Quienes defendemos la tradición litúrgica de la Iglesia y la integridad del Depósito de la Fe, tenemos una pronunciada tendencia a la amargura lo cual lleva, indefectiblemente, a estar en permanente actividad defensiva ante sospechas reales o ficticias. Y hay razones de sobra para que esto sea así. Sin embargo, la amargura, o la tristeza si queremos hablar en el lenguaje propio de los autores espirituales, cuando es admitida y se regodea en el alma, tiene peligros importantes, y uno de ellos es nublarnos la visión de la realidad. No solamente vemos todo oscuro, sino que distorsionamos la dimensión del tiempo porque nos gana la ansiedad, que suele acompañar a la tristeza, y comenzamos a comportarnos como el “perverso polimorfo” de Freud: queremos todos, y lo queremos ahora.
A una de las últimas cartas de Paix Liturgique, Christian Marquant la titula “La guerra contra la liturgia tradicional está siendo librada por un ejército agotado y en retirada”. Y remata: “Nosotros no hemos ganado; ellos han perdido”. Y tiene razón. El crecimiento de la asistencia a la misa tradicional en el mundo no deja de crecer, sobre todo por parte de los jóvenes y muy jóvenes. Y ese movimiento ya no puede ser detenido. Este tema lo hemos tratado con frecuencia en el blog y las evidencias son cada vez mayores. Y aquí voy a recurrir, sin que esto implique renunciar a mi opinión sobre el deletéreo personaje, a una frase de Juan Perón: “El pueblo marchará con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes”. Los obispos, y aún el mismo Papa, podrán obstaculizar la celebración de la misa tradicional, pero todo será inútil. Y lo que digo no son ilusiones; vendría bien un estudio sociológico, no tan difícil de hacer, sobre los asistentes a las peregrinaciones tradicionalistas que se celebran en el mundo entero, y las respuestas sorprenderían a más de uno. De hecho, sólo una minoría de los jóvenes que asisten a ella son fieles consuetudinarios de la misa tradicional. La mayoría asisten porque se siente atraídos por ese tipo de liturgia, y allí encuentran el ambiente de silencio, respeto a lo sagrado, devoción, etc., que no encuentran en sus parroquias (vean, si no, qué atractivo puede tener para un joven el tipo de liturgia que se celebra en la iglesia Santa Rosa de Lima, de la diócesis de Río Cuarto: cuadros setentosos u ochentosos, completamente decadentes). Estos curas y obispos que pasaron hace rato los 50 y los 60 años, todavía no caen en la cuenta de que su mundo fracasó. Y repito lo que he dicho en varios posts: resulta muy notable que sean incapaces de percibirlo. Ni siquiera el Santo Padre se da cuenta de ello, insistiendo aún en la importancia del novus ordo cuando es evidente su fracaso en el mundo entero ya que no sirvió para los fines que, al menos en la narrativa, justificaron su creación.
Pero volvamos al comienzo: nosotros tenemos también un problema, y es del “perverso polimorfo”, y debemos ser conscientes de él, y debemos crecer y curarnos. Y para hacerlo no es necesario ir a terapia; basta con conocer un poco de la historia de la Iglesia. Y por eso quiero proponer un ejemplo: el de San Gregorio Nacianceno (329-390), llamado el Teólogo, título que en la tradición oriental solo comparte con el evangelista Juan. Fue, junto a Basilio de Cesarea y Gregorio de Nisa, uno de los tres Padres Capadocios que dieron forma definitiva a la doctrina trinitaria nicena frente al arrianismo y sus derivaciones. Sus célebres Orationes Theologicae, pronunciadas en Constantinopla hacia 380 contra eunomianos y macedonianos (pneumatómacos, es decir, quienes negaban la plena divinidad del Espíritu Santo), articularon con precisión inédita la fórmula de una sola ousía en tres hypostáseis, y defendieron con firmeza la plena divinidad del Espíritu Santo, punto que muchos obispos de la época aún trataban con ambigüedad.
