso similar es el de Montserrat Alvarado. Para presidir el dicasterio de las Comunicaciones se necesita ser católico y ser muy profesional, y ambas condiciones las posee esta mujer, y no las poseía su antecesor Paolo Ruffini, que apenas si era católico aunque era un completo inútil. Su único mérito era el de ser bergogliano empedernido. No veo entonces que puedan hacerse objeciones al nombramiento de Alvarado por el solo hecho de ser mujer.
Como decía el texto del inicio, las mujeres son injustamente despreciadas, y la experiencia nos dice que muchas funciones asociadas al varón, las han cumplido ellas mucho mejor que ellos. Recordemos, si no, a Isabel de Castilla o a Leonor de Aquitania. O a la gran Santa Teresa de Jesús, que enseñó -con sus libros- y ejerció el poder sobre sus monjas -pero no de jurisdicción-. Y viene al caso mencionar a la monja de Ávila, porque la autora del texto que abre este artículo es Santa Teresita de Liseaux, doctora de la Iglesia, y alejada de toda sospecha de herejía, feminismo y modernismo. Lo dice en su Historia de un alma, en la página 168 de la edición francesa de Cerf.
