Los jesuitas y un libro encontrado en una librería de viejo

En el corazón de Recoleta hay una librería de viejo. Está en calle Montevideo, a un paso de la plaza Vicente López. Inusual. A este tipo de negocios tendemos a ubicarlos en avenida Corrientes. Pero, como el entorno, esta es una librería de viejo aristocrática, de las de antes, en las que se encuentran libros de segunda mano y no saldos de editoriales fracasadas o quebradas. Atiende sólo por la tarde, la puerta está siempre cerrada y su dueño invariablemente sentado detrás de un escritorio, fumando su pipa y con cara de pocos amigos. Si uno se anima, después de verlo a través de la vidriera, deberá tocar el timbre. Él se acercará, abrirá la puerta y preguntará que queremos. Yo le dije que me interesaban biografías, libros de teología y de historia. Me dijo que literatura estaba en las estanterías que estaba viendo, y que el resto estaba en el sótano, al que podía descender si quería. Supongo que intuyó que me gustaban los libros y por eso me franqueó el paso a la zona reservada del santuario.

Claro que franquear el paso es un mero decir, pues uno debe caminar a través de un sendero estrecho, bordeado de parvas de libros que impiden acercarse a las baldas. Y en ellas no hay sólo libros; también se amontonan bustos de bronce y de mármol, medallas, ceniceros, pipas, pequeños cuadros y retratos; en fin, todo aquello que cualquier persona lectora va amontonando a lo largo de su vida en los anaqueles de sus libreros y que, cuando muere, sus herederos miran como rimeros de objetos sucios e inservibles, y venden junto a los libros y los muebles al postor que más rápido asegure desocupar el espacio. 

Cuando descendí a las profundidades de la cripta, encontré allí varios libros a los que no pude resistirme, y salí con diez de ellos. Aún cuando había hecho promesa solemne de no comprar nada porque tengo ya una lista interminable de libros por leer y porque el espacio de mi biblioteca se está agotando. Uno de esos diez es el libro sobre el que quiero hablar en esta breve entrada. 

Se titula Jesuita éramos los de antes. Impresiones de un novicio de los años ’50. El autor es Jorge González Manent y está editado por Dunken en 2012. El autor escribe una suerte de memorias del descubrimiento de su vocación en 1955, cuando tenía veinte años, su ingreso a la Compañía y su vida como novicio jesuita, un año en Uruguay y otro en Córdoba. Me enteré que luego hizo su juniorado en Santiago de Chile, su etapa de maestrillo en Santa Fe junto a Jorge Bergoglio, y poco después, luego de diez años y antes de ser ordenado sacerdote, decidió dejar la Compañía. Eran los revueltos años del posconcilio, y seguramente hizo bien. Me dice Google que se dedicó a la publicidad y a escribir libros infantiles sobre temas religiosos, que se casó y tuvo tres hijos. Si aún habita este eon, espero que siga recibiendo la bendición de Dios, y si ya partió para el siguiente, que ese mismo Dios le conceda el descanso eterno.

El libro se estructura en párrafos breves en los que narra sus memorias, de no más de media página cada uno, intercalados con textos tomados de diversas fuentes: el Martirologio, las Constituciones de la Compañía, la biografía de San Ignacio, oraciones, etc. Este método infla el volumen del libro pero facilita su redacción y lo hace más sencillo de leer.

Hay que advertir, como hace el entonces cardenal Bergoglio en la contratapa, que la memoria suele hacerle burla a la historia. Es que las memorias escritas cincuenta años después de ocurridos los hechos no son de fiar, porque la imaginación suplirá muchos olvidos y muchos juicios del adulto de hoy si atribuirán al muchachito de ayer.

El libro está ligeramente escorado a tratar cuestiones contra sextum, lo que se entiende por la juventud de los protagonistas y porque son temas que ayudan a la venta, aunque me temo que éste no haya sido un éxito editorial. Aún así, es un libro cuya lectura que me ha causado placer, y reflexión.

Me llamó la atención que el autor, más allá de ser un convencido progresista, no escribe el libro con amargura y resentimiento. Más bien lo contrario; lo narra como un periodo especialmente gozoso de su vida. Y hay que tener que cuenta que las rutinas diarias que llevaban los novicios en esos años eran duras, muy duras, incluso con penitencias corporales diarias bastante crueles.