Llamado a ocupar la sede de Constantinopla por Teodosio I, presidió el inicio del Concilio que allí se celebró en 381 —el Segundo Ecuménico—, pero pronto se vio envuelto en disputas: se cuestionó la legitimidad canónica de su traslado episcopal desde Sasima- según los cánones, un obispo no podía ser trasladado de la sede para la cual había sido consagrado-, los obispos egipcios y macedonios maniobraron a favor del intruso Máximo el Cínico, y el propio Gregorio, agotado por las intrigas y quebrantado de salud, terminó por renunciar, probablemente pensando con cierta ingenuidad que su renuncia no sería aceptada. Pero lo fue. Pronunció su discurso de despedida —el De vita sua, de tono amargo y elocuente— y se retiró a Arianzo, lejos de la capital imperial que lo había humillado.
Y escribe en su Discurso XLIII
Apruebo la ley de la navegación, que confía el primer remo al que ahora es piloto, después se le coloca sobre la proa y se le confía lo que hay delante; así se le pone entre los que gobiernan el timón, después de haber recorrido mucho mar y examinado los vientos. Esto mismo sucede incluso entre los militares: estratega, comandante y general. Este es el orden mejor y más conveniente para los subordinados. También nuestras cosas [las cosas de la Iglesia] serían lo más digno de todo si funcionaran así. Pero ahora la clase más santa de todas las que hay entre nosotros [se refiere a los obispos] corre el peligro de ser la más ridícula. En efecto, la presidencia no tiene lugar por una mayor virtud sino por malicia, ni los tronos [episcopales] son ocupados por los más dignos sino por los poderosos. Nosotros formamos los santos en un solo día y llamamos para ser sabios a los que no han sido instruidos ni han aportado nada al grado, excepto la voluntad de poder.
Este texto podría haber sido escrito en la actualidad; más aún, por el tono irónico y hasta mordaz, podría haber sido publicado en este blog. ¿Alguien duda que los obispos que nos gobiernan, sobre todo en Argentina, no son los más santos sino los más ridículos y que sólo los mueve la ambición del poder? Pues eso mismo pasaba en el siglo IV, y era denunciado nada menos que por San Gregorio el Teólogo.
Sin embargo, si nos quedáramos solamente con esta imagen, no serviría más que para repetir el refrán: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Lo importante es ver cómo Dios terminó la historia. La derrota de San Gregorio fue sólo política y personal, no doctrinal. El credo que el propio Concilio promulgó —el Niceno-Constantinopolitano— incorporó precisamente la ampliación pneumatológica que él había reclamado con insistencia, reconociendo al Espíritu Santo como “Señor y dador de vida”, “que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. La gramática trinitaria capadocia, forjada en buena medida por su pluma, se convirtió desde entonces en el lenguaje oficial de la ortodoxia, y sus cartas cristológicas a Cledonio contra el apolinarismo —que insistían en que “lo que no ha sido asumido, no ha sido sanado”— anticiparon ya el vocabulario que Éfeso y Calcedonia consagrarían décadas después.
Así, quien salió de Constantinopla como un hombre vencido y entristecido, fue reivindicado por la historia con una autoridad que pocos Padres alcanzaron: el Concilio de Éfeso de 431 lo proclamó formalmente “el Teólogo”, y su hermenéutica trinitaria y cristológica —no la de sus adversarios circunstanciales— pasó a ser la de la Iglesia entera, oriental y occidental. Es la paradoja de tantas batallas doctrinales: quien pierde el concilio puede terminar ganando el dogma.
El falso “espíritu del Concilio” Vaticano II triunfó; eso es real. Y su triunfalismo se paseó por la Iglesia en las décadas posteriores. Pero esos triunfalistas están muriendo, están viejos y agotados, y en retirada porque no tienen recambio. Como sucedió en Constantinopla y sucedió con el gran San Gregorio de Nacianzo, podemos estar tristes y amargados, pero debemos ser pacientes y esperar: ellos ya perdieron, como perdieron los pneumatómacos, aunque no se daban cuenta de su derrota. Los ortodoxos debieron luchar y debieron esperar, y el triunfo final, y la reivindicación de la ortodoxia y de sus defensores finalmente llegó. Es verdad que llegó un siglo más tarde, y es verdad también que San Gregorio no lo vio, pero nosotros no luchamos por ver y gozarnos de nuestros triunfos; nuestra lucha es por Su triunfo y para, después de este estadio sublunar, verlo a Él.

