Argentina ¿un país racista?

En los últimos días, y en ocasión de la final del mundial de fútbol, parece que se desató una campaña anti argentina. Los medios de prensa y las redes sociales están haciendo millones con los puntos de raiting y los likes que consiguen cuando tratan el tema. Yo creo que todo es una bomba de humo, sin ningún fundamento in re, ni en los argumentos de los que atacan ni en los de los que se defienden. Más allá de que es una cuestión que no me interesa de modo particular y que habitualmente no tratamos en este blog, creo que hay un par de cuestiones que merecen la pena ser discutidas.

Todo surge con la acusación de que Argentina es un país racista o, dicho de un modo más personal, de que los argentinos somos racistas. La cuestión comenzó hace cuatro años cuando, a raíz del triunfo de la selección de fútbol en Qatar, una académica progresista, Erika Denise Edwards, en un artículo en Washington Post nos acusaba de racistas porque en nuestra selección no habían jugadores de raza negra. La cosa quedó ahí por absurda, pero se reavivó en las últimas semanas. Y ya no fue solamente una intelectual, sino buena parte del universo woke se hizo eco de la acusación: desde celebrities como Javier Bardem, Samuel Jackson y Rosalía, hasta políticos como Zohran Mamdani y Claudia Sheinbaum. Según la interpretación de los periodistas argentinos, los ataques se deben al alineamiento del gobierno con Estados Unidos e Israel. Nos atacan por racistas porque estamos en el lado de los «malos», de los «fascistas»; nos hemos unidos al nuevo Eje. No estoy muy seguro que sea así pero, insisto, no es un tema que me interese particularmente.

Pero el primer punto que me pareció interesante es la reacción antiwoke generalizada. Y pongo un caso: la sorprendente opinión de Andrés Malamud. Se trata de un politicólogo argentino, profesor en la Universidad de Lisboa que, por alguna razón, se ha hecho muy conocido en los programas de la televisión argentina. Es una persona inteligente y sus análisis políticos son interesantes, aunque casi nunca estoy de acuerdo con él. Está muy lejos de ser un pensador conservador, de derechas, trumpista, católico, etc. Más bien lo contrario: es parte del establishment. Sin embargo, en la entrevista que enlacé, dice en dos ocasiones y con mucho énfasis, que «los wokes son burros», y lo son porque sus afirmaciones no se basan en datos y cifras sino en ideologías. Nosotros ya lo sabíamos hace rato, pero que lo diga él sin ningún complejo es, cuanto menos, curioso. Y lo dice por una cuestión que cualquier argentino sabe: en la selección de fútbol no hay negros porque la población afrodescendiente en el país es mínima: 0,2%. Y las razones no son el racismo o el genocidio; son mucho más sencillas. La principal es que el virreinato del Río de la Plata tuvo una existencia muy corta, apenas 35 años; la actividad económica era fundamentalmente el comercio (y el contrabando) y la ganadería. No habían grandes plantaciones de nada, por lo que no era necesaria mano de obra esclava. Los esclavos que habían se empleaban en el servicio doméstico, lo cual sólo podían permitirse las familias más adineradas. En consecuencia, la población negra era muy escasa. Y es así que en Argentina hay muy pocos negros -y en el interior del país son prácticamente inexistentes- y los que hay no sufren ningún tipo de discriminación racial.

Estos son los motivos: efectivamente, los wokes son burros. Pero ¿cómo se anima a decirlo alguien como Malamud? ¿Será, como sospecho, que resulta claro que el progresismo perdió la batalla y que está en retirada, por lo que ya se comienza a perder el miedo a atacarlo públicamente? Ninguna persona mínimamente lista se atrevería a hacer tales afirmaciones sólo por complacer a las masas en un momento determinando, sabiendo como todos sabemos, que el tema se agotará en una semana pero sus palabras quedarán grabadas en los registros de aquellos que manejan, o manejaban, la cancelación.

Dicho esto, yo no sería tan optimista como para decir que los argentinos no somos racistas. No lo somos, es verdad, hacia los afrodescendientes, pero esa supuesta «virtud» puede explicarse por lo que acabo de decir: no hay negros en Argentina. Pero sí me parece que hay un cierto racismo hacia quiene poseen el fenotipo de los aborígenes, especialmente si además son inmigrantes de países limítrofes. No soy sociólogo, por lo que no incursionaré en el tema que, por otra parte y como ya dije, no es de mi interés particular.

La segunda cuestión que me interesa tratar es simplemente recordar un breve texto que trae Carlos Ibarguren en sus memorias tituladas: La historia que he vivido. Lo que narra y que copio a continuación ocurre en torno al año 1880 y es un testimonio valiosísimo para comprobar que, al menos en esa época, Argentina no era un país racista, pues lo hechos que relata, creo yo, no podrían haber ocurrido en otro país:

Quedaban en esa época bastantes negros, a pesar de su disminución considerable desde los viejos tiempos; la casi totalidad de los ordenanzas de la Administración y el Congreso lo eran, y también estaban, sobre todo las mujeres, adscriptas al servicio doméstico de familias tradicionales que las tenían de criadas, vinculadas muchas de ellas a la casa a través de varias generaciones. Conocí a un negro de más de ochenta años que vivía en lo de la señora Josefa García de Lagos, abuela de los Gallo y suegra de Pellegrini; había sido esclavo de la familia, nacido antes de la declaración sobre libertos proclamada por la Asamblea de 1813; formaba parte integrante como servidor jubilado de ese hogar; lo llamábamos don Robustiano. Su figura era alta, las maneras afables, la apostura grave; lo veíamos salir de paseo muy orondo y paquete, con bastón de cabo plateado y galera de pelo, vestido siempre con las levitas viejas de Pellegrini o del doctor Lagos García. El negro más interesante que recuerdo haber visto fue un ordenanza del Ministerio de Relaciones Exteriores llamado Honorio, diríase que precursor del cargo de jefe de protocolo o introductor de embajadores, pues recibía a los diplomáticos en la antesala de la Cancillería y daba a cada uno, según su rango, el título correspondiente, estando muy bien enterado de la importancia, que él graduaba con justeza, del jefe de la respectiva misión; jamás incurría en equivocaciones en el tratamiento; ya sea el de Excelencia o el de Usía. He oído la siguiente anécdota que contaba el doctor José A. Terry ocurrida en circunstancias en que éste renunció a la cartera ministerial: la dimisión presentada por el canciller era ignorada, cuando el ministro renunciante fue al despacho a retirar sus papeles y llamó a Honorio:

—¿Qué desea ordenar, excelentísimo señor ministro? —preguntó el ordenanza.

—He venido a despedirme del personal, porque he renunciado —dijo Terry.

—¡Ah! ¡Cuánto siento que usted se vaya, doctor! —exclamó el negro, quien al instante había graduado el tratamiento pertinente.

Los negros conservaban todavía, cuando yo era adolescente, sus sociedades tradicionales de solidaridad; y con motivo de la inauguración de la estatua del sargento Falucho, que se erigió frente a lo que hoy es el Plaza Hotel, acto que presencié, concurrieron más de mil morenos perfectamente organizados en corporaciones. A diferencia de lo que ocurre en otros pueblos, ellos siempre gozaron aquí de simpatía general.

Carlos Ibarguren, La historia que he vivido, Buenos Aires, Sudamericana, 1999, pp. 68-69.

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