Está casi de más comparar porque es obvio el nivel de educación que tenían los jóvenes clérigos en los ’50, cuando sus clases y conversaciones eran en latín. En la actualidad, creo que son pocos los seminarios donde aún se enseñan al menos los rudimentos de esa lengua. Y por cierto, no se reducía a una cuestión de lenguas. La formación durante el noviciado, antes de comenzar la filosofía, incluía otras varias disciplinas. Incluso, hasta les enseñaban a comer y a comportarse socialmente, habilidades que vendrían muy bien a muchos clérigos y obispos de la actualidad.

Una mirada más crítica, recabada tanto de las memorias propiamente dichas de González Manent como de los muchos textos que incluye de las constituciones, reglas y costumbrarios de la Compañía, permite cerciorarse de lo que ya sabemos: el sistemático proceso pensado y probado de aniquilamiento (o deconstrucción) de la personalidad de los novicios y los refinados mecanismos para generar en ellos una nueva, capaz de obedecer perinde ac cadaver. Y tengamos en cuenta que la mayoría de las congregaciones que nacieron después de los jesuitas tomaron a éstos como modelo y adoptaron las mismas técnicas. Yo estoy tentado a decir que me parecen crueles y monstruosas, pero no olvido que muchos santos las vivieron y las aplicaron. Y yo no soy santo, por lo que debo bajar la cabeza y admitir que ellos sabrían lo que hacían. Lo que no puedo dejar de observar es que estas herramientas, en manos de hombres virtuosos, podían aptas para obtener jóvenes virtuosos. Pero cuando quienes las aplicaban no lo eran, podían dar lugar a cualquier atrocidad. Se comprenden fácilmente, entonces, los casos de abuso sexual o de otro tipo que asolaban y asolan a la Iglesia.

Llama la atención también el modo de relacionarse y el secretismo que tenían los novicios entre ellos. Por ejemplo, me resultó curioso que cuando uno decidía dejar el noviciado, o era invitado a hacerlo por su superiores, debía irse en secreto, sin decirle a nadie. Sus compañeros se enteraban a la mañana siguiente que Fulano había salido, y no había ninguna explicación al respecto. Esto indica el altísimo grado de frialdad y distancia que existe en la «vida comunitaria» de los religiosos. ¿Hasta dónde es comunitaria, unidos todos por la caridad? Ciertamente, era imposible y hasta mal visto, formar amistades. Cada uno era una individualidad que se relacionaba ocasionalmente con otras individualidades, pero entre ellos no existía un afecto genuino o una verdadera amistad cristiana; perinde ac cadaver, casi como cadáveres. Estoy tentado de darle la razón a Voltaire que decía que «los frailes entran sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse».

Por último, señalo dos párrafos. En el primero dice el autor:

Será por mis antecedentes de químico interpretados como que fuera un hombre ciencia o no sé por qué pero el padre Mullin [maestro de novicios en Uruguay y, luego, obispo de Minas] me ofreció para leer El fenómeno humano. Yo no había oído hablar de Teilhard de Chardin. Menos iba a saber que estaba prohibido. Fue un deslumbrante descubrimiento. Después seguí con El medio divino y todo lo demás.

¿Qué ocurría diez años más tarde? Teilhard de Chardin y todo el progresismo pasaron de ser unos desconocidos aún para sus hermanos en religión, a ser los grandes popes y maestros de la nueva religión inaugurada por el Concilio. 

Otro párrafo:

Voy a la capilla para preparar el altar de la misa. Oh sorpresa: me encuentro en el altar donde celebra el buen Joaquín una hostia grande, la que consumen los sacerdotes. La gran duda es si estará consagrada o no. Imposible saberlo por ningún tipo de análisis. Qué hago. Le aviso a Ignacio. Él se queda haciendo guardia junto al pan misterioso mientras yo voy a consultar al maestro. No sé qué elucubración hace y llega a la conclusión de que no, no está consagrada, y la metemos en la cajita con las demás. Pero, ¿y si estaba?

Vuelta la misma pregunta. ¿Cómo es posible que la reacción frente a situaciones como la relatada era habitual para cualquier católico y, pocas décadas después, la Sagrada Eucaristía pudiera ser tocada por cualquiera, tratada como un recuerdo o un símbolo, y profanada cotidianamente por sacerdotes y laicos? Repito, ¿cómo es posible que cambios de esta magnitud se hayan producido en tan poco tiempo? Para mi, esto sigue siendo un gran misterio. Yo no soy dado a apariciones, revelaciones ni intervenciones preternaturales, pero no me extrañaría que este fenómeno, que contradice la lentitud de todos los procesos históricos, se haya debido a la intervención directa y misteriosa de aquél a quien San Pablo llama «arconte de la potestad del aire».

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