Razones objetivas para el pesimismo no faltan. Este año, la Santa Sede no ha dado permiso para que la Misa de conclusión de la peregrinación «Summorum Pontificum» se celebre en la Basílica de San Pedro. Según una fuente vaticana, la misa del año pasado fue percibida en el «círculo» del Papa y entre el personal de la basílica de San Pedro como un «regodeo».
Después de esto hay que tener mucha moral para seguir esperando que León XIV libere la celebración de la Misa tradicional.
El Mayo del 68 terminó hace más de cincuenta años. Algunos, en la sacristía, todavía no se han enterado
El artículo es muy lúcido y es verdad que estamos en un estado muy pesimista. Hace unos años yo hubiera firmado cada frase. Ahora tengo una opinión más matizada.
Para comenzar, solo para el ámbito de este comentario, defino «tradicionalista» como aquel que quiere conservar la doctrina tradicional de la Iglesia y resiste cualquier innovación progresista (como las diaconisas, digamos, o el matrimonio gay o el indiferentismo religioso). Puede ir a la misa Novus Ordo perfectamente. Aunque prefiero la Misa Latina, para mí no es lo más importante en estos tiempos.: lo importante es la fe
Antes del Concilio, teníamos una sola Iglesia de doctrina y fieles tradicionalistas y los templos están llenos. Ahora tenemos cuatro iglesias: los tradicionalistas, los progresistas, los asistentes (la gente que va a misa y obedece todo lo que le dicen el cura y los obispos, aunque sean herejías, porque no son muy intelectuales) y los austentes (los que se han marchado desde el Concilio).
Los dos primeros son dos minorías, aunque los progresistas tienen el poder, que no es poca cosa. Hay un trasvase continuo del tercer al cuarto grupo. Dada la insipidez del catolicismo actual, su cercanía al mundo, la mala catequesis intencional y el acoso del secularismo en todos niveles y direcciones, los asistentes en todo el mundo van desertando y pasando a ser ausentes. Los templos se vacían.
La jerarquía progresista es cada vez menor, como dice el artículo, pero no se necesitan tantos progresistas para llenar los obispados (ChatGPT me informa que 0,000389% de los católicos romanos son obispos y 1,34% de los curas son obispos). Así que no necesitan mayorías y retendrán el poder.
El resultado final parecería ser una jerarquía progresista gobernando sobre un puñado de asistentes que quedan, fuertemente influidos por las ideas del mundo (como lo están ahora). Por otra parte, habrá grupos tradicionalistas, algunos fuera de la Iglesia y otros dentro (estos últimos resistiendo como puedan).
El tradicionalismo irá creciendo pero seguirá siendo una minoría. No alcanzará los niveles que tenía antes del Concilio Vaticano II. Ver las misas tradicionalistas a reventar llenas de jóvenes me llena de alegría, pero estamos hablando de una minoría muy minoritaria. Si revientan las misas es porque hay muy pocas misas tradicionales. Si pasas del 1% al 3%, triplicas tu número pero sigues siendo irrelevante. Además, ya queda poca gente con tendencias tradicionalistas que no están en grupos tradicionalista. Algunos hay, pero son un porcentaje mínimo.
Conforme la jerarquía vaya avanzando en el modernismo, algunos saltarán a grupos tradicionalistas (dentro o fuera de la Iglesia), pero la mayoría simplemente votará con los pies, como ha pasado con el Concilio. Ahora el salto de la Iglesia al mundo secular es muy sencillo: los dos hablan de cambio climático, justicia social, etc.
Entonces, ¿los boomers han ganado o han perdido? Para mí es obvio que, si no viene alguna intervención divina, han ganado. Quizás no han logrado transmitir su progresismo radical al pueblo católico (aunque si preguntas al pueblo verás que tiene una empanada mental impresionante con las ideas del mundo, pero esto puede ser por la tele).
Pero este no fue nunca el objetivo principal. El modernismo era un medio y no un fin. El fin era que la Iglesia se doblegara al progresismo de los poderes de nuestro mundo. Que, en vez de resistirse y transmitir el mensaje cristiano, transmitiera el mensaje progresista. Una infiltración al estilo Gramsci. Que la Iglesia no molestara.
Si la mayoría de fieles han dejado la Iglesia desde el Concilio y tienen ideas seculares, si los pocos que quedan son dirigidos por una jerarquía que usa el mismo lenguaje y conceptos que la ONU…realmente, el objetivo está cumplido. No importa que queden cuatro gatos tradicionalistas. Perseguidos desde dentro y desde fuera no tienen donde ir.
Esto puede ser pesimista, pero, aunque no me gusta Eduardo Galeano, él dijo algo muy lúcido: «Hay gente que se mira al espejo, que se ve vieja y fea y piensa: ¡Qué mala leche tiene el espejo!».
me imagino que durante la espera -otros 50 años más- va a asistir a misas novus ordo, muy conservadoras, y a formar clubes de Chesterton argentinos.
Si en lugar de tanta pusulanimidad y “espíritus del concilio, un número considerable de fieles le hubiese escupido en la cara a los modernistas y hubiese seguido a raja tabla con la misa y doctrina católica, esta cosa no duraba ni tres años.
Optaron por el quietísimo y que otros hagan el trabajo sucio, hablando cursilerías y rúbricas orientales.
Vd. entre tanto qué va a hacer, fundar otra Iglesia? Operar fuera de la constitución divina de la Iglesia que Cristo ha querido? Mucha suerte, que le siga ahí quien quiera.
los comentarios anteriores son prueba de que el modernismo le ha comido la cabeza a la gran mayoría de los católicos. Ya no pueden distinguir el lenguaje ortodoxo de los papas anteriores al CVII. No pueden percibir los errores del Novus Ordo. Leen Lumen Gentium como si leyeran la Pascendi. Le llaman «conspiraciones ridículas» a las advertencias sobre la infiltración de la masonería en la Iglesia y al asalto del demonio sobre la misma. Creen que no hay una alteración de proporciones en la constitución de la autoridad a partir de la impuesta colegialidad, hoy sinodalidad. Sus pastores no les permitieron ver cuando esto comenzaba a podrirse y ahora ya no pueden ver porque tienen su cabeza «formateada».
y sí, son la mayoría, Wanderer y hoy están ganando por goleada.
Leemos Lumen Gentium como leemos la Pascendi porque es el mismo Vicario del mismo Cristo el que ha promulgado uno y otro. Los que han cambiado son Vds. Y la colegialidad la impuso Cristo el día que constituyó el Colegio de los Apóstoles. Haga el favor de leer cuatro o cinco manuales preconciliares, o mismamente la Sacrae Theologiae Summa, para ver que el Colegio Episcopal y su infalibilidad era la opinión común de los teólogos ya antes del CVII. ¡Era la opinión del mismo Lefebvre! Lo que es una herejía es negar el Colegio Episcopal como institución permanente de la Iglesia, que tiene con el Papa y bajo el Papa el pleno de la autoridad. Los que no tienen autoridad, en cambio, son los obispos extraños al Colegio que «han entrado por otro lado». Sin jurisdicción particular, ni misión, ni elección, ni mandato, ni nada. Absolutamente ajeno a la constitución divina de la Iglesia. Pues le guste o no la solución está sólo dentro de la propia Iglesia.
Sobre las «conspiraciones ridículas», a mí me bastaría con que hubiera alguna prueba real más que el testimonio del Padre Fulano y que «la Iglesia está tan mal que esto lo explica, así que tiene que ser verdad». Son como los que defienden la autenticidad de los Protocolos de Sión, aunque son un graude demostrado, porque «todo lo que dice se ha cumplido». La Iglesia está mal por muchas razones, y varios masones tendrán su parte en ello, pero las cosas hay que demostrarlas. Por lo que se refiere al ataque diabólico, ciertamente que los demonios siempre atacan la Iglesia, pero lo que algunos no ven es que el Diablo ataca por la izquierda y por la derecha. Este mismo año no se sabe cuántos miles de católicos han entrado en cisma por todos estos delirios mal llamados tradicionalistas. Eso también es obra del malo.
Loretar
es dificil decir quien es tradicionalista o que es ser tradicionalista ¿no sera simplemente ser catolico? por otra parte hay que ser ciego para no darse cuenta que la iglesia cambio cosas ¿doctrinas? no se, la iglesia actual piensa distinto que la de hace 60 años. y no me refiero a la misa (que de hecho es importante) pero bueno se puede soportar, tapando los oidos a las canciones tipo disney que se cantan con las guitarras. me refiero a cosas que actualmente se dicen y otras no se dicen. (independientemente lo que diga el catecismo y otros libros) ejemplos todas la religiones pueden llevar a la salvacion, (doy fe de ello lo hable con varios curas y estan de acuerdo) no se habla de contricion sacrificio purgatorio y de los novisimos y postrimerias como tampoco de apologetica y de profecias, los milagros y mas o menos algunos tienen fe otros no tanto, anectoda cuando le dije a un cura que la casa de loreto fue transportada por angeles me sonrio como diciendo ingenuo. Tiene mas valor la ciencia que la fe. por ejemplo se cerraron las iglesias en la pandemia. hay hostias sin tacc, y cuando dije que las vacunas tienen componentes lejanos de embriones abortados dos sacerdotes me dejaron pedaleando solo y cambiaron de tema. las paticulas de la hostia ya no tienen importancia la gente comulga sin patena y canta inmediatamente despues de comulgar escupiendo particulas mediante las microgotas de Flugge. cuando se hacen conciertos en la iglesias mas de una vez no se saca el santisimo y por la zona del altar camina todo el mundo sin problema. en el «santuario» de gilda segun dicen hubo milagros a lo que contesto un cura y pronto sera santa. A la vuelta de la parroquia que voy se hacia todos los años un festival gay, el cura de la parroquia no hacia ni mencion de semejante evento (quizas satanico) y ningun acto de reparación en los sermones desaparecio el infierno y se cita muchas veces a escritores pensadores y hasta artistas de moda ateos, y muchas mas cosas que no son escritas ni tienen que ver con la misa tradicional o novus ordo, por eso el tema lo veo dificil y no creo que mejore
…»Estos curas y obispos que pasaron hace rato los 50 y los 60 años, todavía no caen en la cuenta de que su mundo fracasó«…
¡Claro! ¿cómo se van a dar cuenta ?
A diferencia de los vendedores que, si no venden, no comen (y para comer tienen que dar al comprador lo que éste quiere comprar ), estos curas y obispos aggiornizados viven muy bien porque cobran igual vendan o no vendan (ídem sean santos o pecadores; buenas personas o hijos de mala madre)
Es más, se aseguran que sus compinches en Roma les prohíben toda competencia: tienen un monopolio de la fe; y si no te gusta, te aguantas.
También yo entiendo su postura:
Son unos viejos amargados henchidos de soberbia que, aunque su mundo se está desmoronando ante sus ojos, no quieren problemas.
Como los 10.000 griegos en su retirada famosa que al ver el mar gritaron: ¡Thálata!, ¡thálata!… estos están esperando ansiosos para gritar:
«jubilación!, ¡jubilación!.
Ahora bien, ¿quién de nosotros en su triste situación no haría lo mismo?
«el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».
Creo que los ha puesto muy jóvenes, los que vieron el concilio o se formaron en la década siguiente deben tener al menos la edad de León, los de la edad del tucho son los típicos trepas, que traían sus ideas y encontraron alguien que se las comprara. De 50 o menos deben ser más bien pocos y con alguna ideología previa.
Hay que hacer muchas distinciones. «Nosotros no ganamos, ellos ya han perdido» puede ser cierto respecto al progresismo radical. Está medio muerto, eso es así. Lamentablemente el último Pontificado le ha alargado unos años de su triste vida, pero ahora mismo son pocos los seminaristas y nuevos sacerdotes, así como los conversos y laicos formados, que se adhieren a esas posiciones. Ahora bien, ¿ha ganado el tradicionalismo en general o el tradicionalismo litúrgico en particular? Para empezar, responder a eso se enfrenta a la cuestión de cómo definimos el tradicionalismo. Este mismo año ha salido de la Iglesia un grupo organizado y muy numeroso que se presenta como el tradicionalismo pleno y por excelencia. Este tradicionalismo ya ha perdido. Está fuera de la Iglesia y no volverá sin retractarse de varias de sus tesis esenciales. Algunos pueden seguir sosteniendo la fantasía de que algún día Roma admitirá que el Papa y el Colegio Episcopal llevan más de medio siglo enseñando sistemáticamente herejías y celebrando ritos impíos. Pero Roma jamás admitirá tal cosa, para empezar porque no es verdad. Hay varios puntos cuestionables de los que vale la pena discutir, pero las supuestas herejías notorias que la FSSPX sostiene que se encuentran en la letra del Concilio y el Magisterio auténtico no existen. Tampoco existen los elementos no-católicos o «favens haeresim» en ninguna rúbrica de los ritos nuevos (sobre los que, sin embargo, es legítimo discutir otros puntos). Así que Roma jamás admitirá esas proposiciones, para empezar humanamente porque ninguna autoridad se destruiría a sí misma admitiendo haber estado tan engañada; y para seguir, por la promesa divina de que no caerá en el error. Porque esas proposiciones son gravemente erróneas. Así que Dios jamás permitiría que Roma enseñe tales barbaridades como que el rito nuevo es no-católico y de validez dudosa. Quizás algún día se revierta la reforma, incluso totalmente. Eso Dios lo sabe. Pero, si entendemos por tradicionalismo tales proposiciones, el tradicionalismo nunca ganará. Ha perdido y perdió ya en 1965, 1970, 1975 y 1988. Y que nadie diga que estoy haciendo un hombre de paja, porque esas son las posiciones oficiales de la FSSPX, que se encuentran en sus páginas web y en la profesión de fe de sus clérigos. Y que muchos sostienen en distintos grados también fuera de la Fraternidad. Cualquiera que haya tratado lo suficiente en el mundillo lo sabe.
Luego, si vamos al tradicionalismo en comunión con la Iglesia. ¿Han perdido sus enemigos? La misa a la que siguen yendo la abrumadora mayoría de los católicos, incluyendo a los católicos jóvenes, y la que se preparan para celebrar la abrumadora mayoría de los seminaristas, es la misa nueva. Si se entiende que el tradicionalismo sólo triunfará cuando se haga borrón y cuenta nueva como si la reforma litúrgica jamás hubiera ocurrido, el tradicionalismo en comunión no está en trance de ganar. Crece, pero sus enemigos no han perdido. Y aún más, hay que preguntarse: ¿Son sus enemigos? ¿Es legítimo tener por enemiga a la abrumadora mayoría de la Iglesia, incluidos aquellos que son ortodoxos, celebran piadosamente los ritos aprobados por la Iglesia e intentan vivir y crecer en gracia? Yo creo que no. Si se entiende que son enemigos los que quieren aplastar cualquier misa tradicional por mucha buena doctrina y piadosa comunión con la Iglesia que tengan sus fieles, entonces concedo que son enemigos y que tienen las de perder.
Yendo a la doctrina. ¿Quién es el enemigo en retirada? ¿El progresista? ¿Los que hacen suyo el espíritu del Concilio en el peor sentido de la palabra? ¿Los neocones ingenuos que piensan no sólo que el Concilio es correcto, sino que cada letra del Concilio es el alfa y la omega pastoral por los siglos de los siglos? Entonces concedo que están en retirada. Pero si son enemigos los textos del Concilio y del Magisterio auténtico post-1958, los que sostienen que son ortodoxos, los estudian y los enseñan, entonces los que sostienen eso no han perdido. No sólo no han perdido, sino que siguen siendo la abrumadora mayoría, y también la abrumadora mayoría de esa nueva hornada de curas que está espantando a los viejos progresistas. Y es más: si el tradicionalismo es eso, la pretensión de que la Iglesia tire por la ventana 70 años de Magisterio auténtico, ¿el tradicionalismo merece ganar? ¿Tiene razón? No la tiene, porque los textos son ortodoxos, y en muchos puntos útiles, claros, inequívocamente correctos y muy sustanciosos. Por ejemplo, Lumen Gentium, que sistematiza y desarrolla lo que ya era el consenso de los teólogos sobre cuestiones clave como el Colegio Episcopal y la salvación de los que están fuera de la Iglesia visible por ignorancia no-culpable, no debería rechazarse, ni a título de herético ni de ambiguo ni de inútil. Porque no lo es. Lo que sí debería rechazarse como herejía es la novedosa distorsión de la posición más extrema de la escuela romana que los lefebvristas se han inventado para pretender que Lumen Gentium contradice Pastor Aeternus.
El tradicionalismo debe hacer un examen de conciencia. Para saber si ganamos o perdemos, hay que saber qué es lo que sostenemos. En el mundillo tradicionalista hay muchas posiciones que ni están ganando, ni van a ganar, ni deberían ganar. Sencillamente porque son disparates. ¿Habremos ganado cuando todos los fieles crean las teorías de la conspiración más malvadas y ridículas de Malachi Martin, y con base en ellas desprecien todo lo que la Iglesia ha hecho durante décadas? ¿Cuando se declaren nulas todas las canonizaciones desde 1958, 1965 o 1981? ¿Cuando se prohíba bajo excomunión la devoción a la Divina Misericordia? ¿Cuando se imponga universalmente y bajo excomunión el status quo ante litúrgico de 1962? ¿De 1955? ¿De 1910? ¿Cuando no sólo se revierta la reforma litúrgica, sino que se enseñe que casi todos los Obispos y sacerdotes del mundo han cometido cada día sacrilegio material por obedecer la ley de la Iglesia?
Hay que preguntarse primero qué es el verdadero tradicionalismo, y segundo qué debe ser, atendiendo al criterio de la doctrina segura. De la que muchos se apartan bajo la bandera del tradicionalismo.
Loretar
Excelente comentario, Loretar.
Un punto clave es distinguir entre Tradición y tradiciones. Suena obvio, pero de hecho se suelen confundir a menudo.
También es errónea la crítica que hace la SSPX sobre lo que dice Lumen Gentium sobre el poder de jurisdicción. Y también la crítica que hacen de Gaudium et spes sobre eso de que Cristo se unió en cierto sentido a todo hombre.
Sobre conspiracionismo, salió el otro día en Infovaticana algo al respecto:
https://marcotosatti.com/2026/09/12/ancora-sulla-mafia-di-san-galloe-bergoglio-al-di-la-dei-miti-americo-mascarucci/
Zuma
No es errónea, ni mucho menos, la crítica respecto de que Dios se unió en «cierta manera» a todo hombre. Empezando por el carácter ambiguo y poético de todo el texto de Gaudium et Spes.
Muy interesante. Sobre el asunto de San Galo nunca me ha interesado demasiado, yo pensaba en ciertas conspiraciones más estrafalarias de Satanás entronizado en el Vaticano, las pruebas siempre escurridizas de que Monseñor Fulano era masón, los dobles de Sor Lucía o de quien toque, los protestantes y comunistas infiltrados en todos los lugares…
Sin haber salido de los grupos «indultados», he escuchado en las tertulias de después de misa a gente por lo demás estupenda asegurar que Juan Pablo I tenía preparado un decreto para abrogar el Concilio (!) el día antes de que (por supuesto) lo asesinaran. Este pensamiento conspiracionista está muy arraigado en el mundillo. Y conspiraciones haberlas haylas, pero no podemos creernos cualquier cosa sin pruebas reales o porque lo jure cualquier giróvago ensotanado muy tradi y anticonciliar.
Loretar
A Zuma:
Dios dispuso que la segunda persona de la Trinidad asumiera una naturaleza humana para que por ese medio los hombres -potencialmente todos, en la medida en la que Cristo murió por todos- pudieran participar de la Divinidad en la gracia y la gloria. Lea Vd. el Catecismo del 92 (¡modernismo!), 460:
«El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (S. Atanasio, Inc., 54, 3). «El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres» (Santo Tomás de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).«
¡San Ireneo, San Atanasio y Santo Tomás! ¡Vaya trío de modernistas! Gaudium et spes no tiene más intención que decir esto mismo, y si Vd. lo interpreta en otro sentido es problema suyo por no leer el Magisterio de la Iglesia según los cánones de la propia Iglesia. Sobre que Gaudium et spes sea ambiguo y poético, la ambigüedad no sé dónde está, y el Colegio Episcopal reunido en Concilio está en su derecho de ser o dejar de ser tan poético como le dé la gana (¿está prohibida la poesía?). Lo que no tiene es Vd. derecho a tratar con tan poco respeto el Magisterio de la Iglesia.
Loretar
Comprendo su postura, es coherente, pero no me parece correcta. Si por «verdadero tradicionalismo» esntendemos el «tradicionalismo» histórico (Jean Madiran, los Padres Calmel, Guérard des Lauriers, Barbara, De Nantes, Sáenz Arriaga, Mons. Lefebvre y de Castro Mayer, etc.), es decir, el que surgió durante el CVII y se fue estructurando paulatinamente a partir de fines de los 60′, el rasgo esencial del movimiento es el rechazo del concilio, ya sea total o parcialmente, por considerar que en él se había operado una ruptura insalvable con la Tradición y el magisterio preconciliar. Esta característica se hizo más acentuada todavía luego de la promulgación del novus ordo, cuya ruptura con la liturgia tradicional fue aún más evidente que con los textos conciliares. Si no hubiese existido una ruptura doctrinal en el concilio y una ruptura litúrgica con la reforma de Bugnini, el «tradicionalismo», a mi entender, sencillamente no existiría o, cuando menos, carecería de razón de ser, y se reduciría a una mera cuestión «estética» o bien respondería a la necesidad experimentada por algunos de poner mayor énfasis en determinadas temáticas, efectuando respecto al corpus conciliar y a las reformas de él derivadas ciertos matices de orden pastoral, pedagógico o espiritual…
Si entendemos por «verdadero tradicionalismo» eso, entonces yo llegaría a la conclusión de que no es posible salvar su sustancia, por ser errónea y contraria a la fe. Para empezar, es notorio que de esa lista la mayor parte murieron fuera de la Iglesia o bajo alguna censura. Sobre la causa de fondo, el problema está cuando dice Vd. «una ruptura insalvable con la Tradición y el magisterio preconciliar». ¿Cambio? Ciertamente. ¿Para mal? En muchas cosas. ¿Ruptura? En algunos puntos. Ahora bien, ¿insalvable? ¿Insalvable en qué sentido? ¿En el sentido de que la Iglesia ha contradicho en sus actos auténticos la sustancia dogmática de su doctrina? Eso no lo puedo conceder. No lo concedo a priori, porque contradice el dogma de la indefectibilidad de la Iglesia, y no lo concedo a posteriori, porque si se va punto por punto es posible probar que cada uno de los pretendidos puntos de ruptura no es realmente tal o al menos no toca al dogma. En casos importantes como lo que se refiere al Episcopado en Lumen Gentium, son más bien los tradicionalistas los que llevan cincuenta años engañándose respecto a la doctrina tradicional, que enseña lo mismo que LG: dos sujetos de autoridad suprema inadecuadamente distintos etc. etc.
Si entendemos por tradicionalismo estrechamente a estas corrientes que han terminado en su mayor parte fuera de la Iglesia, habría que pensar que se trata un fenómeno análogo al de los veterocalendaristas rusos: gente separada de la Iglesia por cambios que ciertamente fueron imprudentes, pero que terminaron en el cisma y cayendo en errores peores por apegarse obcecadamente a elementos accidentales de la vida eclesial. Elementos que quizás no debieron cambiarse y respecto a los que tenían una reivindicación legítima, pero que en última instancia no pueden valer más que la Iglesia de suerte que deba romperse por ello.
Pese a todo, creo que el tradicionalismo en comunión con Roma tiene mucho que aportar a la Iglesia universal. Los agravios que denuncian los tradicionalistas, incluso los radicales y cismáticos, tienen un fundamento en la realidad que no puede dejarse de lado. Tampoco pueden dejarse de lado los últimos 70 años de la Iglesia como si no hubieran ocurrido.
Loretar